Reflexiones entorno al objeto y el yo

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1 Reflexiones entorno al objeto y el yo Jorge Del Río Coll «Ce goffre, cést l enfer, de nos amis peuplé! Roulons-y sans remords, amazone inhumaine, Afin d eterniser l ardeur de notre haine!». C. Baudelaire. Les fleurs du mal Resumen En este trabajo se trata de ir asociando la indispensabilidad del objeto, tanto como constituyente del psiquismo como en su supervivencia, así como su papel a través de las experiencias de satisfacción en donde la calidad del encuentro con el objeto determina las cualidades del yo. Propongo así mismo reflexionar sobre el paso de objeto de lo real a objeto subjetivo e insinúo el valor traumático de los fallos en este proceso y sus manifestaciones en las patologías con déficits de constitución yoica. También inicio unas reflexiones sobre el setting terapéutico como espacio de juego psíquico. Palabras clave: objeto de amor-odio; experiencia de satisfacción; objeto-juguete; sensorialización. Summary This work tries to associate the indispensability of the object, as constituent of the psyches as much as in its survival, as well as its role across the experiences of satisfaction in which the quality of the meeting with the object determines the qualities of ego. I also propose to think about the step of object «of the real thing» to «subjective» object and I suggest the traumatic value of the failures in this process and their manifestations in the pathologies with of ego constitution deficits. Also I initiate a reflection about the therapeutic setting as space of psychic game. Keywords: object of love-hatred; satisfaction experience; object-toy; sensorization. En la actualidad, la clínica, a la que nos tenemos que enfrentar, presenta una extrema complejidad, ahí donde el sufrimiento humano no sólo se ha de encarar con los conflictos ligados al deseo y la tramitación del yo frente al ello, el superyó y la realidad, si no que ha de encarar fragilidades extremas del yo, causadas por deficiencias graves en las relaciones objetales primigenias. Podemos ver que las funciones objetales que permiten el nacimiento psíquico presentan carencias en ocasiones temibles y ante la evolución de los hábitos socio-culturales aún se despierta más temor. Más allá de la tecnificación de los cuidados al niño y de la medicalización abusiva que sustituye, camufla o aborta las experiencias fundantes del psiquismo, deberíamos cuestionarnos y responsabilizarnos cuando muchos de los padres de hoy, de los políticos y gestores administrativos y sociales, son aquellos que vivieron los momentos culturales de los años 60-70, en que parecía que los principios burgueses eran puestos en cuestión. En un anterior trabajo Entre la Nada y el Vacío (Del Río, 2009), comencé a expresar ideas sobre estos puntos. Recientemente, en un artículo de Claude Janin (2005), leí la siguiente frase que el autor menciona oírse decir en el curso de una reunión de analistas: «Uno jamás es decepcionado por el objeto de su odio». Dicha expresión espontánea nos muestra la imperiosidad de la presencia objetal; el objeto de amor puede decepcionar y dejarte solo, el objeto del odio es un compañero completamente fiel, éste sí que no abandona nunca y, además, no es necesario tenerlo presente para sentirte en vínculo con el mundo y aunque sea odiando jamás estaremos solos. El planteamiento que comparto es pensar en las repercusiones que las carencias objetales, ya de presencia o ya de función, imponen al yo y los déficits a los que éste se ve sometido aun antes de verse enfrentado al imperio de las pulsiones. Antes de que nada se inscriba en el ser humano recién nacido hay un cuerpo biológico, en el cual si bien no se descartan inscripciones en el periodo fetal podemos suponer que éstas son igualmente somáticas, y aunque sean de placer o displacer es a dudar que puedan poseer cualidades psíquicas. En el artículo personal antes citado recogía ideas de P. Aulagnier (2001) respecto al pictograma en J. DEL RÍO 5

2 cuanto este correspondía al momento de encuentro de una sensorialidad preparada para sensorializarse con un otro dispuesto a ser objeto, pero que sólo se constituía como tal en el momento primigenio del encuentro. Parafraseando el «Al principio de todo fue el Verbo», podríamos decir que «Al principio de todo fue el Encuentro». Con ello quisiera privilegiar en estas reflexiones la importancia del objeto, especialmente el objeto primigenio; materno o paterno, pues tal como nos dice Freud no hay diferencia entre ellos antes de que se dé el reconocimiento de la diferencia de sexos. Pienso a este objeto aún antes de que se constituya como objeto interno, lo cual se dará en el niño cuando éste pueda sentir su ausencia. Pero antes de que el objeto interno se constituya, las formas en como el objeto externo primario interactúe con el niño a través de las experiencias de satisfacción y su consecuente inscripción perceptiva, no sólo darán lugar a como este cuerpo del infans se sensorializa y procesa sus excitaciones externas e internas, sino que además es proceso fundante del yo; un yo que es superficie sobre el que se dan esas percepciones, no sólo de lo real externo sino que también de los cambios internos que esas experiencias producen; además, un yo que es constituido por la introyección de los objetos que están presentes por medio de las experiencias de satisfacción. Freud escribe en El yo y el ello (1923: p. 27): «El yo es sobre todo esencia-cuerpo; no es solo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una superficie». Y en nota referida a ese párrafo (pp ): «O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones corporales, principalmente de las que parten de la superficie del cuerpo. Cabe considerarlo, entonces como la proyección psíquica de la superficie del cuerpo, además de representar la superficie del aparato psíquico». Partiendo de lo que nos mostró Winnicott (1958), es en el cuidado corporal por parte de la madre que se van erogeneizando las diferentes zonas erógenas y adquiriendo existencia psíquica para el bebé, y como también nos mostró Aulagnier (2001), dando origen al pictograma. Tendremos, pues, un yo constituido por una superficie perceptiva en donde la presencia de la función del objeto será fundante de su cohesión. Freud en El yo y el ello (1923: p. 31) escribe: «Al comienzo de todo, en la fase primitiva oral del individuo, es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación. Más tarde, lo único que puede suponerse es que la investidura de objeto parte del ello, que siente las aspiraciones eróticas como necesidades». Esta frase nos acerca a poder seguir planteando la importancia de la estimulación corporal y verbal por parte de los cuidados parentales. Podría pensarse que la fortaleza del yo dependerá de la inscripción representacional que estos cuidados aporten; cuidados que en lo físico actuarán sobre la superficie del cuerpo, sobre su interior en la satisfacción de las necesidades biológicas y si son acompañados de la palabra, la progresiva instauración de representaciones palabra que en el a posteriori permitirán el acceso al sistema preconsciente-consciente. En el caso de experiencias satisfactoriamente buenas, las inscripciones representacionales irán acompañadas de huellas mnémicas asociadas al alivio de tensiones y a experiencias de ligadura de la libido suministradas por la correcta función materna. Más adelante plantea que el objeto puede ser resignado y al igual que en la melancolía el objeto perdido se erige en el yo; dice (Freud, 1923: p. 31): «Quizás el yo, mediante esta introyección que es una suerte de regresión al mecanismo de la fase oral, facilita o posibilita la resignación del objeto. Quizás esta identificación sea en general la condición bajo la cual se resigna el objeto». Vemos, pues, un yo que posee una dimensión superficial corporal y esencialmente somática y otra dimensión sedimentaria de las diferentes relaciones objetales resignadas. En la medida que ambos aspectos hayan podido establecerse suficientemente bien en la organización del yo, éste dispondrá frente a las tensiones externas o internas de su mundo pulsional, de una introyección de la función calmante ejercida inicialmente por el objeto primigenio portador de la satisfacción. Por esto, en muchos de los sujetos que han carecido de estas experiencias suficientemente buenas vemos tanto una incapacidad para soportar la tensión psíquica, como la expresión a través del dolor físico de esa tensión, ya sea como expresión sensorial somática o sea como expresión de un estado de profunda confusión entre lo somático y lo psíquico y que, ante la insuficiencia de esto último, el sufrimiento sólo sea percibido como dolor tal como se puede ver con frecuencia en las toxicomanías. Me es sugerente la imagen de una superficie yoica-corporal agujereada y extremadamente frágil. Partiendo del cuerpo del infans tras su nacimiento, hallamos una tensión somática o libido que precisa aliviarse. Al mismo tiempo una capacidad sensorial que no se establecerá como tal hasta que se dé ese encuentro con el objeto de la satisfacción. En ese momento, esta libido somática pasa a ser libido objetal y al mismo tiempo retorna hacia el infans permitiendo el acceso a la 6 INTERCANVIS 27 NOVEMBRE 2011

3 sensorialidad en aquella superficie que permite, transformándose en libido yoica, constituir los inicios del yo, junto con la posibilidad de que este cuerpo ya sensorializado vaya descubriendo su propia erogeneidad inicialmente parcial y disgregada para finalizar uniéndose en el narcisismo primario. Tal como dice Freud en el párrafo citado, «es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación», lo que nos muestra que el objeto de la satisfacción pasará a ser elemento constitutivo del yo y, por lo tanto, en el yo se irá estableciendo una superficie perceptiva y erogeneizada, constituida por el conjunto de las percepciones habidas tanto en el propio cuerpo como de aquellas percepciones sensoriales del objeto y de su función. Si las condiciones iniciales son suficientemente buenas, mediante una buena función satisfacedora y paraexcitadora del objeto, la tensión somática se mantendrá en límites asumibles para el niño y lo que se inscribirá como huella mnémica será placer y autopercepción corporal, aunque para que esta percepción se dé, será preciso que haya previamente la experiencia de necesidad que convierta al cuerpo como percibible para la percepción en la capa interna del yo-superficie. Al mismo tiempo, la percepción del objeto será introyectada, pero no sólo como objeto de lo externo en sí, sino que será el objeto de la realidad junto a la función de satisfacción y junto, también, con el registro de los cambios internos experimentados por el infans, lo cual constituirá el objeto interno que se erigirá en el yo como parte constitutiva de él. Todo lo expuesto hasta aquí es para ordenar las reflexiones sobre los estados patológicos que nos interesan en la actualidad, ya sean denominados patologías narcisistas, déficits del yo, borderlines, etc. En estos pacientes no vemos el conflicto tan centrado en la pulsión como en el objeto o en los objetos. Es cierto que la pulsión está presente de modo en ocasiones brutal, con pasos al acto impulsivos o mostrando la cara silenciosa, pero igualmente temible, de la somatización cuando la pulsión de muerte está desintrincada de aquella libido que la neutralizaría. Esto lo ejemplificaría con lo que Jean Claude Ameisen (2003), médico, biólogo e inmunólogo francés, nos dice en su libro La sculpture du vivant, cuando refiriéndose a la Odisea nos recuerda que Circe avisa a Ulises que en el encuentro con las sirenas debe evitar oír su canto, lo cual le llevaría a la muerte, de modo que debe tapar con cera los oídos de los marineros y si él quiere escucharlas debe ser atado al mástil del navío y en el caso de que pida ser desatado sus compañeros deben efectuar una lazada de más. De modo que frente al peligro a evitar, al igual que en los mecanismos neuróticos, se puede apelar al no percibir o al no actuar. Mientras que en Jason y los Argonautas, Orfeo en situación similar frente a las sirenas, se dedica a tocar su lira neutralizando el canto mortal de aquellas; ello es buen ejemplo de cómo la pulsión de muerte se intrinca con Eros al servicio de la vida. Podríamos plantear que en estos pacientes no hay lira que pueda tocarse. Cuando no ha habido una suficiente experiencia de satisfacción en las primeras etapas de vida, el yo carece de medios para neutralizar la excitación y la tendencia de lo vivo es hacia su descomplejización. Las angustias que estarían en juego ya no son las correspondientes a las tensiones entre el yo, el ello, el superyó o la realidad; ya no es la culpa o el peligro ante el cumplimento del deseo, son angustias más profundas frente a la desorganización, disgregación o la precipitación en un vacío sin fondo. Esto se da cuando el yo carece de objetos internos y, por lo tanto, carece de consistencia, o cuando el yo carente de una superficie perceptiva (yo-piel) no posee unos límites contenedores de sí. Lo más irrepresentable para el ser humano es la carencia absoluta de objetos. Se ha de tener un vínculo con el medio pues la ausencia de objeto implica la imposibilidad de intrincación pulsional. Lo experimentado ya tiene que ver poco con la angustia, sobrepasa a ésta en lo que llamaríamos estados de sufrimiento sin límites o terror. Creo que algo semejante lo hallaríamos en los estados de abstinencia de los toxicómanos, en donde la pulsión aparece de modo incontenido con graves pasos al acto, en donde la representación psíquica del padecer que, tal como nos explica V. Korman (2009) en Y antes de la droga, qué?, es confundida con el dolor físico. Esto estaría en consonancia con el párrafo de Freud citado anteriormente en que vincula al yo con sus fuentes perceptivas corporales. De este modo se irá inscribiendo en lo psíquico no sólo la posibilidad de representabilidad por el pensamiento, sino que además la estimulación sensorial del cuerpo irá configurando la representación psíquica de éste. De aquí podemos seguir cuestionando lo que puede ocurrir cuando la función materna es excesiva, cuando este cuerpo satisfecho, incluso antes de que la experiencia de necesidad se instaure, se encuentra con que el displacer que la necesidad genera en la sensorialidad del cuerpo se halla ausente, de modo que esta sensorialización no tiene lugar y este cuerpo se encuentra desprovisto de una suficiente J. DEL RÍO 7

4 representación de sí. Como el objeto externo está condenado a frustrar, alejarse, desaparecer, cuando ello ocurre el niño pasará a un estado de desamparo, desorganización y potencial despersonalización al verse confrontado con experiencias corporales o pulsionales de las que ha carecido de inscripciones previas. La angustia extrema o el terror tal como lo describe J. Lutemberg (2007) en su libro El Vacío Mental, serán unos de los modos privilegiados en que puede manifestarse el déficit de inscripción yoica, tanto de las representaciones palabra como la representabilidad yoica del cuerpo. Ahora bien, en muchas situaciones lo que queda inscrito de la función materna y la hipotética experiencia de satisfacción puede estar más cerca del dolor, ya sea físico o consecuencia del estasis libidinal, por insuficiencia de dichas experiencias. El dolor será entonces lo que en ausencia de placer quedará plasmado en el yo, pues es esa primera identificación, con la relación del objeto primordial, lo que se erigirá como constitutivo del yo. Posiblemente en los comportamientos impulsivos de tipo autolesivo o, en ciertas experiencias toxicomaníacas, sea esa experiencia dolorosa, golpeante sobre el cuerpo, la que se busca para evitar experiencias de desbordamiento o disolución de la función contenedora del yo. Otra salida sería la búsqueda de pseudosatisfacciones, ya sea comportamentales o tóxicas que eludiesen satisfacciones erogeneizadas, las cuales serían escasas o ausentes dada la precariedad de las experiencias positivas, dadas en dichas funciones primigenias fallidas. La existencia de un buen objeto materno, permite a través de la progresiva estimulación de las diferentes zonas erógenas, una suficiente cohesión de ellas, lo que favorecerá que se instaure a posteriori un correcto narcisismo primario, además que esa experiencia perceptiva del objeto, de sus aspectos cuantitativos, pero de modo especial cualitativos, comportará que se construya un buen objeto interno, objeto que será incorporado y en el mejor de los casos introyectado para pasar a ser parte fundamental del yo. Respecto a este punto ha de diferenciarse incorporación de introyección, pues en el primer caso el objeto incorporado no llega a superar un intento de erección en el yo, lo cual no pasa de ser un intento fallido, tal como vemos en múltiples patologías en donde predomina una oralidad compulsiva, ya sean toxicomanías, compras compulsivas o trastornos en torno a la alimentación. Respecto a este punto, Paul Denis (2010) aborda la experiencia de satisfacción como constituida por un primer movimiento de apoderamiento activo del objeto para luego lograr el fin pasivo de la satisfacción; respecto a ello ejemplifica que en tanto los tóxicos aportan un sucedáneo de satisfacción, ello comporta una carencia en la necesidad de ir en busca del objeto, lo cual acarreará un debilitamiento del yo, ya que este no tendrá que esforzarse para alcanzar al objeto. De estas reflexiones podemos seguir pensando que este yo, inicialmente constituido por la sedimentación de la introyección de las diferentes experiencias de satisfacción primigenias, precisa de modo permanente, para su no disolución, una presencia de objetos susceptibles de ser buscados. La misma pulsión de apoderamiento que parte del ello hacia el ambiente, en su búsqueda de objetos para la satisfacción es permanentemente reforzadora del yo. Esta reflexión es coincidente con lo que la apoptosis celular (suicidio celular programado) nos muestra en la biología; en este caso toda célula está programada genéticamente para su autodestrucción y sólo su interrelación molecular con otras células de su medio frena o impide que la apoptosis tenga lugar (Ameisien, 2003). El objeto es imprescindible, es imposible la vida psíquica sin objeto y si el objeto es susceptible de pérdida ha de permanecer de algún modo, aunque sea a través del odio o la nostalgia depresiva. Es la amenaza sobre el narcisismo lo que transforma la agresividad en odio, como un intento de dominar al objeto de la pasión odiosa; objeto que pone en cuestión la completud narcisista y el reaseguramiento asociado a ello, es pues el yo que se ve amenazado y a través del odio puede establecer una ligazón libidinal con el objeto, que le protege de su desmoronamiento, pero en la medida que el odio se hace inextinguible, paradójicamente va a llevar a un vaciamiento libidinal de ese yo que a modo de mancha de aceite se extenderá en un empobrecimiento de los otros lazos libidinales y proseguirá en una nueva amenaza a su integridad. Sólo en la perversión, cuando se asocia a Eros, se puede contener este vaciado narcisista, o en el caso de la paranoia, en donde el resto del mundo relacional es desestimado, exceptuando el objeto perseguidor, que imposible de ser dejado pasa a ser ocultamente amado, pues sin él no habría nada que detuviese el derrumbe narcisista y yoico. En ausencia de un yo suficientemente estructurado y como consecuencia de bajos niveles de libido yoica sustentadora del narcisismo, el sujeto se hallará dificultado para recurrir a sus fuentes internas. P. Jeanmet, en Haine de soi, haine de l autre, escribe (2005: p. 120): «[...] el sujeto es impulsado a recurrir a una forma de agarre al mundo 8 INTERCANVIS 27 NOVEMBRE 2011

5 perceptivo-motor controlable por los sentidos». Eso lleva a que se dé un vacío de verdaderos procesos mentales ligados a sus fuentes erógenas y somáticas, habrá procesos mentales en donde los procesos lógicos pueden tener la apariencia de verdaderos pensamientos, pero su desconexión con los elementos emocionales y afectivos, de las capacidades de enunciación y de desplazamiento, serán determinantes para que sean unos procesos de pensamiento que fracasan en sus capacidades de movilización de las tensiones-excitaciones. Estos sujetos desprovistos de posibilidades de tramitar mentalmente su experiencia vivencial, se aferran a eso real y perceptivo, como un intento de ligadura libidinal a los objetos mundanos, para que ésta pueda retornar como libido yoica, pero en estos casos desligada de sus fuentes pulsionales, que sería la que les habría de procurar una experiencia de sí mismos, tal como Winnicott (1958) nos ha enseñado refiriendose al self-verdadero. Por ello viven como amenaza a su estabilidad psíquica la presencia de lo emocional y mental, tanto en sus propias reacciones a los acontecimientos como las que pueden hallar en los otros, ya que ello les puede poner de manifiesto su falta, pues esa falta de expresión de algo no constituido es una amenaza hacia su narcisismo precario, que muchas veces se ve sustentado por una exigencia mortífera de éxito, ya sea social, sexual, económico. También pueden recurrir a sistemas de creencias, ideologías, actitudes políticas o de tifosi deportivo, en las que su identidad no se sustenta en su propio yo, sino que es adoptada masivamente de eso exterior, o en otros casos su mundo emocional no es responsabilidad propia, sino de creencias cuasi delirantes pero aceptadas en el medio cultural, véase creencias astrológicas, parapsicológicas y, por qué no decirlo, de sabidurías universitarias respecto a lo psicológico. Por otra parte si el objeto ha sido suficientemente bueno esta introyección implicará el traspaso al yo de funciones satisfactorias y calmantes, y así el yo irá adquiriendo capacidades para afrontar las exigencias internas (pulsionales) y externas. Ahora bien, si el objeto falla y no es suficientemente bueno, no solo se introyectarán experiencias de displacer, sino que el yo carecerá de esas posibilidades de limitar por sí mismo la tensión. Escribe René Roussillón (2010: p. 35) en Satisfaction et plaisir partagé: Cuando el placer potencial que experimenta el bebé no es compartido por su madre de manera suficiente, lo vivenciado subjetivamente por el bebé no se acompaña de placer y la experiencia de amamantamiento no se acompaña de satisfacción. Para experimentar el placer el bebé tiene la necesidad de que la madre le reenvíe en espejo, por su propio placer compartido el reflejo que ella le da del suyo, una imagen de este placer. El placer no reflejado no es más que difícilmente sentido, y no se compone psíquicamente, no produce representación psíquica. Paul Denis (2010: pp ) en La experiencia de satisfacción. Crisol del psiquismo, apoyándose en Freud recuerda que la experiencia de satisfacción y la acción específica implican la existencia de una persona atenta al estado del sujeto, de este modo se produce: una descarga duradera de la sobrecarga de excitación; un investimiento que se organiza y que corresponde a la percepción de un objeto (la persona cuidadora que ha permitido la acción especifica). se produce una imagen, un trazo del movimiento de descarga. Este autor recoge de Freud la siguiente frase «Del hecho de la experiencia vivida de satisfacción, una senda tiene lugar entre estas imágenes mnémicas [ ]», de la cual el autor prosigue con: «hace de esta senda, de esta asociación, el núcleo del yo». El yo estaría, pues, constituido por las imágenes mnémicas tanto de la satisfacción (apaciguador de la tensión) como del objeto que la permite. Podemos opinar que la satisfacción implicaría para ser completa ambos registros, tanto el del placer como el de la aprehensión del objeto. Cuando el yo no puede incluir en sí, la satisfacción junto al objeto, algo falta, algo que lo fragiliza. El individuo ya adulto puede lanzarse a la búsqueda de satisfacciones, a apaciguamientos de tensión, pero si carece sí de objetos o mejor dicho si la incapacidad de que dichos objetos puedan considerarse como tales, puede caer en una búsqueda frenética de cosas que no llegan a poderse constituir como objetos. Se puede pensar en las toxicomanías en que el objeto no es tal, en las sexualidades adictivas, en las compulsiones comportamentales, todas ellas en las que el objeto está ausente, debilitado, ensombrecido o destruido. A esto se puede añadir lo que comenta René Rousillon en el artículo antes citado en que nos dice que para que la experiencia de placer pueda ser considerada como tal y llevar a una verdadera satisfacción ha de ser compartida por el objeto partenaire y siendo ello ya desde las primeras experiencias y siguiendo el modelo del pecho, reconocer el placer experimentado por ese pecho, el cual al mismo tiempo es zona erógena compartida J. DEL RÍO 9

6 con la pareja amorosa adulta, lo cual ya sería una primerísima inscripción de lo edípico. Siguiendo lo anterior podemos plantearnos lo traumático no sólo desde el desborde de excitación ante fallos o insuficiencia de las funciones paraexcitadoras, como lo traumático ante lo no inscrito. Esto no inscrito estaría en concordancia con un yo débil o precario por la insuficiencia de las experiencias de satisfacción que junto a su hipotético objeto no han podido introyectarse, y donde tan fundamental es la satisfacción misma en tanto experiencia que podrá ser alucinada y más tarde modulada por la realidad, como la posibilidad de introyectar a ese objeto que dejará de ser externo para pasar a ser interno. Recuperando el parágrafo de Freud (1923: p. 31) citado anteriormente, prosigue: «[ ] Si un tal objeto sexual es resignado, porque parece deba serlo o porque no hay otro remedio, no es raro que sobrevenga, la alteración del yo que es preciso describir como erección del objeto en el yo. [ ] el carácter del yo es una sedimentación de investiduras de objeto resignadas.» Freud, respecto a las ideas previas en tanto a la erección del objeto en el yo, muestra con claridad las identificaciones al objeto, su papel en el Edipo y la base pulsional: libido objetal hacia el objeto y desexualización posterior para pasar a libido yoica en cuanto este objeto queda introyectado. Sin embargo, este objeto no es el objeto de lo real en sí, sino que es el objeto portador de la experiencia de satisfacción, que ejerce y da una cualidad específica a esta experiencia. Si el objeto ha sido suficientemente bueno en su función, lo que se instaurará como parte del yo será esta inscripción placentera y lo que quedará como huella mnésica será esta experiencia y el alivio de tensión libidinal inherente a ella. Pero si no se dan estas condiciones de bondad, el yo no podrá erigir en él esa experiencia de alivio, lo que se inscribirá en el yo será el sufrimiento y la incapacidad para el alivio, la tensión que debería haberse aliviado permanece desprovista de aquella matriz identificatoria que debería haberla contenido. La pregunta que nos hacemos es qué caminos tomará este yo deficitario para liberarse de dicha tensión. La experiencia de satisfacción no ha calmado, entonces, la rememoración de dicha experiencia frente a la necesidad, el recuerdo de dicha experiencia en la alucinación será nuevamente traumática en tanto no podrá ligar la tensión resultante. Qué pasará con los afectos, emociones y sentimientos si los representantes en el yo del mundo externo no han ofrecido unas mínimas inscripciones en el yo para su contención? Si hay una incapacidad para contener, si el principio de realidad que debería adecuar al principio del placer no ofrece a éste una alternativa válida, la descarga y la incontinencia en esta descarga estará facilitada hacia la desorganización (sea psíquica o somática) o hacia la agitación psicomotriz, ya en un no recurso a un proceso de pensamiento que ligue afectos, o la potenciación de un pensamiento (operatorio) excesivamente centrado en la realidad y un proceso lógico exacerbado que niegue lo afectivo, tal como explica P. Aulagnier (2001) en los procesos secundarios cuando los procesos originarios y primarios han sido deficientes. Si los afectos en sí serían los portadores del displacer, estos sufren un rechazo masivo, son negados por un pensar desligado de ellos o por un pensar que los niega o busca su descarga por la actuación sin consideración a un objeto externo que no tiene consistencia en tanto no hay referente de él en el interior del yo. Esto es sugerente de lo mencionado anteriormente respecto al placer compartido que desarrolla R. Rousillon (2010), en el artículo citado, cuando la madre que da el pecho no lo hace como relación erógena, sino como sustituto de lo que hacía el cordón umbilical, desproveyendo de su plus de erogeneidad a la satisfacción de la pulsión de autoconservación. Respecto a este punto deseo plantear una inquietante pregunta, ya no centrada en las iniciales experiencias de satisfacción, pero sí en tantas otras experiencias en que los niños sometidos a tensiones-excitaciones, no reciben de sus objetos parentales un acompañamiento satisfacedor o paraexcitador y, por contra, lo que alivia la tensióndisplacer es un fármaco: cómo quedará inscrito en el yo dicha experiencia? Creo que la respuesta es aún más inquietante. Ahora bien, si pensamos desde lo traumático, César y Sara Botella (1997: p. 75) escriben: «La no-representación es sentida por el yo como un exceso de excitación; y si el psiquismo no llega por medio de una transformación a hacer accesible esta vivencia al sistema de representaciones, el yo lo vivirá como traumático». Vemos que independientemente de las experiencias potencialmente traumáticas que hayan podido darse, véase sexuales, violentas, narcisistas hay un traumatismo de efectos más profundos, aquél que se da por la no posibilidad de representación. Lo que puede representarse, de algún modo tiene acceso al juego de los mecanismos defensivos y puede ser elaborado de manera más o menos exitosa. Si las primeras experiencias de satisfacción han carecido de un acompañamiento 10 INTERCANVIS 27 NOVEMBRE 2011

7 perceptivo del objeto satisfacedor, o si este objeto carece de su cualidad humana, de su empatía, de su propia respuesta emocional, lo único que se inscribirá como representable será el puntual alivio somático, pero este alivio sólo podrá quedar inscrito en el yo como un objeto de enorme precariedad y pobreza cualitativa, cualidades que pasarán a la propia consistencia del yo. Refiriéndose a la repetición R. Roussillon (2008: p. 192) dice: Por consiguiente se llega que lo que se repite «para el placer», es entonces signo de que lo que se repite de ese modo, se vuelve parte del Yo, que la experiencia así repetida ha sido «domada», que es contenida por el Yo en su actividad representativa y simbólica. Pero se repite a menudo «más allá del principio del placer», entonces se repite esto que no ha podido ser subjetivado de la historia de sí, la historia no subjetivada, no propia, se repite lo no-propio de la historia. Se repite esto que de la historia no ha podido ser simbolizado, esto que no ha podido avenir al yo. [ ] No se repite solo para intentar reencontrar el «objeto perdido», se repite para lograr los potenciales no cumplidos y no apropiados, se repite para volver propio aquello que no había podido serlo anteriormente. Lo anterior nos refuerza en la comprensión de que los fallos en la presentación del objeto dejan carencias en un yo debilitado, tanto incapaz de subjetivarse como de poder tramitar sus experiencias de modo representacional y abocado a repetir en un intento baldío de ligar una excitación desconectada de percepciones reales de placer, pero que al mismo tiempo, cuando el objeto ofrece displacer en lugar de placer, empuja hacia una compulsión repetitiva de experiencias de sufrimiento en un vano intento de lograr la ligadura de la excitación en el yo. El amor y el odio, a pesar de su aparente divergencia, mantienen una cualidad que los asemeja y es que en ambos se da una intensa fijación al objeto, lo que sería la esencia de la pulsión de apoderamiento del objeto sobre el cual descargar o enlazar la energía libidinal. Esto nos lleva a pensar el sadomasoquismo desde una perspectiva diferente a la propiamente sexual; en el sadismo no sólo será el placer de provocar dolor, también el placer de tener al otro, de tenerlo bajo su dominio y posesión, mientras que el masoquismo compartirá con el sadismo el placer de ser posesión del sádico. Veríamos aquí lo imprescindible del vínculo al objeto, aunque este objeto sea deficitario en su función y provoque graves alteraciones en el yo. Mencionando a Ferenczi, T. Bokanowsky (2005: p. 37) escribe: una ausencia adecuada en la respuesta del objeto [ ] mutila para siempre al Yo, mantiene un sufrimiento psíquico en relación a la interiorización de su objeto primario «desfalleciente» y comporta una sensación de sufrimiento primario (Hilflösigkeist) que durante toda la vida se reactiva a la menor ocasión. Frente a este sufrimiento del yo, no sólo el narcisismo primario que habría precisado de la actividad del objeto primigenio para sensorializar las diferentes zonas erógenas, para su posterior integración en la unidad narcisista y formar parte del yo, si no que el uso de intensas defensas como proyección y escisión conducen a una profunda pérdida de autonomía de éste. Ante esta dificultad para vincularse con el mundo objetal circundante, el yo se repliega sobre sí mismo en una relación narcisista tan precaria como intensa. Si seguimos a Bokanowsky, el cual diferencia una transferencia negativa de una negativizante, en el caso de la negativa ha habido una suficiente actuación satisfactoria de los objetos primigenios que han permitido su introyección en el yo y la expresión de lo negativo de la transferencia estará en consonancia con las mociones pulsionales y la configuración edípica. En el caso de la transferencia negativizante, lo que se ha incorporado-introyectado (si esto último es posible en estos casos) es el displacer y, por tanto, queda constituido como lo ajeno. En este caso, el yo deficitario rechazará al objeto, su presencia será un peligro para su precaria estabilidad y en la transferencia ya no será lo negativo de una expresión de odio u hostilidad, o la forma de mantener alejadas mociones amorosas prohibidas, si no que será una expulsión del objeto, una huída de cualquier vínculo, en términos de Bokanowsky, una antitransferencia. Ahora bien, exceptuando los casos en que la defensa logra encerrarse en su caparazón autístico-narcisista, el sujeto se puede ver impelido a una lucha permanente con el objeto, ya para protegerse de él, ya para experimentar a través del sufrimiento y la tensión consecuente una sensorialización, aunque sea precaria de su yo. Cuando digo sensorialización lo uso tanto como yo-piel de D. Anzieu, como «esencia-superficie» y «proyección superficie del cuerpo», que cita Freud en la anotación mencionada al inicio. A partir de estas últimas reflexiones podemos dejar de momento la clínica propiamente neurótica, en la cual habría una presencia suficiente de objetos introyectados como elementos identificatorios. Que el objeto haya podido ser introyectado junto con su experiencia más o menos satisfactoria, implica una apropiación subjetiva del objeto, apropiación J. DEL RÍO 11

8 que lleva a que el objeto pierda cualidades que le pertenecían de lo real para transformarse en mayor o menor medida en objeto subjetivo y simbólico. Un modelo de ello nos lo ofrece Winnicott a través de la capacidad de estar solo y el juego consecuente, incluyendo en este estar solo, el estar solo junto a la pulsión, por el cual el niño va haciendo suyos los objetos que se hallan a su disposición, en aquel es creado o es encontrado que hace pasar el objeto real inicial a objeto transicional y después a objeto subjetivo, siempre que el personaje acompañante ofrezca la suficiente confiabilidad y se halle a una distancia adecuada (ni ausente, ni intrusiva). Cuando estos procesos no se dan, ya por carencias intrínsecas (véase déficits sensoriales o cerebrales, por ejemplo) en el propio niño, o porque las funciones de los objetos primigenios han carecido de la suficiente calidad, intensidad, presencia, constancia, etc., el cuerpo del infans se ve desprovisto de aquella sensorialización que le permitiría tomar cuenta de un autoerotismo que fundamentase su narcisismo primario, así como que las tensiones-excitaciones inherentes a la falta de satisfacción de sus necesidades o el exceso de estímulo proveniente del exterior, lleve a que lo que se sensorializa es esa misma tensión o el dolor, ya sea psíquico o físico. Si seguimos a Freud serán estas experiencias junto con los objetos que las han producido las que pasarán a erigirse en el yo. Tendremos exceso de tensión y una estimulación de la pulsionalidad que, carenciada de objetos reales que no han pasado a hacerse subjetivos, no podrán por sí mismos ser constitutivos de un yo suficientemente fuerte y flexible frente a la realidad y la pulsión; los caminos privilegiados para liberarse de esta tensión serán de modo especial: el comportamiento o el propio soma, que se alterará en busca de apaciguar esa tensión. Dichos sujetos pueden verse impelidos a búsquedas imperiosas de objetos protésicos a los que unirse, ya sea en el amor o en el odio, ya sean objetos vivos o inertes (tóxicos); lo fundamental es escapar del desamparo absoluto. En ausencia de placer, lo único que podrá ser perceptible es el displacer, ya sea por el exceso de estímulo del exterior, ya sea por los estímulos internos no apaciguados. Si el dolor es entonces la experiencia psíquica dominante, la identificación primaria con el objeto, a través de la libido que el ello emana hacia este, el yo por su parte ya no se ofrecerá al ello como un ámame a mí, soy tan parecido al objeto, si no que dirá: súfreme a mí, soy tan parecido al objeto. Lo que sería incompatible con la vida psíquica sería la ausencia de objeto. Sin un objeto que permita la percepción y después su introyección, no habría yo, este sería parecido a lo que recuerdo escuché de D. Maldavsky comentando el doble del esquizofrénico, como el punto; imagen difusa y puntiforme, masa de puntos no cohesionados en un conjunto nebuloso. Lo anterior nos lleva a pensar la importancia del objeto, inicialmente externo, para que pueda formarse el objeto interno o quizás con más precisión, ese objeto que se halla siempre como objeto transicional en un territorio frontera. Lo peor, lo inimaginable sería que no hubiese objeto. Recordemos la película de Spielberg, Náufrago,el protagonista perdido y aislado en una isla ha de crearse un otro objetal por medio de un balón de futbol y, cuando al final éste se pierde, el protagonista cae en la más absoluta desesperación y abandona sus esfuerzos por la vida. El objeto ha de estar, ya sea amado u odiado, o esperado, tal como Esperando a Godot, espera que es la propia existencia aunque el objeto no vaya a aparecer jamás. La indispensabilidad del objeto, ya como constitutivo y fundante del yo, del cual este está constituido, ya como elemento indispensable de la vida psíquica. El objeto no puede dejar de estar. Si no existe objeto para amar ha de haber objeto para odiar y esta situación se convierte en más manifiesta cuando se trata de un yo débil, es decir un yo cuyos objetos iniciales fueron insuficientes en su función y por consecuente su introyección constitutiva del yo, precaria. Si el objeto primigenio tiene además de su función satifacedora, la función paraexcitante, cuando esta última no se ha dado el yo del niño y más adelante del adulto carecerá o se verá mermado en sus posibilidades de manejar la tensión, sea esta externa o interna (pulsional). Este yo fragilizado en su función de mediador estará amenazado en su integridad narcisista; ante ello, el narcisismo trófico no se desarrollará en provecho de un narcisismo patológico, que en ausencia de una base real buscará objetos que lo refirmen en una identidad, de la cual por sí mismo carece. A lo largo de las líneas anteriores he intentado plasmar, partiendo de las ideas expuestas por Freud en El yo y el ello, como con los primeros encuentros con la realidad, con el ambiente según Winncott, o con el pictograma de Aulagnier, se va constituyendo el yo, como incorporación en primer lugar y como introyección en segundo lugar de esa presencia externa para constituirse como sustancia del yo, formando los cimientos para que a posteriori este yo pueda afrontar la realidad externa y el empuje pulsional que parte del ello. De esta sumersión en el yo de los encuentros con los objetos a que ha accedido o le han permitido acceder en sus primeros 12 INTERCANVIS 27 NOVEMBRE 2011

9 avatares de existencia, surgirá la capacidad de identificación, su capacidad de relación consigo mismo y con el mundo circundante. De la cohesión identificatoria, de la apropiación de funciones de satisfacción suficientemente buenas dependerá su fortaleza frente a las exigencias de la realidad interna o externa. La pulsión podrá ligar su carga libidinal con el objeto si las huellas mnémicas iniciales iban acompañadas de una suficiente experiencia de satisfacción, que permitan un afecto acorde con el principio de placer. En estos casos el recuerdo mnémico del objeto y su acompañamiento afectivo quedan registrados en el yo, pero las repeticiones jamás podrán ser idénticas a la primera impresión del encuentro, por lo que el remanente de tensión, dada por la diferencia de las dos percepciones sólo podrá apaciguarse si el objeto reencontrado adquiere la cualidad de objeto simbólico. Si no se da ese paso desde el objeto real a objeto simbólico el remanente de libido imposible de ligar adquirirá un efecto traumático que empujará a la repetición en un vano esfuerzo de alivio. Si proseguimos con estas ideas la frase citada al principio de este artículo «uno jamás es decepcionado por el objeto de su odio», es exponente de un objeto que no se puede dejar en tanto permanece como objeto real, sin posibilidad de pasar a ser una experiencia simbólica. Eso podría ampliarse a aquellas experiencias en que lo real del traumatismo no puede simbolizarse, ya por lo traumático de éste, ya por las dificultades del sujeto para su simbolización. Para que el objeto sea simbolizado ha de haberse constituido como propio, ha de haber pasado por aquel espacio transicional que Winnicott nos explica en el «ser encontrado, o ser creado». Sólo cuando el objeto pasa a ser objeto subjetivo pasa a ser realmente objeto del yo y, por tanto, capaz de simbolizarse. Cuando el objeto no puede realizar este paso, la presencia del objeto será traumática. Por eso puede ser fundamental que el proceso terapéutico, al igual que en la capacidad de estar solo, el paciente pueda acceder a jugar con lo que llamaría objetos-juguetes que o bien él va encontrando o bien el terapeuta puede irle presentando cuidadosamente, para que este juego con sus pensamientos, asociaciones, sueños y afectos pueda ser integrado dentro de sí como algo propio, junto al acompañamiento confiable del terapeuta. Hay que dejar al paciente su espacio de juego y, en todo caso, proteger este espacio creativo de su propia subjetividad. Entiendo el jugar como un modo, en que aquello que se halla en el medio ambiente, sean cosas reales, sean pensamientos, ideas, abstracciones, informaciones; son recogidas y tomadas por el sujeto que empieza a manejarlas de un modo personal, más o menos individual, de tal forma que pasan a ser propiedad del propio sujeto, y de algún modo pasan a ser experiencias de juego subjetivado. V. Korman en la conferencia titulada Remontar el desencanto (2010) dice: «No se trata de bricolage con las teorías, recortando y pegando fragmentos de distintos esquemas referenciales sino procesar los diferentes ligados en torno a nuevos ejes». Este párrafo expresa claramente mi idea de juego. Es este procesar, es el juego personal del que escribe e intenta comprender. Juntar, pegar, no sería otra cosa que hacer una sutura de lo que otros han jugado con sus reflexiones, pero no será un juego propio. Lo mismo que en la absorción intestinal las proteínas, lípidos e hidratos de carbono deben ser desmenuzados en sus componentes fundamentales para ser absorbidos y a partir de ahí volverse a estructurar como elementos propios del individuo (las proteínas animales no pasan a nosotros como proteína de vacuno o pescado, si no que sus constituyentes pasarán a constituir proteína humana). Pensar el juego de este modo sería pensarlo como una creación individual que parte de aquello que la realidad exterior le ofrece. El modo en que se desarrolle este juego será determinante para la propia elaboración de la subjetividad, aunque hay una importante salvaguarda consistente en la instauración de la confiabilidad que se convertirá en el verdadero campo de batalla para el terapeuta, ya que en gran número de nuestros pacientes los objetos primigenios nos dejaron sus conflictos en la transferencia de nuestros pacientes. Si realizamos un parangón con el juego del niño nos podremos hacer una idea más clara de lo que deseo expresar. Tomando el modelo de Winnicott (1971) de «la capacidad de estar solo en presencia de otro»; imaginemos a un niño sobre la alfombra, con su madre presente y no intrusiva. El niño hallándose en compañía comenzará él solo a acercarse a los objetos que estarán a su alrededor, y si no se ve interrumpido por mandatos a como ha de usarlos los irá hallando y apropiándoselos independientemente de su uso oficial, los irá usando a su modo y haciéndoselos suyos. La pieza de construcción se transformará en un coche, la hoja de papel en un lago, el coche pasará a barca de modo que estos objetos irán adquiriendo un valor en sí mismos y puramente propio para él. Como el niño y todo ser humano jamás está solo, pues siempre hay un acompañante especial que es la pulsión, estos objetos ya apropiados, serán introducidos en sus partes más profundas: el auto chocará, el muñeco J. DEL RÍO 13

10 será abrazado o golpeará y el oso de peluche pasará a ser otro niño al que se besará para luego ser intervenido quirúrgicamente y salvado. Con este juego respecto al juego del niño desearía expresar este proceso que se da en nosotros en la actividad teórica, salvo a que empujados por idealizaciones perdamos la espontaneidad para jugar con lo textos e ideas que como objetos nos dejaron los maestros que nos precedieron. Lo que he ejemplificado hasta aquí lo trasladaría plenamente a la experiencia terapéutica. En el curso de una terapia los maestros nos enseñaron que ella pasaba por «el levantamiento de la amnesia infantil», «volver consciente lo inconsciente», «atravesar el fantasma», favorecer la «regresión para un new beginning» y otras recetas más o menos acertadas y de las cuales con todas ellas se han obtenido bellos éxitos y esplendorosos fracasos. Y ello independientemente de que en la actualidad los settings que eran aconsejables para llevarlos acabo son cada vez más utópicos de instaurar, ya porque las economías no dan para cuatro sesiones semanales ni las informaciones que dominan en nuestra sociedad-cultura imperante facilitan tales settings. Pero sea como sea el setitng terapéutico, éste es la alfombra en que el niño juega junto a la figura confiable (al menos eso se espera) de la madre. En este setting nuestra posición confiable, que no seductora, e impregnada por la transferencia, es la que esperamos que de modo no intrusivo pero tampoco ausente (indiferente) vaya a acompañar al paciente y le permita acceder a los diferentes objetos sobre los que él podrá jugar, esperemos que de un modo nuevo. Estos objetos son sus palabras, sus sueños, sus asociaciones, sus miedos y sus sonrisas, sus recuerdos, nuestros señalamientos e interpretaciones, nuestras miradas, nuestros silencios y el tono de nuestra voz. Con todos estos objetos (objetos-juguete) él habrá de manejarse y creo que es fundamental que, al igual que en el juego infantil, dejemos que el paciente vaya hallándolos y encontrando su utilidad en la singularidad de su personalidad, que descubra desde ahí nuevas experiencias y capacidades que anteriormente no había podido constituir. Todo ello siempre que no se fuerce al paciente a jugar al modo como nosotros, erróneamente pensamos que tendría que jugar. Estas ideas se aproximan a las ideas de verdadero y falso self, aunque es evidente que las formulaciones de Winnicott pueden ser compatibles, pero mucho más amplias. Espero que estas líneas sean juguetes que pongo sobre la alfombra de juego para que los que las habéis leído podáis jugar también y hacer vuestros propios juegos que sean diferentes de los míos. Bibliografía Jorge Del Río Coll Eix 11 setembre, 46 2n 1a Vic AMEISEN, J. C. (2003). La sculpture du vivant. París: Editions du Seuil. AULAGNIER, P. (2001). La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu. BOKANOWSKY, T. (2005). Le concept de trauma chez Ferenczi. Le traumatisme psychique: Monographies et debats de psychanalyse. Revue française de psychanalyse. París: PUF. BOTELLA, C. y S. (1997). Más allá de la Representación. Valencia: ed. Promolibro. DENIS, P. (2010). La experience de satisfaction, creuset du psychisme. Revue française de psycanalyse (RFP), vol. LXXIV. JANIN, C. (2005). La haine, la honte, l objet. La Haine: Monographies et debats de psychanalyse. Revue française de psychanalyse. París: PUF. FREUD, S. (1923). El yo y el ello. Obras Completas (OC). Vol. XIX. Buenos Aires: Amorrortu editores, JEANMET, P. (2005). Haine de soi, haine de l autre. La Haine: Monographies et debats de psychanalyse. Revue française de psychanalyse. París: PUF. KORMAN, V. (2009). Y antes de la droga, qué? Barcelona: NC ediciones. (2010). Remontar el desencanto. Ponencia IX Jornadas Internacionales: D. W. Winnicott y la psicoterapia analítica hoy. Bilbao. LUTEMBERG, J. (2007). El vacío mental. Lima ed. DEL RÍO, J. (2009). Entre la nada y el vacío. Intercanvis. Núm. 22. ROUSSILLON, R. (2008). Le transitionel, le sexuel et la reflexivité. París: Ed. Dunod. (2010). Satisfaction et plaisir partagé. Revue Française de Psychanalyse, Vol. LXXIV. París. WINNICOTT, D. W. (1958). Los procesos de maduración y el ambiente falicitador. Ed. Paidós, (1971). Realidad y juego. Ed. Gedisa, INTERCANVIS 27 NOVEMBRE 2011

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