I Premio Literario Pablo Díez

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1 I Premio Literario Pablo Díez

2 Relato premiado: tema caso Pablo Díez Autor: Javier Díez Carmona EL BRILLO DE UN EURO La contempló sin ganas, los ojos nublados por una acuosidad de la que no podía sustraerse, sellados los labios, retrato de fracaso en la victoria. Subía despacio, dibujando reflejos dorados en las paredes grises de silencio. Por fin, se detuvo ingrávida, flotando un segundo eterno sobre su ceño fruncido para caer brusca, plomiza, a la mano extendida. Cara. Se estudiaron sin palabras. Por un lado, el rictus angustiado del poderoso ejecutivo, firme y envarado en su sillón de cuero, el traje impoluto, el alma apergaminada. Por otro, un tenue resplandor de plata y oro, anillo que enmarcaba un número tan simple como siniestro: uno. Sostuvo el euro en su palma viscosa de sudor frío, palpando la pretendida grandeza de aquel trozo de metal, extraño y minúsculo vehículo por donde, hacía tan poco, transitaran rabia, angustia y muerte. En algún lugar sonó un reloj, se colgó un teléfono, una puerta crujió al cerrarse. La moneda se escurrió inadvertida entre sus dedos, como inadvertidas rodaron las lágrimas por sus mejillas, labrando un surco demasiado cálido antes de precipitarse desde el mentón afeitado con esmero hasta el vacío de la mesa. A su espalda, las rendijas de las persianas se apagaban poco a poco, tiñendo la estancia de un resplandor sanguinolento, estertor exánime de la tarde que languidecía tras el bosque denso de edificios. La plaza de Catalunya presentaba el aspecto vital y anónimo de cada noche, de cada día. Indiferentes al invierno o al verano, sin importarles la luz o las tinieblas, incontables turistas rubios y adinerados, fugitivos emigrados de tez oscura, trabajadoras que surcaban veloces la calzada camino del trabajo o el hogar abandonado, jóvenes y litronas amasaban la esencia de una ciudad acelerada, urbe vibrante que no mira hacia atrás, que paladea con ansia el presente, fragmento escindido del futuro. Perdidos cada cual en sus placeres y negocios, agobiados por penurias o excitados por imaginadas perspectivas, nadie notó que el aire tornaba más pesado, nadie comprendió el cambio infinitesimal en el gesto de las hojas, en el vuelo triste de las palomas. Tan sólo algún niño, alguna pequeña revestida de inocencia, fue

3 capaz de intuir las gotas de rocío que, en una cálida noche estival, salpicaban los faros de los autobuses. El hombre del traje caminaba atento al lustre de sus zapatos, pendiente de minucias regadas en un suelo siempre sucio, esquivando en el último momento a los viandantes que le observaban sorprendidos. Volver a la realidad, otear el entorno vivo por donde transitaba sería afrontar el vagar lloroso del transporte colectivo, comprender el desprecio de chóferes y revisores, verse perseguido por evocaciones espontáneas, por el rostro atónito, incrédulo, de Pablo. Bajó al metro, buscó el anonimato de los túneles, de los pasillos angostos, de la olorosa multitud apelotonada en los andenes. Imposible. Un aroma desagradable, esencia de rechazo repetido, flotaba sobre viajeros y raíles. El rugido del tren al abordar la estación, aullido amplificado en la gruta artificial, terminó por expulsarle, arrojarle al infierno de la calle, al gemir de los motores, al siseo amenazante de la brisa teñida de gasóleo. Huyó al barrio gótico, lejos de asfalto y carreteras, a los altivos laberintos medievales donde mochileros y millonarios se maravillan de la sobria elegancia de la catedral, terreno vedado al imperio del tráfico. Recobró algo de tranquilidad paseando de la plaza Real a Escudellers, de Avinyó a Regomir. Las manos hundidas en la profundidad de los bolsillos, la mente abandonada al infinito del recuerdo, buceaba por callejas cada vez más estrechas, buscando la nada para respirar. Al fondo, clandestina, una tasca olvidada atraía a los clientes con la luz precaria de su vieja farola. El aroma del café le acarició con inanimada sensualidad. Entró, vagamente reconfortado por un lejano sentimiento familiar, olores conocidos, sabores, sensaciones. Se acodó satisfecho en la barra pegajosa, percibiendo un lejano ronroneo nacido de lo más hondo de su estómago, cuando a su oído llegaron retazos de conversaciones susurradas en las mesas. «Es increíble. Le despidieron por un euro. Un euro! Y se suicidó. Cómo alguien puede ser tan cruel?» El placer, la paz y el sosiego desaparecieron. Cerró los ojos y, al abrirlos, microscópicas gotitas salpicaron en todas direcciones. Descorazonado, sin lugar donde ocultarse, abandonó el local. Las luces más dispersas a cada paso vacilante, los muros desconchados, los adoquines cuarteados por la desidia y los camiones de basura dibujaban, al transcurrir de los minutos, un cuadro diferente, una pintura alejada de los paisajes siempre verdes y amarillos que acostumbraba atravesar con su Mercedes. De haber mirado en torno a su vacío, de haber alzado la cabeza que jugaba al avestruz con el pasado, tal vez hubiera comprendido a tiempo que su traje de diseño y sus zapatos impecables no eran adecuado pasaporte para aterrizar en un submundo oculto tras las múltiples capas de maquillaje que engalanan la ciudad. Pero, abotargado por un dolor y una

4 culpabilidad que no reconocía, cegado por una densa cortina salobre, apenas si distinguía el movimiento zigzagueante de sus pasos sobre la acera. Hubo un rumor, un ruido mecánico, y un autobús dobló la esquina. Por un momento clavó en el hombre el desdén de sus focos enlutados. Acariciando nervioso la moneda que seguía adherida a sus dedos, afrontó con miedo el haz de luz. «Hice lo que tenía que hacer murmuraba desde el fondo de su pecho. Cumplí la normativa. Hice lo que tenía que hacer.» El vehículo cerró las puertas con un suspiro cansado y, acomodados los últimos viajeros, reanudó la marcha, devolviendo sombra y calma al perdido callejón. Entonces le agarraron. No supo cuántos eran. Intuyó los cuerpos, los brazos sudados que le rodearon con torpeza, el olor a alcohol barato y heces rancias, el golpe en la cabeza. Cayó de bruces, golpeando la frente contra el asfalto, el peso de los atacantes en su espalda. Desgarraron su chaqueta de elegante ejecutivo, le robaron la cartera, el dorado llavero del Mercedes, el Camel mentolado. Rendido a la golpiza esperó, sin oponer resistencia, que los ladrones terminaran y huyeran, que cesaran las patadas para volver a la rutina de la soledad, cuando una hoja mellada se apoyó en su cuello, perforó la piel, y una hilera de dientes roídos regó su baba de borracho sobre el rostro desencajado. «Qué llevas en la mano? Dámelo. Dámelo o te rajo.» No reaccionó. Paralizado por el terror, por la corriente helada que, nacida de sus genitales, latía dolorosa en su cerebro, hasta los pulmones se negaban a responder. El mendigo presionó con más fuerza. El filo rasgó la carne. La sangre, cálida y espesa, goteó despacio hasta el suelo. Quiso gritar. Quiso llorar. Quiso suplicar, rogar por su vida, pero no pudo. Estaba rígido, inmóvil como las gárgolas gastadas que miraban con indiferencia. Pero aquello fue todo. El agresor retiró el cuchillo, se encogió de hombros y emitió un extraño sonido gutural, algo semejante a una risa esquizofrénica, mientras su compañero recriminaba con desgana: «Déjalo. No ves que no es más que un puto euro? No pensarías matarle por un euro No se puede ser tan miserable». Se difuminaron en las tinieblas lúgubres que resbalaban de los tejados. Dos, tres siluetas desgarbadas, anónimos prisioneros del caballo y el vino barato evaporados entre sombras mientras, junto a su alterada respiración, la moneda brillaba silenciosa, inanimado espejo de algún lugar desconocido.

5 Relato premiado: tema acoso laboral Autor: José María Paños Pascual ULTIMÁTUM Francisco se levantó al rugir el despertador. Eran las siete de la mañana. Rocío dormía a su lado. Sentía su respiración, profunda y acompasada. Se incorporó con cuidado para no despertarla. Se calzó las zapatillas y se puso la bata que estaba cuidadosamente doblada en una banqueta del dormitorio. Miró el cuerpo de su mujer en la oscuridad de la habitación. No era más que un bulto negro tapado con las sábanas y la colcha. Pero Francisco recordaba con cariño su rostro sereno y amable, salpicado ya por las inevitables arrugas del paso de los años. Ella se resistía a admitirlo, pero nadie puede engañar al tiempo, ni siquiera las buenas personas como Rocío. Le lanzó un beso con la mano, en silencio, con la complicidad de la oscuridad, y cerró la puerta. Así empezaba el ritual de cada día laborable de la vida de Francisco. Lo mismo desde hacía veintiocho años. Entró en la empresa recién licenciado, como aprendiz en prácticas, y ahora era jefe del departamento de ingeniería. Fue al lavabo, orinó, se lavó las manos, se duchó con agua templada y se afeitó. Sin prisas porque tenía la barba dura y odiaba cortarse y manchar de sangre el cuello de las camisas blancas o azules que Rocío le planchaba cada noche. Su mujer dejó de trabajar cuando se casaron. Aquello era normal en su época, pero afortunadamente esto había cambiado. Su hija y su yerno, por ejemplo, trabajaban los dos y, para satisfacción suya, su hija tenía mejor empleo que el cantamañanas de su yerno. Después de aclararse la cara, se frotó con la crema para el afeitado que le habían regalado por navidad, ese regalo que nunca falta, como las corbatas, los calcetines o la colonia, se decía para sí mismo Francisco, y se miró al espejo. Eran las siete y media de la mañana de un lunes. Francisco vio reflejado su rostro en el espejo. Pero no era el mismo rostro de los lunes que él recordaba. A las arrugas de la edad se habían sumado las arrugas de la preocupación y el miedo. Sus ojos reflejaban angustia y pánico. Desde hacía cinco semanas su vida había cambiado por completo, dando un giro inesperado de trescientos sesenta grados, y por primera vez sintió que enfrentarse a la tragedia de un lunes laborable era un peso que cada vez costaba más de soportar.

6 Y todo por el cabrón de Sánchez, del Departamento de Recursos Humanos. Fue el día que Francisco había cumplido cincuenta y tres años, y todos en su sección lo habían celebrado con bocadillos y cava. Incluso le habían regalado una bonita cartera de piel. Pero aquel jueves, Sánchez lo chafó todo. Se presentó ante él, con su cara de mosca muerta y la sonrisa de imbécil pegada a los labios. Era un advenedizo sin escrúpulos que se encargaba de hacer el trabajo sucio del director general de Recursos Humanos. Tengo que hablar contigo le dijo con esa vocecita aflautada que crispaba los nervios. Qué quieres, Sánchez? Tengo mucho trabajo y lo quiero dejar listo para el fin de semana le contestó Francisco, molesto por la interrupción. No será por mucho tiempo contestó Sánchez. No te entiendo, Sánchez. Explícate mejor respondió Francisco con la mosca detrás de la oreja. Que muy pronto dejarás de tener tanto trabajo. De hecho, no tendrás ni trabajo siquiera. Hoy he visto la planificación laboral para el próximo trimestre. Tu nombre está marcado en rojo y ya te tienen sustituto, amigo Francisco. Eso no puede ser. Soy el jefe de ingeniería desde hace diez años. La producción ha caído y los beneficios también. Los accionistas están que trinan y quieren resultados muy pronto. Tú le cuestas mucho dinero a la empresa y a los cincuenta y tres ya no se tiene la energía de un joven. Compréndelo, las nuevas hornadas de ingenieros salen muy preparados de la facultad y con muchas ganas de trabajar. Por un tercio de tu sueldo tenemos a un jefe de ingenieros sin horarios ni exigencias. Francisco no dijo nada. Se limitó a mirar la sonrisa burlona de Sánchez. Sabía que ese mequetrefe se la tenía jurada desde que le hizo tragar el convenio colectivo en la última reunión de la comisión paritaria y tuvo que admitir que las horas extras y los pluses de productividad que se negaba a abonar eran legales. Regularizar las nóminas de toda la plantilla supuso un gasto enorme para la empresa, y no sabía cómo Sánchez no se había ido de patitas a la calle. Ahora, era evidente, se vengaba de aquella afrenta. No te preocupes, Francisco. La empresa te quiere y por ello te propondrá una prejubilación. Te aconsejo que la aceptes. El trato es muy bueno. Pero Francisco no aceptó. Estuvo horas y horas dándole vueltas al asunto y cuando lo llamaron desde Recursos Humanos ya tenía una decisión tomada. Era un viernes por la tarde. Normalmente a las tres ya estaba en casa, pero aquel día el director

7 general quería verle a las cuatro. Telefoneó a Rocío y le dijo que llegaría más tarde, que ya irían a la casa de campo el sábado por la mañana. En el despacho del director general estaban presentes, además de ellos dos, Sánchez y uno de los abogados de la empresa. Ni rastro del comité de empresa. La emboscada perfecta, se dijo para sí mismo Francisco. Mire, Francisco; la empresa últimamente no va bien. El año pasado perdimos más de lo esperado. Los accionistas nos presionan y nos vemos obligados a tomar medidas drásticas. Por desgracia, nuestros analistas creen que parte del problema reside en ingeniería y nos han trazado un plan de reconversión. No renovaremos los contratos temporales que venzan en los próximos meses y prejubilaremos a los mayores de cincuenta y dos años. Con el ahorro de costes previsto, lograremos equilibrar el presupuesto de este año. Usted no debe preocuparse por su jubilación. Con dos años de paro se planta en cincuenta y cinco años, le pagamos las cotizaciones hasta que cumpla sesenta y luego solicita la jubilación anticipada. Qué me dice, Francisco? Ojalá yo pudiera dejar de trabajar a los cincuenta y tres como usted. No contestó Francisco con tanta contundencia que dejó atónitos a todos los presentes. Piénselo bien, Francisco. Es una oferta muy buena por parte de la empresa intervino el abogado. Métase la oferta por donde le quepa, señor letrado. No he estado trabajando duro en esta empresa para que me echen como a un perro a los cincuenta y tres años. Tengo las mismas ganas y la misma energía de siempre y quiero seguir trabajando. Gente habrá que quiera una prejubilación. Yo no. Francisco, Francisco, no me provoque. La empresa le aprecia y por eso quiere una salida digna para usted. No quisiera recurrir a otras medidas, digamos, más drásticas. No me gustaría tener que hacer públicos los múltiples fallos que ha tenido últimamente. Usted ya tiene cierta edad para trabajar con tanta presión. Francisco se levantó con el rostro congestionado por la ira. Se acercó al director general de Recursos Humanos y le espetó en pleno rostro: Si tiene pruebas de esos fallos, despídame. De lo contrario, deje de tocarme los huevos. Cuando salió de aquel despacho supo que había desatado la guerra contra su persona y también lo que le esperaría desde el lunes siguiente: presiones de todo tipo, encargos imposibles, acumulación de tareas, notas que desaparecían, clientes que quedaban desatendidos, proyectos mal trazados, y todo por su culpa. Un plan trazado al milímetro para hacer creer a los demás que era un incompetente y que cometía

8 fallos reiterados. Un plan que acabaría con el despido procedente tras múltiples broncas con todos sus superiores. Y él era consciente de que eso se traduciría en una brutal presión psicológica; en un rápido deterioro de la salud, con noches de insomnio, úlceras, irritabilidad, malhumor, náuseas y depresión; en querer a muerte los fines de semana y odiar los lunes por la mañana. Y así día tras día, semana tras semana, hasta que finalmente arrojase la toalla o convirtiese su vida en un infierno. Y, en definitiva, cuál era su crimen? Tener cincuenta y tres años y un buen sueldo. Pensó en Rocío, pensó en su deseo de cambiar de coche, pensó en los viajes que habían planeado, y se dijo que aquello no era justo. Había dado a la empresa todo lo que tenía: horas extras sin cobrar, fines de semana trabajando, vacaciones no recuperadas. En veintiocho años ni un solo día de baja. Y ahora se lo pagaban, vaya si se lo pagaban, llamándole poco menos que viejo e inútil, y diciéndole que era mejor que se quedara en casa con una pensión de mierda mientras explotaban a un joven en su lugar y se ahorraban unos buenos euros; así podían repartir mayores dividendos a unos accionistas que no sabían qué hacer con tanto dinero. Pero qué podía hacer si lo despedían? No encontraría trabajo en ningún sitio porque nadie quiere a un «viejo» de cincuenta y tres años y, si se prejubilaba, acabaría con una mísera pensión a los sesenta después de cotizar tantos años. Con el paso de los días se angustió y empezó a deprimirse. Se volvió arisco con su mujer. Entonces, un buen día, cuando se ponía la chaqueta, sintió un fuerte dolor en el pecho. Como los que últimamente sentía muy a menudo. Se mareó. Se asustó y quiso gritar. Pero, antes de que pudiera reaccionar, se desplomó fulminantemente en el suelo. La tensión acumulada desde aquel fatídico viernes acababa de estallar. Un infarto de miocardio terminó con las dudas de Francisco y libró a la empresa de un conflicto laboral. Se limitaron a dar el pésame a la viuda, mandaron a Sánchez al funeral y llamaron al sustituto para que se incorporase de inmediato. Nadie supo jamás que el dividendo a cuenta de la empresa de aquel año llevaba grabado el nombre de Francisco.

9 Relato premiado: tema caso Pablo Díez, escrito por un trabajador de TMB Autor: Jordi Aguado Castillo ABISMOS Y GRIETAS Juan Villanueva comprendió que todo había acabado en el instante en que Alejandro Valcárcel, abogado de la empresa, terminó de leer la carta de despido y le señalaba, con dedo vacilante, dónde debía firmar. Ya era tarde para los porqués. Estaba todo decidido. Cómo podía sospechar que ese ir y venir de un borde al otro de la cama, que esa parábola que se prolongaba desde el ocaso hasta el alba, cuyo interludio era una guarida que había fabricado ante el asalto de pensamientos retorcidos y bombardeos de preguntas acuciantes, eran preludios de la realidad? Quién hubiera imaginado que ese expediente disciplinario podía acabar así? Trataba de poner tabiques al suceso, de sostenerlo en su cabeza para poder realzar los detalles; pero existía una laguna en la película, un pedazo de cliché velado «tenía ganas de orinar, y con las puertas de mi autobús abiertas y pasajeros en el interior, bajé los escalones y me metí en el lavabo». Mientras tanto, un trozo de papel sin valor alguno, que colgaba de la máquina expendedora de billetes, cayó bajo los afectos de unas manos tediosas; molestas por la espera, y suponiéndole precio, pagado el desaire, la pasajera se recogió como abstraída en un asiento del fondo. Después, unos inspectores sacudieron su modorra y le solicitaron el billete, y la película quedó con final abierto. Dos meses después del acontecimiento, en ese mismo despacho, se reunieron unas personas para desgranar el suceso y enfrentaron ambas versiones en el ring de las opiniones. Pero la razón, al ver que las opiniones subían al autobús en el momento de los hechos y como un acto de fe creían una de las versiones, subió al cuadrilátero y, con su seductora perspectiva, con su don de equidad, lo recorrió sosteniendo con gracia un cartel de advertencia, pero nadie miró. De repente sintió un golpe seco, inesperado, que la abatió contra la tarima. Bajo los efectos de ese terrible shock, la tendieron sobre un papel; apenas movía los labios. Un accidente pensó, nada que no pudiera restablecer el juicio. Pero el adalid no esperó a que se restituyera la razón y, a falta de ella, puso un número de expediente, rellenó un informe más o menos suspendido en una náusea, la cosió al papel con su firma y la dejó en la bandeja de despidos. Juan Villanueva volvió súbitamente de lo que parecía un desmayo y sintió confusión, como si le hubieran sentado en la silla después de voltearlo; le temblaban las piernas como a un títere mal gobernado. Alejandro Valcárcel le estuvo observando algo inquieto y, antes

10 de que se volvieran a repetir escenas lamentables, le invitó a salir de su despacho. El conductor ladeó la cabeza, inconscientemente: desde la cara del abogado hasta la puerta. Su campo de visión tropezó con una ventana abierta que daba a otro despacho; alguien prestaba atención con uno de sus ojos y ambas orejas mientras encorvaba las varillas de la persiana con la frente. No le dio importancia; quizá esa visión cogió un atajo hasta el recuerdo. Intentó levantarse de la silla, pero no pudo; sintió cómo un abismo examinaba su cuerpo con sus manos etéreas, cómo perdía el equilibrio en el respaldo. El abogado se acercó a la ventana intentando esquivar la situación: ese hedor putrefacto que invadía nuevamente su despacho (esperando oír tras de sí cómo se cerraba la puerta y el olor desaparecía). Estaba lloviendo, y las gotas se aferraban al cristal como un intento desesperado de eludir su destino. Una caravana de coches avanzaba con parsimonia mientras las bocinas luchaban, haciendo agujeros en el aire, para abrirse paso. Juan Villanueva insistió en que no había hecho nada, que la mujer que le acusó de darle el billete falso debía de sentirse acorralada, que los inspectores le proporcionarían una llave y abrió esa farsa. Pero la respuesta fue un silencio prolongado. Como último intento apretó los párpados implorando despertar, pero al abrir los ojos seguía allí, dando golpes con el tacón de los zapatos contra el suelo. Y ahora qué? Se repitió la pregunta tantas veces que la última, sin querer, salió de sus labios como una queja. Alejandro Valcárcel se acercó a su mesa y, apuntando con el dedo hacia un papel, le indicó que cabía la posibilidad de reingresar en seis meses, pero debía aceptar el hurto y Un golpe de ira, un manotazo dejó el papel noqueado sobre el suelo. Amenazando con avisar a los de seguridad, hizo ademán de descolgar el auricular, pero se limitó a repicar frenéticamente sobre su base, y dos gotas de sudor frío cayeron a la mesa. No podía marcar, a no ser que los números se repitieran de tres en tres. En ese instante comprendió que a él también lo habían puesto a correr en plena oscuridad. Juan Villanueva no lo vio; estaba afligido, miraba hacia el suelo e intentaba contener sus piernas, pero lo que más le atormentaba era que, en cierto modo, se sentía unido a esa carta: piel contra piel. Cuando pudo incorporarse de la silla se dirigió hacia la puerta y, apretando el pomo con fuerza y mirándole a la cara, le lanzó una última pregunta: «Cómo se puede engañar uno mismo?». Esa pregunta llegó hasta el infinito, rebotó por el despacho, por un momento parecía que se hubiese colado por debajo de la puerta o en el despacho contiguo; sólo buscaba a los amos del látigo, posiblemente dio con todos antes de caer sobre Alejandro Valcárcel, que, aunque en un primer momento intentó esquivarla tal y como le habían enseñado, se entregó por fin a ella. Salió del edificio como una bala perdida. Debía seguir caminando. No podía parar, parar era sinónimo de pensar y le daban arcadas sólo de oler sus pensamientos. Luchó por

11 librarse de las cadenas a golpes de silencio, por encontrar la mente despejada de ayer, aunque tenía la impresión de que ayer era un pasado remoto y que la carta que tenía en el bolsillo del pantalón llevaba años con él. Intentó buscar el rumbo entre las calles como un mendigo hambriento, pero el timón había desaparecido de su vista. Entonces, corriendo, desesperado, salió en busca del mañana, del interruptor de esa luz que se extinguía; deseaba dejar atrás la noche que avanzaba por los tejados y el miedo que seguía ahí, jadeante. Pero, extasiado, tuvo que recostarse en un banco a descansar. Era una avenida ancha, levemente iluminada, con árboles recién nacidos y setos a media altura que miraban hacia el mar, a la deriva. Y se acordó del día en que sus labios se humedecieron en otros labios, del aroma de una lagartija viscosa que se metía en su boca como si fuera su guarida. Con los peces de una charca mugrienta del parque, meridiano de sus vidas, y con sus familiares y amigos, compartieron entre risas que había llegado el fin de noches frías en bancos públicos, la noticia de su próximo enlace, la unión inequívoca de sus destinos. Después le sobrevino el llanto entrecortado de su hijo, su mirada extraviada en la sala de partos que se fijó como un imán en su rostro descompuesto por las lágrimas y las risas. Ese lapso de felicidad se vio interrumpido bruscamente por una respiración entrecortada y por esos pensamientos que ahora se apilaban violentamente; no acabado uno comenzaba el otro, despojando al raciocinio de su lugar. Basta ya! Basta ya!, se repitió hasta la saciedad, pero no había nadie más en su cabeza. Y sintiéndose acorralado, avanzó por la avenida y fue saltando de sombra en sombra. Más tarde, esa fiebre lo fue arrastrando hasta el delirio y allí tomó una determinación: un atajo hacia la tranquilidad. Alejandro Valcárcel salió horas más tarde de su despacho. Dijo que se iba a casa. Nadie le preguntó. No tenía amigos, en esas alturas la hipocresía es tu único aliado. Entró en el ascensor y sintió alivio, ingravidez. Tuvo necesidad de pulsar todos los botones, de suspender el tiempo y retroceder por él; tomó conciencia de lo que había hecho. Bajó las escaleras del metro, y en el andén, pensativo, se quedó mirando las vías. No era la primera vez que leía esa carta, que ejercía de maniquí en ese escaparate de horrores, que observaba esos mismos ojos inquietos que miraban para adentro, como si les acechara un peligro bajo sus ropas, pero sí la primera vez que no tuvo tiempo de tomar distancias. Sintió como un crujido seco en la cabeza y amortiguó el golpe con una mueca, pero la grieta era profunda y había llegado al subconsciente. Sintió que se hundía por esa rendija abierta, que sus manos escarbaban la oscuridad y no encontraban claridad a la que agarrarse, y pensó en los muchos cautivos que había hecho, en el giro que había producido en sus vidas. Finalmente, notó cómo las manos de esos hombres le levantaban del suelo; sintió alivio, quizá pudiera dormir tranquilo, sin las malditas pesadillas. Todo tiene un límite y un fin, y él había caído también dentro de un tiempo suspendido.

12 Se pasó de parada, pero no le importó; el destino era efímero. Subía por las escaleras mecánicas cuando vio a Juan Villanueva que cruzaba la calle, sin importarle las bocinas, las ráfagas de luz, las advertencias. Cruzaron sus miradas, pero no se vieron. Habían olvidado quiénes eran, qué hacían allí, que se conocían; sólo una obsesión, un furtivo que esperaba ansioso la grieta, había salido de la prisión del subconsciente y ahora los dirigía. Entraron en un parque, y tras de sí cerraron las puertas del mundo, poco a poco, sin hacer ruido. Y cuando la noche se hizo coartada, rodearon con una cuerda una rama casi del mismo árbol y le dieron carácter de presagio. Justo en el sublime acto, Juan Villanueva oyó el sonido estridente de su teléfono móvil bendita tecnología. Era una llamada que salía del despacho contiguo, que brincó el muro de las incoherencias, que le absolvía del hurto y culpaba de la barbarie a un error informático. Supo que no era verdad, pero no le importó; era un pájaro adormecido en su boca. La justificación era suficiente para levantar el velo a la penumbra y tirar la soga a las cenizas. Salió huyendo del parque, de ese paradigma. La alegría transformó la nebulosa en que se había convertido el mundo en un terrón de azúcar disolviéndose en la lengua; era otro, era él mismo. Pero al alcanzar la puerta, cuando por fin abría los ojos, vio una silueta que oscilaba junto a una farola del parque, en la penumbra. Se acercó como si no quisiera acercarse, como si la felicidad no permitiera de nuevo infiltraciones, cada paso era un montículo más alto que lo llevaba otra vez a la oscuridad. Cayó de rodillas frente a ella una especie de adoración maldita, miró al cielo, vio que la luna avanzaba a toda prisa como intentando ocultarse tras una nube, y lloró ante lo absurdo. Alejandro Valcárcel pendía de un árbol, inerte; nunca había bajado de ahí, y así tampoco se podía vivir. Para él no hubo llamada. Cómo iba a pensar la élite que uno de sus súbditos era humano. Juegos del destino, errores que se pagan aunque sean humanas sus víctimas.

13 II Premio Literario Pablo Díez

14 Relato premiado: tema acoso laboral Autor: Joan Santó Cots HUMANITAT ENCONGIDA Va caminant pel passadís, i una veritable riuada humana ve cap a ell, en sentit contrari. És com un animal monstruós i silenciós. És estrany veure tanta gent junta, atapeïda, en un espai tan reduït, amb tant poca fressa. Sembla un quadre de Piet Mondrian sortit de mare, escapat del marc de la vida. Sobreeixit d un museu dels horrors. La corrua humana que camina és un dir, perquè sembla que repti, segons com que cavalqui s eixampla de manera imperceptible, ocupant cada cop més amplada del passadís, fins que els que caminen en sentit contrari són comminats a apartar-se, a enganxar-se a la paret, com rèptils, queden arraconats. Davant seu una noia xuclada de galtes es gira i el mira esporuguida, i ell se la mira al seu torn però no li diu res, no sabria què dir. La noia, amb els ulls esbatanats, obre la boca però no sent què diu. Els caps d aquesta gentada es balancegen, pugen i baixen, acompassats amb els seus passos. No amb el mateix ritme, ni amb la mateixa cadència, però sí com si vinguessin d una mateixa procedència, com si obeïssin a una mateixa veu, com si fossin fills d un mateix pensament. Li agradaria creure que aquesta serp gegantina no és cap amenaça, però la percep com una amenaça, li agradaria pensar que la formen persones innocents, éssers humans dignes de ser estimats. L atrau el conjunt, esparverador, aterridor, agressor, però també el sedueix cada cara, cada rostre, solcat de llàgrimes pretèrites, àvid de somriures futurs, amb els ulls plens de por, de desconfiança, de desesperança. Cada faç porta escrita una història, una vida, un grapat d il lusions, que es van marcint, que van caducant. De sobte se sent xuclat pel grup, pel ramat, pel núvol de caps, gorres i ulls endormiscats. Nota que el seu cos es desintegra. És una sensació rara: com si la carn se li esqueixés, com si els ossos se li fonguessin, talment com si els nervis se li afluixessin, ràpidament. La percepció de desintegració és molt viva, però gens dolorosa: nota que torna a integrar-se, dividit, repartit, cada fibra, cada ressort, cada molècula, cada àtom forma part de nou, a poc a poc, del grup, de la turba, de la gernació. Ja no és un, el jo, sinó ells, nosaltres. S ha desprès de la vilesa egocèntrica, de la misèria autàrquica; ara gaudeix de la riquesa tàntrica, de la pluripersonalitat

15 unívoca de la gran bagassa: pertany, de fet i de dret, al col lectiu, a la comunitat, a la societat. És la societat. La noia que anava al davant seu ja no és arraulida a la paret, ha tornat a caminar, perquè la multitud ha disminuït el seu volum, i ara les forces, la quantitat dels que vénen del tren, dels metros i dels que van s ha equilibrat. Quan arriba a l andana, el metro entra per la boca del túnel, sorgeix com una bèstia, silenciós just en el moment d aparèixer, i estrepitós, bramulador un instant després. Quan aconsegueix aturar-se, obra les seves portes i escup una altra munió de persones, que aviat s ajunten i tornen a formar una altra serp gegantina i monstruosa. Són com els cucs d una bossa de processionària, misteriosament engrandits, monstruosament engrandits. Una munió bruta i silenciosa. Entra al vagó entre dotzenes de persones adotzenades. Ni hi ha cap seient lliure. Es queda dret entre una gitana romanesa i un indi d espessa barba. El metro enfila de nou cap al túnel, a batzegades, i comença a guanyar velocitat. Després de diverses estacions, s adona que s ha anat buidant. Ara només queden tres persones al seu vagó, i quan s atura de nou en surten dues i n entra una de nova, un músic que comença a tocar l acordió i canta una cançó que ell recorda però no aconsegueix emmarcar, no en recorda el nom ni qui la va popularitzar. A la propera estació, el músic baixa i el substitueix un grup d escolars, que xerren sense parar amb les seves veus estridents. El metro es posa de nou en moviment. Els viatgers segueixen la inèrcia de la velocitat d esma, compensen les batzegades de les frenades, acceleracions i viratges sense cap esforç aparent, com si estiguessin enganxats al terra. Els llums s apaguen de sobte, però encara queden els d emergència, i el metro continua la seva marxa furibunda, sorollosa. Al cap d una estona un llum parpelleja al sostre del seu vagó. I a continuació, a poc a poc, s encenen una altra vegada els llums, com si ho fessin amb recança. El tren comença a alentir la seva marxa; ara s adona que havia adquirit una velocitat alta, sense que ho percebés. Entra en una estació, que, sorprès, adverteix que és la seva, on li toca baixar. Les portes mecàniques, un cop els vagons s han aturat al costat de l andana, s obren amb normalitat, amb la seva clàssica topada al final del seu marc, a l interior de la paret del tren. I ell baixa, entremig de la gent, gairebé empès, se sent com transportat. El destí, inexorable, l espera fora, prop de la sortida de l estació del metro. L escala mecànica, com gairebé sempre, està espatllada; de manera que ha de pujar els seixanta graons que el separen de la superfície a peu.

16 I li costa, redéu com costa. Cada esglaó, un esforç sobrehumà. Sap que al carrer no l espera la llum. Sap que el cel és fosc. Que l aire està comprimit, que tindrà gust de fum. Caminarà un parell de trams de carrer cap a la dreta, després trencarà pel carrer que baixa, i unes portes més avall hi ha el final del camí, hi ha el cadafal. Cada dia el mateix. La cara de pomes agres del Ricard, la de esnifat del Pep, la de perpetu absent del Manel, i la de gos de presa del cap. El seu escarceller. El seu botxí. Gaudeix, xala, fent-li la punyeta. Quan no el renya, li fa escarni. I sempre l humilia en públic, l empetiteix davant dels seus companys, que no paren de fer-li la gara-gara; se ls ha fet seus, agraeix els seus afalacs, fan pinya, tots plegats, i a ell el deixen fora. Com cada dia, ha de vèncer la temptació d arrencar a córrer en sentit contrari. Com cada dia, en vèncer aquesta temptació li venen basques i aleshores ha de frenar, controlar, les ganes de vomitar. Camina entre un exèrcit de soldats derrotats, que ara han trencat el silenci d abans, quan eren al soterrani. Ara els sent xerrar, s adrecen paraules com lladrucs, com si se les llencessin els uns contra els altres, però no les escolten, només se les tiren pel cap, els mots no tenen intenció ni possibilitat d arrelar al cap de cap interlocutor. Passa davant d una dona petita i arrugada que, amb unes mans de joguina, dóna veces a un estol de coloms; per un moment pensa que se la cruspiran a ella. Més enllà hi ha un home, assegut, amb el tors nu, té l esquena estrafeta, una de les espatlles li surt del seu lloc, com si se li hagués disparat. Té una gorra davant seu, amb unes monedes dintre. Quan arriba a la cruïlla per on ha de tombar, com cada dia, li venen al cap un munt de raons per girar cua: el despertador se li ha espatllat aquesta està molt gastada, se li ha inundat el pis també l ha feta servir ja alguna vegada, i els pisos no s inunden tant sovint, el metro ha tingut una avaria (aquesta és gairebé diària), la migranya, la lumbàlgia, el gat, els bombers rescatant una veïna, la mare ha empitjorat... Aquesta! Com que fa temps que sa mare no està bé, avui pot dir que aquesta nit ha empitjorat i no l ha deixat dormir. Veu una paret amb un rètol al capdamunt que diu «Entrada lliure» damunt del no res, sobre la paret nua, sense cap porta, ni cap finestra per on poder entrar lliurement. A la casa del davant hi ha un gran rètol publicitari, amb una colla de gent que sembla que el mirin a ell; observa, astorat, que riuen amb la boca oberta i tenen les dents corcades. Quan passa pel davant del bar Henry, s espanta d una figura fosca, amenaçadora, que sorgeix davant seu. Per un breu instant tem que l ataqui, que sigui un agressor, aquell agressor que ha somiat aquesta nit, com d altres agressors somiats en altres nits.

17 Li puja a la gola un crit des del fons de l ànima. Però no acaba de formar-se, perquè descobreix a temps que la figura que es precipitava damunt seu, que semblava voler topar amb ell, era la seva pròpia figura reflectida al mirall una mica guerxo, no gaire net del bar Henry. Fa dies que l espanta l aparició d algun mirall que li torna la seva imatge, tot i que no estigui deformada; li costa reconèixer-se, li desagrada reconèixer-se. No veu cap tret que desprengui amistat, que exhali confiança. Això explica, tal vegada, els seus fracassos. Potser així el veuen els altres. Entra al bar a fer un cafè, confia que la cafeïna l ajudi a enfrontar-se a la cara de gos que l espera, que li infongui prou confiança per entrar amb desimboltura al despatx, com si no el tenallés cap mena de por. El cafè és més amarg que mai, i se l acaba sense esperar que deixi de cremar. S escalda la llengua, però ja és prou tard, no pot posposar més allò que l espera. Sap perfectament que quant més hi pensi més raons li donarà el cervell (o aquella part del cervell que té la missió de protegir-nos) per no anar a treballar, per tornar enrere. El problema és que necessita la feina. Mentre la primitiva, la loto o els cecs no li donin una altra solució la necessita. Ha de menjar, i portar el pa a casa li agrada aquesta expressió, tot i que no en porta mai, de pa i pagar el lloguer del pis. A més, no està gens segur de trobar cap altra feina. Les poques vegades que ho ha intentat han estat descoratjadores. Té poca formació, no sap ben bé per a què serveix i la seva timidesa que a ell li agrada anomenar humilitat té poc mercat. A l empresa ja l han canviat diverses vegades de lloc, perquè, com li diu sovint el cap, no fa cap feina bé. Una vegada fins i tot li va dir que no servia per a res, que era eixorc, parauleta que va haver de buscar al diccionari. Quan, finalment, arreplega les poques forces que li queden, comença a caminar els pocs metres que falten per a l oficina. Intenta mantenir el pas ferm, el posat, si no altiu, almenys digne, amb un bri de despreocupació. Però només necessita d unes quantes passes, menys de les que calen per arribar a l entrada de la feina, per adonar-se que, com sempre, no aconsegueix els seus propòsits. Ni el seu pas no és gaire ferm, ni el seu posat n està segur tot i no veure s s assembla gens al d un ésser humà despreocupat. Tot i així l embranzida inicial la cafeïna, segurament li permet arribar a la porta de l empresa sense gaires estralls. I la creua. Dintre ja hi ha tots els seus companys, que no el miren, tot i que responen al seu bon dia una mica apagat, val a dir-ho d una manera mecànica i fluixa, com si no volessin que el cap, dintre del seu despatx suposa ell, s hi passa tot el dia els sentís.

18 La resposta poc entusiasta dels companys no li ve de nou, és el seu capteniment habitual. Fa temps que van deixar de tractar-lo com un amic. Ara el tracten com un estrany, com si fos un treballador d una altra empresa, d aquells que de sovint circulen per l oficina: dones de fer feines, neteja-vidres, tècnics informàtics, operaris de seguretat. Tots són una colla de llepaculs fastigosos, pensa ell, tot recordant el poc suport millor seria admetre que, darrerament, és nul que aquests companys li donen quan el cap, en Sorge, el fueteja impunement. La puntualitat és una excusa, i ell reconeix que li n dóna facilitats. Però és que cada dia li costa més llevar-se, cada vegada li és més difícil vèncer les temptacions d anar al metge a ploriquejar perquè li donin la baixa. Potser això és el que hauria de fer. Però li preocupa el després, quan, indefectiblement, li donin l alta mèdica. Tem que, si deixa d anar diàriament a la feina, no podrà, després, enfrontar-s hi de nou. Com aquell que ha tingut un accident de cotxe, i no el torna a agafar durant molt de temps: la por acaba per apoderar-se n, i córrer el perill de no tornar a conduir mai més. Un cop es treu l abric i el penja a l armari s asseu a la seva taula, i, abans de connectar l ordinador, veu de reüll que s obre la porta del despatx del Sorge. Ara començarà, pensa. Què? Una altra vegada? Vostè no entén el llenguatge dels humans, oi? Que no vam quedar ahir que no tornaria a arribar tard? Que se n fot de mi? Quin respecte li mereixen els seus companys? Ja està, es diu, ja torna a utilitzar els companys. Ho sento, però la mare ha passat una mala nit, i no he pogut dormir. Ha empitjorat. Es fa un silenci espès. En Sorge calla, i ell no gosa mirar-se l. No se sent cap remor, tota activitat sembla haver cessat sobtadament a l oficina. Finalment, com que ningú no diu res, alça els ulls. El cap se l està mirant, amb una mirada que no sap interpretar, no li havia vist mai abans. Sembla desconcertat. Mira al voltant, i tots els companys estan com petrificats, amb llurs esguards fixos en ell. Això ja és massa, podem aguantar-li les mentides quotidianes, la seva poca productivitat, que s hagi convertit en un destorb més que una ajuda, que serveixi de tap per a la promoció dels seus companys més joves, però això, burlar-se de nosaltres, fer befa utilitzant la seva mare... se n hauria de donar vergonya, això ja no li podem tolerar. Burla? Què vol dir? Ja ho sap: tots vam venir a l enterrament de la seva mare, l estiu passat.

19 (traducción) HUMANIDAD ENCOGIDA Va caminando por el pasillo, y una verdadera riada humana va hacia él en sentido contrario. Es como un animal monstruoso y silencioso. Es extraño ver tanta gente junta, apretada, en un espacio tan reducido, con tan poco ruido. Parece un cuadro de Piet Mondrian salido de madre, escapado del marco de la vida. Salido de un museo de los horrores. La caravana humana que camina es un decir, porque parece que repte; según como, que cabalgue se ensancha de manera imperceptible, ocupando cada vez más anchura del pasillo, hasta que los que andan en sentido contrario son conminados a apartarse, a engancharse a la pared, como reptiles, quedan arrinconados. Delante de él una chica chupada de mejillas se gira y lo mira asustada, y él la mira a su vez pero no le dice nada, no sabría qué decir. La chica, con los ojos muy abiertos, abre la boca pero no oye qué dice. Las cabezas de esta muchedumbre se balancean, suben y bajan, acompasadas con sus pasos. No con el mismo ritmo, ni con la misma cadencia, pero sí como si vinieran de una misma procedencia, como si obedecieran a una misma voz, como si fueran hijos de un mismo pensamiento. Le gustaría creer que esta serpiente gigantesca no es ninguna amenaza, pero la percibe como una amenaza, le gustaría pensar que la forman personas inocentes, seres humanos dignos de ser queridos. Le atrae el conjunto, aterrador, agresor, pero también lo seduce cada cara, cada rostro, surcado de lágrimas pretéritas, ávido de sonrisas futuras, con los ojos llenos de miedo, de desconfianza, de desesperanza. Cada cara trae escrita una historia, una vida, un puñado de ilusiones, que se van marchitando, que van caducando. De pronto se siente chupado por la multitud, por el rebaño, por la nube de cabezas, gorras y ojos adormilados. Nota que su cuerpo se desintegra. Es una sensación rara: como si la carne se le rasgara, como si los huesos se le fundieran, talmente como si los nervios se le aflojaran rápidamente. La percepción de desintegración es muy viva, pero en absoluto dolorosa: nota que vuelve a integrarse, dividido, repartido; cada fibra, cada resorte, cada molécula, cada átomo forma parte, de nuevo, lentamente, del grupo, de la muchedumbre, de la turba. Ya no es uno, el yo, sino ellos, nosotros. Se ha desprendido de la vileza egocéntrica, de la miseria autárquica; ahora disfruta de la riqueza tántrica, de la multipersonalidad unívoca de la gran prostituta: pertenece, de hecho y de derecho, al colectivo, a la comunidad, a la sociedad. Es la sociedad. La chica que iba delante de él ya no está acurrucada en la pared, ha vuelto a caminar, porque la muchedumbre ha disminuido su volumen, y ahora las fuerzas, el

20 número de los que vienen del tren, de los metros y de los que van se ha equilibrado. Cuando llega al andén, el metro entra por la boca del túnel, surge como una bestia, silencioso justo en el momento de aparecer, y estrepitoso, estruendoso, un instante después. Cuando consigue pararse, abre sus puertas y escupe otra muchedumbre, que pronto se junta y vuelve a formar otra serpiente gigantesca y monstruosa. Son como los gusanos de una bolsa de procesionaria, misteriosamente agrandados, monstruosamente agrandados. Una muchedumbre sucia y silenciosa. Entra en el vagón entre docenas de personas adocenadas. No hay ningún asiento libre. Se queda de pie entre una gitana rumana y un indio de espesa barba. El metro se dirige de nuevo al túnel, a bandazos, y empieza a ganar velocidad. Tras varias estaciones, se da cuenta de que se ha ido vaciando. Ahora sólo quedan tres personas en su vagón, y cuando se para de nuevo salen dos y entra otra, un músico que empieza a tocar el acordeón y canta una canción que él recuerda pero no consigue enmarcar, no recuerda el nombre ni quién la popularizó. En la siguiente estación, el músico baja y lo sustituye un grupo de escolares que charlan sin parar con sus voces estridentes. El metro se pone de nuevo en movimiento. Los viajeros siguen rutinariamente la inercia de la velocidad, compensan los bandazos de las frenadas, aceleraciones y curvas sin esfuerzo aparente, como si estuvieran enganchados al suelo. Las luces se apagan de pronto, pero todavía quedan las de emergencia, y el metro continúa su marcha furibunda, ruidosa. Al cabo de un rato una luz parpadea en el techo del vagón. Y a continuación, despacio, se encienden otra vez las luces, como si lo hicieran con pesar. El tren empieza a aminorar su marcha; ahora se da cuenta de que había adquirido una velocidad alta, sin que lo percibiera. Entra en una estación que, sorprendido, advierte que es la suya, donde le toca bajar. Una vez que los vagones se han parado junto al andén, las puertas mecánicas se abren con normalidad, con su clásico golpe al final de su marco, en el interior de la pared del tren. Y él baja, en medio de la gente, casi empujado; se siente como transportado. El destino, inexorable, le espera fuera, cerca de la salida de la estación del metro. La escalera mecánica, como casi siempre, está estropeada; de forma que debe subir a pie los sesenta escalones que lo separan de la superficie. Y le cuesta, dios cómo cuesta. Cada peldaño, un esfuerzo sobrehumano. Sabe que en la calle no le espera la luz. Sabe que el cielo está oscuro. Que el aire está comprimido, que tendrá gusto de humo. Caminará un par de tramos de calle hacia la

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