TOM CLANCY. Operación Rainbow. Traducción de TERESA ARIJÓN EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES

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1 TOM CLANCY Operación Rainbow Traducción de TERESA ARIJÓN EDITORIAL SUDAMERICANA BUENOS AIRES

2 Sinopsis En Operación Rainbow, esta nueva y extraordinaria novela de Tom Clancy presentada en dos volúmenes, John Clark se enfrenta a lo que el mundo y él más temen. Recién nombrado comandante del Rainbow Six, un cuerpo internacional de intervención rápida contra el terrorismo, Clark está ansioso por entrar en acción. Las oportunidades, sin embargo, se le presentan con mayor celeridad de lo que nadie podía imaginar. El poco tiempo que media entre el atraco a un banco suizo, el secuestro de un financiero en Alemania y el asalto a un parque temático en España preocupa a Clark, aunque ni él ni sus colaboradores más directos pueden imaginar siquiera la verdadera dimensión de la nueva amenaza que acecha a la humanidad. En esta novela, que combina como ninguna otra un realismo excepcional, una trama intachable y una formidable galería de personajes, encontramos lo mejor de Clancy. El segundo volumen de Operación Rainbow aparecerá en breve en esta misma colección. Jack Ryan, nombrado consejero de Seguridad Nacional del presidente de Estados Unidos, piensa que los problemas que presenta la paz son delicados, complejos y que están siempre en difícil equilibrio. Pero lo que no sospecha Ryan es que este equilibrio está amenazado, que hay una deuda de honor pendiente y que el precio que hay que pagar por ella es escalofriante. El punto de partida de órdenes ejecutivas coincide con el final de Deuda de honor, en que un atentado acaba con la vida del presidente de Estados Unidos y con la mayoría de miembros del gobierno. Ahora todas las miradas están puestas en Jack Ryan, el hombre que minutos antes había jurado el cargo de vicepresidente del gobierno. 2

3 PARA ALEXANDRA MARÍA Lux mea mundi "No hay pacto entre leones y hombres; entre lobos y corderos no hay concordia." HOMERO 3

4 PRÓLOGO MONTAJE John Clark había pasado más tiempo en aviones que la mayoría de los pilotos profesionales y conocía las estadísticas tan bien como cualquiera de ellos, pero la idea de cruzar el océano en un avión comercial de dos motores seguía sin gustarle. Los aviones debían tener cuatro motores, pensaba, porque en ese caso la pérdida de uno equivalía a perder sólo el 25 por ciento del poder potencial del avión, mientras que en este United 777 equivalía a perder la mitad. Tal vez la presencia de su esposa, una de sus hijas y su yerno lo pusiera un poco más quisquilloso que de costumbre. No, no era eso. No era en absoluto quisquilloso, mucho menos cuando se trataba de volar. Era sólo una sensación... de qué? se preguntó. A su lado, en el asiento de la ventana, Sandy estaba inmersa en la novela de misterio que había empezado el día anterior mientras él intentaba concentrarse en el último número de The Economist y se preguntaba a qué se debía esa sensación de escalofrío en la nuca. Empezó a mirar la cabina en busca de alguna señal de peligro, pero se reprimió abruptamente. Era imposible que viera algo ominoso y, por otra parte, no quería que la tripulación lo considerara un pasajero nervioso. Bebió un sorbo de vino blanco, enderezó los hombros y volvió al artículo que estaba leyendo. Curiosamente, refería a lo pacífico que era el nuevo mundo. Claro. Sonrió con algo de cinismo. Bueno, sí, debía admitir que las cosas andaban muchísimo mejor que durante casi toda su vida. Nada de salir nadando de un submarino para una misión secreta en una playa rusa, nada de volar a Teherán para hacer algo que a los iraníes no les gustaría demasiado, nada de remontar las fétidas aguas de un río en Vietnam del Norte para rescatar a un aviador derribado. Algún día, tal vez, Bob Holtzman escribiría un libro sobre su carrera. Pero había un problema: quién le creería? Y acaso la CÍA le permitiría contar sus hazañas, excepto en su lecho de muerte? No tenía ningún apuro por llegar allí, mucho menos con un nieto en camino. Maldición. Sonrió con tristeza, renuente a contemplar esa perspectiva. Patsy debía haberse descuidado la noche de bodas y Ding parecía más contento que ella. Miró en dirección a la business class todavía no habían corrido las cortinas ; allí estaban, tomados de la mano mientras la azafata daba las instrucciones de seguridad. Si el avión aterriza, sobre el agua, busque el salvavidas debajo de su asiento e ínflelo tirando de... lo sabía de memoria. Los salvavidas amarillo brillante ayudarían a detectar el lugar del accidente, nada más. Volvió a mirar a su alrededor. Aún sentía el escalofrío en la nuca. Por qué? Mientras el avión llegaba al extremo de la pista, la azafata pasó a su lado, retiró la copa de vino y se detuvo por última vez junto a Alistair, sobre el lado izquierdo de la cabina de primera clase. El británico lo miró con suspicacia y enderezó el respaldo de su asiento. Él también? Tanta agitación no querría decir algo? Ninguno de los dos había sido jamás víctima de los nervios. Alistair Stanley había sido mayor en el Servicio Aéreo Especial (SAS) antes de consagrarse de lleno al Servicio Secreto de Inteligencia. Su posición era semejante a la de John: el tipo al que todos llamaban para que se hiciera cargo de la cosa cuando los caballeros de la división de campo se ponían un tanto caprichosos. Habían trabajado juntos en Rumania ocho años atrás y lo complacía volver a trabajar con él sobre una base más regular, aunque los dos ya fueran demasiado viejos para la parte divertida. Las tareas administrativas no eran precisamente la idea que John tenía de este trabajo, pero debía admitir que ya no tenía veinte años... ni treinta... ni siquiera cuarenta. Estaba demasiado viejo para correr por los callejones y saltar paredes... Ding se lo había dicho una semana antes en su oficina de Langley. Lo había tratado más respetuosamente que de 4

5 costumbre; era obvio que deseaba anotarse un punto con el presuntuoso abuelo de su primer hijo. Qué diablos, pensó Clark, era una suerte seguir con vida para lamentarse por ser viejo... no, viejo no, mayor. Por no mencionar su respetable cargo de director de la nueva agencia. Director. Una manera cortés de definir a un REMF. Pero no se le decía que no al presidente, especialmente si era amigo de uno. Aumentó el sonido de los motores. El avión empezó a moverse. Experimentó la sensación habitual algo parecido a apretarse contra el asiento de un auto deportivo para pasar un semáforo en rojo, pero con mayor autoridad. Sandy, que había viajado muy poco en su vida, apenas levantó la vista del libro. Debía ser muy bueno, pero John no se tomaba la molestia de leer novelas de misterio. Nunca podía descubrir las claves y eso lo hacía sentir estúpido, a pesar de que en su vida profesional había resuelto más de un misterio detectivesco. Una vocecita dijo rotar dentro de su cabeza y el suelo desapareció bajo sus pies. El cuerpo del avión siguió a la nariz al cielo, las ruedas ingresaron a sus compartimentos, y el vuelo se inició plácidamente. Inmediatamente, todos los que lo rodeaban reclinaron sus asientos para dormir un poco hasta llegar al aeropuerto londinense de Heathrow. John también reclinó el suyo, pero no tanto. Primero quería comer algo. Allá vamos, querido dijo Sandy, distrayéndose un segundo de su lectura. Espero que te guste. Tengo tres libros de cocina para cuando termine éste. John sonrió. Quién lo hizo? Todavía no estoy segura, pero creo que fue la esposa. Sí, los abogados divorcistas son muy caros. Sandy sonrió y volvió a su novela. Las azafatas se levantaron de sus asientos para servir las bebidas. Clark terminó The Economist y empezó Sports Illustrated. Maldición, se perdería el final de la temporada de fútbol estadounidense. Siempre seguía los partidos, incluso cuando estaba en una misión. Los Bears estaban volviendo a la cima y él se había criado con Papá Bear George Halas y los Monstruos del Midway. Muchas veces se había preguntado si él mismo no habría podido ser un buen jugador profesional. En la escuela secundaria había jugado bastante bien y la Universidad de Indiana se había interesado por sus habilidades con el bate (también lo habían considerado como nadador). Pero luego decidió abandonar la universidad y unirse a la Armada siguiendo los pasos de su padre, aunque Clark había alcanzado la categoría de SEAL y jamás había sido un marinerito con un bote de lata como... Señor Clark? La azafata le entregó el menú. Señora Clark? Eso era lo bueno de viajar en primera. La tripulación fingía que uno tenía nombre. John había accedido automáticamente a ese privilegio: tenía millaje de sobra y desde hacía un tiempo volaba por British Airways, empresa que tenía un acuerdo muy propicio con el gobierno británico. Comprobó que el menú era muy bueno, como solía serlo en todos los vuelos internacionales, lo mismo que la lista de vinos... pero decidió pedir agua mineral, gracias. Humm. Gruñó para sus adentros y se echó hacia atrás remangándose la camisa. Esos malditos vuelos siempre le parecían excesivamente calefaccionados. Luego apareció el capitán, interrumpiendo todas las películas personales de las minipantallas. Habían puesto rumbo al sur para aprovechar la estela de los aviones. Eso les permitiría llegar a Heathrow cuarenta minutos antes, explicó el capitán Will Garnet. Pero no dijo que tendrían que soportar unos cuantos pozos de aire. Las aerolíneas trataban de ahorrar combustible y esos cuarenta minutos 5

6 menos significarían una estrella de oro en su legajo... bueno, tal vez sólo una estrella de plata... Lo de siempre. El avión se inclinó, más a la derecha que a la izquierda, para cruzar el océano en un vuelo de tres mil millas desde Sea Isle City en New Jersey hasta el próximo montón de tierra, en algún lugar sobre la costa de Irlanda, al que llegarían en aproximadamente cinco horas y media, pensó John. Intentaría dormir un poco. Por lo menos el capitán no los molestaba con discursos propios de un guía turístico: nos encontramos a cuerenta milpiés de altura, es decir... Comenzaron a servir la cena. Luego harían lo mismo en la clase turista, bloqueando los pasillos con los carros de comida y bebida. La cosa empezó en el lado izquierdo del avión. El hombre estaba bien vestido, tenía la chaqueta puesta... Eso le llamó la atención. La mayoría de la gente se quitaba la chaqueta antes de sentarse, pero......era una Browning automática cuya terminación chata y negra fue como un cartel luminoso de "fabricación militar" a ojos de Clark y, menos de un segundo después, a ojos de Alistair Stanley. Acto seguido, dos hombres aparecieron por el costado derecho y avanzaron hacia el asiento de Clark. Oh, mierda dijo en voz tan baja que sólo Sandy pudo oírlo. Ella se dio vuelta para mirar, pero antes de que pudiera hacer o decir algo, su esposo le aferró la mano. Eso bastó para hacerla callar, pero no pudo evitar que la mujer sentada al otro lado del pasillo pegara un aullido... bueno, casi un aullido. La mujer que viajaba con ella le tapó la boca con la mano. La azafata miró a los dos hombres que se acercaban con incredulidad total. Hacía años que no pasaba algo así. Cómo era posible que estuviera pasando ahora? Clark se estaba haciendo la misma pregunta, seguida por otra: por qué demonios había guardado su arma en el compartimento de equipaje? Qué sentido tenía subir un arma al avión si uno, el muy idiota, no podía usarla? Estúpido error! Sólo tuvo que mirar a su izquierda para ver la misma expresión en la cara de Alistair. Dos de los más experimentados profesionales en el tema, con sus armas a menos de un metro de distancia, aunque lo mismo hubiera dado que estuvieran en la bodega... John... Relájate, Sandy intentó tranquilizarla. Pero sabía muy bien que era más fácil decirlo que hacerlo. Se recostó en el asiento sin mover la cabeza, pero giró levemente el cuerpo hacia la cabina. Sus ojos registraron la escena. Eran tres. Uno de ellos, probablemente el líder, empujó a una azafata hacia la cabina de mando y la obligó a abrir la puerta. John los observó entrar y cerrar la puerta tras ellos. O.K., ahora el capitán William Garnet sabría lo que estaba pasando. Probablemente sería un profesional y estaría entrenado para decirle sí, señor, no señor, tres compartimentos llenos, señor a cualquiera que lo apuntara con un arma. En el mejor de los casos se habría entrenado en la Fuerza Aérea o la Armada y no cometería la estupidez de hacerse el maldito héroe. Su misión sería aterrizar a salvo en algún lugar, en cualquier lugar, porque era mucho más difícil matar a trescientas personas en un avión detenido en la pista con las ruedas trabadas. Eran tres, y uno estaba en la cabina de control. Se quedaría allí para vigilar a los pilotos y utilizaría la radio para comunicar sus exigencias a quien fuera. Los otros dos en primera clase, de pie, para poder ver los dos pasillos del avión. Damas y caballeros, les habla el capitán. Ajusten sus cinturones de seguridad. Atravesaremos un pozo de aire. Por favor permanezcan en sus asientos. Volveré a hablar con ustedes dentro de unos minutos. Gracias. 6

7 Bien, pensó John, cruzando una rápida mirada con Alistair. El capitán parecía tranquilo y los muchachos malos no se hacían los locos... todavía. Los pasajeros de las otras clases probablemente no sabían que algo andaba mal... todavía. Mejor. Podrían entrar en pánico... bueno, no, no necesariamente, pero era mejor que nadie supiera que había sobradas razones para asustarse. Tres. Solamente tres? Acaso habría un refuerzo haciéndose pasar por pasajero? En ese caso, ése sería el que controlaba la bomba, si es que había una bomba, y una bomba era lo peor que podía pasar. Una bala de pistola abriría un agujero en la pared del avión, obligando a un rápido descenso. Eso llenaría varias bolsas de vómito y echaría a perder varios calzoncillos, pero nadie había muerto jamás por vomitar o cagarse encima. Una bomba mataría a todos los que iban a bordo, probablemente... Mejor no apostar dinero en contra, pensó Clark, y además no había llegado a viejo arriesgándose cuando no había necesidad de hacerlo. Tal vez lo mejor fuera permitir que esos tres llevaran el avión a donde se les antojara e iniciar las negociaciones. Para ese momento, todos los pasajeros se habrían enterado de que había tres personajes muy especiales entre ellos. Ya se habría corrido la voz. Los chicos malos habrían ingresado a la frecuencia radial de la aerolínea y anunciado la peor noticia del día, y el director de Seguridad de United Pete Fleming, ex subdirector del FBI, conocido de Clark habría llamado a su ex agencia para informarlos y solicitar ulteriores notificaciones a la CÍA, el Departamento de Estado, el Comando de Rescate de Rehenes del FBI en Quantico, y la Fuerza Delta de Little Willie Byron en Fort Bragg. Pete también transmitiría la lista de pasajeros, tres de ellos señalados con un círculo rojo, y eso pondría un tanto nervioso a Willie, además de que los efectivos de Langley y Foggey Bottom sospecharían una filtración en el sistema de seguridad... pero no. En realidad se trataba de un evento azaroso que pondría los pelos de punta a los tipos de Operaciones en el viejo edificio de Langley. Probablemente. Era hora de moverse un poco. Clark giró la cabeza lentamente en dirección a Domingo Chávez, sentado a pocos metros de distancia. Cuando sus ojos se cruzaron Clark se tocó la punta de la nariz, como si le picara. Chávez hizo otro tanto... No se había quitado la chaqueta. Estaba más acostumbrado al calor, pensó John, y probablemente sentía frío en el avión. Bueno, mucho mejor. Todavía tenía encima su Beretta 45, probablemente... Aunque Ding prefería usar sobaquera, y eso era demasiado incómodo para un tipo atrapado en una butaca de avión. No obstante, Chávez sabía lo que estaba pasando y había tenido el buen tino de no hacer nada al respecto... todavía. Cómo reaccionaría Ding teniendo a su lado a su esposa embarazada? Era un hombre inteligente y frío en situaciones límite, pero seguía siendo latino, víctima de sus pasiones... e incluso John Clark, con toda su experiencia, veía como defectos en otros cosas que le parecían perfectamente naturales en él. Su esposa estaba a su lado, asustada, y se suponía que no debía asustarse por cuestiones de seguridad... Su marido se había autoencomen-dado la tarea de velar por la seguri... Uno de los malos revisaba la lista de pasajeros. Bueno, por fin sabrían si se había filtrado información a través del sistema de seguridad. Si así fuera, no podría hacer nada. No todavía. No hasta saber qué demonios estaba pasando. Aveces había que resignarse y esperar sentado hasta que... El tipo que vigilaba el pasillo izquierdo empezó a moverse. Pocos segundos después, se dirigió a la mujer sentada en el asiento de la ventana junto a Alistair. Quién es usted? preguntó en español. La mujer dijo un apellido que John no alcanzó a comprender... Era un apellido español, pero no había podido identificarlo, principalmente porque la respuesta de la mujer había sido serena, cortés... culta, pensó John. La esposa de un diplomático, tal vez? Alistair se había recostado en el asiento. Observaba con 7

8 sus grandes ojos azules al tipo del arma e intentaba, un tanto ampulosamente, no parecer asustado. Se oyó un grito en el fondo del avión. Un arma, tiene un arma! gritó una voz masculina... Mierda, pensó John. Ahora todos lo sabrán. El muchacho malo del pasillo de la derecha golpeó la puerta de la cabina de mando y asomó la cabeza para anunciar la buena nueva. Damas y caballeros... les habla el capitán Garnet... yo, eh, me han ordenado decirles que debemos desviar nuestro vuelo... Eh, tenemos unas personas a bordo que me han ordenado viajar a Lajes, en las islas Azores. Dicen que no quieren lastimar a nadie, pero están armados, y el primer oficial Renford y yo haremos exactamente lo que nos digan. Por favor mantengan la calma, permanezcan en sus asientos y no pierdan el control. Volveré a hablarles más tarde. Buenas noticias. Debía tener entrenamiento militar, su voz era tan fría como el humo del hielo seco. Bravo. Lajes en las islas Azores, pensó Clark. Una ex base naval estadounidense... todavía activa? Tal vez mantenida exclusivamente para vuelos de larga distancia sobre el agua... posible escala y sitio de reabastecimiento para volar luego a otro lugar? Bien, el tipo de la izquierda hablaba español. Entonces, no eran muchachos malos de Oriente Medio. Hispanoparlantes... vascos? Los vascos seguían pendiendo como una espada de Damocles sobre España. Y la mujer, quién era? Clark volvió a mirarla. Todo el mundo la estaba mirando, de modo que no corría ningún riesgo. Cincuenta y pocos años, bien conservada. El embajador español en Washington era varón. Podría ser su esposa? El hombre de la izquierda cambió de interlocutor. Quién es usted? preguntó. Alistair Stanley fue la respuesta. No tenía sentido mentir. No viajaban en misión clandestina. Nadie conocía su agencia. A decir verdad, todavía no había empezado a funcionar. Carajo, pensó Clark. Soy británico agregó con voz temblorosa. Mi pasaporte está en la valija, en el... arma. Se estiró para alcanzarla, pero el muchacho malo le golpeó la mano con su Buena estrategia... aunque no haya funcionado, pensó John. Alistair podría haber bajado la valija, sacado el pasaporte y recuperado su arma. Mala suerte, el tipo le había creído sin necesidad de documentos. Ése era el problema con los acentos. Pero Alistair estaba alerta. Los tres lobos no sabían que había tres perros en el rebaño de ovejas. Grandes. Willie ya habría hablado por teléfono. Delta tenía un equipo de avanzada permanentemente de guardia, que ya estaría preparándose para un posible despliegue. El coronel Byron estaría con ellos. Little Willie era esa clase de soldado. Mantendría un XO y un equipo siguiendo el curso de las cosas mientras comandaba el frente. El mecanismo se habría puesto en marcha. Todo lo que John y sus amigos debían hacer era esperar sentados... siempre que los chicos malos no perdieran la calma. Más español del lado izquierdo. Dónde está su marido? preguntó el tipo. Estaba muy nervioso. Era lógico, pensó John. Los embajadores son buenas presas. Pero sus esposas también. La mujer parecía demasiado distinguida para ser esposa de un simple diplomático y 8

9 Washington era un destino exclusivo. Un hombre de alto rango, probablemente un aristócrata. España tenía esas cosas. Presa de perfil alto, excelente para presionar al gobierno español. Misión fallida, pensó. Lo querían a él, no a ella, y estaban descontentos. Error de inteligencia, chicos, pensó Clark mirando sus rostros furibundos. Incluso a mí me ocurre de vez en cuando. Sí, pensó, casi la mitad del tiempo en un buen año. Los dos que alcanzaba a ver hablaban... en voz baja, pero sus cuerpos lo decían todo. Estaban furiosos. Por lo tanto, tenía tres ( o más?) terroristas furibundos armados en un avión bimotor sobre el Atlántico Norte en plena noche. Podría haber sido peor, se dijo. En cierto sentido. Sí, podrían haber tenido chaquetas Semtex con bandas de Primacord. No llegaban a los treinta años, pensó Clark. Lo bastante viejos para ser técnicamente competentes, pero lo suficientemente jóvenes para necesitar supervisión adulta. Poca experiencia en operaciones y falta de criterio. Pensaban saberlo todo, se creían muy inteligentes. Ese era el problema con la muerte. Los militares profesionales conocían la realidad de la muerte mucho mejor que los terroristas. Estos tres querían triunfar y no se detendrían a considerar esa temible alternativa. Tal vez fuera una misión espuria. Los separatistas vascos jamás se habían metido con ciudadanos extranjeros, no? No con estadounidenses en todo caso, pero estaban en una aerolínea estadounidense, y tendrían que transgredir un importante límite para hacerlo. Misión espuria? Muy probable. Malas noticias. En situaciones como ésa uno necesitaba cierto grado de previsibi-lidad. Era casi una liturgia, había que dar determinados pasos para que sucediera algo realmente malo, y eso daba a los chicos buenos la invalorable oportunidad de hablar con los chicos malos. Conseguir un intermediario que se entendiera con ellos, negociar detalles menores desde el comienzo vamos, dejen ir a las madres con sus hijos, OK? No sirven para nada y los harán quedar mal por televisión, no creen? Lograr que empezaran a aflojar el puño. Después los viejos... quién quiere maltratar al abuelito o la abuelita? Luego la comida, mezclarle un poco de Valium mientras el equipo de inteligencia activaba micrófonos y lentes en miniatura conectados a cámaras de televisión por cables de fibra óptica. Idiotas, pensó Clark. La estrategia elegida no servía para nada. Era casi tan mala como raptar a un niño por dinero. La policía se especializaba en atrapar imbéciles de esa calaña e, indudablemente, en ese preciso instante Little Willie estaría abordando un vehículo USAF en la Base Pope de la Fuerza Aérea. Si efectivamente aterrizaban en Lajes el procedimiento comenzaría muy pronto y su única variable sería la cantidad de chicos buenos que morirían para eliminar a los malos. Clark había trabajado con las chicas y los muchachos del coronel Byron. Si entraban al avión, por lo menos tres personas perderían la vida. El problema era: cuántas las acompañarían luego? Atacar un avión era como protagonizar un tiroteo en una escuela primaria, sólo que con más gente. Seguían hablando junto a la cabina, sin prestar atención al resto del avión. En cierto sentido era lógico. La cabina de mando era el sector más importante, pero siempre convenía echarle un vistazo a lo demás. Uno nunca sabía quién podía estar a bordo. Los comisarios de a bordo pertenecían al pasado, pero los policías viajaban en avión y algunos portaban armas... bueno, quizá no en los vuelos internacionales, pero ningún idiota llegaba a jubilarse como terrorista. Aun siendo inteligente era difícil sobrevivir. Amateurs. Misión espuria. Mala inteligencia. Enojo y frustración. La cosa iba de mal en peor. Uno de ellos cerró el puño izquierdo y amenazó al mundo absolutamente adverso que habían encontrado a bordo. Grandioso, pensó John. Se dio vuelta, cruzó una rápida mirada con Ding y movió apenas la cabeza de un lado a otro. Ding respondió enarcando una ceja: evidentemente hablaba un correcto inglés cuando tenía que hacerlo. 9

10 Parecía que el aire había cambiado, y no para mejor. Número 2 entró nuevamente a la cabina y permaneció allí varios minutos mientras John y Alistair vigilaban al de la izquierda, que a su vez observaba el pasillo. Tras dos minutos de atención frustrada se sacudió espasmódicamente y miró hacia la cola del avión, adelantando la cabeza para acortar la distancia mientras escrutaba el pasillo con expresión entre poderosa e impotente. Luego, con igual rapidez, volvió a su lugar, echando una mirada furiosa a la puerta de la cabina. Sólo son tres, decidió John. Justo en ese momento Número 2 salió de la cabina. Número 3 estaba demasiado excitado. Probablemente sólo tres?, titubeó Clark. Piénsalo bien, se dijo. Si así fuera, serían realmente amateurs. The Gong Show podría ser una posibilidad divertida en otro contexto, pero no a 500 nudos, pies sobre el Atlántico Norte. Si mantenían la calma y permitían al piloto aterrizar la bestia bimotor, tal vez triunfaría el sentido común. Pero no parecían propensos a mantener la calma, verdad? En vez de volver a su puesto y cubrir el pasillo de la derecha, Número 2 se acercó a Número 3. Clark logró interpretar el contexto, aunque no el contenido, de sus murmullos crispados. Pero cuando Número 2 señaló la puerta de la cabina, las cosas realmente empeoraron. Nadie está, a, cargo, decidió John. Eso sí que era bueno: tres agentes independientes armados en un maldito avión. Era hora de empezar a sentir miedo. Clark no era ajeno a esa sensación. Había estado en demasiados lugares difíciles para serlo, pero en todos los demás casos había tenido cierto control sobre la situación... o al menos sobre sus propias acciones, por ejemplo, escapar corriendo, posibilidad que ahora le parecía más reconfortante que nunca. Cerró los ojos y respiró hondo. Número 2 fue hacia la cola y miró a la mujer sentada junto a Alistair. Se quedó parado unos segundos, mirándola. Luego miró a Alistair, quien a su vez miró hacia atrás con cansancio. Sí? dijo finalmente con su acento más cultivado. Quién es usted? preguntó Número 2. Ya se lo dije a su amigo, Alistair Stanley. Tengo el pasaporte en mi equipaje de mano... en caso de que quiera verlo Su voz adquirió un leve temblor para simular la de un hombre aterrado que intentaba contenerse. Sí, quiero verlo! En seguida, señor Con movimientos lentos y elegantes, el ex mayor del SAS desabrochó su cinturón de seguridad, se puso de pie, abrió el portaequipajes y extrajo su maleta negra Puedo? preguntó. Número 2 asintió. Alistair abrió el compartimento lateral, sacó su pasaporte, lo entregó y volvió a sentarse, aferrando su valija con manos temblorosas. Número 2 miró el pasaporte y lo arrojo sobre las rodillas del británico bajo la atenta mirada de John. Luego le dijo algo en español a la mujer del 4A. Aparentemente volvió a preguntarle por su marido. La mujer respondió con el mismo tono culto de antes y Número 2 corrió a decirle algo a Número 3. Alistair lanzó un suspiro de alivio y echó un disimulado vistazo a su alrededor hasta toparse con los ojos de John. No movió la cara ni las manos, pero John sabía lo que estaba pensando. Al tampoco estaba contento con la situación, y con más razones todavía, ya que había mirado a los ojos a Número 2 y Número 3. John ingresó ese dato en sus procesos mentales. Alistair Stanley también estaba preocupado. El británico estiró una mano como para alisarse el cabello y golpeó dos veces con el dedo detrás de su oreja. Podía ser peor de lo que temía. 10

11 Clark adelantó la mano, lo suficiente para evitar que lo vieran los terroristas, y levantó tres dedos. Al asintió ligeramente y se dio vuelta unos segundos para que John pudiera procesar el mensaje. Coincidía en que eran sólo tres. John asintió apreciativamente. Hubiera sido mejor que fueran terroristas inteligentes y experimentados, pero los inteligentes ya no se ocupaban de estas cosas. Los riesgos eran excesivos, tal como lo habían demostrado los israelíes en Uganda y los alemanes en Somalia. Uno se hallaba a salvo mientras el avión estaba en el aire, pero eso no duraba para siempre, y cuando por fin aterrizaban el mundo civilizado arremetía contra ellos con la velocidad del rayo y la potencia de un tornado de Kansas... y el problema era que no había tanta gente sinceramente dispuesta a morir antes de cumplir los treinta. Y los que sí lo estaban usaban bombas. Entonces, los inteligentes se dedicaban a otras cosas. Por ese motivo eran más peligrosos como adversarios, aunque también más predecibles. No mataban para divertirse y no se frustraban en seguida porque planeaban sus movimientos iniciales a la perfección. Estos tres eran estúpidos. Actuaban sobre una mala base de inteligencia, no contaban con un equipo intel para el chequeo final de la misión, no les habían dicho que su objetivo primordial no había abordado el avión, y ahí estaban, comprometidos en una misión estúpida fallida desde el comienzo, contemplando la muerte o la cadena perpetua... y todo a cambio de nada. Lo único bueno, si es que había algo, era que serían encarcelados en EE.UU. Seguramente no querían vivir en una jaula de acero ni tampoco morir en los próximos días... pero pronto empezarían a darse cuenta de que no había una tercera alternativa. Comprenderían que las armas que tenían en la mano eran su único poder, y tal vez decidirían usarlas a su manera......y para John Clark, la opción era esperar que eso sucediera o... No. No podía quedarse sentado esperando que empezaran a matar gente. O.K. Los observó durante un par de minutos se miraban entre ellos mientras intentaban cubrir los pasillos mientras ideaba un plan de acción. Con los tontos como con los astutos, los planes simples eran los mejores. Pasaron cinco minutos hasta que Número 2 decidió hablar un poco más con Número 3. Cuando lo hizo, John se dio vuelta para mirar a Ding y deslizó un dedo sobre su labio superior, como acariciando un mostacho que jamás había tenido. Chávez inclinó la cabeza como preguntando estás seguro?, pero acató la señal. Desabrochó su cinturón de seguridad, se llevó la mano a la espalda y extrajo su pistola bajo la alarmada mirada de su esposa. Domingo le tocó la mano derecha para tranqulizarla, apoyó la Beretta en su regazo, la cubrió con una servilleta, adoptó una expresión neutra y esperó que su jefe iniciara el juego. Usted! gritó Número 2 desde adelante. Sí? replicó Clark con mirada inquisitiva. Quédese quieto! Su inglés no era malo. Claro, las escuelas europeas tenían buenos cursos de idiomas. Eh, vea, yo... bebí unas cuantas copas y... bueno, usted sabe lo que pasa. Por favor suplicó mansamente. No, quédese donde está! Eh, qué piensa hacer, dispararle a un pobre tipo que necesita mear? No sé cuál es su problema, OK, pero tengo que ir al baño. Por favor? Número 2 y Número 3 intercambiaron una rápida mirada de desconcierto que confirmó su status amateur por última vez. Las dos azafatas, erguidas en sus 11

12 asientos, parecían muy preocupadas pero no dijeron nada. John desabrochó su cinturón de seguridad y empezó a pararse. Número 2 corrió hacia él apuntándolo con el revólver y se detuvo poco antes de clavárselo en el pecho. Sandy tenía los ojos muy abiertos. Jamás había visto hacer nada peligroso a su marido, pero sabía que ése no era el hombre con el que había dormido veinticinco años... y si no era ese hombre, entonces debía ser el otro Clark, aquel cuya existencia conocía pero a quien jamás había visto. Mire, voy al baño, orino y vuelvo en seguida, de acuerdo? Diablos, quiere mirarme orinar? su voz apelaba ahora al medio vaso de vino que había bebido en la terminal. Está bien, pero no me haga mear encima, OK? Lo que disparó la trampa fue el tamaño de Clark. Medía casi dos metros y sus antebrazos, visibles con la camisa remangada, eran poderosos. Número 3 era mucho más pequeño, pero tenía un arma, y los petizos suelen entusiasmarse obligando a los grandotes a cumplir órdenes. Número 2 aferró a John por el brazo izquierdo y lo empujó al lavatorio de la derecha. John se sometió y avanzó con las manos sobre la cabeza. Eh, gracias, amigo dijo al abrir la puerta. Estúpido como siempre, Número 2 le permitió cerrarla. Por su parte, John hizo lo que había pedido permiso para hacer, se lavó las manos y se miró brevemente al espejo. Eh, Snake, todavía, los tienes? se preguntó en voz muy baja. Bueno, vamos a, comprobarlo. John quitó el cerrojo y abrió la puerta plegadiza con expresión agradecida y vacuna. Eh, gracias, ya sabe. Vuelva a su asiento. Espere, permítame ofrecerle una taza de café, claro, yo... dijo John, avanzando hacia la cola del avión. Número 2 fue lo suficientemente estúpido para seguirlo, tomarlo del hombro y obligarlo a darse vuelta. Buenas noches dijo Ding en voz muy baja, apuntando su pistola a la sien de Número 2. Los ojos del terrorista captaron el brillo azul del acero. Esa pequeña distracción bastó. John levantó la mano derecha y golpeó con el puño la sien de Número 2. El puñetazo lo desmayó. Cómo la cargaste? Baja velocidad susurró Ding. Estamos en un avión, mano le recordó a su director. Aflójate un poco ordenó John. Ding asintió. Miguel! gritó Número 3. Clark se movió a la izquierda, deteniéndose en el camino para servir un pocilio de café con plato y cuchara incluidos. Luego reapareció por el pasillo izquierdo y avanzó. Dijo que le trajera esto. Gracias por permitirme usar el baño dijo John con voz trémula y agradecida. Aquí está su café, caballero. Miguel! volvió a gritar Número 3. Se fue por allá. Tome su café. Creo que debo sentarme, no? avanzó unos pasos y se detuvo, esperando que el amateur siguiera actuando como tal. Lo hizo. Fue hacia él. John retrocedió un poco, haciendo que la taza y el plato se sacudieran un poco. Cuando Número 3 llegó junto a él y escrutó el pasillo 12

13 derecho buscando a su colega, Clark dejó caer pocilio y plato al piso y se agachó para recogerlos, aproximadamente a medio paso del asiento de Alistair. Número 3 se agachó automáticamente. Fue el último error que cometió esa noche. John se apoderó de la pistola y clavó el caño en el vientre de su propietario. Podría haberlo reducido, pero Alistair estrelló su Browning contra la nuca del tipo, que se desmoronó como una muñeca de trapo. Muchacho impaciente murmuró Stanley. Pero estuviste grandioso luego se dio vuelta, señaló a la azafata más próxima y chasqueó los dedos. La mujer se levantó de un salto y corrió hacia ellos. Sogas, cuerdas, cualquier cosa que sirva para atarlos, rápido! John recuperó la pistola e inmediatamente retiró el cargador, luego giró el tambor para asegurarse de que no quedaran balas. En dos segundos descargó el arma y arrojó las balas a los pies de la compañera de asiento de Alistair, quien abrió sus asombrados ojos pardos. Comisarios de abordo, señora explicó Clark. Tranquilícese, por favor. Pocos segundos después, Ding hizo su aparición llevando a la rastra a Número 2. La azafata regresó con un carretel de hilo grueso. Ding, a la cabina! ordenó John. Entendido, Mr. C. Chávez avanzó, empuñando la Beretta con ambas manos, y se detuvo frente a la puerta. Clark ató a los terroristas en el piso. Sus manos recordaban los nudos marineros aprendidos treinta años atrás. Asombroso, pensó, atándolos lo más fuerte que podía. Tal vez se les ennegrecieran las manos. Bueno, mala suerte. Queda uno, John susurró Stanley. Quieres vigilar a nuestros dos amigos? Será un placer. Ten cuidado, hay muchos aparatos electrónicos ahí adentro. No me digas. John avanzó, desarmado. Su subalterno seguía en su puesto, la pistola apuntada con ambas manos, los ojos clavados en la puerta de la cabina. Cómo van las cosas, Domingo? Ah, estaba pensando en la ensalada y la carne de ciervo... y en que la lista de vinos no está nada mal. No es un buen lugar para iniciar un tiroteo, John. Invitémoslo más tarde. Buena táctica. Número 1 estaría mirando la puerta y, si llegaba a disparar, la bala no dañaría el avión... aunque los pasajeros de la primera fila no estarían muy contentos. John recogió el pocilio y el plato. Usted! llamó a la otra azafata. Llame a la cabina de mando y dígale al piloto que le diga a nuestro amigo que Miguel lo necesita. Luego quédese ahí parada. Cuando se abra la puerta, si él le pregunta algo, señáleme. Entendido? Era bonita, cuarentona y serena. Hizo exactamente lo que le había pedido: levantó el teléfono y transmitió el mensaje. Pocos segundos después se abrió la puerta y Número 1 miró a su alrededor. Lo primero que vio fue la azafata. Ella señaló a John. Café? Confundido, Número 1 avanzó hacia el hombrón del pocilio con la pistola apuntada al piso. 13

14 Hola lo saludó Ding desde su izquierda, plantándole la pistola en la cabeza. Otro momento de confusión. No estaba preparado para eso. Vaciló, sin atinar a moverse. Arroje el arma! dijo Chávez. Será mejor que haga lo que le ordena agregó John en perfecto español. De otro modo, mi amigo lo matará. Los ojos de Número 1 recorrieron automáticamente la cabina en busca de sus colegas, pero no llegó a verlos. Su confusión aumentó. John dio un paso hacia él, tomó la pistola y se la quitó sin encontrar resistencia. Luego la colocó en su cinturón y empujó al tipo al suelo para registrarlo mientras Ding seguía apuntándolo con su arma. Atrás, Stanley empezó a hacer lo mismo con los otros dos. Dos cargadores... nada más John hizo señas a la primera azafata, que se acercó con el hilo grueso. Tontos gruñó Ding en español. Luego miró a su jefe. John, crees que nos precipitamos un poco? No se paró y entró en la cabina. Capitán? Quién diablos es usted? Los tripulantes no habían visto ni escuchado nada de lo ocurrido. Cuál es el aeropuerto militar más próximo? Gander, de la RCAF respondió inmediatamente el copiloto. Bien, vayamos allí. El avión vuelve a ser suyo, capitán. Logramos reducir a los tres terroristas. Quién es usted? volvió a preguntar Will Garnet. Todavía no se había aflojado. Un tipo que quiso ayudar replicó John con mirada vacua. El mensaje fue recibido. Garnet era ex piloto de la Fuerza Aérea. Puedo usar su radio, señor? El capitán señaló el asiento plegable y le enseñó a usar el radio. Aquí Vuelo United Noventa-Dos-Cero dijo Clark. Con quién estoy hablando? Cambio. Agente Especial Carney del FBI. Quién es usted? Carney, llame al director y dígale que Rainbow Six está en línea. La situación está bajo control. Cero víctimas. Nos dirigimos a Gander y necesitamos a la Montada. Cambio. Rainbow? Tal como suena, agente Carney. Repito, la situación está bajo control. Los tres secuestradores están custodiados. Esperaré para hablar con su director. Sí, señor replicó una voz muy sorprendida. Clark bajó la vista y vio que sus manos temblaban un poco ahora que todo había terminado. Bueno, ya le había pasado una o dos veces. El avión se ladeó a la izquierda mientras el piloto hablaba por radio, supuestamente a Gander. Noventa-Dos-Cero, Noventa-Dos-Cero. Aquí agente Carney. Carney, aquí Rainbow Clark hizo una pausa. Capitán, la radio es segura? 14

15 Está encriptada, sí. John casi se maldijo por violar la disciplina radial. Bueno, Carney, qué pasa? El director quiere hablar con usted Se oyó un clic y un breve crujido. John? preguntó otra voz. Sí, Dan. Qué tienes ahí? Tres de ellos, hispanoparlantes, sin experiencia. Los llevamos abajo. Vivos? Afirmativo confirmó Clark. Le dije al piloto que se dirigiera a Gander. Llegaremos en... Noventa-cero minutos dijo el copiloto. Una hora y media prosiguió John. Haz que la Montada venga a buscar a los chicos malos y llama a Andrews. Necesitamos transporte a Londres. No tenía que explicar por qué. Lo que debía haber sido un simple vuelo oficial de tres agentes y dos esposas había dejado al descubierto sus identidades y no tenía sentido que siguieran a bordo para que los pasajeros les vieran las caras... La mayoría seguramente querrían invitarlos a beber, pero no era buena idea. Todo el esfuerzo realizado para que Rainbow fuera eficaz y secreto se había echado a perder por culpa de tres imbéciles españoles... o lo que fueran. La Real Policía Montada de Canadá lo averiguaría antes de entregarlos al FBI estadounidense. Bueno, John, yo me encargo. Llamaré a Rene para que organice las cosas. Necesitas algo más? Sí, envíame unas horas de sueño, quieres? Lo que tú quieras, viejo replicó el director del FBI y cortó la comunicación. Clark se quitó los auriculares y los colgó en su sitio. Quién demonios es usted? volvió a preguntar el capitán. La explicación inicial no había resultado satisfactoria. Señor, mis amigos y yo somos comisarios de a bordo que por causalidad estábamos en el avión. Le queda claro, señor? Supongo que sí dijo Garnet. Me alegro de que lo hayan hecho. El que estaba aquí era un poco flojo, si entiende a qué me refiero. Nos preocupamos mucho. Clark asintió con una sonrisa de reconocimiento. Sí, yo también. Lo venían haciendo desde hacía un tiempo. Las camionetas azules eran cuatro recorrían las calles de Nueva York recogiendo gente sin hogar, que luego enviaban a los centros de desintoxicación pagados por la corporación. Esta operación discreta y amable había sido televisada un año atrás, gracias a lo cual la corporación había recibido docenas de cartas amistosas. Pero luego todo se había evaporado en el horizonte, como solía suceder. Era casi medianoche. Ayudadas por las bajas temperaturas otoñales, las camionetas habían salido a recoger gente sin techo por Manhattan. No utilizaban los métodos empleados anteriormente por la policía. No obligaban a la gente a subir. Los voluntarios de la corporación les preguntaban cortésmente si querían pasar la noche en una cama limpia, gratis, y 15

16 sin las complicaciones religiosas típicas de la mayoría de las tradicionalmente denominadas "misiones". Los que declinaban el ofrecimiento recibían mantas usadas, donadas por empleados de la corporación que en ese momento estaban en sus casas durmiendo o mirando televisión la participación en el programa también era voluntaria para el personal, pero todavía abrigadas y a prueba de agua. Algunos "sin techo" preferían vivir a la intemperie, ya que veían en ello una suerte de libertad. La mayoría no. Hasta los borrachos empedernidos querían camas y duchas. En ese momento había diez en la camioneta, llena al máximo de su capacidad. Los habían ayudado a subir, a sentarse en sus lugares y a abrocharse los cinturo-nes de seguridad. Ninguno de ellos sabía que ésa era la quinta camioneta de las cuatro que operaban en el bajo Manhattan, aunque sospecharon que había algo ligeramente diferente en cuanto empezó a moverse. El asistente se dio vuelta en el asiento y les pasó algunas botellas de borgoña Gallo, un tinto barato de California aunque muy superior a los vinos que estaban acostumbrados a beber al que le habían agregado alguna sustancia. Cuando llegaron a destino, todos estaban dormidos o, en el peor de los casos, abotagados. Los que podían moverse fueron ayudados a pasar de una camioneta a la otra. Allí, atados en sus pequeñas camas, se hundieron en un sueño reparador. Los demás fueron trasladados y acomodados por dos pares de hombres. Una vez hecho eso, la primera camioneta fue a limpieza: usaban vapor para esterilizar y eliminar cualquier residuo que hubiera quedado allí. La segunda se dirigió a la autopista West Side, tomó la rampa que conducía al puente George Washington y cruzó el río Hudson. Desde allí se dirigió al norte por el extremo noreste de New Jersey y luego regresó al estado de Nueva York. El coronel William Little Byron ya estaba en el aire a bordo de un KC-10 de la USAF. Seguía una ruta casi idéntica a la del United 777, con apenas una hora de diferencia. También alteró la ruta hacia el norte, rumbo a Gander. La ex base P-3 tendría que despertar a su personal para atender a ambos jumbos, pero ese era un detalle de menor importancia. Los tres secuestradores frustrados, con los ojos vendados y fuertemente atados, estaban acostados en el suelo frente a la primera fila de asientos de primera clase, de los que John, Ding y Alistair se habían apropiado. Las azafatas sirvieron café y mantuvieron al resto de los pasajeros alejados de ese sector del avión. Admiro la actitud de los etíopes frente a situaciones como ésta observó Stanley. A diferencia de los demás, bebía té. Cómo es eso? preguntó Chávez con voz cansina. Hace unos años intentaron secuestrar un avión de bandera etíope. Por casualidad había gente de seguridad a bordo y lograron controlar la situación. Ataron a los secuestradores en asientos de primera clase, les envolvieron el cuello con toallas para no estropear el tapizado, y allí mismo les cortaron la garganta. Y sabes... Caramba interrumpió Ding. Desde entonces, nadie había vuelto a meterse con esa aerolínea. Simple, pero eficaz. Absolutamente bajó la taza. Espero que estas cosas no sucedan demasiado a menudo. Los tres oficiales miraron por las ventanas y vieron las luces de la pista segundos antes de que el 777 aterrizara en Gander. Hubo aplausos y felicitaciones de los pasajeros. El avión disminuyó la marcha y luego carreteó hacia las instalaciones militares, donde se detuvo. La puerta de la derecha se abrió y un camión ascensor avanzó en dirección a ella. 16

17 John, Ding y Alistair aflojaron sus cinturones de seguridad y fueron hacia la puerta sin perder de vista a los secuestradores. El primero en abordar el avión fue un oficial de la RCAF con cartuchera y banda blanca, seguido por tres hombres de civil que debían ser policías. Usted es el señor Clark? preguntó el oficial. Sí replicó John. Aquí están sus tres... sospechosos, creo que es el término adecuado. Sonrió con hastío ante sus propias palabras y los policías entraron a llevarse a los maleantes. El transporte alternativo llegará aproximadamente dentro de una hora dijo el oficial canadiense. Gracias. Los tres volvieron a buscar su equipaje de mano y, en dos de los casos, a sus esposas. Patsy estaba dormida y hubo que despertarla. Sandy había retomado su lectura. Dos minutos después, los cinco estaban en tierra, a bordo de un vehículo de la RCAF. Apenas arrancó, el 777 empezó a carretear hacia la terminal civil, donde los pasajeros estirarían un poco las piernas mientras lo reabastecían y revisaban. Cómo llegaremos a Inglaterra? preguntó Ding, luego de acomodar a su esposa en la sala de espera. La USAF ha enviado un VC-20. Habrá gente en Heathrow para recoger sus equipajes. El coronel Byron vendrá a buscar a los tres prisioneros explicó uno de los policías. Aquí están sus armas Stanley le entregó las tres bolsas de papel que contenían las pistolas descargadas. Brownings M-1935 de fabricación militar. Ninguna clase de explosivos. Son verdaderos amateurs. Vascos, creo. Aparentemente buscaban al embajador español en Washington. Su esposa viajaba a mi lado. Constanza de Monterosa: familia de bodegueros. Tienen los claretes y Madeiras más fabulosos del mundo. Creo que se trata de una operación no autorizada. Y usted quién es, exactamente? preguntó el policía. Clark tomó cartas en el asunto. No podemos responderle. Devolverán a los secuestradores? Ottawa nos dio instrucciones de hacerlo según el Tratado de Secuestros. Mire, tengo que decirle algo a la prensa. Dígale que tres agentes estadounidenses se encontraban a bordo por casualidad y ayudaron a reducir a esos idiotas dijo John. Sí, eso se ajusta bastante a la verdad coincidió Chávez con una sonrisa. Es el primer arresto que hice en mi vida, John. Maldición, olvidé mencionarles sus derechos agregó. Estaba lo bastante extenuado como para creer que era gracioso. Superaban cualquier expectativa de suciedad, tal como lo comprobó el equipo receptor. No era para sorprenderse. Ni tampoco que apestaran al punto de espantar a un zorrino. Pero eso tendría que esperar. Las literas fueron trasladadas de la camioneta al edificio, localizado diez millas al oeste de Binghamton, Nueva York, en la zona montañosa del estado. Una vez en la pulcra sala, los diez fueron asperjados con un envase parecido al de los productos limpiavidrios. Después, a la mitad de ellos se les inyectó algo en el brazo. Fueron divididos en grupos de cinco, 17

18 cada uno con un brazalete de acero numerado del 1 al 10. Los números impares fueron inyectados, los pares no. Una vez hecho esto, los diez homeless fueron trasladados a las barracas a dormir bajo los efectos del vino y las drogas. La camioneta que los había llevado ya había partido rumbo a sus obligaciones regulares en Illinois. El chofer no tenía la menor idea de lo que había hecho. Sólo sabía que había conducido su vehículo. 18

19 CAPITULO 1 MEMO El vuelo VC-20B carecía en cierto modo de comodidades la comida consistía en emparedados y un vino inidentificable pero los asientos confortables y el viaje sin altibajos permitieron que todos durmieran hasta que las ruedas se posaron sobre Northholt, un aeropuerto de la RAF localizado al oeste de Londres. Mientras el G-IV de la USAF carreteaba hacia la rampa, John destacó la antigüedad de los edificios. Esta base data de la Batalla de Bretaña explicó Stanley desperezándose en su asiento. También pueden utilizarla jets comerciales privados. En ese caso, vamos a pasar muchas veces por aquí replicó Ding, restregándose los ojos y anhelando un café. Qué hora es? Poco más de las ocho, hora local... Hora zulú también, no? Absolutamente confirmó Stanley con un gruñido adormilado. En ese momento empezó a llover y la lluvia fue una adecuada bienvenida al suelo británico. Caminaron cien yardas hasta la recepción, donde un oficial selló sus pasaportes y les dio oficialmente la bienvenida al país antes de volver a concentrarse en su desayuno y su diario. Afuera los esperaban tres coches limusinas Daimler negras que abandonaron la base en dirección oeste y luego sur, hacia Hereford. Eso demostraba que era un burócrata civil, pensó Clark en el primer coche. En otro caso hubieran utilizado helicópteros. Pero Gran Bretaña no carecía de las delicias de la civilización. En la ruta, pararon en un McDonald's para comer Egg McMuffins y beber café. Sandy protestó por el exceso de colesterol. Hacía meses que perseguía a John por ese tema. Luego recordó el episodio de la noche anterior. John? Sí, querida? Quiénes eran? Quiénes, los tipos del avión? Sandy asintió. No estoy seguro, probablemente separatistas vascos. Aparentemente buscaban al embajador español, pero cometieron un error garrafal. No era él quien estaba a bordo, sino su esposa. Intentaron secuestrar el avión? Sí, claro. No es horrible? John asintió reflexivamente. Sí, lo es. Bien, hubiera sido más horrible de haber sido ellos competentes, pero por suerte no lo eran Sonrió para sus adentros. /Viejo, subieron al vuelo equivocado! Pero no podía reir abiertamente, menos con su esposa sentada junto a él, en el lado equivocado del camino... hecho que lo irritaba bastante, a decir verdad. Le parecía mal ir sobre el lado izquierdo del camino, a una velocidad de... ochenta millas por hora? Maldición. Acaso no tenían límite de velocidad en ese país? Qué pasará con ellos? insistió Sally. 19

20 Hay un tratado internacional. Los canadienses los devolverán a EE.UU., donde serán juzgados por la Corte Federal. Serán juzgados, condenados y encerrados por piratería aérea. Pasarán muchos años entre rejas Y no se atrevió a agregar que habían tenido suerte. Las leyes españolas probablemente no habrían sido tan benévolas. Hacía tiempo que no pasaba algo así. Sí coincidió John Clark. Había que ser un verdadero imbécil para secuestrar un avión, pero evidentemente los imbéciles no eran una especie en peligro de extinción. Por ese motivo él era el Six de una organización llamada Rainbow. Tenemos buenas y malas noticias, así comenzaba el memo que había escrito. Como de costumbre, no se había preocupado por cuestiones burocráticas: ése era un lenguaje que Clark jamás había logrado aprender a pesar de sus treinta años en la CÍA. Con la caída de la Unión Soviética y otros estados con posiciones políticas adversas a los intereses occidentales y estadounidenses, la probabilidad de una confrontación internacional importante es generalmente baja. Obviamente, ésta es la mejor de las buenas noticias. Pero también debemos encarar el hecho de que todavía quedan muchos terroristas internacionales experimentados y entrenadas en el mundo, y que algunos de ellos tienen contacto ocasional con agencias nacionales de inteligencia. Cabe agregar que algunos países, si bien no quieren una, confrontación directa, con EE. UU. u otras naciones occidentales, podrían utilizar a, estos "agentes libres" del terrorismo para, metas políticas menos ambiciosas. En todo caso es probable que este problema, vaya, en aumento, ya, que en la, situación mundial previamente mencionada las naciones más influyentes impusieron límites firmes a, la, actividad, terrorista, vigentes por el acceso controlada a, armas, fondos, entrenamiento y salvoconductos. Es probable que la, actual situación global modifique el "entendimiento" previo entre las naciones más poderosas. El precio del apoyo, las armas, el entrenamiento y los salvoconductos podría, convertirse en actividad, terrorista, propiamente dicha, sin la pureza, ideológica, anteriormente exigida, por la, naciones patrocinantes. La, solución más obvia, a, este probablemente creciente problema, sería la organización de un nuevo equipo antiterrorista multinacional. Propongo el nombre clave Rainbow. Propongo además que la organización tenga su base en el Reino Unido. Las razones son simples: El RUposee y opera el Servicio Aéreo Especial (SAS), la, mayor es decir, la más experimentada agencia de operaciones espaciales del mundo. Londres es la, ciudad, más accesible del mundo en términos de vuelos comerciales; cabe agregar que el SAS tiene una, relación muy cordial con British Airways. El entorno legal es particularmente ventajoso debido a, las restricciones a, la prensa, permitidas por las leyes británicas, no así por las estadounidenses. La prolongada, "relación especial" entre agencias de los gobiernos estadounidense y británico. 20

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