Tom Sawyer, detective

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1 Tom Sawyer, detective 1

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3 Tom Sawyer, detective Mark Twain Editorial Gente Nueva 3

4 Tomado de Tom y Huck en dos novelas, Editorial Gente Nueva, Ciudad de La Habana, Edición: Odalys Bacallao López Cubierta: Raúl Martínez Hernández Diseño y composición: Nydia Fernández Pérez Corrección: Josefa Quintana Montiel Sobre la presente edición: Editorial Gente Nueva, 2004 Primera edición, 1979 Segunda edición ISBN Instituto Cubano del Libro, Editorial Gente Nueva, calle 2 no. 58, Plaza de la Revolución, Ciudad de La Habana, Cuba 4

5 Por extraños que puedan parecer los incidentes que forman esta narración, no los he inventado, sino que son hechos reales tomados de un juicio criminal sueco, incluso la confesión pública del acusado; únicamente he cambiado los personajes, transportado las escenas a Norteamérica y añadido algunos detalles, pero solo un par de ellos son importantes. MARK TWAIN 5

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7 CAPÍTULO PRIMERO Invitación a Tom y Huck Fue en la primavera siguiente, después de haber liberado entre Tom Sawyer y yo al esclavo Jim, quien, por haber huido, estaba encadenado en Arkansas, en la finca de Silas, el tío de Tom. El hielo se derretía y se aproximaba ya el tiempo de andar descalzo. Más tarde llegaría la época de las canicas; luego, el boliche, la peonza, los aros y cometas Y, por último, iríamos a nadar. Se pone uno triste mirando hacia adelante y viendo cuánto falta todavía para el verano. Sí; eso lo hace a uno suspirar y ponerse pensativo, y andar por lugares solitarios, en los montes o por el bosque. Se contempla el gran Mississippi a distancia, donde los troncos de los árboles se ven lejanos y borrosos, y todo parece tan distante, quieto y solemne, que lleva a pensar en que aquellos a quienes se ha amado han muerto, y casi se desea morir también para terminar de una vez. Saben lo que es eso? Pues una especie de fiebre primaveral. Cuando se padece, no se sabe bien lo que se desea, pero duele el corazón de tanto 7

8 anhelo. Querría uno marcharse, apartarse de las cosas viejas y aburridas que se ven a diario y de las cuales se está harto; contemplar algo nuevo. Vagar lejos, por países extraños, donde todo es misterioso y romántico. Pero si no se puede realizar, se contenta uno con bastante menos: con ir a cualquier parte uno se conformaría. Quedamos en que Tom y yo padecíamos fiebre de primavera. Con todo, no había que pensar en que Tom se marchara, porque, como él mismo decía, tía Polly no le permitía faltar a la escuela y andar vagabundeando como en el verano. Así, pues, un día en que estábamos bastante aburridos hablando de esto y sentados en los escalones de la puerta, salió la tía Polly llevando una carta en la mano. Tom dijo, vas a tener que preparar tu equipaje y marcharte a Arkansas. Tu tía Sally te reclama. Loco de alegría, pensé que Tom iba a saltar al cuello de su tía y ahogarla a fuerza de abrazos y besos. Pero, por increíble que parezca, continuó sentado sin decir una palabra. Me dio rabia verlo tan estúpido, cuando impensadamente surgía una gran oportunidad. Y el caso es que podíamos perderla si continuaba callado y no se mostraba contento y agradecido. Yo no sabía qué hacer. De 8

9 pronto dijo, con tanta calma que me dieron ganas de matarlo: Lo siento, tía Polly; pero creo que me tendrán que excusar por el momento. Tía Polly se quedó tan extrañada y furiosa ante esa fría impertinencia, que no pudo decir una palabra. Di a Tom con el codo y murmuré: Estás loco? Crees que puedes desperdiciar esta ocasión? Sin perder la tranquilidad, me contestó en voz baja: Tú no pretenderás que ella se dé cuenta del deseo que tengo de ir. De adivinarlo, empezará a dudar y a imaginar toda clase de enfermedades y peligros y, probablemente, se volverá atrás. Déjame a mí que sé cómo manejarla. En verdad que no había pensado en ello. Tom Sawyer tenía siempre razón; era la cabeza mejor equilibrada que he visto, constantemente en guardia, preparado para cualquier eventualidad. Tía Polly, recobrada de su primera impresión, comenzó a decir: Excusarte! En mi vida he oído nada semejante! Y me lo dices a mí? Ve a preparar tus cosas y si vuelvo a oírte hablar de excusas, verás cómo yo también te excuso a ti con un palo. Le dio un papirotazo con el dedal, y Tom fingió que se quejaba cuando íbamos hacia la escalera. 9

10 Al llegar a su cuarto me abrazó. Loco de alegría, ante la perspectiva del viaje, me dijo: Antes de que me vaya se arrepentirá de haberme dejado ir, pero ya no sabrá cómo volverse atrás. Después de lo que ha dicho, su amor propio no se lo permitirá. Tom preparó su equipaje en cinco minutos, dejando solamente aquello de lo cual se encargarían Mary y su tía. Dejamos transcurrir otros tantos para dar tiempo a que a esta se le pasara el enfado, porque, según Tom, tardaba en estar suave y amable diez minutos si la cosa era pequeña y veinte si llegaba a enojarse del todo. Pasado el tiempo prudencial, bajamos muertos de curiosidad por saber lo que decía la carta. Tía Polly estaba sentada en una butaca, con ella sobre el regazo. Al acercarnos nos dijo: El caso es que allí están muy preocupados, y desean que Huck y tú les sirvan de distracción. Tienen un vecino, un tal Brace Dunlap, que durante tres meses ha insistido en su deseo de casarse con Benny, y, al fin, le han dicho rotundamente que no. Se ha enfadado, como es natural, y eso les preocupa. Creen preferible estar a bien con él, y para ello han intentado congraciarse tomando a su servicio al hermano, que, por lo visto, no sirve para nada. Pretenden que sea algo así como ayudante de la finca, aunque ni lo necesitan ni apenas pueden pagarle. 10

11 Quiénes son los Dunlap? Unas gentes que viven a una milla de la finca del tío Silas. Todos los labradores están separados, aproximadamente, por esa distancia. Brace Dunlap es mucho más rico que los otros; es un viudo de treinta y seis años de edad, sin hijos, y muy orgulloso de su fortuna, porque posee también una gran cantidad de esclavos. Es, además, bastante impertinente y todo el mundo le teme. Sin duda, creyó que podría elegir la muchacha que quisiera, y ha debido de dolerle el no haber podido conseguir a Benny. Pero la chica tiene la mitad de años que él, y ya sabes lo dulce y amable que es. Pobre tío Silas! Es triste que se vea obligado a congraciarse con ese hombre en esa forma, siendo pobre y teniendo que contratar, para contentar a su hermano, a ese inútil de Júpiter Dunlap. Vaya un nombre, Júpiter! De dónde lo ha sacado? Es un mote. Creo que hace ya tiempo olvidaron su verdadero nombre. Tiene veintisiete años, y lo llaman así desde la primera vez que se lanzó a nadar. El maestro vio una mancha del tamaño de una moneda en su pierna derecha, justamente encima de la rodilla, y otras cuatro pequeñas alrededor. Como estaba completamente desnudo, dijo que le recordaba a Júpiter y a sus satélites, y 11

12 a los chicos les hizo tanta gracia, que empezaron todos a llamarlo de ese modo. Es alto, muy holgazán, astuto, rastrero y cobarde, pero tiene buen carácter. Lleva el pelo largo, no usa barba ni tiene un céntimo. Brace lo aloja gratis, le regala sus trajes viejos y lo desprecia. Júpiter es gemelo. Y cómo es el otro gemelo? Según dicen, idéntico a él, pero nadie lo ha visto desde hace siete años. Se dedicó a robar cuando tenía diecinueve o veinte años y lo metieron en la cárcel, pero se escapó de allí y se fue hacia el norte. Antes se decía que robaba y desvalijaba casas, pero de eso hace ya mucho tiempo. Corre la voz de que murió, porque no se ha vuelto a saber de él. Cómo se llama? Jake. Todos callaron, y tía Polly quedó pensativa. Pasados unos momentos, dijo: Lo que más preocupa a tu tía Sally es lo mucho que Júpiter enoja a tu tío. Los dos quedamos sorprendidos. Que se enfada tío Silas? Debe de ser una broma, pues no lo creo capaz de ello. A veces, lo saca de sus casillas de forma tal que parece como si fuera a pegarle. No salgo, tía Polly, de mi asombro. Si tiene un carácter tan bueno! 12

13 Pues de todos modos, ella está muy preocupada, y asegura que tu tío Silas ha cambiado mucho por culpa de todas estas peleas. Los vecinos murmuran porque, como es predicador, no debiera reñir con nadie. Tu tía añade que no quiere subir al púlpito, porque se siente avergonzado; la gente se muestra fría con él, y ya no lo estima como antes. Es extraño, tía Polly. Era bueno y amable, siempre abstraído y ausente; un verdadero ángel. Qué habrá podido sucederle? 13

14 CAPÍTULO II Jake Dunlap Tuvimos mucha suerte, porque pudimos meternos en un barco de ruedas que venía del norte, y se dirigía a uno de esos afluentes de río que hay en Luisiana, con lo que pudimos recorrer el alto y bajo Mississippi hasta la misma finca de Arkansas, sin cambiar de barco en San Luis, y haciendo poco menos de mil millas de un tirón. En el barco, medio vacío, solo navegaban unos cuantos pasajeros viejos, que se sentaban aparte y pasaban el tiempo dormitando. Tardamos cuatro días en poder salir del alto río por tocar constantemente el fondo. Pero para nosotros no resultaba aburrido, sino todo lo contrario. Desde el principio nos figuramos que en el camarote próximo al nuestro viajaba algún enfermo, porque el camarero entraba siempre llevando la comida. Interrogamos a este, y nos contestó que el pasajero no parecía enfermo. Usted lo cree así? Y si realmente lo estuviera? Es posible; pero, a mi parecer, solo pretende ocultar algo... 14

15 Por qué dice usted eso? Porque si estuviera enfermo, se quitaría alguna vez la ropa, y esta la lleva siempre encima. Al menos, no se separa de sus botas. Qué barbaridad! Ni siquiera por las noches? Ni siquiera. El misterio ejerció siempre una atracción sobre mi amigo. Si alguien pusiera ante nosotros un misterio y un pastel, no tendría necesidad de obligarnos a elegir, porque la cuestión se arreglaría sola. Mi naturaleza me empujaría a coger el pastel, y Tom se quedaría con el misterio. Cada uno es diferente y vale más que así sea. Tom preguntó al camarero cómo se llamaba el hombre. Se llama Phillips. Dónde subió a bordo? Creo que en Alejandría, en el límite de Iowa. Y qué cree usted que puede hacer? No tengo idea; nunca he pensado en ello. Yo dije para mis adentros: He aquí otro que prefiere el pastel. Ha notado usted en él algo extraño, lo mismo en su modo de hablar que de obrar? No, nada. Únicamente parece tan miedoso, que tiene día y noche cerrada la puerta y la ventana, y cuando doy con los nudillos en la puerta, no me deja entrar sin antes abrir una rendija para ver quién es el que llama. 15

16 Demonio! La cosa es interesante Me gustaría verlo. Mire: la próxima vez que entre usted allí, podría dejar la puerta entornada y No, no. Está siempre junto a la puerta y no me dejaría. Tom, al cabo de unos minutos de reflexión, dijo: Vamos a ver. Usted me presta su delantal para que yo le entre el desayuno por la mañana y, a cambio de esto, le doy un cuarto de dólar. El muchacho parecía dispuesto a aceptar, a condición de que no se opusiera el mayordomo. Tom lo tranquilizó diciéndole que lo arreglaría de forma que pudiéramos entrar con las bandejas. Y así fue en efecto. Aquella noche durmió mal, con el ansia de penetrar en el camarote y descubrir el misterio que envolvía a Phillips. Pasó las horas haciendo cábalas inútiles, porque si está uno a punto de conocer la verdad para qué perder el tiempo en suposiciones falsas y fatigarse en vano? Por mi parte, no perdí el sueño: me tenía sin cuidado el asunto de Phillips. Por la mañana, con los delantales puestos y el desayuno en la mano, llamamos a la puerta. El hombre abrió una rendija, nos dejó entrar y cerró inmediatamente. Al ver su rostro, estuvimos a punto de soltar las bandejas. Tom exclamó asombrado: Hombre! Júpiter Dunlap! De dónde sale usted? 16

17 Tan sobrecogido estaba, que no supimos si lo que sentía era susto, contento o ambas cosas a la vez. Por fin recobró el color y comenzamos a charlar mientras desayunaba. Entre otras cosas nos dijo: Han de saber que yo no soy Júpiter Dunlap, ni tampoco Phillips. Si me juran guardar el secreto, les diré mi verdadera personalidad. Bueno, guardaremos el secreto repuso Tom ; pero si no es usted el que digo, no necesita decirnos quién es. Por qué? Porque si no es usted Júpiter Dunlap, será entonces Jake, el otro gemelo. Pues sí. Soy Jake. Y ustedes, cómo conocen a los Dunlap? Tom contó las aventuras que nos habían ocurrido en casa de tío Silas el verano anterior, y cuando se convenció de que sabíamos todo lo referente a él y a su familia, nos habló con toda confianza. De sí mismo dijo que era un pillo, que lo había sido siempre y lo sería hasta el final. Naturalmente, la vida resultaba peligrosa y Lanzó un gruñido y estiró el cuello como aquel que está escuchando. No dijimos nada, y él permaneció quieto: no se oían más que los crujidos del casco de madera del barco y el ruido de las máquinas. 17

18 Lo tranquilizamos hablándole de su familia: de cómo la esposa de Brace había muerto hacía tres años y este quería casarse con Benny, pero ella lo había rechazado, y que Júpiter trabajaba con tío Silas, y ambos se peleaban todo el tiempo. Jake se echó a reír. Vaya! Oír hablar de todas esas historias es volver a los viejos tiempos, y esto le hace a uno bien. Han pasado siete años sin oír nada de lo que me están contando. Qué dicen de mí? Quiénes? Pues los labradores y mi familia. Hablan poco de usted. Si acaso, lo mencionan alguna vez. Por qué no me mencionan? preguntó sorprendido. Porque creen que usted murió hace tiempo. No! De veras? Magnífico! y excitado, se puso en pie de un salto. Le juro que nadie cree allí que usted está vivo. Entonces estoy salvado! Volveré a casa; allí me esconderán y podré salvar la vida. Guárdenme el secreto y juren que nunca hablarán de mí. Sean buenos con este pobre hombre perseguido que no puede mostrar su rostro. Nunca les he hecho daño ni jamás se lo haré; tan cierto es esto como que Dios está en el cielo. 18

19 Aunque se hubiera tratado de un perro, lo hubiéramos jurado. El pobre diablo no sabía cómo agradecérnoslo, y faltó poco para que nos abrazara. Continuamos hablando, y al cabo de un rato sacó un maletín de mano y nos rogó que nos volviéramos de espalda. Lo obedecimos, y cuando dimos la vuelta, era un ser completamente distinto al de antes. Se había puesto unas gafas azules, y el bigote y barba postizos parecían naturales. Creo que ni su propia madre lo hubiera reconocido. Nos preguntó si tenía alguna semejanza con su hermano Júpiter. No repuso Tom ; únicamente se le parece en el pelo largo. Bueno, pues me lo cortaré antes de llegar allí. Brace y él guardarán el secreto y podré vivir con ellos como si fuera un forastero, sin que los vecinos sospechen. Qué les parece? Examinó Tom al hombre y repuso: Huck y yo, por supuesto, callaremos; pero la cosa será un tanto arriesgada si usted mismo no guarda su secreto. Quiero decir que, al hablar, tal vez la gente note que su voz es igual a la de Júpiter. Y, entonces, acaso se acuerden del hermano gemelo a quien creían muerto y que pudiera haber estado escondido en alguna parte con otro nombre. 19

20 La verdad es que eres muy listo. Tienes razón; tendré que fingirme sordomudo cuando haya gente. Mira que si llego a casa sin tener en cuenta ese pequeño detalle! Claro que no pensaba volver, sino refugiarme en cualquier sitio, huyendo de esos tipos que me persiguen. Me hubiera colocado este disfraz, otra ropa y Se interrumpió bruscamente y se plantó de un salto en la puerta con el oído pegado a ella, escuchando, pálido y jadeante. Luego susurró: Pareció un tiro. Caramba! Qué vida! Se dejó caer en la silla, desmadejado, y se enjugó el sudor que le corría por el rostro. 20

21 CAPÍTULO III Robo de diamantes A partir de entonces, permanecíamos casi siempre con él, y uno de nosotros dormía en la litera superior de su camarote. Nos dijo que había estado tan solo, que le resultaba muy agradable tener compañía y alguien con quien poder hablar de sus dificultades. Sentíamos gran curiosidad por conocer su secreto; pero Tom opinaba que era preferible no mostrarnos demasiado curiosos, porque de este modo él mismo acabaría por abordar el asunto; pero que si le hacíamos preguntas, la desconfianza lo llevaría a encerrarse en su concha. Un día nos preguntó, con aire indiferente, por los pasajeros del barco, pero no quedó satisfecho con nuestras respuestas y nos pidió más detalles. Al referirse Tom a uno de los más harapientos, Jake se estremeció y dijo suspirando: Ay, Dios mío! Ese es uno de ellos. Estaba seguro de que se encontraban a bordo. Continúa. Tom habló de otro pasajero rudo y desarrapado, y el hombre se estremeció de nuevo. 21

22 Ese es el otro! Ojalá sea la noche oscura y tormentosa y pueda bajar a tierra! Lo ven? Han puesto espías en torno mío. Si van al bar para tomar un trago, allí encontrarán de sobra quien me vigile: el camarero, el limpiabotas u otro cualquiera. Y si saltara a tierra sin que nadie me viera, lo sabrían enseguida. Comenzó a hablar, primero, de cosas sin importancia, y poco a poco, del asunto que le preocupaba. Fue un timo que hicimos en una joyería de San Luis. Queríamos apoderarnos de un par de magníficos diamantes, gruesos como avellanas, que todo el mundo se paraba a contemplar. Como íbamos bien vestidos, pudimos realizarlo en pleno día. Rogamos que nos enviaran los diamantes al hotel, por si acaso nos decidíamos a comprarlos. Teníamos preparados otros falsos, que cambiamos en el momento de examinar los buenos, y aquellos fueron los que regresaron a la tienda cuando alegamos que no eran lo suficientemente claros para el precio de doce mil dólares. Doce mil dólares! exclamó Tom. Cree usted que, en realidad, valían todo ese dinero? Hasta el último centavo. Y se escaparon ustedes con ellos? Sin ninguna dificultad, y hasta creo que ni los joyeros se hayan dado cuenta de que se los robamos. Pero no era prudente permanecer en 22

23 San Luis, y creímos preferible trasladarnos a otro sitio. Cada uno proponía ir por un lado diferente, de modo que lo echamos a suerte y ganó el alto Mississippi. Envolvimos los diamantes en un papel, pusimos en él nuestros nombres y lo dimos a guardar al conserje del hotel, advirtiéndole que no los entregara a ninguno de nosotros sin que estuvieran presentes los demás. Luego nos desparramamos por la ciudad, tirando cada uno por su lado, aunque creo que todos estábamos de acuerdo en una sola cosa. En qué? preguntó Tom. En que cada uno de nosotros tenía el proyecto de robar a los otros. Cómo! Que uno se lo llevara todo después de haber sido ayudado por los demás? Naturalmente. Tom, asqueado, dijo que eso era bajo y rastrero; pero Jake objetó que era cosa corriente en la profesión, y que cuando uno se metía en negocios, tenía que cuidar de sí mismo, porque nadie se sacrificaría por él. Y continuó diciendo: El caso es que no era posible repartir dos diamantes entre tres. Anduve vagando mucho rato por las calles y al fin decidí apoderarme de ellos a la primera ocasión; ponerme un disfraz y largarme con las joyas. Me procuré el bigote postizo, unas gafas, y todo lo coloqué en este maletín que 23

24 ven. Al pasar ante una tienda donde venden toda clase de objetos, vi, a través del escaparate, a Bud Dixon, uno de mis compañeros. Desde un rincón me dediqué a observarlo y qué creen que compró? Un bigote? dije yo. No. Unas gafas? Tampoco. Cállate, Huck; no haces más que molestar. Qué es lo que compró, Jake? Jamás lo hubieran adivinado. Tan solo un destornillador muy pequeño. Caramba! Y para qué sería eso? Yo también me lo preguntaba, entre curioso y asombrado. Cuando salió de allí, se dirigió a una tienda de ropas usadas y entonces adquirió una camisa de franela roja y un traje viejo; el mismo que lleva ahora y que Tom me estaba describiendo. Enseguida corrí hacia el muelle y escondí todas mis cosas en el barco para el cual teníamos pasaje, y que se disponía a salir. Tuve suerte al volver a la ciudad: sorprendí al otro compañero comprando él también un traje viejo y harapiento. Subimos a bordo con nuestros diamantes, pero nos sentíamos en vilo, porque para vigilarnos mutuamente no podíamos acostarnos. Fue una tontería el que nos metiéramos en aquel lío, porque 24

25 estábamos enfadados desde hacía dos semanas y solo nos poníamos de acuerdo en lo referente a los negocios. Y lo peor de todo era que únicamente contábamos con dos diamantes para los tres. Después de cenar anduvimos paseando por la cubierta hasta cerca de la medianoche. Luego bajamos y, sentados en mi camarote, examinamos con la puerta cerrada el papel, para ver si seguían dentro los diamantes. Los pusimos en la litera inferior, bien a la vista, y permanecimos sentados, aunque a ratos nos costaba trabajo no dormirnos. Al fin, Bud Dixon comenzó a roncar con la barbilla apoyada en el pecho. Hal Clayton me señaló los diamantes con un movimiento de cabeza. Comprendí y, cogiéndolos, nos estuvimos ambos muy quietos esperando. Bud no se movió. Suave y lentamente, abrí la puerta dando vueltas a la llave; hice lo mismo con el picaporte y salimos de puntillas después de cerrar con cuidado. No se oía el menor ruido, y el barco navegaba velozmente a la luz de la luna. Sin decir palabra, subimos directamente al puente superior y nos colocamos en el borde. Ambos conocíamos nuestras respectivas intenciones. Al despertar, Bud Dixon echaría en falta los diamantes y, sin temor a nada ni a nadie, correría a buscarlos. Entonces lo echaríamos al agua, muriendo acaso antes, durante la lucha. 25

26 Como soy menos valiente que otros, la idea me hacía temblar; pero sabía que no podría mostrar mi miedo, y casi deseaba que el barco se detuviera en algún sitio para saltar a tierra sin correr ese riesgo. Temía a Bud Dixon, y me daba cuenta de que no existían probabilidades de que el barco hiciera una escala. El tiempo corría y el tipo aquel no llegaba nunca. Así, esperando, nos sorprendió el amanecer. Dije a mi compañero que todo aquello parecía sospechoso, en vista de lo cual decidimos abrir el papel. Al desdoblarlo, encontramos que solamente contenía dos terrones de azúcar. He ahí la razón por la cual estuvo durmiendo toda la noche tan tranquilo. Listo? Ciertamente, ya que había tenido, todo el tiempo, preparado los dos papeles y los había cambiado delante de nuestras narices. Nos sentíamos humillados; pero lo que convenía entonces era establecer un plan, y así lo hicimos. Doblaríamos el papel de nuevo, tal como estaba, y volveríamos con cuidado para acostarnos en las literas. No sabíamos qué hacer; sin duda el maldito se burlaba de nosotros en medio de sus ronquidos. Lo mejor sería no quitarle ojo, y, una vez en tierra, lo emborracharíamos para apoderarnos de los diamantes. Incluso, de no ser demasiado arriesgado, podríamos matarlo. Si conseguíamos apoderarnos del botín, habría que 26

27 acabar con él para evitar que él acabara con nosotros. Es cierto que siempre estaba dispuesto a emborracharse; pero, servía esto para algo? Podía suceder que, tras un año de registros, no encontráramos absolutamente nada. De pronto, una idea cruzó por mi mente torturándome el cerebro. Me había quitado las botas para que descansaran los pies, y al coger una e intentar ponérmela, mi mirada tropezó con el tacón. Me quedé sin aliento, porque, ustedes se acuerdan del destornillador que tanto me sorprendió? Claro que nos acordamos gritó Tom, muy excitado. Bueno, pues cuando mis ojos tropezaron con el tacón de la bota, me di cuenta de dónde había escondido los diamantes. Ven este? Pues debajo tiene una chapa de hierro sujeta con unos tornillos, y para estos tornillos (los únicos que llevaba encima) necesitaba el destornillador. No te parece estupendo, Huck? comentó Tom. Así, pues, me puse las botas, bajamos al camarote y dejamos el papel que contenía el azúcar encima de la litera. Luego nos sentamos, teniendo que soportar con paciencia los ronquidos de Bud Dixon. Hal Clayton quedó pronto dormido, pero yo pude mantenerme despierto. Oculté la 27

28 mirada bajo el ala del sombrero y miré en torno con disimulo, buscando algún trozo de cuero. Me costó mucho tiempo, pero al fin pude hallarlo junto a la pared, casi del mismo color de la alfombra. Era una rodaja fina, y supuse que en el lugar que antes ocupaba estarían ocultos los diamantes. Al cabo de un rato encontré otra rodaja, y me admiró la sangre fría y la habilidad del tipo aquel. En previsión de nuestros actos, había preparado aquella trampa perfecta. Una vez arrancadas las rodajas de cuero, colocó en su lugar los diamantes, atornillando de nuevo las tapas de los tacones. Sin duda, sabía que si lográbamos robarle las piedras, esperaríamos toda la noche para tirarlo al agua, y la verdad es que fue muy listo. Sí que es verdad exclamó Tom, admirado. 28

29 CAPÍTULO IV Los tres durmientes Durante todo el día fingimos vigilarnos mutuamente; la representación de semejante comedia nos resultaba ya aburrida. Hacia el anochecer atracamos en una de esas ciudades pequeñas del Missouri, cerca ya de Iowa. Cenamos en la taberna y alquilamos un cuarto con un catre y una cama espaciosa. Escondí mi saco bajo una tabla de pino, en la oscura antesala. Íbamos en fila; yo, el último, y el dueño de la casa, a la cabeza, alumbrando el camino con una vela de sebo. Bebimos y comenzamos a jugarnos los cuartos de dólar. En cuanto el whisky hizo efecto en la cabeza de Bud, nosotros dejamos de beber, procurando que él continuara hasta que cayera de la silla y se quedara en el suelo roncando. Lo desnudamos y lo registramos todo: bolsillos, calcetines y hasta el interior de las botas. Miramos bien su equipaje, pero no pudimos encontrar rastro de los diamantes. Al tropezar con el destornillador, Hal quedó desconcertado. Para qué diablo serviría 29

30 aquello? Fingí ignorarlo, pero me lo guardé con di-simulo. Mi compañero, descorazonado, dijo que era preferible desistir de una vez. Yo le indiqué que había un lugar donde no habíamos registrado: su estómago. A Hal le entusiasmó la idea; pero, cómo nos las arreglaríamos para hacerlo? Propuse que se quedara con él mientras yo iba en busca de una farmacia, en la cual hallaría algo para lograr que los diamantes salieran del lugar donde, sin duda, los tenía ocultos. Se mostró conforme con el proyecto y se me quedó mirando fijamente, a pesar de lo cual me puse las botas de Bud en vez de las mías sin que se diera cuenta. Me resultaban un poco grandes, pero esto era preferible a que me estuvieran pequeñas. Agarré mi saco y, saliendo por la puerta trasera, me lancé a toda velocidad hacia el río. La verdad es que no resultaba desagradable caminar sobre los preciosos diamantes. Al cabo de un rato pensé: «Tengo detrás una milla y todo permanece tranquilo». Y minutos después: «He avanzado bastante, pero detrás queda un hombre que comienza a preguntarse qué ocurre». Después imaginé que paseaba por la habitación inquieto y blasfemando. Luego se daría cuenta de lo que suponía la verdad: mientras lo registrábamos, yo me había echado las piedras al bolsillo sin que él se apercibiera de la maniobra. 30

31 Entonces comenzaría la persecución, para lo cual buscaría huellas de pisadas recientes en la tierra; pero esto lo llevaría a un despiste total, ya que lo mismo pueden conducir río arriba que río abajo. De pronto, vi a un hombre que venía montado en una mula, y sin reflexionar, salté detrás de un matorral. Fue un tontería, porque cuando llegó a mi altura, se detuvo, esperando a que yo saliera, y luego continuó su camino. Pensé que si ese hombre se encontraba con Hal Clayton, seguramente me estropearía la partida. Hacia las tres de la mañana llegué a Alejandría, y me alegré al ver que el barco estaba atracado en el muelle. Me sentí a salvo, y el resto de la historia ya la conocen. Al amanecer subí a bordo, tomé este camarote, me puse esta ropa y me dirigí al cuchitril del piloto con objeto de vigilar, aunque realmente no era necesario. Para distraerme, jugué con mis diamantes, en espera de que el barco zarpara, cosa que no sucedió. La máquina estaba en reparación, lo que ignoraba, porque no tengo costumbre de navegar. Nos pusimos en marcha hacia el mediodía, y mucho antes de esa hora ya estaba escondido en dicho camarote, porque antes del desayuno vi a un hombre cuyos andares semejaban los de Hal Clayton, cosa que me dejó terriblemente 31

32 preocupado. Pensé que si se daba cuenta de que estaba a bordo me cazaría como a un ratón en el cepo. Después de vigilarme, esperaría a tocar tierra para seguirme hasta un lugar conveniente. Una vez que tuviera los diamantes en su poder, sé perfectamente la suerte que me aguardaría Es horrible, horrible! Y pensar que el otro también se encuentra a bordo! Qué desgracia, muchachos, qué desgracia! Pero me ayudarán a salvarme, verdad? Sean buenos con un hombre perseguido y expuesto a que lo maten, y adoraré el polvo que pisan Tom y yo procuramos consolarlo diciéndole que idearíamos un plan de ayuda y que no debía tener miedo. Poco a poco fue reanimándose, hasta que acabó por destornillar las chapas de sus tacones para extraer los famosos diamantes. Los contempló admirado; cuando la luz se reflejaba en ellos resultaban preciosos, brillantes y parecía que esparcieran fuego en torno. Pensé que era tonto; de haber estado yo en su lugar, hubiera cedido los diamantes a aquellos tipos para que me dejaran en paz. Pero él no opinaba así; dijo que valían una fortuna que no estaba dispuesto a perder. Dos veces tuvimos que detenernos para reparar la máquina, y una de estas paradas forzosas, que 32

33 duró bastante tiempo, se efectuó de noche; pero nuestro hombre consideró que no estaba lo suficientemente oscuro para poder escapar. A la tercera parada del barco, la ocasión se presentó más propicia. Atracamos junto a un buque situado a unas cuarenta millas de la finca de tío Silas hacia la una de la madrugada, con el cielo nublado y la amenaza de una tormenta. Jake pensó que había llegado su oportunidad. Cargaron madera en el barco y durante la operación caía la lluvia incesantemente y soplaba con furia el vendaval. Los marineros se habían colocado en la cabeza un saco de tela gruesa, y nosotros cogimos con disimulo uno para Jake. Este, confundido entre ellos, bajó con su cesta en la mano y, cuando a la luz del farol, lo vimos alejarse y perderse en la oscuridad, respiramos tranquilos. Nuestra alegría duró muy poco, pues debido sin duda al soplo de alguien, los dos tipos saltaron velozmente a tierra y desaparecieron igualmente en las tinieblas. Hasta el amanecer tuvimos la esperanza de que regresaran, pero nuestros deseos no llegaron a realizarse. Estábamos tristes y deprimidos, y lo único que nos consolaba era la idea de que Jake, con la delantera que llevaba, hiciera perder su pista, cosa que le permitiría llegar hasta la casa de su hermano y ocultarse allí. 33

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