Noticia de un Secuestro. Gabriel García Márquez

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1 Noticia de un Secuestro Gabriel García Márquez

2 GRATITUDES Maruja Pachón y su esposo, Alberto Villamizar, me propusieron en octubre de 1993 que escribiera un libro con las experiencias de ella durante su secuestro de seis meses, y las arduas diligencias en que él se empeñó hasta que logró liberarla. Tenía el primer borrador ya avanzado cuando caímos en la cuenta de que era imposible desvincular aquel secuestro de los otros nueve que ocurrieron al mismo tiempo en el país. En realidad, no eran diez secuestros distintos -como nos pareció a primera vista- sino un solo secuestro colectivo de diez personas muy bien escogidas, y ejecutado por una misma empresa con una misma y única finalidad. Esta comprobación tardía nos obligó a empezar otra vez con una estructura y un aliento diferentes para que todos los protagonistas tuvieran su identidad bien definida y su ámbito propio. Fue una solución técnica para una narración laberíntica que en el primer formato hubiera sido fragorosa e interminable. De este modo, sin embargo, el trabajo previsto para un año se prolongó por casi tres, siempre con la colaboración cuidadosa y oportuna de Maruja y Alberto, cuyos relatos personales son el eje central y el hilo conductor de este libro. Entrevisté a cuantos protagonistas me fue posible, y en todos encontré la misma disposición generosa de perturbar la paz de su memoria y reabrir para mí las heridas que quizás querían olvidar. Su dolor, su paciencia y su rabia me dieron el coraje para persistir en esta tarea otoñal, la más difícil y triste de mi vida. Mi única frustración es saber que ninguno de ellos encontrará en el papel nada más que un reflejo mustio del horror que padecieron en la vida real. Sobre todo las familias de las dos rehenes muertas -Marina Montoya y Diana Turbay-, y en especial la madre de ésta, doña Nydia Quintero de Balcázar, cuyas entrevistas fueron para mí una experiencia humana desgarradora e inolvidable. Esta sensación de insuficiencia la comparto con dos personas que sufrieron conmigo la carpintería confidencial del libro: la periodista Luzángela Arteaga, que rastreó y capturó numerosos datos imposibles con una tenacidad y una discreción absoluta de cazadora furtiva, y Margarita Márquez Caballero, mi prima hermana y secretaria privada, que manejó la trascripción, el orden, la verificación y el secreto del intrincado material de base en el que varias veces nos sentimos a punto de naufragar. Para todos los protagonistas y colaboradores va mi gratitud eterna por haber hecho posible que no quedara en el olvido este drama bestial, que por desgracia es sólo un episodio del holocausto bíblico en que Colombia se consume desde hace más de veinte años. A todos ellos lo dedico, y con ellos a todos los colombianos -inocentes y culpables- con la esperanza de que nunca más nos suceda este libro. G.G.M. Cartagena de Indias, mayo de 1996

3 1 Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le pareció el puesto más cómodo. Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina: -A la casa, por favor. Regresaban como todos los días, a veces por una ruta, a veces por otra, tanto por razones de seguridad como por los nudos del tránsito. El Renault 21 era nuevo y confortable, y el chofer lo conducía con un rigor cauteloso. La mejor alternativa de aquella noche fue la avenida Circunvalar hacia el norte. Encontraron los tres semáforos en verde y el tráfico del anochecer estaba menos embrollado que de costumbre. Aun en los días peores hacían media hora desde las oficinas hasta la casa de Maruja, en la transversal Tercera N 84A-42 y el chofer llevaba después a Beatriz a la suya, distante unas siete cuadras. Maruja pertenecía a una familia de intelectuales notables con varias generaciones de periodistas. Ella misma lo era, y varias veces premiada. Desde hacía dos meses era directora de Focine, la compañía estatal de fomento cinematográfico. Beatriz, cuñada suya y su asistente personal, era una fisioterapeuta de larga experiencia que había hecho una pausa para cambiar de tema por un tiempo. Su responsabilidad mayor en Focine era ocuparse de todo lo que tenía que ver con la prensa. Ninguna de las dos tenía nada que temer, pero Maruja había adquirido la costumbre casi inconsciente de mirar hacia atrás por encima del hombro, desde el agosto anterior, cuando el narcotráfico empezó a secuestrar periodistas en una racha imprevisible. Fue un temor certero. Aunque el Parque Nacional le había parecido desierto cuando miró por encima del hombro antes de entrar en el automóvil, ocho hombres la acechaban. Uno estaba al volante de un Mercedes 190 azul oscuro, con placas falsas de Bogotá, estacionado en la acera de enfrente. Otro estaba al volante de un taxi amarillo, robado. Cuatro, con pantalones vaqueros, zapatos de tenis y chamarras de cuero, se paseaban por las sombras del parque. El séptimo era alto y apuesto, con un vestido primaveral y un maletín de negocios que completaba su aspecto de ejecutivo joven. Desde un cafetín de la esquina, a media cuadra de allí, el responsable de la operación vigiló aquel primer episodio real, cuyos ensayos, meticulosos e intensos, habían empezado veintiún días antes.

4 El taxi y el Mercedes siguieron al automóvil de Maruja, siempre a la distancia mínima, tal como lo habían hecho desde el lunes anterior para establecer las rutas usuales. Al cabo de unos veinte minutos todos giraron a la derecha en la calle 82, a menos de doscientos metros del edificio de ladrillos sin cubrir donde vivía Maruja con su esposo y uno de sus hijos. Había empezado apenas a subir la cuesta empinada de la calle, cuando el taxi amarillo lo rebasó, lo cerró contra la acera izquierda, y el chofer tuvo que frenar en seco para no chocar. Casi al mismo tiempo, el Mercedes estacionó detrás y lo dejó sin posibilidades de reversa. Tres hombres bajaron del taxi y se dirigieron con paso resuelto al automóvil de Maruja. El alto y bien vestido llevaba un arma extraña que a Maruja le pareció una escopeta de culata recortada con un cañón tan largo y grueso como un catalejo. En realidad, era una Miniuzis de 9 milímetros con un silenciador capaz de disparar tiro por tiro o ráfagas de treinta balas en dos segundos. Los otros dos asaltantes estaban también armados con metralletas y pistolas. Lo que Maruja y Beatriz no pudieron ver fue que del Mercedes estacionado detrás descendieron otros tres hombres. Actuaron con tanto acuerdo y rapidez, que Maruja y Beatriz no alcanzaron a recordar sino retazos dispersos de los dos minutos escasos que duró el asalto. Cinco hombres rodearon el automóvil y se ocuparon de los tres al mismo tiempo con un rigor profesional. El sexto permaneció, vigilando la calle con la metralleta en ristre. Maruja reconoció su presagio. -Arranque, Ángel -le gritó al chofer-. Súbase por los andenes, como sea, pero arranque. Ángel estaba petrificado, aunque de todos modos con el taxi delante y el Mercedes detrás carecía de espacio para salir. Temiendo que los hombres empezarían a disparar, Maruja se abrazó a su cartera como a un salvavidas, se escondió tras el asiento del chofer, y le gritó a Beatriz: -Bótese al suelo. -Ni de vainas -murmuró Beatriz-. En el suelo nos matan. Estaba trémula pero firme. Convencida de que no era más que un atraco, se quitó con dificultad los dos anillos de la mano derecha y los tiró por la ventanilla, pensando: «Que se frieguen». Pero no tuvo tiempo de quitarse los dos de la mano izquierda. Maruja, hecha un ovillo detrás del asiento, no se acordó siquiera de que llevaba puesto un anillo de diamantes y esmeraldas que hacía juego con los aretes. Dos hombres abrieron la puerta de Maruja y otros dos la de Beatriz. El quinto disparó a la cabeza del chofer a través del cristal con un balazo que sonó apenas como un suspiro por el silenciador. Después abrió la puerta, lo sacó de un tirón, y le disparó en el suelo tres tiros más. Fue un destino cambiado: Ángel María Roa era chofer de Maruja desde hacía sólo tres días, y estaba estrenando su nueva dignidad con el vestido oscuro, la camisa almidonada y la corbata negra de los choferes ministeriales. Su antecesor, retirado por voluntad propia la semana anterior, había sido el chofer titular de Focine durante diez años. Maruja no se enteró del atentado contra el chofer hasta mucho más tarde. Sólo percibió desde su escondite el ruido instantáneo de los cristales rotos, y enseguida un grito perentorio casi encima de ella: «Por usted venimos señora. Salga!». Una zarpa de hierro la agarró por el brazo y la sacó a rastras del automóvil. Ella resistió hasta donde pudo, se cayó, se hizo un raspón en una pierna, pero los dos hombres la alzaron en vilo y la llevaron

5 hasta el automóvil estacionado detrás del suyo. Ninguno se dio cuenta de que Maruja estaba aferrada a su cartera. Beatriz, que tiene las uñas largas y duras y un buen entrenamiento militar, se le enfrentó al muchacho que trató de sacarla del automóvil. «A mí no me toque!», le gritó. Él se crispó, y Beatriz se dio cuenta de que estaba tan nervioso como ella, y podía ser capaz de todo. Cambió de tono. -Yo me bajo sola -le dijo-. Dígame qué hago. El muchacho le indicó el taxi. -Móntese en ese carro y tírese en el suelo -le dijo-. Rápido! Las puertas estaban abiertas, el motor en marcha y el chofer inmóvil en su lugar. Beatriz se tendió como pudo en la parte posterior. El secuestrador la cubrió con su chamarra y se acomodó en el asiento con los pies apoyados encima de ella. Otros dos hombres subieron: uno junto al chofer y otro detrás. El chofer esperó hasta el golpe simultáneo de las dos puertas, y arrancó a saltos hacia el norte por la avenida Circunvalar. Sólo entonces cayó Beatriz en la cuenta de que había olvidado la cartera en el asiento de su automóvil, pero era demasiado tarde. Más que el miedo y la incomodidad, lo que no podía soportar era el tufo amoniacal de la chamarra. El Mercedes en que subieron a Maruja había arrancado un minuto antes, y por una vía distinta. La habían sentado en el centro del asiento posterior con un hombre a cada lado. El de la izquierda la forzó a apoyar la cabeza sobre las rodillas en una posición tan incómoda que casi no podía respirar. Al lado del chofer había un hombre que se comunicaba con el otro automóvil a través de un radioteléfono primitivo. El desconcierto de Maruja era mayor porque no sabía en qué automóvil la llevaban -pues nunca supo que se había estacionado detrás del suyo- pero sentía que era nuevo y cómodo, y tal vez blindado, porque los ruidos de la avenida llegaban en sordina como un murmullo de lluvia. No podía respirar, el corazón se le salía por la boca y empezaba a sentir que se ahogaba. El hombre junto al chofer, que actuaba como jefe, se dio cuenta de su ansiedad y trató de calmarla. -Esté tranquila -le dijo, por encima del hombro-. A usted la estamos llevando para que entregue un comunicado. En unas horas vuelve a su casa. Pero si se mueve le va mal, así que estese tranquila. También el que la llevaba en las rodillas trataba de calmarla. Maruja aspiró fuerte y espiró por la boca, muy despacio, y empezó a recuperarse. La situación cambió a las pocas cuadras, porque el automóvil encontró un nudo del tránsito en una pendiente forzada. El hombre del radioteléfono empezó a gritar órdenes imposibles que el chofer del otro carro no lograba cumplir. Había varias ambulancias atascadas en alguna parte de la autopista, y el alboroto de sus sirenas y los pitazos ensordecedores eran para enloquecer a quien no tuviera los nervios en su lugar. Y los secuestradores, al menos en aquel momento, no los tenían. El chofer estaba tan nervioso tratando de abrirse paso que tropezó con un taxi. No fue más que un golpe, pero el taxista gritó algo que aumentó el nerviosismo de todos. El hombre del radioteléfono dio la orden de avanzar como fuera, y el automóvil escapó por sobre andenes y terrenos baldíos. Ya libre del atasco siguió subiendo. Maruja tuvo la impresión de que iban hacia La Calera, una cuesta del cerro muy concurrida a esa hora. Maruja recordó de pronto que tenía en el bolsillo de la chaqueta unas semillas de cardamomo, que son un tranquilizante natural, y les

6 pidió a sus secuestradores que le permitieran masticarlas. El hombre de su derecha la ayudó a buscarlas en el bolsillo, y se dio cuenta de que Maruja llevaba la cartera abrazada. Se la quitaron, pero le dieron el cardamomo. Maruja trató de ver bien a los secuestradores, pero la luz era muy escasa. Se atrevió a preguntarles: «Quiénes son ustedes?». El del radioteléfono le contestó con la voz reposada: -Somos del M-19. Una tontería, porque el M-19 estaba ya en la legalidad y haciendo campaña para formar parte de la Asamblea Constituyente. -En serio -dijo Maruja-. Son del narcotráfico o de la guerrilla? -De la guerrilla -dijo el hombre de adelante-. Pero esté tranquila, sólo la queremos para que lleve un mensaje. En serio. Se interrumpió para dar la orden de que tiraran a Maruja en el suelo, porque iban a pasar por un retén de la policía. «Ahora no se mueva ni diga nada, o la matamos», dijo. Ella sintió el cañón de un revólver en el costado y el que iba a su lado terminó la frase. -La estamos apuntando. Fueron unos diez minutos eternos. Maruja concentró sus fuerzas, masticando las pepitas de cardamomo que la reanimaban cada vez más, pero la mala posición no le permitía ver ni oír lo que hablaron con el retén, si es que algo hablaron. La impresión de Maruja fue que pasaron sin preguntas. La sospecha inicial de que iban hacia La Calera se volvió una certidumbre, y eso le causó un cierto alivio. No trató de incorporarse, porque se sentía más cómoda que con la cabeza apoyada en las rodillas del hombre. El carro recorrió un camino de arcilla, y unos cinco minutos después se detuvo. El hombre del radioteléfono dijo: -Ya llegamos. No se veía ninguna luz. A Maruja le cubrieron la ca~ beza con una chaqueta y la hicieron salir agachada, de modo que lo único que veía eran sus propios pies avanzando, primero a través de un patio, y luego tal vez por una cocina con baldosines. Cuando la descubrieron se dio cuenta de que estaban en un cuartito como de dos metros por tres, con un colchón en el suelo y un bombillo rojo en el cielo raso. Un instante después entraron dos hombres enmascarados con una especie de pasamontañas que era en realidad una pierna de sudadera para correr, con los tres agujeros de los ojos y la boca. A partir de entonces, durante todo el tiempo del cautiverio, no volvió a ver una cara de nadie. Se dio cuenta de que los dos que se ocupaban de ella no eran los mismos que la habían secuestrado. Sus ropas estaban usadas y sucias, eran más bajos que Maruja, que mide un metro con sesenta y siete, y con cuerpos y voces jóvenes. Uno de ellos le ordenó a Maruja entregarle las joyas que llevaba puestas. «Es por razones de seguridad -le dijo-. Aquí no les va a pasar nada.» Maruja le entregó el anillo de esmeraldas y diamantes minúsculos, pero no los aretes. Beatriz, en el otro automóvil, no pudo sacar ninguna conclusión de la ruta. Siempre estuvo tendida en el suelo y no recordaba haber subido una cuesta tan empinada como la de La

7 Calera, ni pasaron por ningún retén, aunque era posible que el taxi tuviera algún privilegio para no ser demorado. El ambiente en la ruta fue de un gran nerviosismo por el embrollo del tránsito. El chofer gritaba a través del radioteléfono que no podía pasar por encima de los carros, preguntaba qué hacía, y eso ponía más nerviosos a los del automóvil delantero, que le daban indicaciones distintas y contradictorias. Beatriz había quedado muy incómoda, con la pierna doblada y aturdida por el tufo de la chaqueta. Trataba de acomodarse. Su guardián pensaba que estaba rebelándose y procuró calmarla: «Tranquila, mi amor, no te va a pasar nada -le decía-. Sólo vas a llevar una razón». Cuando por fin entendió que ella tenía la pierna mal puesta, la ayudó a estirarla y fue menos brusco. Más que nada, Beatriz no podía soportar que él le dijera «mi arnor», y esa licencia la ofendía casi más que el tufo de la chaqueta. Pero cuanto más trataba él de tranquilizarla más se convencía ella de que iban a matarla. Calculó que el viaje no duró más de cuarenta minutos, así que cuando llegaron a la casa debían ser las ocho menos cuarto. La llegada fue idéntica a la de Maruja. Le taparon la cabeza con la chamarra pestilente y la llevaron de la mano con la advertencia de que sólo mirara hacia abajo. Vio lo mismo que Maruja: el patio, el piso de baldosa, dos escalones finales. Le indicaron que se moviera a la izquierda, y le quitaron la chaqueta. Allí estaba Maruja sentada en un taburete, pálida bajo la luz roja del bombillo único. - Beatriz! -dijo Maruja-. Usted aquí! Ignoraba qué había pasado con ella, pero pensó que la habían liberado por no tener nada que ver con nada. Sin embargo, al verla ahí, sintió al mismo tiempo una gran alegría de no estar sola, y una inmensa tristeza porque también a ella la hubieran secuestrado. Se abrazaron como si no se hubieran visto desde hacía mucho tiempo. Era inconcebible que las dos pudieran sobrevivir en aquel cuarto de mala muerte, durmiendo sobre un solo colchón tirado en el suelo, y con dos vigilantes enmascarados que no las perderían de vista ni un instante. Un nuevo enmascarado, elegante, fornido, con no menos de un metro ochenta de estatura, al que los otros llamaban el Doctor, tomó entonces el mando con aires de gran jefe. A Beatriz le quitaron los anillos de la mano izquierda y no se dieron cuenta de que llevaba una cadena de oro con una medalla de la Virgen. -Esto es una operación militar, y a ustedes no les va a pasar nada -dijo, y repitió-: Sólo las hemos traído para llevar un comunicado al gobierno. - Quién nos tiene? -le preguntó Maruja. Él se encogió de hombros. «Eso no interesa ahora», dijo. Levantó la ametralladora para que la vieran bien, y prosiguió: «Pero quiero decirles una cosa. Ésta es una ametralladora con silenciador, nadie sabe dónde están ustedes ni con quién. Donde griten o hagan algo las desaparecemos en un minuto y nadie vuelve a saber de ustedes». Ambas retuvieron el aliento a la espera de lo peor. Pero al final de las amenazas, el jefe se dirigió a Beatriz. -Ahora las vamos a separar, pero a usted la vamos a dejar libre -le dijo-. La trajimos por equivocación. Beatriz reaccionó de inmediato. -Ah, no -dijo sin la menor duda-. Yo me quedo acompañando a Maruja.

8 Fue una decisión tan valiente y generosa, que el mismo secuestrador exclamó asombrado sin una pizca de ironía: «Qué amiga tan leal tiene usted, doña Maruja». Ésta, agradecida en medio de su consternación, le confirmó que así era, y se lo agradeció a Beatriz. El Doctor les preguntó entonces si querían comer algo. Ambas dijeron que no. Pidieron agua, pues tenían la boca reseca. Les llevaron refrescos. Maruja, que siempre tiene un cigarrillo encendido y el paquete y el encendedor al alcance de la mano, no había fumado en el trayecto. Pidió que le devolvieran la cartera donde llevaba los cigarrillos, y el hombre le dio uno de los suyos. Ambas pidieron ir al baño. Beatriz fue primero, tapada con un trapo roto y sucio. «Mire para el suelo», le ordenó alguien. La llevaron de la mano por un corredor estrecho hasta un retrete ínfimo, en muy mal estado y con una ventanita triste hacia la noche. La puerta no tenía aldaba por dentro, pero cerraba bien, de modo que Beatriz se encaramó en el inodoro y miró por la ventana. Lo único que pudo ver a la luz de un poste fue una casi~ ta de adobe con tejados rojos y un prado al frente, como se ven tantas en los senderos de la sabana. Cuando regresó al cuarto se encontró con que la situación había cambiado por completo. «Nos acabamos de enterar quién es usted y también nos sirve -le dijo el Doctor-. Se queda con nosotros.» Lo habían sabido por la radio, que acababa de dar la noticia del secuestro. El periodista Eduardo Carrillo, que atendía la información de orden público en Radio Cadena Nacional (RCN), estaba consultando algo con una fuente militar, cuando ésta recibió por radioteléfono la noticia del secuestro. En aquel mismo instante la estaban transmitiendo ya sin detalles. Fue así como los secuestradores conocieron la identidad de Beatriz. La radio dijo además que el chofer del taxi chocado anotó dos números de la placa y los datos generales del automóvil que lo había abollado. La policía estableció la ruta de escape. De modo que aquella casa se había vuelto peligrosa para todos y tenían que irse enseguida. Peor aún: las secuestradas irían en un coche distinto, y encerradas en el baúl. Los alegatos de ambas fueron inútiles, porque los secuestradores parecían tan asustados como ellas y no lo ocultaban. Maruja pidió un poco de alcohol medicinal, aturdida por la idea de que se iban a asfixiar en el baúl. -Aquí no tenemos alcohol -dijo el Doctor, áspero-. Se van en la maleta y no hay nada que hacer. Apúrense. Las obligaron a quitarse los zapatos y a llevarlos en la mano, mientras las conducían a través de la casa has~ ta el garaje. Allí las descubrieron, y las acomodaron en el baúl del carro en posición fetal, sin forzarlas. El espacio era suficiente y bien ventilado porque habían quitado los cauchos selladores. Antes de cerrar, el Doctor les soltó una ráfaga de terror. -Llevamos aquí diez kilos de dinamita -les dijo-. Al primer grito, o tos o lanto, o lo que sea, nos bajamos del carro y lo hacemos explotar. Para alivio y sorpresa de ambas, por las costuras del baúl se colaba una corriente fría y pura como de aire acondicionado. La sensación de ahogo desapareció, y sólo quedó la incertidumbre. Maruja asumió una actitud ensimismada que hubiera podido confundirse con un completo abandono, pero que en realidad era su fórmula mágica para sobrellevar la ansiedad. Beatriz, en cambio, intrigada por una curiosidad insaciable, se asomó por la ranura luminosa del baúl mal ajustado. A través del cristal posterior vio los pasajeros del carro: dos hombres en el asiento trasero, y una mujer de pelo largo junto al chofer, con un

9 bebé como de dos años. A su derecha vio el gran anuncio de luz amarilla de un centro comercial conocido. No había duda: era la autopista hacia el norte, iluminada por un largo trecho, y luego la oscuridad total en un camino destapado, donde el carro redujo la marcha. Al cabo de unos quince minutos se detuvo. Debía ser otro retén. Se oían voces confusas, ruidos de otros carros, músicas; pero estaba tan oscuro que Beatriz no alcanzaba a distinguir nada. Maruja se despabiló, puso atención, esperanzada de que fuera una caseta de control donde los obligaran a mostrar qué llevaban en el baúl. El carro arrancó al cabo de unos cinco minutos y subió por una cuesta empinada, pero esta vez no pudieron establecer la ruta. Unos diez minutos después se detuvo, y abrieron el baúl. Otra vez les taparon las cabezas y las ayudaron a salir en tinieblas. Hicieron juntas un recorrido semejante al que habían hecho en la otra casa, mirando al suelo y guiadas por los secuestradores a través de un corredor, una salita donde otras personas hablaban en susurros, y por fin un cuarto. Antes de hacerlas entrar, el Doctor las preparó. -Ahora van a encontrarse con una persona amiga -les dijo. La luz dentro del cuarto era tan escasa que necesitaron un momento para acostumbrar la vista. Era un espacio de no más de dos metros por tres, con una sola ventana clausurada. Sentados en un colchón individual puesto en el suelo, dos encapuchados como los que habían dejado en la casa anterior miraban absortos la televisión. Todo era lúgubre y opresivo. En el rincón a la izquierda de la puerta, sentada en una cama estrecha con un barandal de hierro, había una mujer fantasmal con el cabello blanco y mustio, los ojos atónitos y la piel pegada a los huesos. No dio señales de haber sentido que entraron; no miró, no respiró. Nada: un cadáver no habría parecido tan muerto. Maruja se sobrepuso al impacto. - Marina! -murmuró. Era Marina Montoya, secuestrada desde hacía casi dos meses, y a quien se daba por muerta. Don Germán Montoya, su hermano, había sido el secretario general de la presidencia de la república con un gran poder en el gobierno de Virgilio Barco. A un hijo suyo, Álvaro Diego, gerente de una importante compañía de seguros, lo habían secuestrado los narcotraficantes para presionar una negociación con el gobierno. La versión más corriente - nunca confirmada- fue que lo liberaron al poco tiempo por un compromiso secreto que el gobierno no cumplió. El secuestro de la tía Marina nueve meses después, sólo podía interpretarse como una infame represalia, pues en aquel momento carecía ya de valor de cambio. El gobierno de Barco había terminado, y Germán Montoya era embajador de Colombia en el Canadá. De modo que estaba en la conciencia de todos que a Marina la habían secuestrado sólo para matarla. Después del escándalo inicial del secuestro, que movilizó a la opinión pública nacional e internacional, el nombre de Marina había desaparecido de los periódicos. Maruja y Beatriz la conocían bien pero no les fue fácil reconocerla. El hecho de que las hubieran llevado al mismo cuarto significó para ellas desde el primer momento que estaban en la celda de los condenados a muerte. Marina no se inmutó. Maruja le apretó la mano, y la estremeció un escalofrío. La mano de Marina no era ni fría ni caliente, ni transmitía nada.

10 El tema musical del noticiero de televisión las sacó del estupor. Eran las nueve y media de la noche del 7 de noviembre de Media hora antes, el periodista Hernán Estupiñán del Noticiero Nacional se había enterado del secuestro por un amigo de Focine, y acudió al lugar. Aún no había regresado a su oficina con los detalles completos, cuando el director y presentador Javier Ayala abrió la emisión con la primicia urgente antes de los titulares: La directora general de Focine, doña Maruja Pachón de Víllamizar, esposa del conocido político Alberto Villamizar, y la hermana de éste, Beatriz Villamizar de Guerrero, fueron secuestradas a las siete y media de esta noche. El propósito parecía claro: Maruja era hermana de Gloria Pachón, la viuda de Luis Carlos Galán, el joven periodista que había fundado el Nuevo Liberalismo en 1979 para renovar y modernizar las deterioradas costumbres políticas del partido liberal, y era la fuerza más seria y enérgica contra el narcotráfico y a favor de la extradición de nacionales.

11 2 El primer miembro de la familia que se enteró del secuestro fue el doctor Pedro Guerrero, el marido de Beatriz. Estaba en una Unidad de Sicoterapia y Sexualidad Humana -a unas diez cuadras- dictando una conferencia sobre la evolución de las especies animales desde las funciones primarias de los unicelulares hasta las emociones y afectos de los humanos. Lo interrumpió una llamada telefónica de un oficial de la policía que le preguntó con un estilo profesional si conocía a Beatriz Villamizar. «Claro -contestó el doctor Guerrero-. Es mi mujer.» El oficial hizo un breve silencio, y dijo en un tono más humano: «Bueno, no se afane». El doctor Guerrero no necesitaba ser un siquiatra laureado para comprender que aquella frase era el preámbulo de algo muy grave. -Jero qué fue lo que pasó? -preguntó. -Asesinaron a un chofer en la esquina de la carrera Quinta con calle 85 -dijo el oficial-. Es un Renault 21, gris claro, con placas de Bogotá PS Reconoce el número? -No tengo la menor idea -dijo el doctor Guerrero, impaciente-. Pero dígarne qué le pasó a Beatriz. -Lo único que podemos decirle por ahora es que está desaparecida -dijo el oficial-. Encontramos su cartera en el asiento del carro, y una libreta donde dice que lo llamaran a usted en caso de urgencia. No había duda. El mismo doctor Guerrero le había aconsejado a su esposa que llevara esa nota en su libreta de apuntes. Aunque ignoraba el número de las placas, la descripción correspondía al automóvil de Maru~ ja. La esquina del crimen era a pocos pasos de la casa de ella, donde Beatriz tenía que hacer una escala antes de llegar a la suya. El doctor Guerrero suspendió la conferencia con una explicación apresurada. Su amigo, el urólogo Alonso Acuña, lo condujo en quince minu~ tos al lugar del asalto a través del tránsito embrollado de las siete. Alberto Villamizar, el marido de Maruja Pachón y hermano de Beatriz, a sólo doscientos metros del lugar del secuestro, se enteró por una llamada interna de su portero. Había vuelto a casa a las cuatro, después de pasar la tarde en el periódico El Tiempo trabajando en la campaña para la Asamblea Constituyente, cuyos miembros serían elegidos en diciembre, y se había dormido con la ropa puesta por el cansancio de la víspera. Poco antes de las siete llegó su hijo Andrés, acompañado por Gabriel, el hijo de Beatriz, que es su mejor amigo desde que eran niños. Andrés se asomó al dormitorio en busca de su madre y despertó a Alberto. Éste se sorprendió de la oscuridad, encendió la luz y comprobó adormilado que iban a ser las siete. Maruja no había llegado. Era un retardo extraño. Ella y Beatriz volvían siempre más temprano por muy difícil que estuviera el tránsito, o avisaban por teléfono de cualquier retraso imprevisto. Además, Maruja estaba de acuerdo con él para encontrarse en casa a las cinco. Preocupado, Alberto le pidió a Andrés que llamara por teléfono a Focine, y el celador le dijo que Maruja y Beatriz habían salido con un poco de retardo. Llegarían de un momento a otro. Villamizar

12 había ido a la cocina a tomar agua cuando sonó el teléfono. Contestó Andrés. Por el solo tono de la voz comprendió Alberto que era una llamada alarmante. Así era: algo había pasado en la esquina con un automóvil que parecía ser el de Maruja. El portero tenía versiones confusas. Alberto le pidió a Andrés que se quedara en casa por si alguien llamaba, y salió a toda prisa. Gabriel lo siguió. No tuvieron nervios para esperar el ascensor, que estaba ocupado, y bajaron volando por las escaleras. El portero alcanzó a gritarles: -Parece que hubo un muerto. La calle parecía en fiesta. El vecindario estaba asomado a las ventanas de los edificios residenciales, y había un escándalo de automóviles atascados en la Circunvalar. En la esquina, una radiopatrulla de la policía trataba de impedir que los curiosos se acercaran al carro abandonado. Villamizar se sorprendió de que el doctor Guerrero hubiera llegado antes que él. Era, en efecto, el automóvil de Maruja. Había transcurrido por lo menos media hora desde el secuestro, y sólo quedaban los rastros: el cristal del lado del chofer destruido por un balazo, la mancha de sangre y el granizo de vidrio en el asiento, y la sombra húmeda en el asfalto, de donde acababan de llevarse al chofer todavía con vida. El resto estaba limpio y en orden. El oficial de la policía, eficiente y formal, le dio a Villamizar los pormenores aportados por los escasos testigos. Eran fragmentarios e imprecisos, y algunos contradictorios, pero no dejaban duda de que había sido un secuestro, y que el único herido había sido el chofer. Alberto quiso saber si éste había alcanzado a hacer declaraciones que dieran alguna pista. No había sido posible: estaba en estado de coma, y nadie daba razón de adónde lo habían llevado. El doctor Guerrero, en cambio, como anestesiado por el impacto, no parecía medir la gravedad del drama. Al llegar había reconocido la cartera de Beatriz, su estuche de cosméticos, la agenda, un tarjetero de cuero con la cédula de identidad, su billetera con doce mil pesos y la tarjeta de crédito, y había llegado a la conclusión de que la única secuestrada era su esposa. -Fíjate que la cartera de Maruja no está aquí -le dijo a su cuñado- A lo mejor no venía en el carro. Tal vez fuera una delicadeza profesional para distraerlo mientras ambos recobraban el aliento. Pero Alberto estaba más allá. Lo que le interesaba entonces era comprobar que en el automóvil y en los alrededores no había más sangre que la del chofer, para estar seguro de que ninguna de las dos mujeres estaba herida. Lo demás le parecía claro, y era lo más parecido a un sentimiento de culpa por no haber previsto nunca que aquel secuestro podía suceder. Ahora tenía la convicción absoluta de que era un acto personal contra él, y sabía quién lo había hecho y por qué. Acababa de irse cuando interrumpieron los programas de radio con la noticia de que el chofer de Maruja había muerto en el carro particular que lo llevaba a la Clínica del Country. Poco después llegó el periodista Guillermo Franco, redactor judicial de Radio Caracol, alertado por la noticia escueta de un tiroteo, pero sólo encontró el carro abandonado. Recogió en el asiento del chofer unos fragmentos de vidrios y un papel de cigarrillo manchado de sangre, y los guardó en una cajita transparente, numerada y fechada.

13 La cajita pasó esa misma noche a formar parte de la rica colección de reliquias de la crónica judicial que Franco ha formado en los largos años de su oficio. El oficial de la policía acompañó a Villamizar de regreso a casa mientras le hacía un interrogatorio informal que pudiera servirle para la investigación, pero él le respondía sin pensar en nada más que en los largos y duros días que le esperaban. Lo primero fue poner a Andrés al corriente de su determinación. Le pidió que atendiera a la gente que empezaba a llegar a la casa, mientras él hacía las llamadas telefónicas urgentes y ponía en orden sus ideas. Se encerró en el dormitorio y llamó al palacio presidencial. Tenía muy buenas relaciones políticas y personales con el presidente César Gaviria, y éste lo conocía como un hombre impulsivo pero cordial, capaz de mantener la sangre fría en las circunstancias más graves. Por eso le impresionó el estado de conmoción y la sequedad con que le comunicó que su esposa y su hermana habían sido secuestradas, y concluyó sin formalismos: -Usted me responde por sus vidas. César Gaviria puede ser el hombre más áspero cuando cree que debe serlo, y entonces lo fue. -Óigame una cosa, Alberto -le dijo en seco-. Todo lo que haya que hacer se va a hacer. Enseguida, con la misma frialdad, le anunció que instruiría de inmediato a su consejero de Seguridad, Ra~ fael Pardo Rueda, para que se ocupara del asunto y lo mantuviera informado de la situación al instante. El curso de los hechos iba a demostrar que fue una decisión certera. Los periodistas llegaron en masa. Villamizar conocía antecedentes de secuestrados a quienes se les permitía escuchar radio y televisión, e improvisó un mensaje en el que exigió respeto para Maruja y Beatriz por ser dos mujeres dignas que no tenían nada que ver con la guerra, y anunció que desde aquel instante dedicaría todo su tiempo y sus energías a rescatarlas. Uno de los primeros que acudieron a la casa fue el general Miguel Maza Márquez, director del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), a quien correspondía de oficio la investigación del secuestro. El general ocupaba el cargo desde el gobierno de Belisario Betancur, siete años antes; había continuado con el presidente Virgilio Barco y acababa de ser confirmado por César Gaviria. Una supervivencia sin precedentes en un cargo en el que es casi imposible quedar bien, y menos en los tiempos más difíciles de la guerra contra el narcotráfico. Mediano y duro, como fundido en acero, con el cuello de toro de su raza guerrera, el general es un hombre de silencios largos y taciturnos, y capaz al mismo tiempo de desahogos íntimos en círculos de amigos: un guajiro puro. Pero en su oficio no tenía matices. Para él la guerra contra el narcotráfico era un asunto personal y a muerte con Pablo Escobar. Y estaba bien correspondido. Escobar se gastó dos mil seiscientos kilos de dinamita en dos atentados sucesivos contra él: la más alta distinción que Escobar le rindió jamás a un enemigo. Maza Márquez salió ileso de ambos, y se lo atribuyó a la protección del Divino Niño. El mismo santo, por cierto, al que Escobar atribuía el milagro de que Maza Márquez no hubiera logrado matarlo. El presidente Gaviria tenía como una política propia que los cuerpos armados no intentaran ningún rescate sin un acuerdo previo con la familia del secuestrado. Pero en la chismografia política se hablaba mucho de las discrepancias de procedimientos entre el presidente y el general Maza. Villamizar se curó en salud.

14 -Quieroadvertirle que soy opuesto a que se intente un rescate por la fuerza -le dijo al general Maza-. Quiero estar seguro de que no se hará, y de que cualquier determinación en ese sentido la consultan conmigo. Maza Márquez estuvo de acuerdo. Al término de una larga conversación informativa, impartió la orden de intervenir el teléfono de Villamizar, por si los secuestradores intentaban comunicarse con él durante la noche. En la primera conversación con Rafael Pardo, aquella misma noche, éste le informó a Villamizar que el presidente lo había designado mediador entre el gobierno y la familia, y era el único autorizado para hacer declaraciones oficiales sobre el caso. Para ambos estaba claro que el secuestro de Maruja era una carambola del narcotráfico para presionar al gobierno a través de la hermana, Gloria Pachón, y decidieron actuar en consecuencia sin más suposiciones. Colombia no había sido consciente de su importancia en el tráfico mundial de drogas mientras los narcos no irrumpieron en la alta política del país por la puerta de atrás, primero con su creciente poder de corrupción y soborno, y después con aspiraciones propias. Pablo Escobar había tratado de acomodarse en el movimiento de Luis Carlos Galán, en 1982, pero éste lo borró de sus listas y lo desenmascaró en Medellín ante una manifestación de cinco mil personas. Poco después llegó como suplente a la Cámara de Representantes por un ala marginal del liberalismo oficialista, pero no olvidó la afrenta, y desató una guerra a muerte contra el Estado, y en especial contra el Nuevo Liberalismo. Rodrigo Lara Bonilla, su representante como ministro de Justicia en el gobierno de Belisario Betancur, fue asesinado por un sicario motorizado en las calles de Bogotá. Su sucesor, Enrique Parejo, fue perseguido hasta Budapest por un asesino a sueldo que le disparó un tiro de pistola en la cara y no logró matarlo. El 18 de agosto de 1989, Luis Carlos Galán fue ametrallado en la plaza pública del municipio de Soacha a diez kilómetros del palacio presidencial y entre dieciocho guardaespaldas bien armados. El motivo principal de esa guerra era el terror de los narcotraficantes ante la posibilidad de ser extraditados a los Estados Unidos, donde podían juzgarlos por delitos cometidos allí, y someterlos a condenas descomunales. Entre ellas, una de peso pesado: a Carlos Lehder, un traficante colombiano extraditado en 1987 lo había condenado un tribunal de los Estados Unidos a cadena perpetua más ciento treinta años. Esto era posible por un tratado suscrito bajo el gobierno del presidente Julio César Turbay, en el cual se acordó por primera vez la extradición de nacionales. El presidente Belisario Betancur lo aplicó por primera vez cuando el asesinato de Lara Bonilla con una serie de extradiciones sumarias. Los narcos - aterrorizados por el largo brazo de los Estados Unidos en el mundo entero- se dieron cuenta de que no tenían otro lugar más seguro que Colom~ bia y terminaron por ser prófugos clandestinos dentro de su propio país. La gran ironía era que no les quedaba más alternativa que ponerse bajo la protección del Estado para salvar el pellejo. De modo que trataron de conseguirla -por la razón y por la fuerza- con un terrorismo indiscriminado e inclemente, y al mismo tiempo con la propuesta de entregarse a la justicia y repatriar e invertir sus capitales en Colombia con la sola condición de no ser extraditados. Fue un verdadero contrapoder en las sombras con una marca empresarial -los Extraditables- y una divisa típica de Escobar: «Preferimos una tumba en Colombia a una celda en los Estados Unidos». Betancur mantuvo la guerra. Su sucesor, Virgilio Barco, la recrudeció. Ésa era la situación en 1989 cuando César Gavirla surgió como candidato presidencial después del asesinato de

15 Luis Carlos Galán, de quien fue jefe de campaña. En la suya defendió la extradición como un instrumento indispensable para el fortalecimiento de la justicia, y anunció una estrategia novedosa contra el narcotráfico. Era una idea sencilla: quienes se entregaran a los jueces y confesaran algunos o todos sus delitos podían obtener como beneficio principal la no extradición. Sin embargo, tal como fue formulada en el decreto original, no era suficiente para los Extraditables. Escobar exigió a través de sus abogados que la no extradición fuera incondicional, que los requisitos de la confesión y la delación no fueran obligatorios, que la cárcel fuera invulnerable y se les dieran garantías de protección a sus familias y a sus secuaces. Para lograrlo -con el terrorismo en una mano y la negociación en la otraemprendió una escalada de secuestros de periodistas para torcerle el brazo al gobierno. En dos meses habían secuestrado a ocho. De modo que el secuestro de Maruja y Beatriz parecía explicarse como otra vuelta de tuerca de aquella escalada fatídica. Villamizar lo sintió así desde que vio el automóvil acribillado. Más tarde, en medio del gentío que invadió la casa, lo asaltó la convicción absoluta de que las vidas de su esposa y su hermana dependían de lo que él fuera capaz de hacer para salvarlas. Pues esta vez, como nunca antes, la guerra estaba planteada como un duelo personal que era imposible eludir. Villamizar, de hecho, era ya un sobreviviente. Como representante a la Cámara había logrado que se aprobara el Estatuto Nacional de Estupefacientes en 1985, cuando no existía legislación ordinaria contra el narcotráfico sino decretos dispersos de estado de sitio. Más tarde, Luis Carlos Galán lo instruyó para que impidiera la aprobación de un proyecto de ley que parlamentarios amigos de Escobar presentaron en la Cámara con el propósito de quitar el apoyo legislativo al tratado de extradición vigente. Fue su sentencia de muerte. El 22 de octubre de 1986 dos sicarios en sudadera que fingían hacer gimnasia frente a su casa le dispararon dos ráfagas de metralla cuando entraba en su automóvil. Escapó de milagro. Uno de los atacantes fue muerto por la policía, y sus cómplices detenidos, y pocos años después salieron libres. Nadie pagó el atentado, pero tampoco nadie puso en duda quién lo había ordenado. Convencido por el propio Galán de que se alejara de Colombia por un tiempo, Villamizar fue nombrado embajador en Indonesia. Un año después de estar allí, los servicios de seguridad de los Estados Unidos en Singapur capturaron a un sicario colombiano que iba rumbo a Yakarta. No quedó claro si había sido enviado para matar a Villamizar, pero se estableció que figuraba como muerto en los Estados Unidos por un certificado de defunción que resultó ser falso. La noche del secuestro de Maruja y Beatriz la casa de Villamizar estaba a reventar. Llegaba gente de la políti~ ca y del gobierno, y las familias de ambas secuestradas. Azeneth Velázquez, marchante de arte y gran amiga de los Villamizar, que vivía en el piso de arriba, había asu~ mido el cargo de anfitriona, y sólo faltaba la música para que fuera igual a cualquier noche de viernes. Es inevitable: en Colombia, toda reunión de más de seis, de cualquier clase y a cualquier hora, está condenada a convertirse en baile. A esa hora toda la familia dispersa por el mundo estaba ya informada. Alexandra, la hija de Maruja en su primer matrimonio, acababa de cenar en un restaurante de Maicao -en la remota península de la Guajiracuando Javier Ayala dio la noticia. Era la directora de Enfoque, un popular programa de los miércoles en televisión, y había llegado el día anterior a la Guajira para hacer una serie de entrevistas. Corrió al hotel para comunicarse con la familia, pero los teléfonos de la casa estaban ocupados. El miércoles anterior, por una coincidencia afortunada, había entrevistado a un siquiatra especialista en casos clínicos provocados por cárceles de alta seguridad. Desde que oyó la noticia en Maicao se dio

16 cuenta de que la misma terapia podía ser útil para los secuestrados y regresó a Bogotá para ponerla en práctica desde el programa siguiente. Gloria Pachón -la hermana de Maruja, que era entonces embajadora de Colombia ante la UNESCO- fue despertada a las dos de la mañana por una frase de Villamizar: «Le tengo una noticia perra». Juana, hija de Maruja, que estaba de vacaciones en París, lo supo un momento después en el dormitorio contiguo. Nicolás, músico y compositor de veintisiete años, fue despertado en Nueva York. A las dos de la madrugada el doctor Guerrero fue con su hijo Gabriel a conversar con el parlamentario Diego Montaña Cuéllar, presidente de la Unión Patriótica -un movimiento filial del Partido Comunista- y miembro del grupo de los Notables, constituido en diciembre de 1989 para mediar entre el gobierno y los secuestradores de Álvaro Diego Montoya. Lo encontraron no sólo desvelado sino deprimido. Había escuchado la noticia del secuestro en los noticieros de la noche, y le pareció un síntoma desmoralizador. Lo único que Guerrero quería pedirle era que le sirviera de mediador para que Pablo Escobar lo aceptara a él como secuestrado a cambio de Beatriz. Montaña Cuéllar le dio una respuesta típica de su modo de ser. -No seas pendejo, Pedro -le dijo-, en este país ya no hay nada que hacer. El doctor Guerrero volvió a su casa al amanecer, pero ni siquiera intentó dormir. La ansiedad lo mantenía en vilo. Poco antes de las siete lo llamó el director del noticiero Caracol en persona, Yamit Amat, y él contestó en su peor estado de ánimo con un desafío temerario a los secuestradores. Sin dormir un minuto, Villamizar se duchó y se vistió a las seis y media de la mañana, y fue a una cita con el ministro de justicia, Jaime Giraldo Angel, que lo puso al día sobre la guerra contra el terrorismo de los traficantes. Villamizar salió de esa entrevista convencido de que su lucha sería dificil y larga, pero agradeció las dos horas de actualización en el tema, pues se había desentendido por completo del narcotráfico desde hacía tiempo. No desayunó ni almorzó. Ya en la tarde, después de varias diligencias frustradas, también él visitó a Diego Montaña Cuéllar, quien lo sorprendió una vez más con su franqueza. «No te olvides que esto va para largo -le dijo-. Por lo menos para junio del año entrante, después de la Asamblea Constituyente, porque Maruja y Beatriz serán el escudo de Escobar para que no lo extraditen.» Muchos amigos estaban molestos con Montaña Cuéllar porque no disimulaba su pesimismo en la prensa, a pesar de ser miembro de los Notables. -De todos modos voy a renunciar a esta joda -le dijo a Villamizar con su lengua florida-. Estamos aquí de puro pendejos. Villamizar se sentía agotado y solitario cuando volvió a casa, al cabo de una jornada sin porvenir. Los dos tragos de whisky seco que se tomó de golpe lo dejaron postrado. Su hijo Andrés, que sería desde entonces su compañero único, logró que desayunara a las seis de la tarde. En ésas estaba cuando el presidente lo llamó por teléfono. -Ahora sí, Alberto -le dijo de su mejor talante-. Véngase para acá y conversamos. El presidente Gaviria lo recibió a las siete de la noche en la biblioteca de la casa privada del palacio presidencial, donde vivía desde hacía tres meses con Ana Milena Muñoz, su esposa, y sus dos hijos, Simón de once años y María Paz de ocho. Era un refugio pequeño pero

17 acogedor junto a un invernadero de flores intensas, con estantes de madera atiborrados de publicaciones oficiales y fotos de familia, y un equipo compacto de sonido con los discos favoritos: los Beatles, Jethro Tull, Juan Luis Guerra, Beethoven, Bach. Después de las agotadoras jornadas oficiales, era allí donde el presidente terminaba las audiencias informales o se relajaba con los amigos del atardecer con un vaso de whisky. Gaviria esperó a Villamizar con un saludo afectuoso y le habló en un tono solidario y comprensivo, pero con su franqueza un poco ríspida. Sin embargo, Villamizar estaba entonces más tranquilo una vez superado el impacto inicial, y ya con bastante información para saber que era muy poco lo que el presidente podía hacer por él. Ambos estaban seguros de que el secuestro de Maruja y Beatriz tenía móviles políticos, y no necesitaban ser adivinos para saber que el autor era Pablo Escobar. Pero lo esencial no era saberlo -dijo Gaviria- sino conseguir que Escobar lo reconociera, como primer paso importante para la seguridad de las secuestradas. Villamizar tenía claro desde el primer momento que el presidente no se saldría de la Constitución ni de la ley para ayudarlo, ni suspendería los operativos militares en busca de los secuestradores, pero tampoco intentaría operaciones de rescate sin la autorización de las familias. «Eso -dijo el presidente- es nuestra política.» No había más que decir. Cuando Villamizar salió del palacio presidencial habían transcurrido veinticuatro horas desde el secuestro y estaba ciego frente a su desti~ no, pero sabía que contaba con la solidaridad del gobier~ no para emprender gestiones privadas en favor de sus secuestradas, y tenía a Rafael Pardo a su disposición. Pero lo que le merecía mayor credibilidad era el realismo crudo de Diego Montaña Cuéllar. El primer secuestro de aquella racha sin precedentes -el 30 de agosto pasado y apenas tres semanas después de la toma de posesión del presidente César Gaviria había sido el de Diana Turbay, directora del noticiero de televisión Criptón y de la revista Hoy x Hoy, de Bogotá, e hija del ex presidente de la república y jefe máximo del partido liberal Julio César Turbay. Junto con ella fueron secuestrados cuatro miembros de su equipo: la editora del noticiero, Azucena Liévano; el redactor Juan Vitta, los camarógrafos Richard Becerra y Orlando Acevedo, y el periodista alemán radicado en Colombia, Hero Buss. Seis en total. El truco de que se valieron los secuestradores fue una supuesta entrevista con el cura Manuel Pérez, comandante supremo del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Ninguno de los pocos que conocieron la invitación había estado de acuerdo en que Diana la aceptara. Entre ellos, el ministro de la Defensa, general Óscar Bote ro, y Rafael Pardo, a quien el presidente de la república le había hecho ver los riesgos de la expedición para que se los transmitiera a la familia Turbay. Sin embargo, pensar que Diana desistiría de ese viaje era no conocerla. En realidad, la entrevista de prensa con el cura Manuel Pérez no debía interesarle tanto como la posibilidad de un diálogo de paz. Años antes había emprendido en absoluto secreto una expedición a lomo de mula para hablar con los grupos armados de autodefensa en sus propios territorios, en una tentativa solitaria de entender ese movimiento desde su punto de vista político y periodístico. La noticia no tuvo relevancia en su tiempo ni se hicieron públicos sus resultados. Más tarde, a pesar de su vieja guerra con el MR-1 9, se hizo amiga del comandante Carlos Pizarro, a quien visitó en su campamento para buscar soluciones de paz. Es claro que quien planeó el engaño de su secuestro tenía que conocer esos antecedentes. De modo que en aquel momento, por

18 cualquier motivo, ante cualquier obstáculo, nada de este mundo hubiera podido impedir que Diana fuera a hablar con el cura Pérez, que tenía otra de las llaves de la paz. Por diversos inconvenientes de última hora la cita se había aplazado un año antes, pero el 30 de agosto a las cinco de la tarde, y sin avisarlo a nadie, Diana y su equipo emprendieron la ruta en una camioneta destartalada, con dos hombres jóvenes y una muchacha que se hicieron pasar por enviados de la dirección del ELN. El viaje mismo desde Bogotá fue una parodia fiel de cómo habría sido si en realidad lo hubieran hecho las guerrillas. Los acompañantes debían ser miembros de un movimiento armado, o lo habían sido, o habían aprendido muy bien la lección, porque no cometieron una falla que delatara un engaño ni en las conversaciones ni en el comportamiento. El primer día habían llegado hasta Honda, a ciento cuarenta y seis kilómetros al occidente de Bogotá. Allí los esperaron otros hombres con dos vehículos más confortables. Después de cenar en una fonda de arrieros prosiguieron por un camino invisible y peligroso bajo un fuerte aguacero, y amanecieron a la espera de que despejaran la vía por un derrumbe grande. Por fin, cansados y mal dormidos, llegaron a las once de la mañana a un lugar donde los esperaba una patrulla con cinco ca~ ballos. Diana y Azucena prosiguieron a la jineta durante cuatro horas, y sus compañeros a pie, primero por una montaña densa, y más tarde por un valle idílico con casas de paz entre los cafetales. La gente se asomaba a verlos pasar, algunos reconocían a Diana y la saludaban desde las terrazas. Juan Vitta calculó que no menos de quinientas personas los habían visto a lo largo de la ruta. En la tarde desmontaron en una finca desierta donde un joven de aspecto estudiantil se identificó como del ELN, pero no les dio ningún dato de su destino. Todos se mostraron confundidos. A no más de medio kilórnetro se veía un tramo de autopista, y al fondo una ciudad que sin duda era Medellín. Es decir: un territorio que no era del ELN. A no ser -había pensado Hero Buss- que fuera una jugada maestra del cura Pérez para reunirse con ellos en una zona en donde nadie sospechara que pudiera estar. En unas dos horas más, en efecto, llegaron a Copacabana, un municipio devorado por el ímpetu demográfico de Medellín. Desmontaron en una casita de paredes blancas y tejas musgosas, casi incrustada en una pendiente pronunciada y agreste. Adentro había una sala, y a cada lado un pequeño cuarto. En uno había tres camas dobles donde se acomodaron los guías. En el otro -con una cama doble y una de dos pisos- alojaron a los hombres del equipo. A Diana y Azucena les destinaron el mejor cuarto del fondo donde había indicios de haber sido usado por mujeres. La luz estaba encendida a pleno día, porque todas las ventanas estaban tapadas con madera. Al cabo de unas tres horas de espera llegó otro enmascarado que les dio la bienvenida en nombre de la comandancia, y les anunció que ya el cura Pérez los estaba esperando, pero por cuestiones de seguridad debían trasladar primero a las mujeres. Esa fue la primera vez que Diana dio muestras de inquietud. Hero Buss le aconsejó a solas que por ningún motivo aceptara la división del grupo. En vista de que no pudo impedirlo, Diana le dio a escondidas su cédula de identidad, sin tiempo para explicarle por qué, pero él lo entendió como una prueba para el caso de que la hicieran desaparecer. Antes del amanecer se llevaron a las mujeres y a Juan Vitta. Hero Buss, Richard Becerra y Orlando Acevedo quedaron en el cuarto de la cama doble y las literas de dos pisos, con cinco guardianes. La sospecha de que habían caído en una trampa aumentaba por horas. En la noche, mientras jugaban a las barajas, a Hero Buss le llamó la atención que uno de los guardianes tenía un reloj de lujo. «De modo que el ELN está ya a nivel de Rolex», se burló. Pero su adversario no se dio por aludido. Otra cosa que confundió a Hero Buss fue que el

19 armamento que llevaban no era para guerrillas sino para operaciones urbanas. Orlando, que hablaba poco y se consideraba a sí mismo como el pobre del paseo, no necesitó tantas pistas para vislumbrar la verdad, por la sensación insoportable de que algo grave estaba sucediendo. El primer cambio de casa fue a la media noche del 10 de septiembre, cuando los guardianes irrumpieron gritando: «Llegó la ley». Al cabo de dos horas de marcha forzada por entre la floresta, bajo una tempestad terrible, llegaron a la casa donde estaban Diana, Azucena y Juan Vitta. Era amplia y bien arreglada, con un televisor de pantalla grande, y sin nada que pudiera despertar sospechas. Lo que ninguno de ellos se imaginó nunca fue lo cerca que estuvieron todos de ser rescatados esa noche por pura casualidad. Fue una escala de pocas horas que aprovecharon para intercambiar ideas, experiencias y planes para el futuro. Diana se desahogó con Hero Buss. Le habló de su depresión por haberlos llevado a la trampa sin salida en que se en contraban, le confesó que estaba tratando de apaciguar en su memoria los recuerdos de familia -su esposo, sus hijos, sus padres-, que no le daban un instante de tregua. Pero el resultado era siempre el contrario. En la noche siguiente, mientras la llevaban a pie a una tercera casa, con Azucena y Juan Vitta, por un camino imposible y bajo una lluvia tenaz, Diana se dio cuenta de que no era verdad nada de cuanto les decían. Pero esa misma noche un guardián desconocido hasta entonces la sacó de dudas. -Ustedes no están con el ELN sino en manos de los Extraditables -les dijo-. Pero estén tranquilos, porque van a ser testigos de algo histórico. La desaparición del equipo de Diana Turbay seguía siendo un misterio, diecinueve días después, cuando secuestraron a Marina Montoya. Se la habían llevado a rastras tres hombres bien vestidos, armados de pistolas de 9 milímetros y metralletas Miniuzis con silenciador, cuando acababa de cerrar su restaurante Donde las Tías, en el sector norte de Bogotá. Su hermana Lucrecia, que la ayudaba a atender la clientela, tuvo la buena fortuna de un pie escayolado por un esguince del tobillo que le impidió ir al restaurante. Marina ya había cerrado, pero volvió a abrir porque reconoció a dos de los tres hombres que tocaron. Habían almorzado allí varias veces desde la semana anterior e impresionaban al personal por su amabilidad y su humor paisa, y por las propinas de treinta por ciento que dejaban a los meseros. Aquella noche, sin embargo, fueron distintos. Tan pronto como Marina abrió la puerta la inmovilizaron con una llave maestra y la sacaron del local. Ella alcanzó a aferrarse con un brazo en un poste de luz y empezó a gritar. Uno de los asaltantes le dio un rodillazo en la columna vertebral que le cortó el aliento. Se la llevaron sin sentido en un Mercedes 190 azul dentro del baúl acondicionado para respirar. Luis Guillermo Pérez Montoya, uno de los siete hijos de Marina, de cuarenta y ocho años, alto ejecutivo de la Kodak en Colombia, hizo la misma interpretación de todo el mundo: su madre había sido secuestrada como represalia por el incumplimiento del gobierno a los acuerdos entre Germán Montoya y los Extraditables. Desconfiado por naturaleza de todo lo que tuviera que ver con el mundo oficial, se impuso la tarea de liberar a su madre en trato directo con Pablo Escobar. Sin ninguna orientación, sin contacto previo con nadie, sin saber siquiera qué hacer cuando llegara, viajó dos días después a Medellín. En el aeropuerto tomó un taxi en el cual le indicó al chofer sin más señas que lo llevara a la ciudad. La realidad le salió al encuentro cuan~ do vio abandonado a la orilla de la carretera el cadáver de una adolescente de unos

20 quince años, con buena ropa de colores de fiesta y un maquillaje escabroso. Tenía un balazo con un hilo de sangre seca en la frente. Luis Guillermo, sin creer lo que le decían sus ojos, señaló con el dedo. -Ahí hay una muchacha muerta. -Sí -dijo el chófer sin mirar-. Son las muñecas que se van de fiesta con los amigos de don Pablo. El incidente rompió el hielo. Luis Guillermo le reveló al chofer el propósito de su visita, y él le dio las claves para entrevistarse con la supuesta hija de una prima hermana de Pablo Escobar. -Vete hoy a las ocho a la iglesia que está detrás del mercado -le dijo-. Ahí va a llegar una muchacha que se llama Rosalía. Allí estaba, en efecto, esperándolo sentada en un banco de la plaza. Era casi una niña, pero su comportamiento y la seguridad de sus palabras eran de una mujer madura y bien adiestrada. Para empezar la gestión, le dijo, debería llevar medio millón de pesos en efectivo. Le indicó el hotel donde debía alojarse el jueves siguiente, y esperar una llamada telefónica a las siete de la mañana o a las siete de la noche del viernes. -La que te llamará se llama Pita -precisó. Esperó en vano dos días y parte del tercero. Por fin se dio cuenta del timo y agradeció que Pita no hubiera llamado para pedirle el dinero. Fue tanta su discreción, que su esposa no supo de aquellos viajes ni de sus resultados deplorables hasta cuatro años después cuando él lo contó por primera vez para este reportaje. Cuatro horas después del secuestro de Marina Montoya, un jeep y un Renault 18 bloquearon por delante y por detrás el automóvil del jefe de redacción de El Tiempo, Francisco Santos, en una calle alterna del barrio de Las Ferias, al occidente de Bogotá. El suyo era un jeep rojo de apariencia banal, pero estaba blindado de origen, y los cuatro asaltantes que lo rodearon no sólo Revaban pistolas de 9 milímetros y subametralladoras Miniuzis con silenciador, sino que uno de ellos tenía un mazo especial para romper los cristales. Nada de eso fue necesario. Pacho, discutidor incorregible, se anticipó a abrir la puerta para hablar con los asaltantes. «Prefería morirme a no saber qué pasaba», ha dicho. Uno de los secuestradores lo inmovilizó con una pistola en la frente y lo hizo salir del carro con la cabeza gacha. Otro abrió la puerta delantera y disparó tres tiros: uno se desvió contra los cristales, y dos le perforaron el cráneo al chofer, Oromansio Ibáñez, de treinta y ocho años. Pacho no se dio cuenta. Días después, recapitulando el asalto, recordó haber escuchado el zumbido de las tres balas amortiguadas por el silenciador. Fue una operación tan rápida, que no llamó la atención en medio del tránsito alborotado del martes. Un agente de la policía encontró el cadáver desangrándose en el asiento delantero del carro abandonado; cogió el radioteléfono, y al instante oyó en el extremo una voz medio perdida en las galaxias. -Haber. - Quién habla? -preguntó el agente.

LA AVENTURA DE MIGUEL LITTIN CLANDESTINO EN CHILE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

LA AVENTURA DE MIGUEL LITTIN CLANDESTINO EN CHILE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ LA AVENTURA DE MIGUEL LITTIN CLANDESTINO EN CHILE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ Un reportaje de GABRIEL GARCIA MARQUEZ 1 COLECCION PERIODISTICA EDITORIAL DIANA MEXICO la. edición, junio 1986 - Gabriel García

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