LA VIDA QUE ME DAS. nueva, empezaba a turbarle más de lo habitual. Con el candil por delante avanzó alumbrando

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1 LA VIDA QUE ME DAS Aquella noche Charles subió pesadamente hasta la buhardilla. Una preocupación, que no era nueva, empezaba a turbarle más de lo habitual. Con el candil por delante avanzó alumbrando tenuemente la estancia, lo posó sobre la mesa y fue a por la silla de madera que había apartada en un rincón. Al girarse de nuevo, una mirada le sobrecogió. Era ella. Alta y refinada, permanecía hierática bajo el resplandor parpadeante de la llama. Sus ojos pardos se clavaron en los de Charles, que, ruborizado, desvió la mirada. No importaba que la conociera perfectamente, daba igual que llevasen juntos más de una década. Sus ojos, sus labios, la silueta ceñida por el cinturón de la gabardina, las ondas cobrizas cayendo sobre aquellos hombros, culpables de su elegancia, hacían de aquella mujer la imagen de la soberbia, la perspicacia, el deseo... Y aquello aún aturdía los sentidos de Charles como el primer día. Colocó la silla delante de ella. «Buenas noches, Sophie», susurró recobrando el aliento. «Qué hay?», contestó ella con la sonrisa pícara a la que le tenía acostumbrado; sin embargo, a Charles no le pasó inadvertido que aquella fuese más breve. «Cansada?», preguntó educado. «Sí», aseguró ella con desdén. Charles, consciente de los pesares de su compañera, añadió: «Sophie Ya queda poco, lo sabes. Acabaremos y después», continuó mientras se acomodaba sobre su asiento. «Y después qué!», interrumpió ella desafiante. Charles se detuvo muy serio, meditó unos segundos, tomó aire y antes de hablar no pudo más que negar con la cabeza: «No sé». Respuesta que, por supuesto, no agradó a Sophie. «Ah, no sabes», bufó irónicamente. «No! No lo sé. Y si esto no te gusta, acuérdate de dónde saliste», con este reproche Charles tiñó de suficiencia su afable y reflexiva apariencia. Pensó que así sería más fácil. No estaba dispuesto a que nada se interpusiera, ni siquiera sus sentimientos, en la decisión que aún no sabía si estaba dispuesto a tomar. «Entérate bien, ni un momento se me olvida de dónde salí! Últimamente me lo recuerdas a menudo. Y 1

2 créeme, a veces pienso que jamás debiste sacarme de allí», protestó ella. «Veamos Sophie, sinceramente, me sorprendes. No era eso lo que decías cuando establecimos tu despacho en la Rue de Rivoli, ni cuando compramos el vestido que ahora mismo llevas puesto, ni», y mientras Charles enumeraba un sin fin de lujos materiales, Sophie resopló impaciente: «No lo entiendes, verdad?». Con tristeza buscó en los ojos de Charles el rastro del hombre que un día le prometió algo más que lujos y gloria. Él, al mirarla también y rememorar su deuda, empañó los cristales de sus lentes. «Lo entiendo perfectamente», concluyó rehuyendo la penetrante mirada de Sophie. «Déjame ir entonces», suplicó ella. Charles no decía nada así que Sophie aprovechó la tregua que ofrecía aquella pausa para sosegarse; después, tragó saliva y continuó: «Siempre estaré agradecida por la vida que me has dado pero No puedo seguir. Quiero», las palabras salían a trompicones de entre sus dientes, «Necesito de una maldita vez». Una lágrima se le escapó y recorrió el rosado de su mejilla, la única parte de Sophie que mostraba la fragilidad sobre la que había sido construida su armadura. Por esa razón solía llevar un sombrero de ala verde, a juego con su gabardina, con la firme intención de que sus enemigos no descubrieran que aquella dama de acero también tenía un talón de Aquiles. Rauda limpió la lágrima con el dorso de su mano y prosiguió, esta vez más serena y contundente: «Dijiste que esta sería la última vez». Sophie era una mujer extraordinaria y como tal no estaba dispuesta a rendirse. Charles le había enseñado a ser así, a valerse por sí misma, a luchar, a ser fuerte, perseverante... y a no depender de nadie jamás. De nadie excepto de él, claro. «Si lo que deseas es que esto acabe, no te preocupes, esta vez será la definitiva. Se acabará para siempre», el tono con el que Charles articuló las palabras, en vez de tranquilizarla, la inquietó todavía más. Aunque Sophie, lejos de amilanarse, espetó: «No serás capaz». Exasperada nuevamente, abrió un duelo donde ella tenía las de perder. Una punzada de rabia recorrió la espina dorsal de Charles y en un impulso violento se levantó gritando: «Ah, no?! Aquí soy yo quien toma las decisiones por si aún no te ha quedado claro!», confuso se revolvió el pelo. Era posible que la mujer con la que había superado un sinfín de aprietos, con la que había alcanzado innumerables éxitos, quisiera acabar con todo? Para siempre? 2

3 Sí. Era posible y concebirlo le dolió tanto que enfureció. Ella, consciente ya de que, a pesar de las consecuencias, prefería acabar con el dolor y la soledad que aquella historia le procuraba, levantó la cabeza y pronunció: «Oh, cuánto poder! Verdad? Qué se siente al ser Dios? Hacer y deshacer a tu antojo. Dime! Qué se siente?! Quieres matarme? Es eso?!», gritó llorando a lágrima viva, «Sabes qué? NO SERÁS CAPAZ». Aquella sentencia enloqueció a Charles: «Quieres verlo, insensata arrogante?! Sólo necesito unos minutos y se habrá acabado todo. Tu despacho, tus clientes, tus victorias, TU VIDA!». Charles respiraba jadeante y ella, que seguía observándole desde el lugar sumiso que le imponía aquella relación, se limpió la cara y, firme, contestó: «A estas alturas ya no me importa mi despacho. Me es indiferente tener más clientes o incluso no tenerlos. En cuanto a esas victorias que tú dices mías, no lo son. Son tuyas, y con cada una de ellas solo acumulo nuevas cicatrices. Cicatrices que únicamente sufro yo, no tú», al pronunciar estas palabras se acarició con dolor el hombro izquierdo donde aún mantenía fresca la herida que una bala le había abierto en su último caso. Después detuvo la mano en su corazón, el cual también se aquejaba por los compañeros que había dejado en el camino, no exclusivamente ayudantes de oficio. Y aquel dolor, sin ser físico, fue el que la ayudó a concluir: «Por lo que respecta a mi vida, al parecer, te pertenece. Así que si quieres acabar con ella», suspiró, «que así sea». Así, abatida, fue como Sophie consiguió derrumbar el muro que el mismo Charles había levantado las últimas noches para evitar el impacto de aquel final. «Crees que para mí es fácil, Sophie?», fue un sollozo el que cerró la interrogación de Charles. «Vengo aquí todas las noches desde Cuándo! Ni lo recuerdo», y al hacer aspavientos con las manos volcó el candil. Los papeles que había sobre la mesa empezaron a arder. Apresurado, se levantó y con el cojín de su asiento golpeó repetidamente la mesa; con demasiada fuerza, quizá, para la insignificante llama que se había prendido y que fue sofocada en la primera sacudida. Charles sostuvo en sus manos los papeles y comprobó que los peores daños los había causado el fuego de su pecho y no el del candil. «Maldita sea... Tengo familia!», agotado se dejó caer de nuevo sobre su silla. «No es fácil dejarte ir, sabes? No sé cómo hacerlo! Hemos», su argumento se detuvo con el estrépito de la puerta que se abrió a sus espaldas. Se giró y quedó 3

4 perplejo al ver tras de sí a su esposa. «Qué ocurre aquí?», preguntó ella. «Nada», replicó él. «Cómo que nada, qué escondes ahí?», dijo avanzando. Él se interpuso intentando ocultar los pecados de aquella noche pero de nada le sirvió. Ella se deshizo fácilmente del obstáculo que Charles intentaba suponerle y, de repente, se detuvo atónita. «Charles, esto es lo que imagino?», miró a su esposo sin mudar la expresión. Él, descubierto, asintió. «Pero Por qué?», preguntó apenada. «Porque toda historia tiene su fin», añadió él tristemente. «Fin? Esta es la última? De verdad!», incrédula se desplomó sobre el baúl que había a la derecha del escritorio y, como una niña a la que se le hubiera escapado el globo, preguntó: «Y cómo acaba?». Intrigada, enmarcó su cara entre las palmas de sus manos y las ondas cobrizas de su cabello, salpicado ya por alguna cana. No daba crédito a que después de aquella, que todavía estaba por terminar, no volvería a leer más novelas sobre la truculenta e interesante vida de Sophie Dupin, detective privado. «Aún no lo sé», respondió Charles dubitativo y ella se apresuró: «Debería encontrar al amor de su vida y casarse. Y tener hijos. Tres. Y». «Cielo, sabes que no escribo cuentos de hadas, verdad?», se burló él mientras le ajustaba la cinta de la bata de seda verde que siempre llevaba antes de dormir. «Qué si no? Vivirá por siempre jamás en su oficina sin que nadie la quiera hasta convertirse en una anciana y morir devorada por sus gatos?», contestó irónicamente. «No. Tampoco es eso lo que tengo en mente», negó Charles. «Y qué es? Vamos, cuéntamelo», le animó. Él se lo pensó y resoplando añadió: «Tal vez». Su expresión fue tan dramática que no hizo falta que terminara la frase. «Que qué?! No serás capaz!», gruñó ella y esa fue la tercera vez de la noche que Charles escuchó aquellas palabras en boca de una mujer a la que amaba. «A ver, deja que lea lo que has escrito hoy», dijo ella cogiendo los papeles que había al lado de la máquina de escribir. Carraspeó y entonó: «Siempre estaré agradecida por la vida que me has dado pero», se detuvo, «Esto está quemado!», exclamó al ver la marca carbonizada que había dejado la llama del candil. «Trae! Cuando esté acabado lo leerás», dijo Charles, que en un abrir y cerrar de ojos había arrebatado el papel de las manos a su mujer. Ella le miró con falso resentimiento y se despidió: «Te dejo acabar. Seré la primera en leerlo?». «Siempre lo eres», respondió él volviendo al trabajo. Ella sonrió 4

5 triunfal y después de besar cariñosamente la mejilla de su marido se levantó del baúl, aunque él la detuvo sujetándola por la muñeca. «Estás contenta con la vida que te doy?», preguntó Charles mirándola con preocupación. «Cielo, a qué viene esa pregunta?», respondió sorprendida. «Solo contesta», pidió él. Ella dibujó una expresión de extrañeza dándose unos segundos para pensar: «Sí supongo». Charles, aguardando una respuesta más concreta, estiró suavemente de la muñeca de su esposa. «Amor...», comenzó mientras se sentaba sobre las rodillas de su marido, «me crié en el campo. Nunca soñé con vivir en una casa como esta. Nuestros hijos podrán estudiar. Incluso en el extranjero si lo desean. Quién me iba a decir? Querido, tus libros nos han dado cosas que no podíamos ni imaginar cuando éramos dos críos», dijo mesándole el cabello. «Te acuerdas cuando llegamos a la ciudad en busca de trabajo? A veces me gusta recordar el día en que te contrataron en el periódico para escribir cuentos cortos. Y cómo lo celebramos en aquel pajar te acuerdas?», ambos sonrieron melancólicos. «Así que sí, estoy muy contenta con la vida que me das», y con una amplia sonrisa intentó calmar el desasosiego de su esposo, quien pronto devolvió la atención a su máquina de escribir. Ella le besó, esta vez en la frente, y se dirigió hacia la puerta. «Cambiarías algo?», preguntó Charles antes de que ella saliera de la habitación. Como si fuera su última oportunidad para ser realmente sincera, dio media vuelta y contestó: «Sí. Solo cambiaría una cosa. Si pudiera volver al principio», hizo una pausa, «intentaría que pasaras más noches conmigo que con ella». A Charles se le congeló el aliento. Tal confesión le obligó a girarse hacia la puerta y redescubrir bajo el quicio unos ojos pardos que le miraban con la misma intensidad que el primer día; una intensidad indescriptible incluso para él que era un profesional de las palabras. Conmovido, rogó: «Solo una noche más». Ella asintió y desapareció tras la puerta. De nuevo, estaban solos en la buhardilla él y ella, Charles y Sophie, que atenta lo había escuchado todo desde los renglones donde vivía. Ambos se miraron fijamente y dejaron pasar los minutos. Puede que hasta las horas. Sin embargo, aquella noche no hubo más palabras de rabia contenida, tampoco de amor, ni siquiera de despedida. Charles releyó las dos últimas páginas que había escrito, las arrugó, y tras colocar una 5

6 hoja limpia en el carro de su vieja Olivetti M1, dedicó aquella última noche a mecanografiar el mejor final que jamás nadie hubiera vaticinado a una mujer como Sophie Dupin, detective privado. 6

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