GENEVIÈVE BRISAC EDITORIAL ANDRES BELLO. Edición original en Santiago de Chile, 2000.

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1 GENEVIÈVE BRISAC EDITORIAL ANDRES BELLO Edición original en Santiago de Chile,

2 Pequeña Geneviève Brisac (Traducción de Carolina Díaz) Editions de l Olivier, Editorial Andrés Bello, Santiago de Chile, 2000 ISBN

3 A mi madre Para mis hijas, Nadia y Alice 3

4 Capítulo 1 No volveré a tener hambre, me dije. Eran las siete de la tarde y tenía hambre. En la mesa rodante de la cocina, apoyada contra la pared, resplandecía la tarta de nueces. La cocina estaba en penumbra, brillaba el chocolate helado. Una rueda negra trufada de medias nueces perfectas, blancas, sin ninguna mancha de chocolate. Le dije adiós para siempre. Tenía trece años, y había terminado de crecer. Se come para crecer. Yo no volvería a crecer, me había dicho. Sólo comería lo necesario. Lo que se necesita para durar. Todo se volvía un inmenso campo de exploración, el descubrimiento de un territorio salvaje y secreto. Yo no tenía ningún secreto. Deseos sí, una voluntad de niña de hierro. Tenía un plan. En primer término, vaciar mis bolsillos. Los adorados bolsillos de mi abrigo, llenos de migas. Cuidar la capucha de cuello de piel que me da aspecto de esquimal y, desde ahora, ir con la cabeza cubierta y los bolsillos vacíos. Hasta ese sábado decisivo, guardaba tesoros en los grandes bolsillos de mi abrigo. Trozos de queso aplastados envueltos en papel de aluminio, barras de chocolate de cuatro cuadrados, que mezclan muy bien con el queso, tortillas bretonas para el recreo, y finalmente, cincuenta centavos para comprarme a la salida un galletón con pasas. Mi plan: supresión del galletón con pasas, acumulación de monedas de cincuenta centavos. Dos pájaros de un tiro. Podría hacer más regalos, sería rica muy pronto. De repente me sentía fuerte, llena de futuro. Tuve hambre desde el domingo en la mañana. Me vestí y bajé a comprar croissants para el desayuno; hice ejercicios musculares en los peldaños de la escalera. Los olores de la panadería me exaltaron. Subí las escaleras tensando los tendones de los muslos. Era primavera. La angustiosa gracia de la primavera. Mientras preparaba la bandeja, un croissant para cada uno, cero croissant para mí, sentí un hilillo de felicidad a la altura del pecho. 4

5 Sentada en una silla, Nouk, sentada en el borde mismo de la silla para impedir que se le aplaste la carne de las nalgas, lee La leyenda de los siglos a sus hermanas menores. Es El Cantar de Roldán 1 : Luchan, terrible combate, cuerpo a cuerpo. Hace ya tiempo que sus caballos están muertos Es muy hermoso. Roldán no tiene un solo gramo de grasa en los muslos. Tienen corazas atornilladas muy limpias, y ninguna migaja los molesta por dentro. Cora y el bebé escuchan mientras desmigajan sus croissants siguiendo técnicas particulares. Nouk salmodia. No hay que alzar la voz en mitad de un verso. Un ritmo oscuro y parejo que llene toda la habitación. Nouk soy yo. Mis hermanos son muy bonitos. Cora tiene ojos inmensos como el mar Negro, Tchernoïe Morie, y un aire trágico. El bebé es rubio y cremoso. Yo soy la esclava de los dos, su otra madre y su jefe. Dejo combatir a Roldán y Olivier. Es perfectamente posible leer manteniendo el tono y pensar frente a otra cosa. De pronto tengo siete años y la profesora cuenta una historia, los hunos invaden la Galia, están ahí muy cerca de Lutecia y una mujer se pone de pie. No tiene un solo gramo de grasa en las caderas, está totalmente recta y tiene un brazo alzado, como la Estatua de la Libertad. La profesora dice con voz suave y graciosa: saben cómo se llamaba esta mujer. Un nombre muy gracioso. Se llamaba Geneviève 2. Y yo me pongo de pie, sola, en una isla desierta, roja, conmovida por este destino. Me llamo Geneviève. Ese es mi verdadero nombre. Sin embargo, nadie me dice así. Es un nombre demasiado pesado. Mi plan funciona de maravillas. Ya no como. Con talento, con discreción. 1 Poema épico francés del siglo XI 2 Santa francesa ( ) de destacada participación en la resistencia de parís contra los hunos. Patrona de Francia, se la invoca para ayudar en las grandes calamidades. 5

6 Camino al colegio, soñamos en voz alta. Mi amiga del alma se llama Joëlle, tiene miles de pecas y me fascina su minúscula nariz respingada. Tiene perfil de cerdito, dice mi madre, que siempre ha detestado a mis amigas. Mi madre cree que Joeëlle es tonta. Tiene razón. Pero no entiende que me da igual. Lo que me importa es la enorme boca rosada de Joëlle, sus ojos redondos y su manera de escucharme. Lo que más me gusta es su casa, que huele a coliflor a toda hora, a coliflor y a telas, un olor a fundas, a cubrecamas, a lana y a sábanas. Como un nido. En el gran nido de Joëlle hay una vida tibia, desconocida, tranquilizadora sin embargo. Este año instalaron en el suelo una alfombra de pelo largo. Me parece el colmo del lujo y del mal gusto. Del abandono. Casi como no vestirse los domingos antes de comer. En mi casa, la habitación de los niños tiene suelo de linóleo azul turquesa, ya muy rayado. Es otro tipo de modernidad, del cual alguna vez estuve orgullosa. A Joëlle le va mal en el colegio; le da igual. A sus padres también les tiene sin cuidado, creo. Va a fiestas sorpresa y escucha discos de 45 revoluciones. Ya se ha puesto medias y barniz de uñas. Tiene un hermano de diecisiete años, a quien nunca dirijo la palabra. Joëlle es un poco como el diablo. Un diablo rosado, con ojos redondos y dientes separados de felicidad. Cuando estamos juntas, hablamos de nuestro futuro. Hago juramentos que ella no entiende. Me cuenta lo que dicen las otras niñas de la clase. No sé cómo sabe tantas cosas de las cuales yo nunca me entero. Joëlle dice que les doy miedo. Me encuentran orgullosa y temen las frases malintencionadas que por lo visto salen de mi boca. Un día juro a Joëlle que jamás me psicoanalizaré. Queda estupefacta. Sus padres, de todos modos, dicen que son cosas de locos para sacar dinero a otros locos y que no entienden cómo podría servirte ir a contar tu vida a un chiflado que ni siquiera te escucha. Sus padres también dicen que todas las casas de campo que se han construido los diez últimos años cerca de Savigny -allí viven- se edificaron, piedra por piedra, con el dinero de los bobos que se tienden en los divanes. No le explico a Joëlle mis razones. No me voy a psicoanalizar, porque le tengo miedo a lo que hay dentro de mi cabeza, igual que mis compañeras de curso. Y también porque no me da la gana. Según mi tío abuelo comunista, es mi capital más valioso. Por lo demás, Joëlle y yo no nos 6

7 entendernos en nada y esto, sin duda, es la base misma de nuestro profundo cariño. Tampoco le cuento a Joëlle que decidí dejar de comer. Odiaría que me imitara. Tengo la impresión de que cualquier persona a quien confiara mi secreto trataría de copiarme y el mundo dejaría de girar. 0, en un primer momento, mi proyecto quedaría anulado. Y es interesante porque soy la única en el mundo que ha tenido la idea. El martes, después de clases, voy a la piscina. La monitora dice que podría ser campeona de crawl de espaldas; si quisiera. Me gusta la competencia. La línea de salida, el instante cuando uno se lanza al sonar el disparo, el movimiento de volteo, el giro al final de la piscina, el agua que se te mete en los ojos, las boyas azules que marcan los pasillos de las nadadoras, la gorra aerodinámica de plástico que te pones en la cabeza. Me gustaría ser campeona de natación. O campeona de lo que sea. Mi mayor orgullo es resistir más que todas las otras debajo del agua. Quiere decir que tengo pulmones inmensos. Y eso resulta tranquilizador. Al volver de la piscina, paso junto a un vendedor de crepes. Tomo uno de almendras. Está muy caliente, compacto, y las almendras molidas crujen entre los dientes. A veces pienso en ese crepe apenas llego a la piscina. Pienso en él con cada brazada, con cada taza que bebo. Este martes del cambio de vida renuncio al crepe de almendras. Nunca volveré a probar uno. En el andén del metro, pienso en ese nunca. El tren llega, las puertas se abren y se cierran. Detrás del vidrio sucio, un hombre y una mujer se besan. Tengo la sensación de que he hecho un descubrimiento. La convicción aguda y brutal de que los hijos se hacen por la boca. El tren se marcha. No tendré hijos. Hace tiempo que pienso en ello; una certeza que adquirí en los baños ingleses, hace unos dos años. La casa era triste y sus habitantes, incomprensibles. Pasé allí el mes de julio, para sumergirme en su lengua. Todo el tiempo tenía miedo. Miedo de la hija mayor que me llevaba al camino donde se encontraba con chicos que la besaban y le tocaban los pechos. Eran muy grandes, sus pechos, colgados de su torso magro. Lo que más me asustaba era su risa. Una risa de lobo, pensaba. Yo soy como una pequeña cabra, trivial y estúpida. Temía que me tocaran y, aún más, ser tonta. 7

8 Me quedaba días enteros con la otra hija de la familia, una pequeña mongólica, y después me encerraba en mi cuarto y escribía discretos llamados de auxilio a mis padres, temiendo que mis huéspedes leyeran las cartas y se vengaran de mi tristeza. Pero entonces tenía otra noción del modo como nacen los niños. Por abajo, como se caga. Sentada en ese excusado inglés, mientras contemplando la puerta de vidrio grueso, el picaporte torcido y las capas de pintura descascarada, estreñida por el exilio, tuve la convicción íntima, profunda y luminosa de que si era incapaz de librarme de un simple mojón, era natural que fuera completamente inepta para dar a luz un bebé. Pero no había que decirlo a nadie. Es incómodo y peligroso confesar a la gente que tú eres diferente. Tratan de demostrarte lo contrario, atraes su atención y se vuelven malvados. A los diez años, yo era un niñita rolliza y le tenía miedo al agua. Estaba segura de que, necesariamente, mi peso me arrastraría al fondo de la piscina. La monitora a quien lo confesé -en esa época todavía confiaba en la comprensión del prójimo- me empujó con su vara para demostrarme mi error. Caí al agua. Al olor tibio del cloro, al rumor agudo e intenso de la piscina, sucedieron el sofoco y el silencio. El agua, viscosa y mortal, me invadió. Me hundí como una piedra, como una esponja atiborrada de agua, lastrada de resignación. No hice ni un solo movimiento. Por supuesto, subí a la superficie después de haber tocado el fondo. Quedé convencida de que tenía razón. La monitora de la vara metálica también. En este pobre pasado pensaba en el andén del metro. En ese ahogo, en ese estreñimiento, en la victoria que representaba mi gran futuro de campeona nadadora de espalda. Campeona como Kiki Caron, con espaldas de armario y un gorrito azul pegado a la cabeza. Pero era éste un destino digno de mis padres? Por cierto que no. Camino al colegio, Joëlle y yo hablábamos de eso. Era yo la que hablaba. "Tú sabes, mi padre y mi madre reúnen entre ellos dos todos los talentos. Mi padre es ingeniero. Adoro esa palabra. Es como señor, como genio. Es experto en matemáticas y en geografía. El es la ciencia, la lógica y de él recibí el don de los números. Mi madre habla a las piedras de los caminos, pon e nombres a las ranas, sabe leer las líneas de la mano y conoce todas las gárgolas de Notre-Dame por su nombre de pila. Es filósofa y dibuja en el anotador que está junto al teléfono. Escribe programas de radio, se sabe la mitología de memoria y de ella recibí el don de las palabras". 8

9 Esto impresionaba a JoëIle. También, sin duda, la exasperaba. Me decía: "Solo son dos hadas en tu cuna". O: " Y qué queda para tus hermanas?" Decía: "Qué pretenciosos son en tu familia". Decía: "Serías menos orgullosa si fueras a catecismo. El cura dice que todos somos falibles, débiles, es lo mismo, miserables ovejas que el Pastor salva". A veces Joëlle parece una oveja. Cuando no parece un cerdo. No me gustaba la idea de la oveja, me recordaba una frase penosa, una frase que estaba en el aire. Los judíos se dejaron matar como ovejas. Y qué hacía entonces el Pastor? ]oëlle decía: " Y lo modesta te viene de tu padre o de tu madre?" Yo decía a ]oëlle: "El valor es más importante que tu modestia. Modestia es la palabra amable para decir pereza". Y se creaba cierta tensión entre nosotras. Con una herencia genética tan pesada, era imposible ser únicamente campeona de natación. Incluso de espalda, especialidad que siempre me ha parecido algo sofisticada. En esa época, poco después de cambiar de vida y de renunciar a los pasteles de chocolate, al queso y a los crepes-de-mantequilla-conazúcar-y-almendras, ingresé en mi temporada de accidentes. Ser campeona de accidentes me pareció, durante un breve lapso, una cosa bastante válida. Pero debo reconocer que, aparentemente, no tenía ninguna gracia. Durante seis meses, fui como un boxeador que sale del ringo Todo empezó, una vez más, en la piscina. Un puño me golpeó en medio del ojo. Después, alguien se zambulló justo cuando yo pasaba, ciega como estaba por el agua que mi pataleo y el movimiento de mis brazos levantaba, y me aturdió. Al tercer accidente, mis padres, esas hadas inclinadas sobre mi glorioso futuro, decidieron interrumpir temporalmente mi carrera de nadadora. En las semanas que siguieron me abrí el cráneo con un radiador, luego una mano caritativa me golpeó con fuerza la cabeza contra la reja del jardín público. Regresé a casa de prisa y me planté ante el espejo del baño. Vi cómo me estaba hinchando. Como si eso nunca fuera a detenerse. Mi nariz desapareció, solo quedaron los dos hoyuelos para señalar su 9

10 existencia. Empecé a gritar sola ante esa imagen irreconocible, sola en la casa. El tiempo se distendió. Qué se puede hacer cuando una se vuelve loca, me pregunté, llena de pánico. Era una nueva certidumbre, superior a ésa de no poder tener hijos que se hadan por la boca: estaba a punto de volverme loca y, lo peor, pensaba con espanto, no era tanto el miedo a estar loca como efectivamente estar loca y, por tanto, no darme cuenta de que lo estaba; una inquietud bastante legítima, porque estaba enloqueciendo sin darme cuenta. Pero, naturalmente, esto no ocurría ante el espejo del baño ni tampoco se relacionaba con mi nariz rota y mis ojos tumefactos. Yo era una loca lógica como mi padre y poética como mi madre. Los dones de las hadas se pueden utilizar de muchas maneras. Está decidido: no puedo ser campeona de natación. En cambio, estudio latín, matemáticas e historia. Estoy enamorada de la profe de latín. Le copio la voz dulce y el paso contoneado. Me gustaría tener su pelo blanco y, como no puedo, imito el movimiento horizontal de su brazo cuando camina, un movimiento de parabrisas bajo la lluvia, que me parece ideal. Todas las tardes hago todas las tareas de toda la semana. Me paso horas confeccionando listas de vocabulario, me embriago de álgebra, de fechas. Antes de la cena, cada día, calculo mi promedio por materia. Ya no veo a Joëlle. Me aburre. Todo el mundo me aburre. Hablar es una pérdida de tiempo. Mis promedios aumentan y mi peso baja. Todo está muy bien. Todo está muy, muy bien. Me paso la vida delante de mi escritorio, que está en un rincón de la habitación de mis padres. A veces me vuelvo y miro su cama, el cubrecamas rojo desgastado me emociona. Antes de irme a acostar les escribo mensajes que deslizo debajo de la almohada. Nunca los voy a abandonar. Los amo. Mis padres los encontrarán mientras duermo. Estarán felices con su hija mayor tan cariñosa. Tan perfecta. Deslizo mensajes debajo de sus almohadas. Nunca me contestan. Cada vez que escribo: "Siempre estaré con ustedes", pienso: "Algún día tendré que irme". Y adónde iré? Tengo miedo de que un día se mueran. Las notas son todo lo que he encontrado para evitar este desgarrarse lento, esta amenazante fisura del mundo. Son rezos. Y mentiras. 10

11 Y Cora, el bebé y yo les preparamos regalos. Significan horas de trabajo, meses de ahorro. Vamos a Parthénon, una tienda de objetos. Hay lechuzas de greda, ceniceros de cerámica, jarrones, elefantes negros. A mamá le gustan los búhos y las lechuzas, porque su madre es griega y la lechuza es el pájaro de Atenas. Los elefantes le gustan, por su trompa. Le regalamos miles: como echar tierra en un agujero sin fondo. Para papá compramos pipas en un almacén muy oscuro donde reina un severo olor a cuero y madera. Es el único regalo que le gusta. Las pipas. Siempre está contento de tener una más, incluso si no se distingue muy bien de las demás. A pesar de los mensajes y los regalos, me parece que mis padres nunca están satisfechos. Tienen, sin duda, inquietudes o penas que se nos escapan. Es difícil llamar su atención. Y no sabernos casi nada de ellos, porque aprendimos a no hacer preguntas. Un día subimos al Citroen azul. Vamos a Malesherbes, a ver a la madre de mamá, que está muy enferma. Muere algunos días más tarde. Esto deja a mamá en un estado de inmenso cansancio y, a su vez, se marcha a reposar a una especie de jardín tristísimo, lleno de escritores enfermos. Subimos de nuevo al Citroen azul que al arrancar se infla sobre sus neumáticos. La vamos a visitar. Caminamos sin hacer ruido por las alamedas, la grava rechina y los escritores enfermos parecen fantasmas; mamá también. Estamos al otro lado de la Estigia, comenté a papá, o a Cora, o a nadie, porque nadie escucha este tipo de cosas. Mamá regresa con nosotros, no se muere. Sólo se corta el pelo. Tenía una melena demasiado pesada para su cansancio. No se vuelve a poner el abrigo de astracán ni el de oveja. No es época para pieles. Se pon e un chaquetón. Me gustaría arrastrarla a las tiendas para que elija cosas bonitas. Le escojo suéteres y faldas de cachemira que no le gustan. En todo caso, papá no la mira. El también está triste; su propia madre se está muriendo lentamente desde hace demasiado tiempo. 11

12 Un día nos dicen que ya no la volveremos a ver. No preguntamos nada, ni cuándo murió, ni dónde. Hay una especie de nube que impide decir las cosas. Tampoco vamos al entierro, pero estamos obligados a recordarla constantemente debido a los numerosos vestigios de su difícil existencia: barandillas de acero en los muros de las casas donde íbamos todos juntos, campanillas para llamar, y su olor a persona enferma que no notábamos cuando estaba allí, pero que flota y no se disipa con el tiempo. Me extraña que haya muerto. Estaba tan enferma, y desde hace tanto tiempo, que creía que era inmortal. Comentábamos: la abuela está paralizada. Creíamos que una astilla de hielo le había tocado el corazón, como al pequeño Hans en La reina de las nieves. Después, la astilla soltaba su veneno Y su cuerpo se petrificaba poco a poco. Un día, cuando la abuela tenía treinta años, le habían dolido las piernas, tuvo un vértigo. Veinte años después no podía hacer nada por su cuenta. Además de las piernas, el hielo le había llegado a los brazos, no conseguíamos descifrar las palabras que trataba de escribir, la mitad de su cara estaba lisa e inútil, y su lengua, dentro de la boca, se volvía cada día más pesada e imprecisa. Le gustaba pasear en auto con mi abuelo al volante. Le gustaba conversarle mientras miraba el paisaje, pero mientras él se estaba quedando cada vez más sordo, la voz de ella se volvía más y más inaudible y la lengua se le atascaba en la boca. Además, estaba el ruido del motor. Ella se exasperaba con esas conversaciones absurdas. Tenía la impresión de que no querían entenderla. Entonces, él tuvo una idea: compró una radio para el auto. Y volvieron a tener la sensación de que se comunicaban. El marido de mi abuela compró para ella una casa de campo donde vamos todos los sábados después de comer y volvernos los domingos, como todo el mundo. Tiene un pórtico donde ensayamos números de equilibristas, y hay bicicletas. No me gusta llevar amigas, porque hacen comentarios molestos acerca de las mejillas, los ojos y la dicción de mi abuela. También temo las dos comidas, la del sábado por la noche y la del domingo a mediodía, que invaden el día con su terrible ritual. Pasamos dos horas con mi abuela todos los domingos por la mañana. Ella está en su cama, apoyada en varios almohadones enormes. Delante de ella, y sentadas alrededor de una mesa redonda, Cora, el bebé y yo pintamos 12

13 países, pequeños cuadros de yeso, muñecas a las que dibujamos vestidos acanastados de duquesa o vestidos modernos. Tenernos vocación de modistas de alta costura. Nos concentramos bajo su mirada como si estuviéramos bajo una lámpara: muy silenciosas. Nunca se nos ocurriría faltar a la cita una mañana de sol. También hacernos vitrales con papeles transparentes de colores y a veces algunos juegos. Mi juego favorito es el Diamino, por los diablos que pueden reemplazar todas las letras. Siempre contemplo su carita delgada, la perilla. Nosotras comprendemos todo lo que dice la abuela y, como no nos damos cuenta de que su estado empeora, la acompañamos sin hacernos preguntas. Creo que pensarnos simplemente que está vieja. Permanece inmóvil en su cama o en su sillón y pide cosas que los adultos le traen con un fastidio algo pavoroso. Es como un gran animal enfermo que miramos con un temor y un afecto sin nombre. La enterraron. Hacernos exactamente como si nada hubiera sucedido. Pero esta casa de campo -lo único inteligente que he hecho en la vida, dice mi abuelo- no se sostiene sin ella. A mí me parece una trampa. Trato de no asistir a los almuerzos del domingo. Paseo en bicicleta durante dos horas y tengo la sensación de que así ejerzo una libertad indefinible, de que gano algo con ello. No sé qué, pero estoy convencida de que algún día lo sabré. Pedaleo con fuerza, subo cuestas muy largas, no miro nada, trato de que algo salga de mi cuerpo, la grasa, el exceso de carne y algo más, pesado, asfixiante. Me mido varias veces al día el contorno de los muslos con una cinta amarilla y hago trampa en un sentido o en otro para convencerme de que perdí otro centímetro o, al revés, para mortificarme por no haber perdido ninguno. Aprieto los muslos para comprobar que quedan separados. También me mido los brazos. Me peso en cada báscula varias veces seguidas, buscando a menudo un apoyo para seguir haciendo trampa. Eliminé las pastas, todas las formas de patatas, el arroz, el azúcar, el pan, la mermelada, los pasteles por supuesto, el camembert y los helados. Tengo tablas de calorías y un libro de dietética en mi cuarto. Me alegra la idea de que mi estómago se está reduciendo. Los alimentos me invaden la vida, el cuerpo me copa el espacio mental. A pesar 13

14 de las pruebas, de las pesas y de las medidas, me encuentro enorme. Las voces a mí alrededor se alejan, ya no oigo. Las cosas a mi alrededor pierden color. Escribo pequeñas historias sobre cartulinas. La historia de un cerdo goloso que muere por una indigestión de jamón. El cerdo goloso quiso degustarse y no pudo detenerse. Historia de un cerdo narciso muerto por una introspección de jamón, escribo. Me gustaría hacer una ilustración, pero no es posible dibujar eso. La profesora de historia se llama Madame Néré. Es muy morena, española y cuadrada. Puede hablar horas y horas de los cátaros. Me convierto en cátara. Leo la Hoguera de Montségur 3, sueño con castillos muy oscuros, de gruesos muros y habitaciones vacías. Me agrada todo lo que está vacío. Madame Néré es protestante. Hago disertaciones sobre la gracia eficaz, escojo a los calvinistas, porque son más flacos -me parece- que los luteranos, a quienes imagino barrigones. Leo libros de religión y libros de ciencia ficción. Un día el encanto se rompe, brutalmente. Estoy adelante y recito. Me sé de memoria los embriagadores textos del libro de historia. Me lleno de cosas que aprendo de memoria. Esto forma parte de la perfección, como pedalear hasta extenuarse. Madame Néré abre la boca y dice: " Te estás convirtiendo en un verdadero ectoplasma!" Todo el mundo ríe. Es una palabra terrible. Ignoro su significado, pero me humilla. Estoy desnuda en la tarima. Acaban de revelar algo de mí. Una palabra, que me salpica, ha hecho trizas algo sagrado y secreto. Ya no estoy unida al mundo de los adultos. 3 Libro de Zoe Oldembourg, que narra el ataque y asesinato de los cátaros los hombres buenos por orden del rey de Francia, Felipe II, y el papa Inocencio III. 14

15 Capítulo 2 Poco a poco las cosas se vuelven visibles. Poco a poco, los gestos secretos, repetidos bastante a menudo, durante bastante tiempo, caen en las redes de la atención de quienes nos rodean. Siempre. No sé porqué. No sé cuándo, ni como, me vieron mis padres. Me parece, al contrario que mi adorada profesora de historia, que no me dijeron nada. No dijeron cómo has adelgazado, hija. Ni qué te ocurre? Quizás usaron otras palabras que no recuerdo. Se escribe con lo que se olvida. Soy el camino de esos años a tientas, son mis pequeños años negros, casi no recuerdo los hecho, quizás los invento. Recuerdo todos los detalles, los objetos, los gestos y mi enfermedad como si fuera hoy. Mientras escribo estas líneas, casi treinta años después, tengo miedo y lo hago parsimoniosamente, con exceso de prudencia. Lo hago porque creo que es necesario. No puedo evocar esos años sin miedo ni sin vergüenza sin que mi corazón lata, estúpidamente, demasiado rápido. No dijeron nada. Me imagino que fueron a hablar con un médico. Nuestra hija se calla, evita la mesa familiar, casi no come, adelgaza mucho. No creo que hayan hablado sobre mis senos, que no crecían, ni de las reglas, que no venían a pesar de que mi madre me las había prometido hacía mucho tiempo. Me había hablado de ellas con dificultad, no creo que le fuera fácil. Se trataba del algodón que hay que ponerse entre las piernas. He visto esa sangre en el borde de los excusados de los baños, y no me gusta el olor, habría podido decir en un mundo donde se pudiera decir lo que yo pensaba. Ese mundo no existirá jamás, me temo, jamás, a pesar de las insinuaciones y las salidas temerarias, a causa de los retrocesos a menudo anticipados. El médico es un hombre experimentado, un gran profesor que ha visto a millones de adolescentes torturar a sus padres. Dice que esta jovencita necesita cuidados especiales, ocuparse de ella, tranquilizarla. Quizás se interna en terreno personal, aunque no lo creo. Receta tónicos, comprimidos que dan hambre. Con toda la maña que me doy para luchar en contra, nunca me verán tragar algo semejante. El hambre. 15

16 Convivo con el hambre, lo someto, lo domino, lo domestico, lo adormezco Primero es cruel, pero se calma solo, basta esperar. Sé que un caramelo lo engaña. Me gusta sentirlo durante todo el día, justo debajo del plexo, una corriente de aire que me une con el aire del cielo. Considero que el hambre me da una energía inmensa, una ligereza de sarcasmo. Mis pies cargan menos peso y, aunque la inspectora general me ha dicho que yo era larga como un día sin pan y que ahora tiempo me encuentra agresiva y mala -cuando tengo la impresión de que no digo casi nada a nadie y de que circulo como una bailarina-, estoy orgullosa de mi empresa. Aligero el mundo. Romper el círculo de lo pesado, de la avidez, de los desechos, del exceso. Si nada como, nada me comerá. Me salto las comidas, huyo de las cadenas alimenticias, de todas las cadenas. Me embriago de hambre, me exalto con teorías inmensas y aprovecho de ellas los fragmentos que me sirven. Y apenas llegan las vacaciones, me llevan -de pronto sagrada hija única- al sur. Un viaje, dicen mis padres. Museos, hoteles y después estadía en casa de unos amigos en los Alpes Haute-Provence. Me gusta el sol, los roqueríos. Me gusta Uzés, una región escueta, y me gustan los corderos. Creo que mis padres pelean, oigo de lejos el sonido de su pena. No me interesa. Me preocupo de broncearme el brazo por la ventanilla, pienso en no comer, ya que nada me dicen acerca de eso. Paisajes, castillos, piedras antiguas, no veo gran cosa. Comentan que estamos a punto de llegar a las montañas. Que debería gustarme. Es una majada, se accede a pie por un camino de piedras. Se necesitan 20 minutos de marcha sin equivocarse. Arriba no hay electricidad, no hay agua corriente. Voy a dormir bajo una tienda y todos, salvo mi padre, irán desnudos durante el día. Estacionamos el Citroën en la plaza del pueblo y caminamos. El amigo de mi madre y de mi padre ha venido a buscarnos. Mamá parece contenta. También hay una niña de mi edad, rubia, delgada, con senos grandes y con grandes zapatos para caminar. 16

17 Hay demasiado olor de árboles, de flores; la cabeza me da vueltas. Todo, aquí, tiene una intensidad excesiva. De pronto vemos las piedras de la majada, los dos lienzos de muros en terraza. El día se acaba. Todos beben vino rojo. Sé que hay que sonreír, reírse bastante y estar contenta. Soy un trocito de madera a quien enseñaran a vivir. Le temo a todo, a los escorpiones, al vino, a la niña rubia. Me gustan las alfombras de Túnez que hay en el suelo. Me pregunto qué hace allí mi padre; esto no encaja con él. Hace mucho calor. Agazapada debajo de un árbol, cercada de ciruelas reventadas por la caída, ciruelas amarillas, mermelada de ciruelas, leo cuentos de robots domésticos insurrectos, de encantadoras bestias de pelaje azul, de conflictos conyugales en cápsulas espaciales. Por la noche, el amigo de mi madre enciende una barbacoa. Intento tragar la carne, la mastico incansablemente hasta que se convierte en una bola blanca que me llena extrañamente la boca, plof en una mejilla, plof en la otra. Es imposible tragar un pedazo de carne demasiado masticado: como saltar de un trampolín de cinco metros de altura después de mirar mucho tiempo hacia abajo. Escupo discretamente la bola fibrosa en la hierba. Nadie me ve. Pero sí al cabo de tres días: se ve y, sobre todo, se huele. Tendré que pasar por la mesa cuando no haya nadie para recoger mis guarradas. Lo complicado de mi enorme deseo de simplificarme la vida, del gran deseo de pureza que me invade, es que engendra un universo, mi universo paralelo, donde todo es difícil, donde nada se puede dar por descontado. Después de la comida jugamos, ellas hablan, los mosquitos rodean la gran lámpara de petróleo. Dibujo. Dibujar me tranquiliza tanto como los cuentos de robots. Dibujo dinosaurios saliendo de sus grutas, siempre el mismo dibujo. Un día, el amigo de mi madre se asoma por encima de mi hombro. Me pregunta si sé lo que significan los dinosaurios, las cavernas. Se ríe. Salta tanto a la vista, es tan gracioso, esta niñita inquieta que dibuja sexos, glandes, vergas, testículos y cavernas de tan burdo simbolismo. Dejo definitivamente de dibujar. 17

18 Vivo pensando que me pueden desenmascarar. Todo el día temo que esos cuerpos desnudos me toquen, me da miedo mirarlos, incluso a los ojos, a la altura de la frente. En una de las terrazas hay una piscina de plástico, llena de agua algo estancada y tibia donde zozobran avispas y juegan los niños. Desde allí se ve la costa, espléndida, las rocas pardas y rojas. Un poco más allá se ve Italia. El hermano de la niña rubia propone un juego de Yo mando. Nos sentamos en círculo, en el agua, yo ordeno manos a la cabeza, ordeno manos al hombro, ordeno manos a la cabeza, manos a las rodillas. La niña rubia queda eliminada. Vuelve a dar órdenes. Manos a la nuca, manos a los hombros, yo mando manos juntas, yo mando manos al tuitui. No conozco esa palabra, pero entiendo muy bien lo que él quiere decir. Perdí, porque no puedo hacerlo y, además, soy la única que no lo encuentra gracioso. Me ahogo en una taza de té y no tengo ningún sentido del humor. Por la noche, en mi pequeña carpa, me asustan los ruidos y temo que entre un hombre. Durante el día ya no leo, no me resulta. Me tiendo en la hierba, algo alejada de la majada, y persigo grillos y saltamontes. Los atrapo, los amenazo un poco y los suelto para que conozcan la felicidad de existir. 18

19 Capítulo 3 La mujer del amigo de mi madre me besó al despedirse. Ese beso seco y franco me enterneció. Pieno de nuevo en su frente inmensa, en sus piernas de niño africano, la confundo con Atonin Artaud 4, de quien me regaló un libro muy bello, lleno de gritos de dolor. En el libro hay una fotografía. El recuerdo del rostro de Artaud junto con la expresión de esa mujer configuran una especie de pregunta. Durante el tiempo que pasamos en la majada, tengo la impresión de que vivió aparte, en su negra cocina, pelando berenjenas y calabacines, rebanando las judías tiernas que crecen en una terraza, más arriba. Me di cuenta de que le gustaban Kant 5, el pueblo argelino, Gaston Bachelard 6 y su marido. Me pareció que había, en su minúsculo cuerpo de mujer flaca, una pasión que la pintaba de negro, una piedra enorme de pena. Fui todos los días a recoger, voluptuosamente, judías para ella. Me encanta comprobar, que cualquiera sea el tamaño de la ensaladera, siempre queda la misma cantidad. Me digo que allí está la fuente de la leyenda de las judías mágicas. No hay que trepar, el tesoro es ilimitado y como las judías se ven apenas, a eso se agrega un juego que se parece al de los siete errores, de France-Soir, que hago religiosamente todos los días. La mujer del amigo de mi madre no come casi nada, solamente bebe y trabaja. Me siento a su lado y leo cosas extrañas, como Angelus Silesius 7. Me detengo en una frase: "La rosa no tiene porqué, florece porque florece". La frase me da vueltas en la cabeza como un cartel luminoso. Estoy convencida de que, de tanto dar vueltas, va a cambiar de naturaleza y algo va a ocurrir. Pero solo sucede que nos marchamos. En el coche hago esfuerzos considerables para broncear equitativamente mis dos brazos. Puedo rodear mi bíceps anudando el pulgar con el dedo mayor. Repito el gesto cien veces al día, como una verificación de mí misma. Mis padres van sentados adelante, como si estuvieran muy lejos, en otro mundo. La llegada a la puerta de Orléans siempre me produce una sensación extraña, confluyen los recuerdos de otros, incontables, regresos a París. Las hojas de los árboles me parecen enormes, escucho el 4 Famoso poeta francés ( ). 5 Filósofo alemán ( ) 6 Filósofo y crítico francés ( ) 7 Poeta alemán ( ) 19

20 ruido de los pasos de la gente y después hay ese olor tibio y polvoriento que me tranquiliza. Me siento feliz, estoy en casa. Cuando era niña, volvíamos siempre de madrugada, temprano, y había que volver a acostar a los niños por dos o tres horas. Cerraban las persianas, nos tendíamos en calzones debajo de las sábanas y no podíamos dormir: estábamos demasiado despiertas, demasiado ocupadas en respirar el olor normal de la habitación, reforzado por el olor a encierro que todo lo había invadido. Escuchábamos los automóviles por la ventana entreabierta. Rayas de luz, haces de polvo luminoso, descendían desde cada ranura de las persianas, lo que creaba un tiempo detenido, un entre-dos-mundos gris claro y amarillo pálido, una tibieza. Ese fragmento de paraíso se me incorpora para siempre cada vez que paso por la puerta de Orléans, sólo por ella. Hemos llegado. Tengo, desde hace un año, un cuarto para mí. Lo he decorado con amor. Estoy particularmente orgullosa de los dos escalones de madera que separan el fondo, donde duermo, del otro sector, donde trabajo. Estoy orgullosa también de las telas, como el yute de las cortinas, un tejido de lana amarillo y ocre. He puesto todo lo que me parece hermoso en esta habitación. Pero es como si no fuera para mí. Y suelo pasar sentada en los dos escalones, directamente sobre el suelo, con un cojín de fieltro burdeos detrás. Cora y yo también concebimos las obras de arte de las paredes de nuestros cuartos. Casi todos son cuadros abstractos, hechos de trozos de vidrio quebrados, despedazados Dios sabe dónde, pegados unos con otros de modo que dejen pasar el día y evoquen pájaros, catedrales y bisontes. Son mis vitrales. Me gusta que haya minúsculos reflejos en las cosas de la habitación. Me parece que tiene un sentido. Como un tanque, se reinicia la vida normal. Cora y el bebé regresan esta noche, dice mi madre. Te gustará volver a verlas, te han extrañado mucho. Es el tipo de frases que abre inmediatamente una pequeña herida. Entiendo: estoy segura de que no tienes ganas de verlas, aunque deberías tener, y, para ayudarte, vamos a inventarte un sufrimiento: te extrañaron, sufrieron por tu ausencia y considero, paradójicamente, con tristeza, que no me extrañaron nada. 20

21 Mi madre tiene que hacerme otras recomendaciones: -Preocupas a tus hermanas, Nouk. Cora está melancólica y el bebé se encierra en sus ensueños. Tratemos de comenzar este nuevo año con buen pie. No escucho. Tengo ante mis ojos una fotografía de Cora con aire melancólico, piernitas flacas, hombros encorvados, saltando una cerca en el Pre Catelan. Y otra del bebé rubio y redondo, de panza protuberante, en un balancín, en su ensueño. -Son así -digo- siempre han sido así. Todo tiene que seguir igual. Me gustan y temo los ritos de la vuelta a clases. Sobre todo los teme mamá, pero acomete cada etapa obligatoria como recorrido de combatiente, una seguidilla de pruebas necesarias, agotadoras, angustiantes y tranquilizadoras a un tiempo. Hay que hacer las compras. Primero la ropa, un nuevo conjunto para cada una, que se compone de una falda, un suéter o un vestido. Hubo un año de faldas casulla, las recuerdo, y uno de faldas-pantalón, de tweed de color malva o verde. En ese conjunto básico se afirmaba mi orgullo de uniforme. Este año es diferente, ahora me importa la ropa. Después viene el dentista, que vive lejos y parece un ogro. Dicen que se ha casado sucesivamente con tres hermanas que murieron una tras otra. La última todavía aguanta. Y por fin está monsieur Lepétre, en la calle del Odeón, Paris VI, que todos los años nos hace plantillas ortopédicas, porque parece que las tres tenemos pie plano; ganas de pie plano, pensaba cuando arrastraba los pies hasta su consulta. Tarda horas, dibuja nuestros arcos plantarios en unos cartones y nos hace cosquillas con talante sombrío. La curva no es fantástica, a pesar de los esfuerzos que hacemos para torcer los pies sin que nadie lo advierta. Después de diez años de zapatos marrón y botitas con cordones, después tanta porfía, de clases de danza clásica, de trenzados, de torturas en la barra, en posición señoritas, de travesías naúfragas por la sala de danza, después de tanta humillación hay algo de fatalidad en esto de no tener en los pies lo que hace falta. Años más tarde formulo la hipotesis de que trataban de extirparnos algo esencial. Estoy convencida - de dónde me vendrá esta idea abracadabrante'- de que las niñas judías tienen pie plano, que allí está nuestra marca de fábrica invisible, niñas judías que no lo son, hijas de padres que no piensan en ello ni un segundo, pero que lo son suficientemente como para hacer el esfuerzo 21

22 enorme de las plantillas, de los zapatos feos y pesados y caros que siempre hay que estar rehaciendo. Pienso en los pies extremadamente planos de mi bisabuela Sophie Ellissen, en sus pies planos, en su alta figura negra, su bastón, sus ochenta austeros años. Sobrevivió a su hija enferma, que era mi abuela. En sus últimos años parecía haber suplantado a su hija, como si fuera para siempre la más joven. Esta inversión de roles me parecía un poco anormal y cruel y no tengo ningún recuerdo del momento en que ella, a su vez, se extinguió. Seguramente hubo un rabino y un gran entierro al que no fuimos. En mi memoria, mi bisabuela es una especie de esfinge, muy versada en asuntos de nutrición. Sólo comía zanahorias ralladas, lo que me parece buena táctica para llegar a viejo. Provistas de plantillas nuevas aún transparentes, lo que las distingue de las anteriores, ennegrecidas por la transpiración, nos dedicamos a los útiles escolares, la compra de los libros nuevos y la venta de los viejos donde Joseph Gibert. Todos los niños, creo, gozan con la acumulación de detalles que son las listas que entregan los colegios y que en los días posteriores al inicio de clases son complementadas por las exigencias particulares de cada profesor. Las gomas todavía están blancas, los lápices vírgenes, los cuadernos nuevos, la estilográfica y la tinta, y especialmente los libros, forman como un nido, un tesoro de avaro, una reserva intacta de avellanas, el triunfo provisional de la eternidad y del alba. Conseguí una falda muy estrecha de tela de lana, muy corta, beige, con bolsillos planos donde meto los dedos, rojos e hinchados. Haga frío o calor, siempre tengo las manos heladas. También recibí un par de medias blancas y un suéter de shetland anaranjado, corto y ceñido. Necesito ropa que se me pegue al cuerpo como el hombre invisible al que solo se reconoce por sus vendas. Tengo un sostén que se arruga sobre mis senos inexistentes; me molesta. Este año voy sola donde Gibert, con un gran saco pesado de libros viejos colgando del brazo; el sol de septiembre me acaricia la cara y los árboles empiezan a enrojecer. Cuento el dinero que me dieron y compro un anotador para ordenar mis gastos en útiles escolares. Hago columnas a lápiz, muy rectas. Cuando hayas gastado todo, te daré más, me dijo mi padre. Sentada en un banco de hierro, escribo en la columna de la izquierda: goma para grafito, goma para tinta, lápices de colores, estilográfica, sacapuntas, lápices negros (una caja), estuche, regla, transportador-extraño 22

23 objeto que siempre creí que era femenino, al revés de la ecuedra, objeto masculino de nombre femenino. Escribo: compás. Escribo: fichas de cartulina, tres cuadernos Clairefontaine, un cuaderno de borrador y dos cuadernos de trabajo prácticos, un archivador, cinta dhesiva y goma de pegar y un montón de cotras cosas en las que pienso con amor. Es como una historia. Insensiblemente, y para llenar la segunda columna, me divierto rellenando los precios y sumándolos después, tal como sumaba todos los días el año pasado mi promedio de notas, sin fijarme en la gente que pasa y me mira con expresión extraña. De repente es como si me hubiera gastado el dinero y pudiera volver a pedirle a mi padre. Descubro, con voluptuosidad, los errores. Me levanto y me mezclo con el gentío compacto de los asaltantes de Gibert, lleno de papelería mi canasto, intercambio mis libros y algunos codazos agresivos con la masa cálida de cuerpos sudados. Inventé un juego que se parece a mis pequeñas trampas con la cinta de medir o la pesa: compro algo que no es lo que escribí en la lista y, dentro de lo posible, más barato. El juego consiste en tener todo lo que necesito y que eso se parezca lo menos posible a mi lista, que mostraré esta noche, con orgullo, como prueba de mi rigor económico. Y que será, al mismo tiempo y ante mis propios ojos, la prueba de mi bajeza de falsaria y de mi inventiva. Esta empresa, más bien complicada, me abre una puerta, es algo que se parece a la libertad. Exactamente como adelgazar en secreto, como haber renunciado a la vida de los demás, a sus alimentos, como no volver a utilizar un ascensor. Me siento criminal y ligera. Y encaminada a la riqueza, además. Hasta entonces, no mentía. Y no por opción ni por honestidad congénita: Creía que no se podía. A veces me tenté para protegerme de un castigo o de una reprimenda. Pero sabía que, a semejanza de mi abuela paterna, que nos observaba desde su tumbona con prismáticos para saber qué hacíamos en la playa, era muy probable que alguien me estuviera viendo en todo momento. Un ojo encima, Un ojo dentro de mi cabeza. Sabía perfectamente que las paredes tenían ojos y oídos. Por eso nunca hacía cosas prohibidas; y cuando te acostumbras a no hacerlas, ya ni piensas en ellas. No existen. Ese día de septiembre, un día antes de entrar a clases, orgullosa de mi shetland anaranjado, de mi nueva identidad de ladrona y muy cargada de libros y cuadernos, subía por el boulevard San Michel, en París. Eran las seis de la tarde. Y escuché detrás de mi la voz de una mujer. Viste sus piernas, decía, viste sus piernas, pobrecita mía, parecen los barrotes de la jaula de un 23

24 canario, se diría que viene saliendo de Dachau. O de Auswitch 8, como sándwich. Me asustó que tuviera derecho a hablar de mis piernas con medias blancas impecables. Fue como un trueno, una de esas frases que uno no debería escuchar, porque resuenan después en la cabeza durante toda la vida. Me gustaría escribir que me volví valientemente y que le dije, como un miembro de la resistencia, señora, no hay que hablar de la gente a sus espaldas. Y no había canarios en Auschwitz. AUSCHWITZ. Pero por mucho que disponga, como la mayoría, de un depósito de valor muy poco explotado, suelo ser de una cobardía excepcional, y simplemente empecé a correr, llorando, con las bolsas de la librería golpeándome las patas de canario y las puntas de los libros taladrándome los huesos. Y no me llevé las manos rojas a las orejas porque iba muy cargada. En casa, con las bolsas tiradas en el suelo, seguí sollozando. El corazón aún me latía muy fuerte, sin que supiera muy bien por qué. Fui a buscar un libro de fotografías que está escondido detrás de la biblioteca. Está firmado por un tal Jean Françoise Steiner 9. Se llama Treblinka. Lo miro y no lo puedo soportar: por eso lo escondí. Ahora tengo que contemplar estas imágenes hasta que me abran algo en la cabeza; un indicio. O una pista falsa. Miro fijamente los ojos de la gente de las fotografías hasta que me saltan lágrimas. Y después creo estar haciendo una cosa horrible. Vuelvo a esconder el libro. No se habla de eso en mi casa. Es indecente y peligroso; curiosidad malsana, porque supera la razón. La razón se encarna en mi hermoso anotador con espiral. Me felicitan por mi contabilidad perfecta. Otra vez tengo cincuenta francos para volver a empezar mañana. Mi padre ha dicho mi niña grande, dulcemente y me doy cuenta, triste, de que ese mundo nuevo donde el ojo no nos sigue por todas partes está hueco como un huevo vacío. También me dicen, seriamente, que han pedido una cita con el médico. Iré con mi madre. Es la visita ritual, la visita de rutina, pero de todos modos tengo miedo. 8 Campos de concentración nazis donde se recluía y asesinaba a los judíos. 9 Escritor judío francés que cuenta la historia de los prisioneros judíos en el campo de concentración de Treblinka. 24

25 El médico es un señor tierno y elegante. Vive cerca de Duroc, en un edificio tierno y elegante, una sólo se topa con ciegos en la acera, en pequeños grupos de dos o tres a veces con un perro-, que se sujetan amablemente, el rostro impenetrable. El médico me mide. Me comprimo. Me pesa y yo me hago lo más pesada posible. Me toma la presión; ahí no puedo hacer nada. Tiene cara de funeral. Me evacuan a la sala de espera llena de juguetes estropeados y de periódicos rotos. Me quedo jugando a los cubos mientras él y mi madre se entrevistan. Tardan mucho, aparecen, mi madre sale y yo entro. Todo este tejemaneje es ridículo; como si estuviera amenazada, casi presa, acusada por lo menos. Me dice que me han dejado en paz durante todo el verano y que no supe usar bien esa paz provisoria. Me dice que soy inquietante, que podría ser tan bonita si no estuviera así, esquelética. Dice que vamos a hacer un trato entre los dos. Repite una letanía que conozco de memoria acerca de la necesidad que tiene el organismo de lípidos, proteínas, féculas, vitaminas, glúcidos y minerales. Dice que estoy en peligro. Y mi corazón late. Profiere amenazas. A los treinta, se me van a caer los dientes y mis huesos se van a pulverizar. Me habla seriamente, de adulto a adulto, no debo dejarme llevar por una moda ridícula, por las revistas, por Twiggy 10, esa modelo. El encanto femenino está en las formas. Vamos a hacer un trato. Sus palabras resbalan por mi cuerpo, trato de cerrarme por entero para impedir que unas pequeñas imágenes de muerte se deslicen por los intersticios de mi ser, sus palabras resbalan en mí, caigo en un miedo animal, me siento acorralada. Y perturbada por una ligera impresión de desprecio, cómo pueden acusarme de copiar los consejos de una revista, me toman bastante en serio, como si hiciera un régimen para estar flaca. Hago un régimen para adelgazar, tengo la boca llena de caries y mis dientes se van a caer, estoy segura. El malentendido es total. Son las malas palabras, es el tono inadecuado o soy una pequeña cabra imposible de salvar? El trato es simple. El doctor deja entender que no soy la primera en hacerlo, ha habido muchas, sobre todo en estos tiempos, algunas han 10 Famosa modelo, actriz y cantante inglesa de la década del 60, destacada por su extrema delgadez. 25

26 jugado el juego y se ha ganado la partida. Quién la ganó? A algunas les ha faltado voluntad. Si Ud. sigue adelgazando no podré hacer nada, dice el médico con frialdad y me tiende calurosamente la mano. Nos veremos dos veces al mes, para pesarla. No debe perder un solo kilo. Sus padres, por su lado, vigilarán su alimentación. No digo nada. No sonrío. Pienso no me atrapará usted tan fácilmente. Pienso no ganará usted la partida, usted es el enemigo. Estoy extremadamente sola. No saben hasta qué punto me siento fuerte, resuelta y en buenas condiciones; simplemente mi camino no es otro y ellos no entienden nada. Lo único que me preocupa es la punta de mi lengua, que se mete en el agujero de un diente. Temo que les ocurra algo a mis dientes. El dentista, cuando sacó sus enormes tenazas de mi boca, coment ço que seguramente los dientes me rechinaban por la noche. La vida se vuelve muy difícil para todos. La casa se llena de gritos y de silencio. Cada comida degenera en una crisis abierta. Mi padre me sirve después que yo me niego a servirme. No pruebo nada. Las albóndigas de carne y los tallarines se enfrían, las despachurro un poco. Siempre hay un par de ojos clavados en mi plato. No puedo tragar, el contacto con una rodaja de tomate me horroriza; no puedo doblar una hoja de lechuga para que entre en mi boca, sobre las patatas cae una prohibición intransgredible, el arroz me asfixia, las judías verdes se me atraviesan en la garganta, estrangulada por las lágrimas que he tragado. Cora y el bebé, petrificados, bajan los ojos, el trueno y el relámpago. Mi boca empequeñece cada día que pasa y mis dientes se aprietan más y más. Tratan de meterme cosas en la boca, creo que tratan, forzosamente, porque la situación lo exige, y yo escupo. Sollozo, me torturan. Mis padres me torturan. Me dicen hasta qué punto me estoy haciendo daño. Entristeces a tu madre, ella llora. Desesperas a tu padre, está furioso. Me doy cuenta. Ya no podemos hablarnos. No hablo. Hablo todavía con mis hermanas. Deja a tus hermanas fuera de todo esto. De todos modos les hablo. Deberían estar de mi lado. 26

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