Un grito de amor desde el centro del mundo Kyoichi Katayama

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1 Un grito de amor desde el centro del mundo Kyoichi Katayama

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3 Traducción de Lourdes Porta

4 Título original: Sekai no chushin de ai wo sakebu 2007, Kyoichi Katayama De la traducción: Lourdes Porta De esta edición: 2008, Santillana Ediciones Generales, S. L. Torrelaguna, Madrid Teléfono Telefax ISBN: Depósito legal: M Impreso en España - Printed in Spain Diseño: Proyecto de Enric Satué Cubierta: Imagen de la película del mismo título dirigida por Isao Yukisada

5 ADVERTENCIA Este archivo es una copia de seguridad, para compartirlo con un grupo reducido de amigos, por medios privados. Si llega a tus manos debes saber que no deberás colgarlo en webs o redes públicas, ni hacer uso comercial del mismo. Que una vez leído se considera caducado el préstamo y deberá ser destruido. En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran. Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Adem{s, realizamos la siguiente RECOMENDACIÓN Si te ha gustado esta lectura, recuerda que un libro es siempre el mejor de los regalos. Recomiéndalo para su compra y recuérdalo cuando tengas que adquirir un obsequio. y la siguiente PETICIÓN Libros digitales a precios razonables.

6 Capítulo I 1 Aquella mañana me desperté llorando. Como siempre. Ni siquiera sabía si estaba triste. Junto con las lágrimas, mis emociones se habían ido deslizando hacia alguna parte. Absorto, permanecí un rato en el futón hasta que se acercó mi madre y me dijo: «Es hora de levantarse». No nevaba, pero el camino estaba helado, blanco. La mitad de los coches circulaba con cadenas. En el asiento del copiloto, al lado de papá, que era quien conducía el automóvil, se sentó el padre de Aki. Su madre y yo ocupamos los asientos traseros. El coche arrancó. Delante, los dos hombres sólo hablaban de la nieve. Que si lograríamos, o no, llegar al aeropuerto para el embarque. Que si el avión saldría a la hora prevista. Detrás, nosotros apenas hablábamos. Distraído, miraba por la ventanilla el paisaje que dejábamos atrás. A ambos lados de la carretera se extendían, en todo lo que alcanzaba la vista, campos cubiertos de nieve. A lo lejos, la cresta de las montañas refulgía bañada por los rayos de un sol que brillaba a través de las nubes. La madre de Aki llevaba en el regazo una pequeña urna de cenizas. Al aproximarnos al desfiladero, la capa de nieve se hizo más espesa. Mi padre y el padre de Aki bajaron del coche en el aparcamiento de un parador y empezaron a ajustar las cadenas a las ruedas. Mientras, decidí dar un paseo por los alrededores. Más allá del aparcamiento había un bosquecillo. Una capa de nieve impoluta cubría el sotobosque; la que se acumulaba en las copas de los árboles iba cayendo al suelo con un quejido seco. Al volverme, vi cómo al otro lado del guardarraíl se extendía un océano invernal. Sereno y tranquilo, un mar de un color azul brillante. Todo cuanto veía me llenaba de nostalgia. Cerré con firmeza la tapa de mi corazón y le di la espalda al mar. La nieve del bosque se hizo más profunda. Las ramas quebradas y los duros tocones hacían que andar me resultara más difícil de lo que había supuesto. De repente, un pájaro levantó el vuelo de entre los árboles con un chillido agudo. Me detuve y agucé el oído. No oí nada más. Era como si no quedara nadie en este mundo. Al cerrar los ojos, percibí, como cascabeles, el sonido de las cadenas de los coches que circulaban por la carretera. Empecé a no saber dónde estaba, a no saber quién era yo. Entonces oí la voz de papá que me llamaba desde el aparcamiento. Una vez cruzamos el desfiladero, todo marchó tal como estaba previsto.

7 Llegamos al aeropuerto a la hora fijada y, tras facturar, nos dirigimos a la puerta de embarque. Se lo agradezco mucho les dijo papá a los padres de Aki. No, al contrario repuso el padre de Aki sonriendo. Seguro que Aki se siente feliz de que Sakutarô nos acompañe. Dirigí los ojos hacia la pequeña urna que la madre de Aki llevaba entre los brazos. Dentro de aquella urna envuelta en un precioso brocado, estaba realmente Aki? Poco después de que despegara el avión, me dormí. Y tuve un sueño. Soñé con Aki, cuando todavía estaba bien. En el sueño, ella me sonreía. Con su sonrisa de siempre, un poco cohibida. «Saku-chan!» 1, me llamaba. Su voz permanece claramente en mis oídos. «Ojalá el sueño fuera realidad y la realidad fuese un sueño!», pienso. Pero es imposible. Por eso, al despertarme, siempre estoy llorando. No es porque esté triste. Es que, cuando regreso a la realidad desde un sueño feliz, me topo con una fisura que me es imposible franquear sin verter lágrimas. Y eso, por más veces que me ocurra, siempre es así. A pesar de que habíamos despegado en la nieve, aterrizamos en una ciudad turística bañada por un sol de pleno verano. Cairns. Una hermosa ciudad a orillas del Pacífico. Un paseo de frondosas palmeras. El asfixiante verdor de las plantas tropicales desbordándose alrededor de los hoteles de lujo que se alzaban frente a la bahía, cruceros de diversos tamaños amarrados en el embarcadero. Camino del hotel, el taxi circuló junto a la franja de césped que bordeaba la costa. Mucha gente disfrutaba de un paseo al atardecer. Parece Hawai dijo la madre de Aki. A mí me parecía una ciudad maldita. Todo estaba igual que cuatro meses atrás. Durante aquellos cuatro meses, una estación había sucedido a otra estación y, en Australia, la primavera incipiente había dado paso al pleno verano. Pero nada más. Sólo eso. Íbamos a pasar una noche en el hotel y a regresar en el vuelo de la mañana siguiente. La diferencia horaria con Japón es muy pequeña, de modo que, desde nuestra salida, el tiempo había transcurrido tal cual. Después de cenar, me tendí en la cama y me quedé absorto con la mirada clavada en el techo. Y me dije a mí mismo: «Aki no está». Tampoco estaba cuatro meses atrás. La dejamos en Japón cuando vinimos de viaje de estudios, los de la clase de bachillerato. Desde una ciudad japonesa cerca de Australia hasta una ciudad australiana cerca de Japón. En una ruta así, no hay que hacer escala a medio camino para repostar combustible. Por esa 1 Tratamiento cariñoso que se usa fundamentalmente al hablar o dirigirse a niños. Sigue al nombre de pila, a parte de éste o a términos que indican parentesco. (N. de la T.) 7

8 curiosa razón aquella ciudad había entrado en mi vida. La había encontrado hermosa. Todo cuanto veía me parecía diferente, exótico, fresco. Aki existía. Aki lo estaba viendo a través de mis ojos. Pero ahora, vea lo que vea, no siento nada. Qué diablos debería mirar yo aquí? Eso es porque Aki se ha ido. Porque la he perdido. Ya no hay nada que desee ver. Ni en Australia, ni en Alaska, ni en el Mediterráneo, ni en la Antártida. En este mundo, vaya a donde vaya, siempre me sucederá lo mismo. Por más maravilloso que sea el paisaje que tenga ante los ojos, nunca me emocionaré; la más hermosa de las vistas no me gustará. Ha desaparecido la persona que me hacía desear ver, saber y sentir..., incluso vivir. Ella ya no volverá a estar jamás a mi lado. Sólo cuatro meses. Sucedió en el tiempo en que una estación da paso a la otra. Una chica se fue sin más de este mundo. Un hecho insignificante, sin duda, si a ella la consideras uno entre seis mil millones de seres humanos. Pero yo no estoy con esos seis mil millones. A mí, una sola muerte me ha despojado de todas mis emociones. Aquí es donde estoy yo. Donde me encuentro sin ver nada, sin oír nada, sin sentir nada. Pero estoy aquí realmente? Y si no, dónde estoy, entonces? 2 Aki y yo fuimos a clase juntos por primera vez en segundo de enseñanza media. Hasta entonces, no sabía cómo se llamaba, ni siquiera la había visto nunca. La casualidad hizo que fuésemos a parar, de entre los nueve grupos que había de segundo, al mismo y que el tutor nos eligiera delegada y delegado de la clase. Nuestra primera tarea como representantes de los alumnos fue ir a visitar a un compañero llamado Ôki, que había sido ingresado en el hospital tras haberse roto una pierna justo al empezar el curso. Por el camino, con el dinero que habíamos recaudado entre los compañeros y el profesor, le compramos unas flores y unas galletas. Ôki estaba tumbado en la cama con una aparatosa escayola en la pierna. Había sido hospitalizado al día siguiente de la ceremonia de inauguración del curso y yo apenas lo conocía. Así que dejé que el peso de la conversación recayera en Aki, que había ido a su misma clase en primero, y yo me quedé contemplando la calle por la ventana de aquella habitación de la tercera planta. A lo largo del carril del autobús se alineaban una floristería, una frutería, una pastelería y otras tiendas que, juntas, conformaban una bonita calle comercial. Luego, más allá de las hileras de casas, se veía el castillo de la colina. Su torreón blanco asomaba entre el fresco follaje de los árboles. Oye, Matsumoto, tú, de nombre, te llamas Sakutarô, verdad? me preguntó de repente Ôki, que había estado todo el rato hablando con Aki. 8

9 Pues sí dije yo, volviéndome desde donde estaba, junto a la ventana. No pasa mucho, eh? dijo. No pasa mucho el qué? Quiero decir que a ti lo de Sakutarô te viene por Sakutarô Hagiwara 2, no es verdad? No respondí. Sabes cómo me llamo yo, de nombre? Sí. Ryûnosuke. Pues eso. Por Ryûnosuke Akutagawa 3. Por fin comprendí de qué me estaba hablando. Quiero decir que tanto tus padres como los míos están chalados por la literatura afirmó con aire satisfecho. Mi abuelo, en mi caso dije. O sea, que fue tu abuelo quien te lo puso? Sí. Uf! Qué faena! Pues, Ryûnosuke todavía. Podría ser peor. Qué quieres decir? Te imaginas que te hubieran llamado Kinnosuke? Qué!? Ése es el verdadero nombre de Natsume Sôseki. No fastidies! Vamos, que si el libro preferido de tus padres llega a ser Kokoro 4, tú ahora te llamarías Kinnosuke. Anda ya! dijo él riéndose, atónito. Quién iba a ponerle eso a un hijo? Sólo era un ejemplo dije yo. Tú suponte que te llamaras Kinnosuke Ôki. Serías el hazmerreír de la escuela. El rostro de Ôki se ensombreció un poco. Y estarías tan resentido con tus padres por haberte puesto eso, que te largarías de casa. Y te convertirías en un luchador profesional de lucha libre. Y eso por qué? Porque a un tipo que se llama así no le queda más remedio. Uf! Aki dispuso en un jarrón las flores que habíamos llevado. Ôki y yo abrimos la caja de galletas y mordisqueamos unas cuantas mientras charlábamos de nuestros padres amantes de la literatura. Al marcharnos, Ôki nos dijo: Volved otra vez, vale? Es que me aburro, todo el santo día tumbado en la cama. 2 Famoso poeta japonés ( ). (N. de la T.) 3 Famoso novelista japonés ( ). (N. de la T.) 4 Kokoro (1914) es una de las más conocidas novelas del famoso escritor japonés Natsume Sôseki, cuyo nombre real era Kinnosuke Natsume ( ). (N. de la T.) 9

10 Pronto van a empezar a venir los de la clase, por turnos, a explicarte las lecciones. Para eso no hace falta que vengan. Sasaki dijo que se apuntaba dijo Aki, mencionando a la guapa oficial de la clase. Qué suerte tienes, chaval! me burlé yo. Qué va! Pero si tengo muy mala pata, ya lo ves dijo, y se rió él solo del pésimo chiste que acababa de hacer. Al salir del hospital, se me ocurrió de pronto proponerle a Aki que subiéramos juntos al castillo. Era ya demasiado tarde para participar en las actividades escolares del club y, si regresábamos directamente a casa, faltaba aún mucho tiempo para la cena. Ella me dijo: «Vale!», y me siguió despreocupada. Había dos rutas de acceso al castillo, una por la ladera norte de la montaña y la otra por la ladera sur. Nosotros empezamos a subir por la ladera sur. El sendero de la ladera norte conducía al portón principal, y el de la sur, a una entrada trasera. Este último era, por lo tanto, estrecho y abrupto, muy poco transitado por quienes se dirigían al castillo. A medio camino había un parque donde confluían las dos sendas. Fuimos avanzando por la cuesta, despacio, sin mantener lo que se puede llamar una conversación propiamente dicha. Tú escuchas rock, verdad, Matsumoto? me preguntó Aki, que andaba a mi lado. Sí respondí, dirigiéndole una mirada rápida. Por qué? Es que, desde primero, he visto cómo te pasas cedés con tus amigos. Y tú, Hirose? No, yo no. A mí eso me machaca los sesos. El rock? Sí. Me queda el cerebro como esas legumbres con curry que a veces nos dan en el comedor. Vaya! Tú estás en el club de kendo, verdad? Sí. Y hoy no vas a ir? Ya le he pedido permiso al profe. Aki se quedó reflexionando unos instantes. Es raro, no? dijo. Que alguien que practica kendo escuche rock. No sé, es que las dos cosas dan una imagen tan distinta. En kendo, cuando le arreas un porrazo en la careta al contrario, te sientes bien. Te quedas como muy relajado. Y lo mismo te pasa cuando escuchas rock, sabes? Y tú no te sientes bien siempre? 10

11 Tú sí? Es que yo eso de quedarse bien no lo acabo de entender. Lo cierto era que yo tampoco. Al andar manteníamos entre ambos una discreta distancia, como correspondía a dos alumnos de secundaria de distinto sexo. Con todo, podía percibir el olor ligeramente dulzón que desprendía el pelo de Aki, un olor que tanto podía ser del champú como del acondicionador. Un olor completamente distinto al de la careta protectora de kendo, que apestaba. Posiblemente, a alguien que viviera, año tras año, envuelto en el olor que desprendía Aki se le quitaran las ganas de escuchar rock o de atizar a la gente con una espada de bambú. La escalera por la que ascendíamos tenía los cantos redondeados y aparecía, aquí y allá, moteada de musgo. Las piedras se hundían en una tierra rojiza, húmeda, al parecer, todo el año. De pronto, Aki se detuvo: Hortensias! Dirigí la mirada hacia una frondosa mata de hortensias que crecía entre el camino y el barranco de la derecha. Ella ya tenía en la mano un montón de florecitas no más grandes que una moneda de diez yenes. Me encantan las hortensias dijo ella con arrobo. Vendremos a verlas juntos cuando florezcan? Vale dije con impaciencia. Pero ahora subamos. 3 Mi casa estaba dentro del recinto de una biblioteca municipal. El pabellón, de dos plantas, de estilo occidental, anexo al edificio principal, databa de la época Rokumeikan, o de Taishô, o por ahí. El hecho, y no es broma, es que lo habían catalogado como edificio de interés histórico y que sus moradores no podían hacer obras a su antojo. Que tu casa forme parte del patrimonio cultural de una ciudad puede parecer fabuloso, pero lo cierto es que, para quien la habita, no lo es tanto. De hecho, mi abuelo acabó diciendo que aquél no era sitio apropiado para un viejo y se mudó, él solo, a un apartamento reformado. Y una casa incómoda para un anciano lo es para cualquiera, independientemente de su sexo y edad. Con todo, mi padre sentía una inexplicable pasión por el edificio, pasión que, a mi parecer, había acabado transmitiendo en gran medida a mi madre. Un gran fastidio para un niño, la verdad. Desconozco en qué circunstancias mi familia había empezado a vivir allí. Dejando aparte la excentricidad de mi padre, seguro que algo tuvo que ver el hecho de que mi madre trabajara en la biblioteca. O tal vez se debió a los buenos oficios de mi abuelo, que en el pasado había sido diputado. En todo caso, a mí jamás me interesaron los pormenores de nuestros aciagos orígenes en 11

12 aquel lugar, así que nunca me tomé la molestia de preguntárselo a nadie. En el punto más cercano, mi casa distaba de la biblioteca unos escasos tres metros. Por lo tanto, desde la ventana de mi habitación, en el primer piso, podía leer el libro que estaba leyendo la persona sentada junto a la ventana. Bueno, esto es una exageración. Con todo, yo era un buen hijo y, en la época de mi ingreso en secundaria, solía ayudar a mi madre en las horas que me dejaba libre mi actividad escolar del club. Los sábados por la tarde, domingos y demás festivos, días de gran afluencia de lectores, yo me sentaba en recepción e introducía en el ordenador el código de barras de los libros, o cargaba en el carrito las devoluciones y las colocaba de nuevo en las estanterías con la diligencia propia del Giovanni de Tren nocturno de la Vía Láctea 5. Claro que, como la nuestra no era una familia necesitada, sin padre, a cambio de mi trabajo yo recibía una paga. Y casi todo el dinero que me daban me lo gastaba en cedés. Después de aquel día, Aki y yo mantuvimos un trato continuo. Aunque eran muchas las ocasiones en que estaba con ella, no tenía conciencia de que perteneciera al sexo opuesto. Es posible que, justamente por tenerla tan cerca, perdiera de vista su encanto. Aki era bonita, muy agradable, y sacaba buenas notas, así que tenía en la clase un montón de admiradores. Y yo acabé despertando muy pronto sus celos y su animadversión. En clase de gimnasia, cuando jugábamos al baloncesto o al fútbol, no había ocasión en que alguien no chocara conmigo aposta o me pegara un puntapié en la espinilla. No eran ataques abiertos, pero la mala fe era evidente. Al principio, yo no sabía a qué se debía todo aquello. Sólo me daba cuenta de que me detestaban. Y me sentía herido al pensar que, por una razón u otra, me odiaban. Arrastré esta preocupación durante largo tiempo hasta que un día, a causa de un incidente estúpido, ésta se desvaneció sin más. Para la Fiesta de la Cultura del segundo trimestre, los grupos ya teníamos que representar una obra teatral. En la clase de discusión de actividades, como resultado del voto conjunto de las chicas, nuestro grupo se decantó por Romeo y Julieta. Por propuesta unánime de ellas, el papel de Julieta recayó en Aki y el de Romeo, por esa ley no escrita según la cual lo que nadie quiere hacer lo acaba haciendo el delegado de curso, recayó en mí. Bajo la batuta de las chicas, los ensayos se sucedieron en perfecta armonía. La escena del balcón, donde Julieta declara: «Oh, Romeo, Romeo! Si otro fuese tu nombre! Reniega de él! Reniega de tu padre! O jura al menos que me amas...», era hilarante porque Aki, muy formalita de por sí, la interpretaba con toda seriedad y, encima, cuando la directora de la escuela, que tenía una aparición estelar como nodriza, decía: «Ya la llamé, lo juro por mi virginidad de doceañera», tal como reza el texto, todo el mundo reventaba de risa. En la escena del dormitorio de Julieta, al amanecer, cuando Romeo, antes de partir, 5 Se refiere a Giovanni, el protagonista de la famosa obra de Kenji Miyazawa. (N. de la T.) 12

13 susurra: «Luz, más y más luz..., más y más negro es nuestro pesar», los dos tienen que besarse. Julieta, que intenta retenerlo, y Romeo, que no acaba de marcharse, se dan un beso separados por la baranda del balcón. Oye, tú! No te pegues tanto a Hirose! soltó uno un día. Ése, como saca buenas notas, se lo tiene muy creído añadió otro. Pero qué decís? pregunté yo. Cállate! De improviso, uno de ellos me asestó un puñetazo en el estómago. No fue más que un golpe intimidatorio que yo, en un acto reflejo, logré encajar bien, así que apenas me hizo daño. Acto seguido, ya satisfechos, al parecer, se dieron la vuelta y se alejaron muy erguidos. Yo, por mi parte, más que humillación, sentí cómo una ráfaga de aire fresco barría de mi corazón todas las inseguridades que me habían asaltado durante los últimos tiempos. Cuando añades una dosis de ácido a la fenolftaleína que está de color rojo producto de una reacción alcalina, ésta se neutraliza y se obtiene una solución acuosa transparente. De modo similar, mi mundo se volvió, de pronto, puro y claro. Reflexioné sobre aquella respuesta que había obtenido de una manera tan inesperada: «Sí. Ellos están celosos. Me odian porque yo siempre estoy con Aki». De Aki se rumoreaba que salía con un estudiante de bachillerato. Yo no había comprobado si aquello era cierto, tampoco ella me lo había dicho nunca. Me había limitado a oír, de pasada, lo que decían las chicas de la clase. Que si él jugaba al voleibol, que si era alto y guapo. «Kendo, tío!», me burlé yo en mi fuero interno. «Kendo es lo que debe hacer un hombre!» En aquella época, Aki tenía la costumbre de oír la radio mientras estudiaba. Yo sabía cuál era su programa favorito. Lo había escuchado varias veces y sabía de qué iba. Chicos y chicas de bajo coeficiente intelectual enviaban allí sus postales y se entusiasmaban cuando el disc jockey las leía arrastrando las sílabas. Por primera vez en mi vida escribí una postal pidiendo una canción, y fue para Aki. No sé qué me impulsó a hacerlo. Quizá lo hice porque salía con aquel chico de bachillerato. Posiblemente tuviera algo que ver con los problemas que ella me había ocasionado. Pero, más que nada, creo que aquélla era la primera manifestación de un amor del que yo todavía no tenía conciencia. Era Nochebuena y el programa de aquel día, «Especial Santa Noche para Enamorados», prometía ser espeluznante. Era fácil adivinar que la competencia iba a ser aún mayor que de costumbre. Para que leyeran mi postal, el contenido tenía que ser conmovedor. Y aquí va nuestra siguiente postal! De Romeo, de la clase 4 de segundo. Y qué nos cuenta Romeo? Pues Romeo dice así: «Quiero hablar de mi compañera de clase, A. H. Es una chica dulce y tranquila, de pelo largo. Su 13

14 rostro, en frágil, recuerda a la Nausicaä de El valle del viento 6. Es alegre y siempre había sido la delegada de la clase. Para la Fiesta de la Cultura, este noviembre, hacemos Romeo y Julieta, y ella tenía que hacer de Julieta y yo de Romeo. Sin embargo, justo al empezar los ensayos, ella se puso enferma y dejó de asistir a clase. Tuvimos que buscarle una sustituta, y ahora yo tengo que representar Romeo y Julieta con otra chica. Después he sabido que tiene leucemia. Ahora está en el hospital, siguiendo un tratamiento. Según los compañeros de clase que han ido a verla, a causa de los medicamentos, ha perdido por completo su larga melena y ha adelgazado tanto que apenas se la reconoce. Esta noche también la pasará tendida en la cama del hospital. Es posible que escuche este programa. Pido "Tonight", de West Side Story, para ella, que ya no podrá interpretar a Julieta en la Fiesta de la Cultura». Qué era aquello? me dijo Aki al día siguiente en la escuela, viniendo directa hacia mí. La postal de ayer la escribiste tú, verdad? De qué me hablas? No te hagas el tonto. Era Romeo, de la clase 4 de segundo. Cómo puedes inventarte una cosa así? Que tengo leucemia, que se me cae el pelo, que estoy tan flaca que no se me reconoce... Al principio, te puse bien. Una frágil Nausicaä... dijo ella soltando un hondo suspiro. Mira, sobre mí pon lo que te dé la gana. Pero en este mundo hay personas que están enfermas y sufren, lo sabías? Y aunque hables en broma, me parece odioso que te valgas de una cosa así para captar la simpatía de los demás. El sensato discurso de Aki me molestó. Pero su enfado me gustó más de lo que me disgustaron sus palabras. Tuve la sensación de que un refrescante soplo de aire me llenaba el pecho. Sentí un ramalazo de simpatía hacia Aki y, al mismo tiempo, la vi por primera vez como a una chica. En aquella bocanada de aire había también grandes dosis de satisfacción hacia mí mismo. 4 En tercero volvimos a ir a clases distintas. Sin embargo, como ambos seguimos siendo delegados, tuvimos la oportunidad de vernos una vez por semana, en las reuniones de representantes de los alumnos que hacíamos después de las clases. Además, desde finales del primer trimestre, Aki empezó a venir a estudiar a la biblioteca. Durante las vacaciones de verano, acudió casi todos los días. También yo, una vez finalizaron los torneos municipales y, con ellos, los entrenamientos de kendo, empecé a ir a la biblioteca a ganarme la paga. Además, por las mañanas me acostumbré a preparar el examen de 6 Película de dibujos animados de Hayao Miyazaki. (N. de la T.) 14

15 ingreso en bachillerato en la sala de lectura, que disponía de aire acondicionado. Por lo tanto, las ocasiones de estar juntos aumentaron y Aki y yo estudiábamos juntos, o bien, en los descansos, charlábamos mientras saboreábamos un helado. No estoy nada motivado, sabes? le dije. No me entra en la cabeza eso de estudiar en vacaciones. Es que a ti no te hace ninguna falta. Te lo sacas seguro. No se trata sólo de eso. Hace poco estuve leyendo la revista Newton y ponía que, en el año 2000, un asteroide chocaría contra la Tierra y que el ecosistema quedaría totalmente alterado. Ah! asintió distraídamente Aki lamiendo el helado con la punta de la lengua. Cómo que «ah!»? dije yo muy serio. El agujero de la capa de ozono es cada año mayor y las selvas tropicales están disminuyendo. A este paso, cuando tú y yo seamos abuelos, los seres vivos ya no podrán vivir en la Tierra. Qué fuerte! Dices «qué fuerte!», pero no parece que lo veas así. Lo siento dijo ella. Es que no acabo de hacerme a la idea. Tú sí, Matsumoto? Dicho de ese modo... No, verdad? Te hagas a la idea o no, ese día va a llegar. Entonces, qué le vamos a hacer? Oyéndola, me dio la sensación de que estaba en lo cierto. No vale la pena preocuparse por lo que va a suceder dentro de un montón de años. Oye, que sólo estamos hablando de dentro de diez años! Nosotros tendremos veinticinco dijo Aki con una mirada lejana. Pero vete a saber, para entonces, lo que habrá sido de ti y de mí. De pronto, me acordé de las hortensias de la montaña del castillo. Habían florecido ya dos veces desde aquel día, pero todavía no habíamos ido a verlas juntos. Eran tantas las cosas que requerían todos los días mi atención que me había olvidado por completo de las hortensias. Y lo mismo debía de haberle sucedido a Aki, sin duda. Y me dio la sensación de que, pese a la colisión del asteroide y el agujero en la capa de ozono, a principios del verano del año 2000 las hortensias seguirían floreciendo en la montaña del castillo. Y que no valía la pena apresurarse en ir a verlas porque siempre estarían allí para que las contempláramos cuando quisiésemos. Y, de este modo, fueron transcurriendo las vacaciones de verano. Yo seguí preocupándome por los futuros problemas medioambientales del planeta mientras estudiaba las invasiones bárbaras, y a Cromwell y la guerra civil 15

16 inglesa, y resolvía sistemas de ecuaciones y raíces cuadradas. De vez en cuando iba a pescar con mi padre. Me compré cedés nuevos. Charlaba con Aki mientras comíamos helados. Saku-chan. La primera vez que Aki me llamó así, me tragué de golpe el helado que tenía medio derretido en la boca. A qué viene que me llames así, por las buenas? Tu madre siempre lo hace, no, Matsumoto? me dijo Aki sonriendo. Pero tú no eres mi madre. Pues yo ya lo he decidido. A partir de ahora voy a llamarte Saku-chan. Podrías hacerme el favor de no hacer y no decidir estas cosas por tu cuenta? Pues, mira. Yo ya he tomado una decisión. Y así fue como Aki empezó a decidirlo completamente todo, hasta que dejé de saber quién era yo. Poco después de empezar el segundo trimestre, ella se plantó de improviso un día ante mí, a la hora de comer, con un cuaderno en la mano. Toma dijo depositando el cuaderno sobre mi pupitre. Y esto qué es? Un diario conjunto. Ah! Sabes de qué va, verdad, Saku-chan? Lancé un vistazo a mi alrededor. No puedes olvidarte de eso mientras estamos en la escuela? le dije. No sé si tus padres también llevarían uno, Saku-chan. Es que no me escuchaba, o qué? Un chico y una chica escriben lo que les ha ocurrido durante el día, lo que han pensado, lo que han sentido, y luego se lo intercambian para que el otro lo lea. Pues vaya rollo! A mí estas cosas no me van. No podrías escoger a otro chico de la clase? Eso no se hace con cualquiera. Aki parecía ofendida. Tiene que escribirse con bolígrafo o pluma, no? O también con lápices de colores. Y no puede ser por teléfono? Por lo visto, no. Ella cruzó los brazos por detrás de la espalda y se quedó mirando, alternativamente, a mí y al cuaderno. Cuando hice amago de abrirlo, sin ninguna intención especial, ella se lanzó sobre mí. No! Léelo en casa. Así es como funciona. En la primera página, Aki se presentaba a sí misma. Fecha de nacimiento, horóscopo, grupo sanguíneo, aficiones, comida que le gustaba, color favorito, análisis del propio carácter. En la página de al lado había dibujada una chica, 16

17 ella misma, al parecer, con lápices de colores, y tres franjas en las que ponía: «secreto», «secreto», «secreto». Increíble! musité ante el cuaderno abierto. En Navidades de tercero, murió la profesora de Aki. Había venido con nosotros en el viaje de curso del primer trimestre y todavía estaba bien, pero a principios del segundo trimestre había empezado a faltar a clase. Yo me había enterado de que estaba enferma por Aki. Cáncer, por lo visto. Tenía sólo unos cincuenta años. El funeral se celebró al día siguiente de acabar las clases y asistieron todos los alumnos de la clase de Aki, y también asistimos los delegados de curso. Como no cabíamos todos en la sala principal del templo, participamos en el funeral presenciando la ceremonia desde fuera. Hacía un frío que penetraba hasta el tuétano de los huesos. La letanía de sutras parecía que iba a perpetuarse hasta la eternidad. Nosotros nos íbamos dando empujoncitos los unos a los otros intentando no perecer por congelación. Cuando, finalmente, el funeral dio paso a la ceremonia fúnebre, algunas personas, empezando por la directora del colegio, pronunciaron palabras de condolencia. Aki fue una de ellas. Nosotros dejamos de darnos empellones y escuchamos con atención. Ella fue leyendo el discurso con voz reposada. El llanto no anegó su voz en ningún momento. Por supuesto, la que nosotros escuchamos no era su voz natural, sino la que nos llegaba distorsionada a través de los altavoces. Pese a ello, se la reconocía con toda claridad. Sólo que, empañada por la tristeza, parecía más madura de lo habitual. Yo me entristecí un poco pensando que ella había seguido sola hacia delante dejándonos a todos nosotros atrás, en una infancia perpetua. Con un sentimiento que rayaba en el desasosiego, busqué a Aki entre las cabezas que atestaban el recinto del templo. Miré en todas direcciones hasta que divisé su figura, un poco inclinada hacia delante, leyendo el discurso sobre la tarima del micrófono, instalada a la entrada de la sala principal. Y tuve una especie de revelación. La chica enfundada en el uniforme marinero que yo conocía se había convertido en otra persona. No. Aquélla era Aki. Eso era seguro. Pero algo había sufrido un cambio definitivo. Apenas oía el discurso fúnebre. Sólo tenía ojos para la figura de Aki dibujándose en la distancia. No podría ser otra que Hirose dijo uno a mi lado. Por su cara no lo dirías, pero la chica tiene agallas convino otro. En aquel momento, un rayo de sol se abrió paso entre los gruesos nubarrones e inundó el patio de luz. Iluminó a Aki, que proseguía su discurso, recortando nítidamente su figura contra las oscuras sombras de la sala principal. Ah! Aquélla era la Aki que yo conocía. La Aki que intercambiaba conmigo aquel caprichoso diario, la Aki que me llamaba «Saku-chan» como si hubiéramos crecido juntos. Su presencia, tan cercana que había acabado por ser transparente, ahora se manifestaba como la de una niña que se estaba haciendo 17

18 mujer. Igual que un cristal de roca que has olvidado sobre la mesa y que ahora, al mirarlo desde un ángulo distinto, empieza a lanzar unos hermosos destellos irisados. De pronto, me asaltó el impulso de echar a correr. Junto con la alegría que colmaba mi corazón, tuve conciencia por primera vez de ser uno de los chicos que estaban enamorados de Aki. Pude comprender los celos que los demás habían mostrado. No sólo eso. Incluso yo estaba ahora celoso de mí mismo. En lo más hondo de mi corazón, brotó la pasión ácida de unos celos hacia mí, que tenía la fortuna de estar, sin merecerlo, junto a Aki, hacia mí, que había compartido, sin más, tantas horas de intimidad con ella. 5 Tras graduarnos en secundaria, ya en el instituto, volvimos a ir a la misma clase. En aquella época, mi amor por Aki era ya imposible de ocultar. Era tan obvio que estaba enamorado de ella como que yo era yo. Si alguien me hubiese preguntado: «A ti te gusta Hirose, verdad?», seguro que le habría respondido: «No me digas! Pues claro!». Así lo sentía yo. Excepto en la clase de discusión de actividades, podíamos elegir el asiento que nos gustara, así que nosotros pegábamos nuestras mesas y nos sentábamos juntos. En el instituto, como era de esperar, ya no había nadie que nos tomara el pelo por nuestra estrecha relación de pareja ni que me tuviera celos. Nuestra existencia había pasado a formar parte del decorado cotidiano, como la pizarra o el jarrón del aula. Era más bien algún profesor el que se entrometía diciendo: «Qué bien os lleváis, no?», o alguna estupidez semejante. Nosotros respondíamos sonrientes: «Sí, gracias», aunque en nuestro fuero interno, molestos, pensáramos: «Y tú por qué no te metes en tus asuntos?». En abril habíamos empezado a leer Taketori monogatari 7 y acabábamos de entrar en la parte más interesante de la historia. «Para proteger a la princesa de los emisarios de la luna, el emperador decide rodear su palacio de soldados. Sin embargo, los emisarios logran llevarse consigo a la princesa. Lo único que ella deja atrás es una carta para el emperador y el elixir de la inmortalidad. Sin embargo, el emperador no quiere vivir eternamente en un mundo donde no esté la princesa. Y ordena que quemen el elixir en la cima del monte más cercano a la luna.» Este es el pasaje que explica los orígenes del nombre del monte Fuji y, con este pasaje, la historia llega apaciblemente a su fin. Mientras escuchaba cómo el profesor explicaba el trasfondo de la historia, Aki, con los ojos clavados en el texto, parecía reflexionar sobre lo que acababa 7 Taketori monogatari (Cuento del cortador de bambú) data del año 909. Se considera la primera obra de ficción escrita en prosa de la literatura japonesa. (N. de la T.) 18

19 de leer. Su flequillo le caía hacia delante cubriéndole el bonito puente de la nariz. Miré la oreja que le asomaba entre el cabello. Miré los labios ligeramente fruncidos. Todas y cada una de estas partes estaban dibujadas con unas líneas tan delicadas que jamás hubiesen podido ser trazadas por la mano del hombre y, contemplándola, me maravillé de cómo todas ellas habían confluido en aquella jovencita llamada Aki. Y aquella chica tan hermosa estaba enamorada de mí. De pronto, tuve una horrible certeza. Por más tiempo que viviera, jamás podría esperar una felicidad mayor que la que sentía en aquel momento. Lo único que podía hacer era intentar conservarla para siempre. Me horrorizó la felicidad que sentía. Si la porción de dicha que corresponde a cada uno estaba fijada de antemano, en aquellos instantes quizá estuviera agotando la parte que a mí me correspondía para mi vida entera, Y, algún día, los mensajeros de la luna me arrebatarían a mi princesa. Entonces sólo me quedaría un tiempo tan largo como la vida eterna. De pronto, me di cuenta de que Aki me estaba mirando. Tan seria era mi expresión? Porque la sonrisa que ella esbozaba se borró súbitamente de su rostro. Qué te pasa? Negué con un forzado movimiento de cabeza. Nada. Después de clase, todos los días regresábamos juntos a casa. Recorríamos el camino de vuelta tan despacio como nos era posible. A veces, para disponer de más tiempo, dábamos un rodeo. Con todo, en un santiamén llegábamos a la bifurcación donde teníamos que separarnos. Era extraño. Aquel camino, cuando lo recorría solo, me parecía largo y aburrido, pero cuando iba con Aki, charlando, hubiera querido seguir andando eternamente. Ni siquiera notaba el peso de la cartera atiborrada de libros de texto y diccionarios. «Posiblemente, en la vida nos ocurra lo mismo», pensé unos años más tarde. «Una vida solitaria se hace larga y tediosa. Sin embargo, cuando la compartes con la persona amada, en un santiamén llegas a la bifurcación donde tienes que decirte adiós.» 6 Después de que mi abuela muriera, mi abuelo se quedó un tiempo a vivir con nosotros, pero, tal como ya he escrito antes, dijo que aquélla no era casa para un viejo y se mudó él solo a un apartamento. Mi abuelo había nacido en el campo y, hasta la época de su padre, la familia había poseído grandes extensiones de tierra. Sin embargo, a raíz de la revolución agraria, aquella antigua familia se arruinó y el heredero, mi abuelo, decidió ir a TÔkio a probar 19

20 suerte en el mundo de los negocios. Sacó partido del río revuelto de la posguerra y se enriqueció, volvió al campo y, a sus treinta años, fundó una empresa de elaboración de productos alimenticios. Se casó con mi abuela y nació mi padre. Según me contó mamá, la empresa de mi abuelo, a caballo del desarrollo económico acelerado, creció a buen ritmo y la familia llegó a nadar en la abundancia. Sin embargo, cuando mi padre acabó el bachillerato, mi abuelo dejó en manos de sus subordinados, sin más, la empresa que tanto esfuerzo le había costado levantar, se presentó a las elecciones y fue elegido diputado. Tras formar parte del parlamento durante más de una década, su fortuna se había desvanecido casi por completo en la financiación de campañas electorales. Por la época en que murió mi abuela, ya no les quedaba otra propiedad de valor que la casa. Poco después se retiró de la política y ahora llevaba, en soledad, una vida reposada y confortable. Desde secundaria, empecé a ir a visitarlo, de vez en cuando, a su apartamento pensando que hacía una obra de caridad, y le contaba cómo me iba en la escuela, o tomábamos una cerveza juntos mientras veíamos algún combate de sumo por la televisión. A veces, era mi abuelo el que me contaba cosas de cuando era joven. También me hablaba de una chica de la que se enamoró cuando tenía diecisiete o dieciocho años y de cómo las circunstancias habían impedido que se casaran. Ella estaba enferma del pecho me dijo, como solía hacer, mientras bebía a pequeños sorbos una copa de burdeos. Hoy en día, la tuberculosis se cura en nada gracias a los medicamentos, pero, entonces, el único remedio posible era una buena alimentación, aire puro y descanso. En aquella época, si una mujer no era fuerte, no podía resistir la vida de casada. No había electrodomésticos, ya sabes. Y hacer la comida y la colada era un trabajo muy duro. Además, yo, como todos los jóvenes de mi generación, estaba dispuesto a morir por mi país. Los dos nos queríamos, pero no podíamos casarnos. Eso lo sabíamos tanto ella como yo. Eran tiempos muy difíciles aquéllos. Y qué pasó? le pregunté bebiendo una lata de café. A mí me llamaron a filas y pasé muchos años en el ejército prosiguió mi abuelo. No imaginaba que volviéramos a vernos jamás. Creía que ella moriría mientras yo estaba en el frente, y tampoco yo esperaba sobrevivir, la verdad. Así que, cuando nos separamos, nos juramos unirnos en el otro mundo dijo espaciando las palabras y con la mirada perdida en la distancia. Sin embargo, la fortuna es irónica y, al acabar la guerra, los dos seguíamos con vida. Cuando piensas que el futuro no es posible, es sorprendente lo puro que te vuelves, pero, al encontrarte vivo, renacen los deseos. Y yo quería casarme con ella, fuera como fuese, así que me propuse ganar dinero. Porque si lo tenía, por más enferma de tuberculosis que estuviera, yo podría hacerme cargo de ella y cuidarla. Por eso fuiste a TÔkio? Mi abuelo asintió. 20

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