RUTA DE GLORIA ROBERT A. HEINLEIN

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1 1 RUTA DE GLORIA ROBERT A. HEINLEIN Título de la obra original:glory ROAD 1963 Versión española de JOSE M.a AROCA Para George H. Scithers y los metódicos defensores de la Terminus, Owlswick & Ft. Mudge Electrick Street Railivay BRITÁNICO (impresionado): César, esto no es correcto. TEODOTO (ultrajado): Qué? CÉSAR (recobrando su autodominio): Perdónalo, Teodoto; es un bárbaro, y piensa que las costumbres de su tribu y de su isla son las leyes de la naturaleza. César y Cleopatra, Acto II George Bernard Shaw.

2 I 2 Conozco un lugar donde no hay contaminación, ni problemas de aparcamiento, ni explosión demográfica... Ni Guerra Fría, ni bombas H, ni anuncios de televisión... ni Conferencias en la Cumbre, ni Ayuda al Exterior, ni Impuesto de Utilidades. El clima es el que Florida y California pretenden tener (y ninguna de las dos tiene), el paisaje es encantador, la gente se muestra amistosa y hospitalaria con los extranjeros, las mujeres son guapas y asombrosamente deseosas de complacer... Podría regresar. Podría... Era un año de elecciones, con el acostumbrado tema de cualquier cosa que tú hagas yo puedo hacerla mejor, sobre un fondo de zumbantes sputniks. Yo tenía veintiún años, pero no acababa de decidir contra qué partido votaría. De modo que telefoneé a mi Centro de Reclutamiento y les dije que me enviaran la notificación. Soy contrario al servicio militar del mismo modo que una langosta es contraria al agua hirviente: puede ser su hora más gloriosa, pero no la ha elegido ella. Sin embargo, amo a mi patria. Sí, la amo, a pesar de la machacona propaganda contra el patriotismo, calificado de anticuado, en los centros de enseñanza. Uno de mis bisabuelos murió en Gettysburg, y mi padre luché en la guerra de Corea, de modo que no acepté aquellas nuevas ideas. Discutí contra ellas en clase..., hasta que mi actitud me valió un suspenso en Estudios Sociales; entonces me callé, y aprobé el curso. Pero no cambié mis opiniones para que coincidieran con las de un profesor que se alimentaba exclusivamente de teorías. Pertenece usted a mi generación? Si no pertenece a ella, sabe por qué éramos tan desatinados? O es usted de los que se limitan a calificarnos de «delincuentes juveniles»? Yo podría escribir un libro. Hermano! Pero anoto un hecho clave: después de haber pasado años y años tratando de desarraigar de la conciencia de un muchacho el sentimiento de patriotismo, no hay que esperar que dé saltos de alegría al recibir un comunicado que dice: FELICIDADES: Cúmplenos notificarle que a partir de este momento forma usted parte de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos... Hablar de una «Generación Perdida»! He leído a los autores que se hicieron famosos después de la Primera Guerra Mundial -Fitzgerald, Hemingway y compañía -, y me asombra que lo único que les preocupara fuera el alcohol de madera en el licor de contrabando. Tenían al mundo cogido por la cola... de qué se quejaban, pues? Desde luego, tenían a Hitler y a la Depresión delante de ellos. Pero ellos no lo sabían. Nosotros teníamos a Kruschev y a la bomba H, y ciertamente lo sabíamos. Pero nosotros no éramos una «Generación Perdida». Eramos algo peor; éramos la «Generación Segura». Los beatniks? Nunca fueron más de unos cuantos centenares

3 3 entre millones. Oh, sí, hablábamos la jerga beatnik, y buscábamos sonidos fríos en estéreo, y estábamos en desacuerdo con las listas de músicos de jazz del Playboy, como si la cosa tuviera verdadera importancia. Leíamos a Salinger y a Kerouac, y utilizábamos un lenguaje que escandalizaba a nuestros padres, y vestíamos (a veces) al estilo beatnik. Pero no creíamos que los bongos y una barba pudieran compararse con el dinero en el banco. No éramos rebeldes. Eramos tan conformistas como las polillas. Nuestra consigna inexpresada era «Seguridad». La mayoría de nuestras consignas eran inexpresadas, pero las seguíamos tan compulsivamente como una cría de pato se mete en el agua. «No luches contra el Ayuntamiento.» «Procura conseguir lo que sea bueno para ti.» «No te comprometas.» Elevados objetivos aquellos, grandes valores morales, y todos significaban «Seguridad». El «Anda con pies de plomo» (la aportación de mi generación al Sueño Americano) estaba basado en la seguridad; garantizaba que la noche del sábado no podría ser nunca la noche más solitaria para el débil. Si uno andaba con pies de plomo, la competencia quedaba eliminada. Pero nosotros teníamos ambiciones. Sí, señor! Librarse del servicio militar y estudiar en la Universidad. Casarse y tener a la mujer encinta, con las dos familias ayudándole a uno a seguir estudiando. Obtener un empleo bien visto por los centros de reclutamiento, en una firma de misiles, por ejemplo. Mejor aún, doctorarse en algo si la familia de uno (o la de su esposa) podían permitírselo, y tener otro hijo, y resistir hasta más allá de la edad militar... Además, un título de doctor era toda una garantía a efectos de promoción, sueldo y jubilación. A falta de una esposa embarazada con padres acomodados, la mayor seguridad residía en ser 4-F. Unos tímpanos del oído perforados eran buenos, pero una alergia era mejor. Uno de mis vecinos padeció un asma terrible que le duró hasta su vigesimosexto cumpleaños. No mentía: era alérgico a los centros de reclutamiento. Otra salida consistía en convencer a un psiquiatra del ejército de que los intereses de uno se acomodaban más al Departamento de Estado que al Ejército. Más de la mitad de mi generación estaba compuesta por individuos «no aptos para el servicio militar». No me parece sorprendente. Hay un viejo cuadro de unas personas viajando en trineo a través de bosques profundos... perseguidas por lobos. De cuando en cuando agarran a uno de los viajeros y lo arrojan a los lobos. Eso es el reclutamiento, aunque se le dé el nombre de «servicio selectivo»: arrojar una minoría a los lobos mientras el resto continúa con la idea fija de obtener un garaje de tres plazas, una piscina y los beneficios de la jubilación. No pretendo ser más-honesto-que-tú; yo también iba detrás de aquel garaje de tres plazas. Sin embargo, mis parientes no podían costearme unos estudios universitarios. Mi padrastro era un modesto oficial de las Fuerzas Aéreas cuyo sueldo apenas le bastaba para comprarles zapatos a sus propios hijos. Cuando fue trasladado a Alemania poco antes de mi último año en la escuela superior y yo fui invitado a ir a vivir con la hermana de mi padre y su marido, los dos nos sentimos aliviados. No mejoré financieramente, ya que mi tío estaba manteniendo a una primera esposa: bajo la ley de California, aquello equivalía a ser un peón del campo en Alabama antes

4 4 de la Guerra Civil. Pero yo tenía una pensión mensual de 35 dólares como «dependiente superviviente de un veterano fallecido». (No «huérfano de guerra», una categoría distinta y mejor pagada). Mi madre estaba segura de que la muerte de papá se había producido a consecuencia de unas heridas, pero la Administración de Veteranos no opinó lo mismo, de modo que fui un simple «dependiente superviviente». Treinta y cinco dólares al mes no tapaban el agujero que yo practicaba en sus comestibles, y se sobreentendía que cuando me graduara me las arreglaría por mí mismo. Cumpliendo mi servicio militar, sin duda... Pero yo tenía mi propio plan; jugaba al fútbol y terminé el curso en la escuela secundaria del Valle Central de California con la mejor marca en carreras y la nariz rota... y empecé el curso en el otoño siguiente en la Universidad del Estado local con un empleo que consistía en «barrer el gimnasio» por 10 dólares mensuales, propinas aparte. No podía ver el final, pero mi plan era claro: estudiar, con todas mis fuerzas, y licenciarme en ingeniería. Eludir el reclutamiento y el matrimonio. Una vez graduado, conseguir un empleo que dejara en suspenso mi alistamiento. Ahorrar dinero y licenciarme en derecho, también..., porque en Homestead, Florida, un profesor había señalado que, si bien los ingenieros ganaban dinero, el dinero en grande y los mejores empleos eran para los abogados. De modo que no desaprovecharía la ocasión y me convertiría en un héroe de Horatio Alger. Hubiera insistido en obtener aquella licenciatura en leyes, de no haber sido porque en aquel centro de enseñanza no se cursaban estudios de Derecho. Al final de mi segundo año decidieron dejar de lado el fútbol. Había tenido una temporada perfecta: ningún trofeo. «Flash» Gordon (ese era yo... en las reseñas deportivas) era el número uno en carreras y tantos marcados; sin embargo, Coach y yo nos quedamos sin empleo. Oh, «barrí el gimnasio» el resto de aquel año para los equipos de baloncesto, esgrima y otros deportes, pero a nadie le interesaba un jugador de baloncesto que sólo medía un metro ochenta. Pasé aquel verano limpiando la pista y tratando de encontrar una solución a mi problema. Aquel verano también, cumplí los veintiún años, y dejé de percibir los 35 dólares mensuales. Poco después del Día del Trabajo decidí efectuar aquella llamada telefónica a mi Centro de Reclutamiento. Me había propuesto pasar un año en las Fuerzas Aéreas, luego ingresar por oposición en la Academia de las Fuerzas Aéreas, y ser astronauta y famoso, en vez de rico. Bueno, no todos pueden ser astronautas. Las Fuerzas Aéreas tienen su cupo, o algo por el estilo. Me encontré en el Ejército con tanta rapidez que apenas tuve tiempo de hacer las maletas. De modo que me dispuse a ser el mejor secretario de capellán del Ejército; me aseguré de que el «escribir a máquina» figuraba como uno de mis conocimientos. Si tenía algo que decir en el asunto, haría mi servicio militar en el Fuerte Carson, mecanografiando copias perfectas y asistiendo al mismo tiempo a la escuela nocturna. No tuve nada que decir en el asunto. Ha estado usted alguna vez en el Sudeste de Asia? Hace que Florida parezca un

5 5 desierto. Todo lo que uno pisa es mermelada. En vez de tractores, utilizan búfalos domésticos. Los arbustos están llenos de insectos y de nativos que disparan contra uno. No era una guerra... ni siquiera una «Acción Policial». Nosotros éramos «Asesores Militares». Pero un Asesor Militar que lleva cuatro días muerto en medio de aquel calor huele igual que un cadáver en una guerra de verdad. Fui ascendido a cabo. Fui ascendido siete veces. A cabo. Mi actitud no era la correcta. O al menos eso decía el comandante de mi compañía. Mi padre había sido infante de Marina, y mi padrastro estaba en las Fuerzas Aéreas; mi única ambición castrense había sido la de convertirme en secretario de un capellán. No me gustaba el Ejército. Al comandante de mi compañía tampoco le gustaba; era un primer teniente que no había ascendido a capitán, y cada vez que rumiaba en ello el Cabo Gordon perdía sus galones. Los perdí la última vez por decirle que iba a escribir a mi representante en el Congreso para averiguar por qué yo era el único soldado del Sudeste de Asia que iba a ser jubilado por vejez en lugar de ser enviado a casa cuando terminara su compromiso... y aquello le enfureció tanto que perdió la cabeza y me arrastró a una acción descabellada, y se convirtió en un héroe, y le mataren. Y así fue como conseguí esta cicatriz a través de mi nariz rota por la que yo también fui un héroe y tenía que haber recibido la Medalla al Mérito, sólo que no había nadie mirando. Mientras me estaba restableciendo, decidieron enviarme a casa. El comandante lan Hay, en su «War to End War», describió la estructura de las organizaciones militares: prescindiendo de 1.0., toda la burocracia militar consiste en un Departamento de Invitación por Sorpresa, un Departamento de Bromas Pesadas y un Departamento del Hada Madrina. Los dos primeros se ocupan de la mayoría de los asuntos, ya que el tercero es muy pequeño; el Departamento del Hada Madrina es una veterana GS-5 femenina, habitualmente de permiso por enfermedad. Pero cuando está en su oficina, a veces suelta su labor de punto y capta un nombre que pasa a través de su escritorio y hace algo agradable. Ya ha visto usted cómo fui tratado por los Departamentos de Invitación por Sorpresa y de Bromas Pesadas; esta vez el Departamento del Hada Madrina se interesó por el soldado Gordon. Ni más ni menos. Cuando supe que iba a regresar a casa en cuanto cicatrizara la herida de mi rostro (el hermanito moreno no había esterilizado su machete), formulé una petición para ser enviado a Wiesbaden, donde se encontraba mi familia, en vez de a California, hogar que figuraba en mi ficha. No estoy censurando al hermanito moreno; él no se había propuesto señalarme la cara... y lo hubiera conseguido si no hubiese estado matando al comandante de mi compañía y con demasiada prisa para hacer un buen trabajo conmigo. Yo no había esterilizado tampoco mi bayoneta, pero él no se quejó: se limitó a suspirar y partirse en dos, como una muñeca con su cuello de serrín cortado. Le estaba agradecido; no sólo había arreglado las cosas de modo que yo saliera del Ejército, sino que me había dado también una gran idea. El, y el cirujano que me operó. El cirujano había dicho: «Te pondrás bien, hijo. Pero te quedará una cicatriz como la de un estudiante de Heidelberg.» Lo cual me llevó a pensar... Uno no podía conseguir un empleo decente sin un título

6 6 universitario, del mismo modo que no podía ser revocador sin ser hijo o sobrino de alguien en el sindicato de revocadores. Pero hay títulos y títulos. Sir Isaac Newton, con un título de un centro de enseñanza provinciano como el mío, hubiera lavado botellas para Joe Thumbfingers... si Joe hubiese tenido un título de una Universidad europea. Por qué no Heidelberg? Me proponía ordeñar mis beneficios G.I.; era lo que pensaba cuando efectué aquella llamada telefónica a mi centro de Reclutamiento, algo precipitado, lo confieso. Según mi madre, en Alemania todo era más barato. Tal vez pudiera extender aquellos beneficios hasta un título de doctor. Herr Doktor Gordon, con cicatrices de Heidelberg en la cara por añadidura... Aquello significarían dólares más al año en cualquier firma de misiles. Diablos, retaría en duelo a un par de estudiantes y añadiría auténticas cicatrices de Heidelberg a la que ya tenía. La esgrima era un deporte que me gustaba mucho (aunque era el que tenía menos posibilidades de cara a «barrer el gimnasio»)... Algunas personas no pueden soportar cuchillos, espadas, bayonetas, nada que sea afilado y puntiagudo; los psiquiatras tienen una palabra par describirlo: aichmofobia. Idiotas que conducen automóviles a ciento cuarenta kilómetros por hora por carreteras con una velocidad máxima autorizada de setenta kilómetros por hora, se ponen pálidos y se echan a temblar a la vista de una hoja desnuda. A mí nunca me había ocurrido aquello, y esa es la razón por la que aún estoy vivo y uno de los motivos por los que siempre volvían a ascenderme a cabo. Un «Asesor Militar» no puede permitirse el lujo de temer a los machetes, bayonetas, etcétera; tiene que enfrentarse con ellos. Y yo no los había temido nunca porque siempre estaba seguro de que podía hacerle al otro lo que él estaba planeando hacerme a mí. Siempre había estado en lo cierto, excepto aquella vez en que cometí el error de ser un héroe, y no fue un error demasiado grave. Si hubiera tratado de huir en vez de decidirme a destriparle, el destripado hubiese sido yo. Tal como fueron las cosas, no tuvo tiempo de utilizar su machete contra mí, aunque al desplomarse muerto me rozó la cara con el machete, dejándome una fea herida que se había infectado mucho antes de que llegaran los helicópteros. Pero no sentí nada. De pronto me mareé y me senté en el barro, y cuando desperté un médico me estaba inyectando plasma. Me atraía la idea de un duelo en Heidelberg. Allí le protegen a uno el cuerpo, el brazo y el cuello con una especie de almohadillas, y le colocan una defensa de acero en los ojos, en la nariz ya través de las orejas: aquello no es como enfrentarse con un marxista pragmático en la selva. En cierta ocasión manejé una de las espadas que utilizan en Heidelberg; era un sable ligero, recto, de filo cortante, afilado también unos cuantos centímetros en la parte contraria... pero con una punta roma! Un juguete, adecuado únicamente para dejar unas atractivas cicatrices que puedan ser admiradas por las muchachas. Consulté un mapa y comprobé que Heidelberg se encuentra en la misma carretera que Wiesbaden. De modo que formulé mi petición para ser enviado a Wiesbaden. El cirujano dijo: «Eres un optimista, hijo», pero puso sus iniciales en la solicitud. El sargento médico a cargo del papeleo dijo: «Una petición absurda, soldado», pero puso sus iniciales y el sello del hospital debajo de la palabra TRAMITADO. El Comité del

7 7 hospital estuvo de acuerdo en que yo era apto para el psiquiatra: el Tío Sam no obsequia a los soldados con viajes gratis alrededor del mundo. De hecho, yo estaba tan cerca de Hoboken como de San Francisco... y más cerca de Wiesbaden. Sin embargo, el reglamento exigía que los viajes de regreso se realizaran vía el Pacífico. Y el reglamento militar es como el cáncer: nadie sabe de dónde procede, pero no puede ser ignorado. El Departamento del Hada Madrina despertó y me tocó con su varita mágica. Estaba a punto de trepar a bordo de un cacharro llamado General Jones con destino a Manila, Taipei, Yokohama, Pearl Harbour y Seattle, cuando llegó un despacho aprobando mi solicitud. Debía ser enviado al CG USAREUR, Heidelberg, Alemania, por cualquier medio de transporte militar disponible, a petición propia, véase referencia correspondiente. El permiso acumulado podía ser disfrutado o abonado, véase referencia correspondiente. El individuo en cuestión estaba autorizado a regresar a la Zona Interior (los Estados Unidos) en cualquier momento dentro de los doce meses de separación del servicio, por cualquier medio de transporte militar disponible, aunque no por cuenta del gobierno. Sin referencia correspondiente. El sargento encargado del papeleo me llamó y me mostró el despacho, con un brillo de inocencia en los ojos. -La pega es que no hay ningún «medio de transporte disponible», soldado... de modo que tendrás que embarcaren el General Jones. Irás a Seattle, tal como yo había dicho. Sabía lo que quería decir: el único transporte en dirección oeste en mucho, muchísimo tiempo, había levado anclas hacia Singapur treinta y seis horas antes. Contemplé aquel despacho, pensando en el aceite hirviente y preguntándome si el sargento lo había retenido el tiempo suficiente como para impedirme embarcar hacia Singapur. Sacudí la cabeza. -Voy a alcanzar al General Smith en Singapur. Sea un tipo humano, sargento, y fírmeme las órdenes oportunas para ello. -Sus órdenes ya están firmadas. Para el Jones. Para Seattle. -Malo -dije pensativamente-. Creo que será mejor que vaya a llorarle al capellán. Me di mucha prisa, pero no pude localizar al capellán; de modo que me dirigí al aeródromo. Tardé cinco minutos en comprobar que no estaba previsto ningún vuelo comercial ni militar U.S.A. dentro de un espacio de tiempo conveniente para mí. Pero había un transporte militar australiano que salía hacia Singapur aquella misma noche. Los australianos no eran ni siquiera «Asesores Militares», pero con frecuencia aparecían por allí como «observadores militares». Localicé al comandante del aparato, un teniente de aviación, y le expuse la situación. Sonrió y dijo: -Siempre hay sitio para un hombre más. Despegaremos poco después de la hora del té, probablemente. Si ese viejo cacharro quiere volar.

8 8 Supe que volaría; era un Gooney Bird, un C-47, con muchos remiendos y Dios sabe cuantos millones de kilómetros a cuestas. Llegaría a Singapur con un solo motor si era preciso. Supe que había tenido suerte en cuanto vi aquel gran montón de cinta adhesiva y de cola de pegar posado en el aeródromo. Cuatro horas más tarde me encontraba a bordo del aparato, y despegamos. Subí a bordo del USMTS General Smith a la mañana siguiente, más bien húmeda: el Orgullo de Tasmania había volado a través de la tormenta la noche anterior, y el único fallo de un Gooney Bird es que tiene goteras. Pero, a quién le importa una lluvia limpia después del barro de la selva? El buque levaba, anclas aquella misma noche, lo cual era una gran noticia. Singapur es como Hong Kong, pero en llano; una tarde fue suficiente. Me tomé una copa en el antiguo Raffles, otra en el Adelphi, me pilló un aguacero en el parque de atracciones Gran Mundo, paseé por la Avenida del Cambio con una mano en mi dinero y la otra en mis documentos.., y compré un boleto de las Apuestas Múltiples irlandesas. No soy aficionado a los juegos de azar, si se admite que el póker es un juego de habilidad. Sin embargo, aquello era un tributo a la diosa fortuna, el agradecimiento por una prolongada racha de suerte. Si le daba por contestar con dólares USA, no se lo echaría en cara. En caso contrario... bueno, el boleto valía una libra esterlina, 2,80 dólares USA; yo había pagado por él 9 dólares de Singapur, o 3 dólares USA: un pequeño gesto de un hombre que acababa de ganar un viaje alrededor del mundo gratuito... para no mencionar el haber salido con vida de la selva. Pero me gané mis tres dólares inmediatamente, mientras huía de la Avenida del Cambio para eludir a otras dos docenas de bancos ambulantes ansiosos por venderme más boletos, dólares de Singapur, cualquier clase de dinero -o mi propio sombrero si me lo dejaba quitar-, alcanzaba una calle transversal, paraba un taxi y le decía al conductor que me llevara al muelle. Aquello fue una victoria del espíritu sobre la carne, porque había estado discutiendo conmigo mismo sobre si debía aprovechar la oportunidad de deseargarme de una enorme presión biológica. El viejo Scarface Gordon no había tenido ningún céntacto sexual desde hacía muchísimo tiempo, y Singapur es una de las Siete Ciudades del Pecado donde puedé obtenerse cualquier cosa. No pretendo dar a entender que había permanecido fiel a la Muchacha de la Puerta Contigua. La joven paisana que me había enseñado la mayor parte de lo que sé acerca del Mundo, la Carne y el Demonio, con una asombrosa despedida la noche anterior a mi incorporación a filas, me había ins pirado gratitud, pero no lealtad. Se había casado poco después, y ahora tenía dos hijos, ninguno de ellos mío. La verdadera causa de mi intranquilidad biológica era geográfica. Aquellos hermanitos morenos con los que había luchado, teniéndolos como aliados o como enemigos, tenían hermanitas morenas, la mayoría de las cuales podían conseguirse por dinero, o incluso pour l'amour ou pour le sport. Pero aquello había sido lo único disponible durante muchísimo tiempo. Enfermeras? Las enfermeras eran oficiales... y las escasas mujeres que llegaban de

9 los Estados Unidos estaban más bloqueadas aún que las enfermeras. 9 No rehuía a las hermanitas morenas porque fueran morenas. Yo estaba tan moreno como ellas, en mi rostro, a excepción de una larga cicatriz sonrosada. Las rehuía porque eran pequeñas.yo era noventa kilos de músculo sin nada de grasa, y no podría convencerme nunca a mí mismo de que una hembrá de un metro cincuenta de estatura y menos de cuarenta kilos de peso, y aparentando doce años de edad, es una persona adulta capaz de un libre consentimiento. Para mí, la cosa sonaba a estupro y me producía una impotencia psíquica. Singapur parecía el lugar adecuado para encontrar una muchacha «normal». Pero cuando escapé de la Avenida del Cambio, aborrecí súbitamente a las personas, grandes o pequeñas, varones o hembras, y me dirigí hacia el barco... salvándome probablemente de la viruela, de la blenorragia, de un chancro blando, del mal chino, o de cualquier tropiezo por el estilo. Creo que fue mi decisión más juiciosa desde que a los catorce años, había renunciado a luchar con un caimán de tamaño mediano. Le dije al conductor en inglés el muelle al que deseaba ir, se lo repetí en cantonés aprendido de memoria (no demasiado bien; es un idioma de nueve tonalidades, y en la escuela sólo había aprendido un poco de francés y de alemán), y le mostré un mapa con el muelle señalado y su nombre impreso en inglés y dibujado en chino. Todos los que bajaban del barco recibían uno de aquellos mapas. En Asia, todos los conductores de taxi hablan el inglés suficiente como para llevarle a uno al barrio de la Luz Roja y a locales en los que se hacen «tratos». Pero nunca es capaz de encontrar el muelle al que uno quiere dirigirse. Mi taxista escuchó, echó una ojeada al mapa, dijo: «Okay, Mac, comprendo», y salió disparado y dobló una esquina con los neumáticos chirriantes y gritándoles a los vendedores ambulantes, coolies, niños y perros. Me relajé, satisfecho de haber encontrado a aquel taxista entre millares. Súbitamente me incorporé y le grité que se detuviera. Tengo que explicar algo: no puedo extraviarme. Llámese sentido de la dirección, como decía mí madre, llámese facultad «psíquica», como dicen los entendidos, lo cierto es que al cumplir los seis o siete años me di cuenta de que otras personas podían extraviarse. Yo, en cambio, siempre he sabido dónde está el norte, la dirección del lugar del que salí y a qué distancia se encuentra. Puedo desandar mi camino sin desviarme un solo metro, incluso a oscuras y en la selva. Ese fue el motivo principal de que siempre volvieran a ascenderme a cabo y de que me asignaran habitualmente la tarea de un sargento. Las patrullas que yo conducía regresaban siempre... me refiero a los supervivientes, desde luego. Y esto resultaba consolador para unos muchachos criados en la ciudad que desconocían -y aborrecían- la selva. Yo había gritado porque el conductor había girado a la derecha cuando tenía que haber girado a la izquierda, y estaba a punto de volver sobre sus propios pasos. El conductor aceleró.

10 Aullé de nuevo. El conductor había olvidado su inglés. 10 Había recorrido otro kilómetro y doblado varias esquinas cuando tuvo que pararse a causa de un embotellamiento. Me apeé, y él se apeó de un salto y empezó a gritar en cantonés y a señalar el contador de su taxi. Pronto nos rodeó una multitud de chinos, algunos de los cuales tiraban de mis ropas. Mantuve mi mano sobre mi dinero y me alegré de veras al localizar a un agente de policía uniformado. Aullé y llamé su atención. Se acercó a través de la multitud, blandiendo una larga porra. Era un hindú. Le dije: - Habla usted inglés? -Desde luego. Y entiendo el norteamericano. Le expliqué mi problema, le enseñé el mapa, y le dije que el conductor me había recogido en la Avenida del Cambio y había estado conduciendo en círculos. El agente asintió y habló con el conductor en un tercer idioma: malayo, supongo. Finalmente, el agente dijo: -El conductor no habla inglés. Pensó que usted le había dicho que le llevara a Johore. El puente de Johore se encuentra al otro extremo de la Isla de Singapur. Dije, furiosamente: - Entiende perfectamente el inglés! El policía se encogió de hombros. -Usted le alquiló, y tiene que pagar lo que marca el taxímetro. Luego le explicaré a donde quiere ir usted, y fijaremos un precio determinado. - Antes le veré en el infierno! -Es posible. La distancia es muy corta... en esta vecindad. Le sugiero que pague. El taxímetro sigue marcando... Hay momentos en los que un hombre debe defender sus derechos si quiere soportar el verse a sí mismo en un espejo al afeitarse. Yo ya me había afeitado, de modo que pagué: 18 dólares de Singapur, por perder una hora y alejarme todavía más del muelle. El conductor exigía una propina, pero el policía le obligó a callar y luego me sacó de allí. Utilizando las dos manos pude conservar mis documentos y mi dinero, y el boleto de apuestas doblado con el dinero. Pero desaparecieron mi pluma, mis cigarrillos, mi pañuelo y un encendedor Ronson. Cuando noté unos dedos fantasma en la correa de mi reloj, acepté la sugerencia del agente que al parecer tenía un primo, un hombre honrado, que me conduciría al muelle por un precio fijo y moderádo. Dio la casualidad de que el «primo» se encontraba en la misma calle; media hora más tarde me encontraba a bordo del barco. Nunca olvidaré Singapur, una ciudad sumamente educativa.

11 II 11 Dos meses más tarde estaba en la Riviera francesa. El Departamento del Hada Madrina veló por mí a través del Oceano Indico, el Mar Rojo y el Mediterráneo hasta Nápoles.Llevaba una vida saludable, haciendo ejercicio y bronceándome al sol por las mañanas, durmiendo por las tardes y jugando al póker por las noches. Hay muchas personas que no conocen las probabilidades escasas, pero existentes, de mejorar una mano de póker con el descarte, pero están ansiosas de aprenderlo. Cuando llegamos a Italia, yo tenía un bello bronceado y un buen fajo de billetes. Al principio del viaje alguien se quedó sin fondos y quiso apostar un boleto de las Apuestas Múltiples. Tras algunas discusiones los boletos de las Apuestas Múltiples fueron aceptados con descuento, por un valor de 2 dólares USA por boleto. Terminé el viaje con cincuenta y tres boletos. Tardé sólo unas horas en encontrar plaza en un vuelo Nápoles-Francfurt. Luego, el Departamento del Hada Madrina me devolvió a los departamentos de Invitación por Sorpresa y de Bromas Pesadas. Antes de ir a Heidelberg pasé por Wiesbaden para visitar a mi madre, mi padrastro y los niños... y descubrí que acababan de marcharse a los Estados Unidos, de paso hacia la Base de las Fuerzas Aéres de Elmendorf en Alaska. De modo que me trasladé a Heidelberg, y contemplé la ciudad mientras la maquinaria administrativa se ponía en marcha. Una ciudad encantadora: un hermoso castillo, buena cerveza, y muchachas grandes de mejillas sonrosadas y formas como botellas de Coca Cola. Sí, este parecía un lugar agradable para obtener un título académico. Empecé a hacer averiguaciones por mi cuenta, y conocí a un joven kraut que llevaba una gorra de studenten y varias cicatrices en la cara tan feas como la mía. Las cosas se estaban poniendo bien. Discuti mis planes con el sargento primero de la compañía de transeúntes. Sacudió la cabeza. - Oh, pobre muchacho! Por qué? No había beneficios G.I. para Gordon: yo no era un «veterano». No importaba aquella cicatriz. No importaba que yo hu biera matado a más hombres en combate que los que caben en un... bueno, no importa. Aquello no era una «guerra», y el Congreso no había aprobado un decreto concediendo beneficios educativos a los «Asesores Militares». Supongo que aquello era culpa mía. Toda mi vida habían existido beneficios G.I.: en el laboratorio de química había compartido un banco con un veterano que estaba estudiando acogido a los beneficios del Decreto G.I. Aquel sargento paternal dijo:

12 12 -No desesperes, hijo. Vete a casa, busca un empleo, y espera un año. Lo aprobarán con efectos retroactivos, estoy seguro. Y tú eres joven. De modo que estaba aquí en la Riviera, como paisano, tomándole el gusto a Europa antes de utilizar el medio de transporte que me devolviera a casa. Heidelberg queda fuera de mis posibilidades. Oh, la paga que no había podido gastar en la selva, más los permisos acumulados, más mis ganancias en el póker, ascendían a una suma que me hubiera permitido vivir un año en Heidelberg. Pero no había lo suficiente como para doctorarme. Yo había contado con aquel mítico «Decreto G.I.» para comer, y con mi propio dinero como reserva. Mi plan (revisado) era obvio. Aprovechar aquel viaje a casa antes de que transcurrieran los doce meses.., antes de que empezara el curso universitario. Utilizar el dinero que tenía para pagar el hospedaje en casa de mis tíos, trabajar el verano siguiente, y ver cómo resultaba la cosas. Sin el alistamiento pendiente sobre mi. cabeza, podría encontrar alguna manera de aprobar aquel último año, aunque no pudiera ser «Herr Doktor Gordon». Sin embargo, la Universidad no abría sus puertas hasta el otono, y estábamos en primavera. No me haría ningún daño ver un poco de Europa antes de aplicarme al trabajo en serio. Tal vez no volviera a presentárseme otra oportunidad semejante. Había otro motivo para esperar: aquellos boletos de las Apuestas Múltiples. El sorteo de los caballos estaba a punto de realizarse. Las Apuestas Múltiples irlandesas empiezan como una loteria. Primero venden boletos suficientes para empapelar Gran Estación Central. Los hospitales irlandeses perciben el 25 por ciento y son los únicos ganadores seguros. Poco antes de la carrera sortean los caballos. Digamos que en la carrera toman parte veinte caballos. Si el boleto que uno posee no corresponde a ninguno de esos veinte caballos, es papel mojado. (Oh, existen pequeño premios de consolación). Pero si uno posee un boleto con el nombre de uno de los caballos participantes, no ha ganado aún. Algunos caballos no toman la salida. De los que la toman, la mayoría se limitan a perseguir a otros caballos. Sin embargo, cualquier boleto en el que figure el nombre de un caballo, aunque sea un jamelgo que apenas pueda sostenerse de pie, adquiere súbitamente un valor de miles de dólares entre el sorteo y la carrera. Depende de lo bueno que sea el caballo, naturalmente. Pero los premios son elevados, y se han dado casos en que los caballos ganadores eran los que estaban considerados como los peores del lote. Yo tenía cincuenta y tre.s boletos. Si en uno de ellos figuraba el nombre de un caballo participante, podría venderlo por el dinero suficiente para doctorarme en Heidelberg. De modo que me quedé y esperé a que se celebrara el sorteo. Europa no es necesariamente cara. Un pupilaje para estudiantes es un lujo para un hombre que acaba de llegar del Sudeste de Asia, e incluso la Riviera francesa no es cara si uno es de buen conformar. No me quedé en el Paseo de los Ingleses; alquilé una diminuta habitación dos kilómetros más allá, con derecho a lavabo colectivo. En Niza hay maravillosos clubs nocturnos, pero uno no necesita patrocinarlos mientras el

13 13 suelo de las playas sea tan bueno... y gratuito. Nunca había apreciado la cantidad de arte que puede haber en la danza de los abanicos hasta la. primera vez que contemplé a una muchacha francesa despojarse de sus ropas y quedarse en bikini a la vista de ciudadanos, turistas, perros -y yo-, sin violar las tolerantes leyes francesas sobre «exhibición indecorosa». Si, señor, en la Riviera francesa pueden verse y hacerse muchas cosas sin gastar dinero. Las playas son horribles. Rocas. Pero las rocas son mejores que el barro de la selva, y yo me quedaba en taparrabos y disfrutaba del espectáculo que me rodeaba, y acrecentaba mi bronceado. Era primavera, antes de la temporada turística, y no había demasiada gente, pero el tiempo era caluroso y seco. Me tumbaba al sol y era feliz, y mis únicos lujos consistían en una caja de seguridad en la American Express y la edición parisina del New York Herald Tribune y The Stars & Stripes. Así podía enterarme de cómo las Grandes Potencias desgobernaban el mundo, luego buscaba alguna noticia acerca de la no-guerra de la que yo acababa de librarme (no solía haber ninguna, aunque nos habían dicho que estábamos «salvando la civilización»), y luego pasaba a los asuntos importantes, es decir, noticias acerca de las Apuestas Múltiples irlandesas, y la posibilidad de que The Stars & Stripes anunciara que todo había sido un mal sueño y que yo tenía derecho a beneficios educativos, después de todo. Luego llegaban los crucigramas y los anuncios «Personales». Siempre leía los «Personales»; son una mirada desnuda a vidas privadas. Cosas como: M. L. telefonee a R. S. antes de mediodía. Dinero, le hacían preguntarse a uno quién le hacía qué a quién, y quién recibia la paga. No tardé en descubrir la manera de vivir con menos dinero y en un paisaje todavía mejor. Ha oído usted hablar de la Ile du Levant? Es una isla de la Riviera entre Marsella y Niza, muy parecida a Catalina. Tiene una aldea en un extremo, y la Marina francesa ha bloqueado el otro para misiles autopropulsados; el resto son colinas, y playas, y grutas. No hay automóviles, ni siquiera bicicletas. La gente que va allí no desea que le recuerden el mundo exterior. Por diez dólares al día puede disfrutarse de un lujo equivalente a cuarenta dólares en Niza. O pueden pagarse cinco centavos al día por una plaza de camping y vivir con un dólar diario -que fue lo que hice yo-, y hay buenos restaurantes baratos en cualquier momento en que uno se canse de guisar. Es un lugar que parece no tener normas de ninguna clase. Un momento: hay una. A la entrada de la aldea, Heliopolis, hay un letrero: LE NU INTEGRAL EST FORMELLEMENT INTERDIT. («Queda estrictamente prohibido el desnudo integral»). Esto significa que todo el mundo, hombre o mujer, debe ponerse un pequeño triángulo de tela, un cache.sexe, antes de entrar en la aldea. En los otros lugares, en las playas, en los campings y alrededor de la isla, uno no tiene que llevar nada, y nadie lo lleva. Salvo por la ausencia de automóviles y ropas, la Isla del Levante es como cualquier otra región de la campiña francesa. Escasea el agua potable, pero los franceses no beben agua y uno se baña en el Mediterráneo, y por un franco puede

14 14 comprar el agua potable suficiente para empapar media docena de esponjas y quitarse la sal del cuerpo. Torne el tren en Marsella o en Niza, apéese en Tolón, tome un autobús hasta Lavendou, luego un barco (una hora y unos minutos) hasta la Isla del Levante.., y luego despréndase de sus preocupaciones con sus ropas. Descubrí que podía comprar el Herald-Trib, con una fecha de retraso, en la aldea, en el mismo establecimiento («Au Minimum», Mme. Alexandre) en el que alquilé una tienda y un equipo de camping. Compré comestibles en La Brise Marine, acampé en La Playa de las Grutas, cerca de la aldea, me instalé, y dejé que mis nervios se relajaran mientras disfrutaba del espectáculo que se ofrecía ante mis ojos. Algunas personas menosprecian la divina forma femenina. El sexo es demasiado bueno para ellas; tendrían que haber sido ostras. Todas las mujeres son agradables a la vista (incluidas las hermanitas morenas, a pesar de que me asustaban); la única diferencia es que algunas resultan más agradables a la vista que otras. Algunas eran gordas, y algunas eran flacas, y algunas eran viejas, y algunas eran jóvenes. Algunas parecían recién salidas de Les Folies Bergéres. Entablé amistad con una de estas últimas y no andaba muy desencaminado: era una muchacha sueca que se «desnudaba» en otra revista de París. Practicaba el inglés conmigo y yo practicaba el francés con ella, y me prometió prepararme una cena sueca si algún día la visitaba en Estocolmo, y yo le preparé una cena con una lamparilla de alcohol, y nos calentamos a base de vino peleón, y ella quiso saber cómo había adquirido mi cicatriz, y yo le conté algunas mentiras. Marjatta era buena para los nervios de un ex soldado, y me quedé muy triste cuando tuvo que marcharse. Pero el espectáculo continuó. Tres días después estaba sentado en la Playa de las Grutas, reclinado contra una roca y resolviendo el crucigrama, cuando súbitamente bizqueé tratando de no mirar fijamente a la mujer más digna de ser mirada que había visto en toda mi vida. Mujer, muchacha... no podía estar seguro. De momento me parecía que tenía dieciocho años, tal vez veinte; más tarde, cuando pude mirarla sin rebozo, siguió pareciéndome que tenía dieciocho años, pero podía haber tenido cuarenta. O ciento cuarenta. La belleza perfecta no tiene edad. Como Helena de Troya o Cleopatra. Parecía posible que fuera Helena de Troya, pero supe que no era Cleopatra porque no era pelirroja, sino rubia natural. Su cuerpo tenía un bronceado perfecto, sin ninguna discontinuidad de marcas de bikini, y sus cabellos eran del mismo color, dos tonos más claro. Caían en graciosas ondas sobre su espalda, y parecían no haber sido cortados nunca. Era alta, casi tanto como yo, y no pesaba mucho menos. No tenía grasa, salvo aquel gracioso almohadillado que suaviza la forma femenina, enmascarando los músculos que hay debajo: yo estaba convencido de que había músculos debajo; se transportaba a sí misma con la relajada potencia de una leona. Sus hombros eran más bien anchos, tratándose de una mujer, tan anchos como sus femeninas caderas; su cintura hubiera parecido exagerada en otra mujer más frágil, pero en ella resultaba deliciosamente esbelta. Su vientre revelaba un tono muscular perfecto. Sus senos.., sólo un tórax tan recio como el suyo podía sostener unos senos tan grandes sin que parecieran

15 15 exagerados. Los tenía muy erguidos y oscilaban ligeramente cuando se movía, y estaban coronados por unos pezones pardorosáceos, propios de una mujer y no de una virgen. Su ombligo era aquella joya que elogiaron los poetas persas. Sus piernas eran largas para su estatura; sus manos y pies no eran pequeños, pero sí esbeltos y graciosos. Era graciosa en todos los aspectos; resultaba imposible pensar en ella en una actitud desprovista de gracia. Pero al mismo tiempo producía la impresión de que, al igual que un gato, podría haberse retorcido en cualquier postura. Su rostro... Cómo describir la belleza perfecta excepto diciendo que cuando uno la ha visto no puede confundirla? Sus labios eran gruesos y su boca más bien ancha, levemente curvada con la sombra de una sonrisa incluso cuando sus facciones estaban en reposo. Sus labios eran rojos, pero si llevaba algún tipo de maquillaje había sido aplicado con tanta pericia que no pude detectarlo.., y aquello habría bastado para distinguirla, ya que aquel año todas las otras mujeres llevaban maquillaje «Continental», tan artificial como un corsé y tan audaz como la sonrisa de una amante. Su nariz era recta y bastante grande para su rostro, del que no desentonaba. Sus ojos... Me sorprendió mirándola. Desde luego, las mujeres esperan ser miradas, y lo esperan lo mismo cuando están desnudas que cuando se han vestido para un baile. Pero resulta difícil sostener abiertamente una mirada. Yo había renunciado a la lucha al cabo de diez segundos, y estaba tratando de memorizar cada línea y cada curva de su cuerpo. Sus ojos volvieron a encontrarse con los míos y ahora fue ella quien desvió la mirada, y yo empecé a enrojecer pero no pude dejar de mirarla. Sus ojos era de un azul tan oscuro que resultaban más oscuros que mis propios ojos castaños. Logré farfullar «Pardonez-moi, ma'm'selle», y aparté mis ojos de ella. Ella contestó, en inglés: -Oh, no importa. Puede mirar cuanto le plazca -y me examinó de arriba a abajo tan cuidadosamente como yo la había inspeccionado a ella. Su voz era cálida, de contralto,sorprendentemente profunda en sus registros más bajos. Avanzó dos pasos hacia mí y casi se me echó encima.empecé a levantarme, pero me hizo un gesto para que me quedara sentado, con la actitud de una persona muy acostumbrada a dar órdenes. -No se mueva -dijo. La brisa transportó su fragancia hasta mí, y noté que se me ponía la piel de gallina-. Es usted norteamericano. -Sí. -Yo estaba seguro de que ella no lo era, pero estaba igualmente seguro de que no era francesa. No sólo no tenía ningún rastro de acento francés, sino que también... bueno, las mujeres francesas son al menos ligeramente provocativas en todas las ocasiones; no pueden evitarlo, es algo consustancial con la cultura francesa. Y en esta mujer no había nada provocativo.., salvo que era una incitación al tumulto por el mero hecho de existir.

16 16 Pero, sin ser provocativa, poseía aquel raro don de la intimidad inmediata; me hablaba como podría hablarme un viejo amigo, haciendo asombrosamente fácil el téte-à-téte. Me formuló preguntas acerca de mí mismo, algunas de ellas muy personales, y yo contesté sinceramente a todas ellas, y ni por un instante se me ocurrió la idea de que ella no tenía derecho a interrogarme. No me preguntó mi nombre, ni yo el suyo... ni le formulé ninguna pregunta acerca de ella. Al final se interrumpió y volvió a mirarme con una grave atención. Luego dijo, pensativamente: -Es usted muy bello -y añadió-: Au voir -y dio media vuelta y se dirigió hacia la playa, y se alejó nadando. Yo estaba demasiado aturdido para moverme. Nadie me había llamado «guapo», ni siquiera antes de fracturarme la nariz. En cuanto a bello»... Pero no creo que hubiese logrado nada siguiéndola, aunque la idea se me hubiera ocurrido a tiempo. Aquella individua sabía nadar. III Permanecí en la playa hasta la puesta del sol, esperando que ella volviera. Luego cené apresuradamente a base de pan, queso y vino, me puse mi taparrabos, y me dirigí a la aldea. Allí recorrí bares y restaurantes sin encontrarla; luego aceché a través de las ventanas en las casas cuyas persianas no estaban echadas, con el mismo resultado negativo. Cuando las tabernas empezaron a cerrar, me di por vencido, regresé a mi tienda de campaña, me maldije a mí mismo por mi estupidez ( por qué no podía haber dicho: «Cuál es su nombre, y dónde vive usted, y dónde está parando aquí»?), me introduje en mi saco, y me dormí. Me levanté al amanecer y revisé la playa, desayuné, volví a revisar la playa, me «vestí» y me dirigí a la aldea, revisé las tiendas y la oficina de correos, y compré mi Herald-Trib. Entonces me enfrenté con una de las decisiones más difíciles de mi vida: uno de mis boletos de Apuestas Múltiples había sido agraciado en el sorteo. Al principio no estaba seguro, ya que no me había aprendido de memoria aquellos cincuenta y tres números de serie. Tuve que regresar corriendo a mi tienda, buscar un cuaderno de notas y comprobarlo... y lo tenía! Era un número que me había llamado la atención por su singularidad: XDY Tenía un caballo! Lo cual significaba varios miles de dólares, no sabía cuántos. Pero los suficientes como para garantizarme el doctorado en Heidelberg... si lograba vender el boleto inmediatamente. El Herald-Trib llegaba allí con una fecha de retraso,lo cual significaba que el sorteo se había celebrado al menos dos días antes.., y entretanto el caballo podía haberse roto una pata, o haber sufrido cualquier otro accidente. Mi boleto era dinero efectivo sólo mientras «Lucky Star» figurara en la lista de salida. Tenía que viajar a Niza apresuradamente y descubrir dónde y cómo podía obtener el

17 17 mejor precio por un boleto afortunado. Sacar el boleto de mi caja de seguridad y venderlo! Pero, y «Helena de Troya»? Shylock, con su grito desgarrador de: «Oh, mi hija! Oh, mis ducados!», no estaba más indeciso entre dos opciones que yo. Establecí un compromiso. Escribí una nota dolorida, identificándome a mí mismo, diciéndole a ella que había recibido una llamada urgente y suplicándole que me esperara hasta mi regreso, al día siguiente, o al menos me dejara una nota diciéndome cómo podría encontrarla. Se la dejé a la encargada de la oficina de correos, junto con una descripción -rubia, así de alta, los cabellos así de largos, una poitrine espléndida- y veinte francos, con la promesa de otros cuarenta si entregaba la nota y obtenía una respuesta. La encargada de la oficina de correos dijo que nunca la había visto, pero que si cette grande blonde ponía un pie en la aldea, la nota sería entregada. Aquello me dejó el tiempo justo para regresar a mi tienda de campaña, vestirme con mis ropas «normales», saldar mi cuenta con Mme. Alexandre, y tomar el barco. Luego tendría tres horas de viaje para preocuparme. El problema estribaba en que Lucky Star no era un jamelgo en toda la extensión de la palabra. Mi caballo no quedaría por debajo del quinto o sexto lugar, por muy buenos que fuesen sus rivales. Qué tenía que hacer? Aprovechar la ocasión y ganar tranquilamente una buena suma dinero? O exponerme al «todo o nada»? La decisión no era fácil de tomar. Suponiendo que pudiera vender el boleto por dólares, y suponiendo que no intentara ningún truco para eludir los impuestos, me quedaría la mayór parte de aquella suma para ingresar en la Universidad. Pero, yo iba a ingresar en la Universidad de todos modos... y deseaba realmente ir a Heidelberg? Aquel estudiante con las cicatrices de sus duelos me había producido una mala impresión, con su falso orgullo por unas cicatrices que no le habían expuesto a un verdadero peligro. Supongamos que no vendía el boléto y ganaba el primer premio, libras esterlinas, o dólares... Sabe usted cuanto paga en impuestos un soltero por dólares en la Tierra de los Valientes y la Patria de los Hombres Libres? dólares, eso es lo que paga. Lo cual le deja con dólares. Deseaba apostar dólares contra la posibilidad de ganar con unas probabilidades de al menos 15 a 1 contra mí? Hermano, aquello merecía ser meditado a fondo. Pero supongamos que ideaba algún medio para eludir los impuestos, exponiendo así

18 dólares para ganar Eso hacía que la ganancia potencial equilibrara las probabilidades.., y dólares no eran tan sólo dinero para ir a la Universidad, sino una fortuna que podía reportar cuatro o cinco mil dólares anuales para siempre. Yo no «estafaría» al Tío Sam; los USA no tenían más derecho moral sobre aquel dinero (si yo ganaba), que el que yo tenía sobre el Sacro Imperio Romano. Qué había hecho el Tío Sam por mí? Había amargado la vida de mi padre con dos guerras, una de las cuales no nos habían permitido ganar.., y con ello había dificultado mis estudios, aparte de privarme del intangible valor espiritual que un padre puede significar para su hijo ( no lo sabia, nunca lo sabría!). Luego me había sacado de la Universidad y me había enviado a luchar en otra noguerra, y me expuso a la muerte un millar de veces, y me desposeyó del tesoro de mi risa juvenil. Qué derecho tenía el Tío Sam a quedarse con dólares que me pertenecían? Qué haría con ellos? Prestárselos a Polonia? O regalárselos al Brasil? Había una manera de conservarlos todos (si yo ganaba) tan, legal como el matrimonio.vivir en un pequeño país libre de impuestos, como Mónaco, durante un año. Y luego trasladarme a otra parte con mi dinero. Nueva Zelanda, tal vez. El Herald-Trib exhibía sus titulares de costumbre, sólo que más alarmantes. Parecía como si los muchachos ( retozones ellos!) que gobernaban este planeta estuvieran a punto de desencadenar otra guerra, una guerra con ICBM y bombas H, en cualquier momento. Si un hombre se trasladaba tan al sur como Nueva Zelanda, allí podía quedar algo en pie después de la hecatombe. Se supone que Nueva Zelanda es un lugar muy bonito, y dicen que allí un pescador considera una trucha de dos kilos como demasiado pequeña para llevársela a casa. En cierta ocasión yo había pescado una trucha de medio kilo. Por entonces hice un horrible descubrimiento. No quería volver a la Universidad, ganar, perder, ni jugar. Habían dejado de importarme los garajes de tres plazas y cualquier otro símbolo de prosperidad o «seguridad». No existía ninguna seguridad en este mundo, y sólo los estúpidos y los ratones creían que podía existir. En alguna parte de la selva había renunciado a todas las ambiciones de aquel tipo. Habían disparado contra mí demasiadas veces, y había perdido interés en supermercados y subdivisiones exurbanas y esta noche es la cena de la PTA no lo olvides querido lo prometiste. Oh, no quería encerrarme en un monasterio. Pero seguía deseando... Deseaba un huevo de Rocho. Deseaba un harén lleno de encantadoras odaliscas menos que el polvo debajo de las ruedas de mi carroza,la herrumbre que nunca manchó mi espada. Deseaba oro virgen en pepitas del tamaño de un puño y darle su merecido al vil usurpador de la mina... Deseaba levantarme con el ánimo optimista y salir y romper algunas lanzas, y luego llevarme a una doncella por mi droit du seigneur... Deseaba erguirme ante el Barón y desafiarle a que tocara a mi doncella!

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