FRANCISCO GORRÍN GONZÁLEZ MAR DE FONDO. Diciembre de 2007

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2 FRANCISCO GORRÍN GONZÁLEZ MAR DE FONDO Diciembre de

3 La idea En este proyecto, el mar es el absoluto protagonista. Para un isleño que siempre ha vivido a su vera es el marco, el personaje y el fondo de tal cantidad de vivencias y recuerdos, que termina por convertirse en un interlocutor más de su existencia. Pero se acepta como algo natural y la más de las veces ni siquiera se es consciente de ello. Eso es lo que a mí me había ocurrido durante años. Al acabar el último libro reflexioné largamente sobre cual sería el próximo trabajo en el que embarcarme. Por un lado me apetecía darle un cauce de salida a la pequeña variante que ha experimentado mi experiencia como escritor (aún se me hace difícil describirme de esa manera): Ocasionalmente han ido apareciendo una serie de relatos cortos, que con el paso del tiempo fueron una tentación dar a conocer. Pero por otra parte, también flotaba en el ambiente el reto de escoger previamente un tema para comprobar hasta qué punto era posible extraer el jugo literario que pudiese contener, obligándome a escribir sobre él. Las dos cuestiones encajaron como un guante cuando me vino a la mente la posibilidad de que la obra girase en torno al mar como marco donde se desarrollaran las historias. Y aún me atreví a dar otro paso: Como ya tenía en el zurrón algunos poemas de ese tipo, podría incluso mezclar narrativa y poesía, lo que haría aún más completa la experiencia. Sé positivamente el peligro que esto entraña de cara al posible lector, porque no es usual encontrarse con semejante menú. Permítanme pedir anticipadamente disculpas por el atrevimiento: Ha podido más la necesidad de dar un sentido homenaje a lo que considero como mi más querido y sentido compañero. 2

4 Porque lo que comenzó como otro proyecto, ha terminado por convertirse en algo tan ligado a mí, que me será imposible la imparcialidad necesaria como para ser capaz de analizar el resultado con la suficiente perspectiva. En lo que van a leer han intervenido la imaginación y la inventiva, es evidente. Pero es mucho más que eso: Confluyen también algunos de mis sueños infantiles más queridos, una gran cantidad de experiencias personales vividas a lo largo de los años, así como la sombra de gentes e historias que dejaron su huella en mi alma. Pero por encima de todo, es un acto de amor al mar. Por último, he de dejar constancia de mi agradecimiento a un grupo de amigos, que en su momento me dieron el empujoncito que necesitaba para embarcarme definitivamente en este proyecto. Su entusiasmo y confianza, que supera con creces a los del que esto suscribe, nunca deja de asombrarme. Espero haber estado a la altura que merecen. Santa Cruz de Tenerife, Diciembre de

5 A Genia, Mª José, Cecilia y Martha Lucía, mis lectoras más fieles. Gracias por su cariño. Paco Gorrín 4

6 Relatos Emilio Prados...el mar por mí ha nacido y al sol del mar mi soledad se acoge... 5

7 Uno: El círculo se cierra En realidad era un instante fugaz, pero a él le parecía que el tiempo transcurría con la suficiente lentitud como para que la película de su vida se proyectara en su cerebro fotograma a fotograma. No pudo evitar echar la vista atrás. Resultaba curioso, pero era justo ahora cuando acababa de darse cuenta de su vinculación al mar desde que nació. Es que todo se había desarrollado de forma tan natural, que nunca se vio en la necesidad de analizarlo El destino quiso que naciese isleño y ya desde la infancia, en el pequeño pueblo de pescadores que le vio crecer, un lazo invisible le había atado al océano para siempre. Sus juegos preferidos se desarrollaban en la costa y el mar siempre era protagonista. Aún recordaba la emoción de las primeras brazadas. Aprendió a nadar casi al mismo tiempo que a caminar. Su lugar preferido era una pequeña cala cercana al pueblo donde pasaba horas gozando del sol y el agua. Acabó conociendo al dedillo todos los recovecos, los accidentes geográficos, las corrientes, las formas caprichosas causadas por la acción conjunta durante siglos de vientos y marejadas. Cuando aprendió a nadar con soltura, le gustaba adentrarse en dirección al horizonte, con brazadas profundas y constantes hasta que paraba de puro cansancio. Se recuperaba tumbado boca arriba en la superficie, mecido por el suave movimiento de las olas y sintiendo el sol en la cara. Era aquél un placer inenarrable que le acompañó toda su vida. La familia siempre estuvo vinculada a la pesca. De vez en cuando su abuelo le dejaba coger la vieja barca de remos y, en compañía de los amigos, se iban a sitios pocos frecuentados y pasaban el día cazando pulpos o haciendo submarinismo. Incluso llegó a hacer amistad con un mero que con el tiempo se dejaba tocar y le acompañaba complacido durante las inmersiones... A veces, durante las vacaciones, acompañaba a su padre en las faenas de la pesca. Le gustaba pasar la tarde anterior preparando 6

8 los arreos y acondicionando el pequeño barco, para levantarse en la madrugada, desayunar los dos en silencio y salir por la bocana del puertito alumbrados por las farolas. Los años fueron pasando tranquilos. También su mar fue testigo de los primeros amores, del primer beso, del fugaz descubrimiento del cuerpo femenino La rutina de su vida se alteró bruscamente al acabar el bachillerato. Recordaba la lágrima furtiva de mamá al verlo marchar aquél mes de octubre camino de la universidad. Vio el orgullo en los ojos de su padre porque era el primero de la familia en tener esa oportunidad que no pensaba desaprovechar. Había elegido Biología marina. Acaso podía ser de otro modo? Años de estudios, de adquirir conocimientos que ayudarían a mejorar ese medio que tanto amaba, de ecologismo militante Y de regresos jubilosos en verano. De baños interminables de sol y mar, de disfrutar con esa luz inigualable, de noches libres enmarcadas por un cielo siempre estrellado. La vida de adulto le sorprendió haciendo lo que más le gustaba hacer. Sabía que no tenía motivos de queja. Había tenido mucha suerte en la vida, porque se la ganaba en algo que nunca consideró como un trabajo. Se obligó a volver al angustioso presente. Ya no quedaba mucho tiempo. El coche se sumergía sin remedio. No pudo dominarlo cuando reventó la rueda en la última curva, y cayó por el desfiladero. Milagrosamente seguía vivo, pero había intentado salir por todos los medios hasta que se convenció de que era imposible. Estaba atrapado, no podía mover la pierna Intentó calmarse. El mar lo llamaba, queriendo cerrar el círculo que había sido su existencia. Al fin y al cabo, tampoco conocía mejor tumba que esa. El agua seguía entrando. Cerró los ojos, abrió la boca y esperó 7

9 Dos: Besos de mujer Me gusta viajar en barco, reflexionaba, mientras esperaba subir a bordo del ferry ultramoderno que me llevaría a otra isla cercana a pasar unos días. Se había producido un pequeño retraso y amenizaba la espera escuchando música con los auriculares puestos, mientras echaba una mirada a la variopinta fauna que poblaba la estación marítima... Imagino que por la imagen de tristeza que mostraban, acabé por fijarme en una pareja que ocupaba un rincón tranquilo: Seguramente se estaba desarrollando ante mis ojos la representación de una ceremonia de despedida. Se hablaban abrazados y sus gestos denotaban la desesperación de dos enamorados que se ven obligados a separarse por causas ajenas a ellos mismos, a sus deseos más íntimos. Sentí lástima. Que tristes pueden llegar a ser las despedidas cuando hay amor está por medio... Por los altavoces anunciaron que ya se podía acceder al barco. Se produjo un ligero revuelo mientras los pasajeros abandonaban la estación para acceder a las escaleras de subida al buque. Siempre me tomo esos momentos con tranquilidad, prefiero esperar a ser de los últimos en subir y así me evito las aglomeraciones. Por un instante perdí de vista a la pareja, pero enseguida volví a verlos. Era imposible no hacerlo: En ese momento estaban de pié, en brazos uno del otro y sus bocas se habían unido en un beso tan intenso, que hasta yo mismo dejé de respirar unos segundos. Formaban algo aparte, como una isla entre un mar de gente donde se había concentrado una poderosa fuerza que los envolvía. El beso se hizo eterno. Me sentí mal, como si estuviese invadiendo una intimidad que necesitaban, pero que al mismo tiempo era imposible concederles... En fin, que subí al barco, tomé posesión de un asiento y decidí dar una vuelta para ver las maniobras de salida del puerto. Al rato, cuando volví a mi butaca comprobé con sorpresa que la chica, que era al final la que viajaba, se había sentado cerca. Me extrañó su 8

10 actitud, porque la tristeza que tenía en tierra había desaparecido. Estaba hablando por el móvil y una gran sonrisa le iluminaba la cara. Era todo tan raro que me pasé la hora y poco más del viaje meditando sobre aquél misterio. Incluso antes de llegar a nuestro destino, se retocó el maquillaje y soltó el pelo, que hasta ese momento lo llevaba recogido en una coleta. - me estaré volviendo un cotilla, pero aquí pasaba algo raro, y yo voy a averiguar qué es- pensé. Cual no sería mi asombro cuando al bajar a tierra la estaba esperando otro chico, con un parecido asombroso al que habíamos dejado atrás. Se abrazaron felices y allí se quedaron, sin resuello, sus labios unidos en un beso muy parecido al que había visto un rato antes. Pero esta vez, de bienvenida. - Creo que ya tengo material para una historia- pensé, divertido... 9

11 Tres: Una simple flor Se ha sentado con cuidado en la arena de la playa, mirando fijamente el mar. La última vez había sido algo dolorosa y aún notaba molestias. Estaba siendo una jornada agitada. Siempre ocurría lo mismo cuando cortaban la autopista. Los transportistas se veían obligados a pasar por allí, y el negocio florecía. En su cara se reflejaba el cansancio, pero no podía permitirse dejar pasar estas oportunidades. Era un dinero extra que venía de perlas. Odiaba profundamente los momentos de respiro, que le traían reflexiones que se negaba a realizar. Cuantas veces se había prometido dejarlo. Pero era dinero fácil, si aguantaba el asco que esos cuerpos de hombre habían llegado a producirle. Se protegió detrás de las gafas de sol, porque la vida a veces quema los ojos y el alma. Ahora que no enseñaba su cuerpo, se protegió del frío de su existencia con un abrigo que procuraba tener a mano. Por un momento, pensó en arrancarse la ropa y meterse en el mar para sentirse limpia. Pero había cosas que hacer. El negocio, los clientes... Al incorporarse, lo volvió a ver. Siempre cumplía con la misma rutina: Llegaba, se daba un baño y luego se dedicaba a mirarla con aquella intensidad turbadora, sentado a la sombra de una palmera, cerca de la cafetería que se encontraba al borde de la playa. Nunca la había dirigido la palabra. Por qué la llegaba a turbar de esa manera, si se recordaba constantemente que no podía permitirse esas tonterías? Estaba segura que era el de las flores, maldito sea. Por qué no la dejaba en paz? Odiaba reconocer que alguna noche llegó a soñar con aquellos ojos y había momentos en que despertaban una ilusión que creía apagada para siempre... No quería acercarse a la cafetería, no pensaba darle una nueva oportunidad. Pero necesitaba algo caliente para el cuerpo, y tenía urgentemente que ir al baño. O sería que, en el fondo, inventaba pretextos... Se estaba portando como una chiquilla y eso siempre le había traído funestas consecuencias. -En fin- pensó vamos a ver qué pasa- Se acercó a la barra y pidió un café con leche. Mientras le servían 10

12 se dirigió al servicio y con el rabillo del ojo vio que él también había entrado. Al regresar del baño miró a su butaca y una enorme decepción se apoderó de ella. Esta vez no habían puesto ninguna rosa. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por parecer indiferente, mientras se insultaba mentalmente por ser tan vulnerable. Se sentó, y cuando iba a coger la taza, una voz de hombre sonó a su lado: -Esta vez la entrega es en mano- Oyó que le decían. Pero con una condición: Que nos acerquemos a la orilla y nos demos juntos un chapuzón - Se volvió y era él, con la flor en la mano y una enorme sonrisa en su cara. No supo bien como reaccionar, y se limitó a recoger el regalo. Entonces fue cuando, después de muchos años, permitió que sucediera lo único que había prohibido tajantemente a los hombres que constantemente pasaban por su vida: Dejó que la besaran en los labios. Fue algo dulce y profundo a la vez. Al volver a la realidad y comenzar de nuevo a respirar, se quitó lentamente las gafas. Quería mostrarle que ella también podía tener ojos de enamorada. -En realidad, me gustaría que fuesen todos los chapuzones del mundo- contestó. 11

13 Cuatro: El Bergantín Maldito Esta es una historia que merecería figurar en los anales de las novelas de aventuras y misterio. Incluso escritores como Conan Doyle y H.C. Wells se interesaron en su momento por ella. Pero lo que a continuación se narra es real. Quizás aderezado por detalles que la acción conjunta del paso del tiempo y la imaginación popular hayan podido aportarle, así como alguna licencia para darle un cierto valor narrativo. Pero los hechos ocurrieron, aunque pueda parecer increíble. Y en su momento, tuvieron un eco mundial. Madrugada del 5 de diciembre de 1872, en pleno Océano Atlántico, a 650 Km. al este de las Azores. El bergantín Dei Gratia, al mando del capitán David Reed Morehouse, navega a buen ritmo camino de Gibraltar, aprovechando que el mal tiempo de los días anteriores había desaparecido, para dar paso a una jornada que se presumía tranquila, excepto por una ligera niebla matinal. Entre las brumas, el oficial de guardia avista otro barco, que surca el mar con las velas completamente desplegadas. Le sorprende comprobar que sigue una línea de navegación en zigzag, nada coherente. Decide dar aviso al capitán. Morehouse da la orden de acercarse, por habrían de prestar alguna ayuda. Comprueban el nombre del barco: La Mary Celeste. Un bonito nombre para un buque en aparente perfecto estado. Sorprendentemente, no parece haber nadie a bordo. Ni siquiera al frente del timón. Un aura de misterio parece rodear a la sigilosa nave. El capitán del Dei Gratia decide echar al mar un bote y enviar cinco hombres al mando de su primer oficial, Oliver Deveau, para investigar. No encuentran ni un alma a bordo. Tampoco hay señales de violencia. La única excepción a la normalidad es que el bote salvavidas ha desaparecido, como si algún suceso extraordinario hubiese obligado a la tripulación a abandonar el barco precipitadamente. En la despensa hallaron víveres para otros seis meses. Hay restos de comida, colocados con orden en la mesa 12

14 del comedor. Ningún objeto caído por los suelos. La ropa y el dinero de los tripulantes están colocados en sus sitios correspondientes... Dan las novedades al capitán, que solicita instrucciones por cable. Reciben la orden de ocupar el barco y llevarlo a Gibraltar. La sola idea de pasar varios días a bordo, estremecía a los tripulantes del Dei Gratia. Sólo el anzuelo del reparto de las ganancias que obtendrían por el rescate decide a unos cuantos a formar una tripulación provisional, que pone rumbo al Peñón. Allí, se inicia la investigación del caso. La Mary Celeste tenía una historia bastante agitada, y una bien ganada fama de mala suerte: Construida en 1861 en los astilleros de Spencer s Island, Nueva Escocia, era el primer navío que sacaba adelante un consorcio de astilleros navales. Fue bautizada originalmente como la Amazon y las tragedias comenzaron incluso antes de iniciarse el viaje inaugural: El que iba a ser su primer capitán, el escocés Robert McLellan, cayó enfermo y murió antes de hacerse a la mar. Le sustituyó un tal John Nutting Parker, que tampoco tuvo mucha suerte, pues durante la primera singladura la nave se enredó en unos aparejos de pesca cerca de Maine, tuvo daños en el casco y hubo de volver a los astilleros para ser reparada. Allí mismo sufrió un incendio, que le costó el puesto al capitán. En su primera travesía del Atlántico, en 1856 llegó a chocar con un pesquero y encallar cerca de Kay West. El 10 de Junio de 1864, otro de sus comandantes muere ahogado en el puerto de Boston. A partir de entonces, la historia se vuelve confusa. Los marinos son gente supersticiosa, y el bergantín empieza a tener mala fama. Pasa de armador en armador, sin que ninguno logre recuperar la inversión que supone su compra, hasta que en 1867, a la vuelta de un viaje a Inglaterra, vuelve a naufragar a la altura de la isla de Cap Breton: Choca contra una goleta, a la que acaba por hundir. Finalmente llegó a las manos de J. H. Winchester & Co., consorcio de armadores de Nueva York. A esas alturas, el Amazon ya no se parecía en nada al barco original. Había sido agrandado, llevaba los 13

15 colores norteamericanos y se llamaba Mary Celeste: Se había convertido en un bergantín goleta de 30 m de eslora por 7,6 de manga y desplazaba 286 toneladas. Finalmente, en 1872 sobreviene el drama que acabaría por hacerle célebre el todo el mundo... Los periódicos habían tenido ya noticias de lo sucedido. Las primeras planas de los diarios se llenan de referencias sobre el tema. Mientras tanto, se van conociendo los detalles de la investigación que llevan adelante las autoridades judiciales. Se sabe que, además del bote salvavidas, tampoco se encontraron a bordo el sextante, el cronómetro y los libros de navegación. Había una cierta cantidad de agua acumulada en las cubiertas inferiores, pero sólo se encontró una tajadura reciente, como de dos metros de largo a la altura de la línea de flotación, que no suponía ningún peligro para navegar normalmente. Otro misterio era el hecho de que seis ventanas de los camarotes de popa habían sido clausuradas con tela y tablas de madera. Las anotaciones del cuaderno de bitácora se detienen el 25 de noviembre, lo que indica que el barco anduvo a la deriva durante diez días, recorriendo 500 millas. Se encontraron también rastros rojizos en la borda, pero se comprobó que se trataba de óxido. En otro ámbito, se intentaron reconstruir en lo posible los hechos: El bergantín Mary Celeste había partido de Nueva York el 7 de noviembre de 1872 rumbo a Génova, con una carga de alcohol industrial, destinada a agrandar la graduación alcohólica del vino, repartida en 1700 toneles. Viajan con el capitán Benjamín S. Briggs su mujer y su hijo, que han decidido acompañarlo. La tripulación la componen 7 marineros. El diario de a bordo no indica nada anormal. La última anotación del diario de a bordo, el 24 de noviembre, indica la llegada a las Azores y que la noche posterior habían tenido mal tiempo... En una pizarra del puente donde se anotaban las posiciones del barco, se indicaba que el día 25 se encontraba al nordeste de la Isla de Santa María. Ninguna noticia más, hasta que es avistado desde el Dei Gratia. 14

16 Se realizaron numerosas hipótesis para explicar lo ocurrido: La Oficial, del procurador que llevó el caso, habló de una sublevación de los tripulantes, que supuestamente habrían asesinado al capitán y su familia, rozado con unos arrecifes para simular un accidente, y abandonado el barco en el bote. Pero al no haber señales de violencia, pocos hicieron caso. Por los mismos motivos, tampoco convenció la historia de un ataque de piratas. Otras explicaciones más pintorescas surgieron de las mentes de los periodistas: Enfrentamiento con un calamar gigante, una posible epidemia a bordo, un envenenamiento masivo, un episodio de locura colectiva... Incluso se llegó a sospechar de una conspiración de los comandantes de los dos barcos para hacerse con el premio del salvamento: En realidad, la tripulación del Dei Gratia sólo recibió 8528 dólares, la quinta parte del valor del cargamento. El tiempo fue pasando, y la historia se convirtió en leyenda. Una de las más conocidas entre la gente del mar. Leyendas que hablan de barcos fantasmas que surcan el océano, de tripulaciones que desaparecen sin motivo aparente... La Mary Celeste, una vez reparada se hace de nuevo a la mar. Pero ahora ya no le abandona la aureola de barco maldito. Cambia de dueño 17 veces intentando escapar a su reputación. Su desaparición definitiva no desmerece del resto de la historia: En enero de 1885, el último capitán, G.C. Parker, la arroja contra unos arrecifes en Haití, buscando cobrar el seguro. Acusado de Crimen de Baratería, es arrestado, pero fallece antes de comparecer ante la justicia. Y mientras los restos del buque desaparecían, la Leyenda del Bergantín Maldito no había hecho más que empezar... 15

17 Cinco: El Señor Sargo El día acababa. El Sr. Sargo llegó a su casa agotado por la agobiante jornada de trabajo. Entró despacio en su cueva del cuarto derecha y soltó un suspiro envuelto en burbujas, mientras sacaba las llaves. Sabía que no podía seguir así, que no había futuro en ese dar vueltas sin sentido en que se había convertido su vida. Se estaba dejando las escamas para nada. Tres años ya con aquella basura de contrato que casi no le daba para vivir y que nunca tenía seguridad de renovar, sin perspectivas de mejora, y con la espada de Damocles de engrosar las filas del paro en cualquier momento. Además, en el arrecife al que le habían destinado y donde se veía obligado a pasar tantas horas no encontraba la postura adecuada y empezaba a tener un dolor preocupante en el lomo. El viernes era el peor día en el trabajo y se temía que la molestia iba a convertirse en un infierno. Desde hacía tiempo, lo único que le consolaba era tumbarse en el sofá a ver la tele mientras se acompañaba de algún que otro trago de alcohol para alegrar la tarde. Al menos se dormía relajado. El problema era que la cantidad ingerida empezaba a aumentar de forma preocupante. Hacía ya tres meses que había dejado de ser un lujo para convertirse en parte de la rutina. Ni siquiera cayó en la cuenta el primer día en que también formó parte del desayuno. Llegó algo más contento al trabajo, pero las cantidades fueron aumentando, al mismo tiempo que disminuía su rendimiento laboral. La consecuencia a medio plazo fue el despido. El tiempo siguió pasando y su desmoronamiento físico y moral continuó imparable. La última vez que le vi dormitaba con una botella de vino barato en la mano, intentando que le diesen unos céntimos a cambio de nada... Le avisé de que se le había caído del bolsillo la foto de una hermosa salema y mientras la recogía del suelo creí entrever un par de lágrimas en su mirada...temo por él. Tiene toda la pinta de desaparecer pronto en la red de algún pescador, para acabar siendo comida de humanos. Es el destino de los seres del mar que bajan la guardia ante nuestro más implacable enemigo... 16

18 Seis: El pescador y el delfín Amanecía. A lo lejos un grupo de gaviotas revoloteaba sobre el mar, que comenzaba a desesperarse bajo un cielo sin nubes. Había botado su barca cuando las luces amarillentas de las farolas aún les hacían guiños perezosos a la arena de la playa. Avanzó lentamente, levantando espumas y dejando atrás una estela blanca, cortando los azules dormidos de las calladas aguas. Cuando lo consideró oportuno, paró el motor y dejó que la inercia le aproximara al banco de aves, mientras se recostaba en la proa satisfecho, disfrutando de los primeros rayos de sol. Saboreaba enormemente aquella soledad de brisa y mar. La pesca era una buena terapia para despejar la mente de la rutina semanal. Cargó el cebo en el anzuelo y dejó que la plomada se hundiera, mientras fijaba la caña al esquife de babor. - Tío, podrías tener un poco más de cuidado! Son ganas de fastidiar a estas horas! La voz había sonado con nitidez, un tanto extraña, pero perfectamente entendible. Miró a su alrededor sobresaltado, pero no se veía ni un alma. Tan sólo las gaviotas por encima de su cabeza. Volvió a escucharla: - Heyy! No mires tanto, que estoy aquí! Era un delfín, que con su morro sonriente, sacaba la cabeza por fuera del verde iluminado del agua. El pescador se frotó los ojos con fuerza, pero por lo visto no parecían ser alucinaciones: -Perdona. No serás tú el que ha hablado? - A quién más ves por aquí? Al Rey Neptuno? Te decía que tengas cuidado con ese anzuelo que has lanzado. Es domingo y a uno le apetece dormir algo la mañana. - Y que quieres que haga, si he venido a pescar? No pretenderás que los peces salten a la barca por su propia voluntad? 17

19 -Bueno pero al menos podías haber esperado un poco a que se despierten. Digo yo... -Ya Oye, no te molestes, pero tú eres un delfín. Y los delfines no hablan Qué ha pasado para que tú puedas hacerlo? -Me enseñó mi amigo humano. - Amigo? Humano? Cómo es eso? -Cuantas preguntas. Tranquilo, que te cuento: Se llama Mamadou y es senegalés. Se hundió hace unos meses con un cayuco junto a otros como él, que según decían iban en busca del paraíso. - Y qué ha sido de ellos? -Fueron rescatados por unas sirenas y decidieron quedarse con nosotros. Mamadou dice que no podía imaginarse que el paraíso pudiera encontrarse bajo el mar. Aquí no tiene hambre ni frío, ha aprendido mucho sobre las corrientes marinas, las mareas... Se le ve verdaderamente feliz. El hombre no salía de su asombro. Estaba manteniendo una conversación con toda naturalidad con un delfín, que encima se permitía darle lecciones de integración y convivencia. - Pero entonces también existen las sirenas? -Pues claro. Muchos humanos las vieron en la antigüedad, pero ya no se relacionan con los de tu especie. Causa demasiado terror al resto de los seres vivos. - Madre mía! Quién me va a creer cuando cuente esto? Y yo que salí de casa pensando en pasar un día tranquilo de pesca...!- -No te creerá nadie. Los humanos ya ni siquiera creen en la magia. Todo lo que no pueda ser explicado, no existe. Pero hay otros mundos diferentes: Mundos de olas y escamas, de arrecifes y silencios...- El pescador se quedó mirando al horizonte unos instantes... Se volvió hacia el delfín y con un toque de ansiedad en la voz, le dijo: -Tienes razón, amigo. Tampoco en mi vida había ya lugar para la magia y las emociones. Todo es una rutina sin sentido que parece no tener fin. No habría lugar en esas aguas para uno más? Daría lo que fuera por poder acompañarte- 18

20 El animal volvió a sonreír, porque con esa propuesta el hombre le había sacado de un buen apuro: Había roto los códigos del mar, que prohibían mantener un contacto de ese tipo con los humanos. Así que dio un enorme salto en el agua, mientras gritaba: - Pues claro que eres bienvenido. Vamos, que aún tenemos todo un día de emociones por delante! Horas después, unos niños que jugaban en la orilla encontraron varada una barca en aparente buen estado, con los restos de unos aparejos de pesca pero sin rastro de los que podrían haberla usado... Aunque las autoridades establecieron un dispositivo de búsqueda, nunca se recuperó cuerpo alguno. El caso se solventó dictaminando que seguramente habrían fallecido ahogados en el mar mientras pescaban... 19

21 Siete: Sabor a mar Se había quedado prendada de él una hermosa mañana en que lo descubrió al frente del timón del pesquero, dibujando una línea blanca en la superficie del mar mientras buscaba el lugar propicio para recoger la cosecha diaria que el mar le ofrecía. Tenía un aspecto hermoso y triste. Le atrajo el aire de desolación que desprendían sus gestos y se quedó prendada de aquellos ojos apagados, donde la vida parecía esfumarse lentamente. Desde aquél momento, se hizo costumbre esperarlo cada día, para ver cómo ejecutaba mecánicamente las labores de la pesca, con la esperanza de atrapar una brizna de alegría que alterase su semblante. Hasta que se preguntó por la razón de su interés por ese hombre y entendió que había crecido dentro de su pecho sin ella pretenderlo: Un sentimiento tan insondable como la mayor de las profundidades marinas. Fue entonces cuando decidió averiguar cual era el secreto que escondía, la causa del dolor que seguramente le estaba atravesando el alma. Preguntó por el pueblo y comprendió. Le hablaron del terrible accidente mientras él se encontraba pescando. De la muerte de su mujer y su hija, de la desesperación, del tiempo recluido en un hogar ya vacío, de la progresiva vuelta a la normalidad que nunca volvió a ser igual... Le contaron que dejó de ver a sus amigos y acabó por convertirse en una figura solitaria, que sólo abandonaba su reclusión para salir a pescar por las mañanas y dar un paseo por la playa amparado en la oscuridad de la noche. Cómo atreverse ella, una completa desconocida, a alterar esa rutina? Se limitó a seguirlo en la distancia, a compartir anónimamente su pena y escuchar en silencio los sollozos que alguna vez susurraba en las rocas que enmarcaban uno de los extremos de la playa. Él parecía al margen de todo que no fuese la burbuja de cristal de su sufrimiento, que amenazaba con romperse en cualquier momento para dar pié a alguna locura. Los días fueron pasando, y ella tenía que cumplir la promesa de volver. Le siguió por última vez en su paseo por la orilla del mar, y ahora sí se atrevió a acercarse. 20

22 -No puedes seguir así- le dijo. Aún tienes quien te quiera- No le dio tiempo a contestar. Echó a correr mientras se despojaba de la ropa, y al llegar el extremo del muelle se lanzó al mar mientras sus piernas se transformaban en una brillante e inmaculada cola de pescado. Volvía a ser lo que siempre había sido: una sirena. El amor no pudo cambiar su destino. Había aprendido que en ocasiones no basta con querer a alguien para que te amen. A la mañana siguiente contempló como pasaba el barco de su amigo, puntual como siempre. Por qué no seguirlo una vez más como la despedida definitiva? En eso pensaba, cuando se pararon los motores. El hombre subió a la borda, miró alrededor como para tomar fuerzas y se dejó caer al agua. No hizo ningún otro movimiento, sólo hundirse lentamente con la boca abierta... Hasta que sintió que tiraban de él. Una mano acarició su cabello y unos dedos dibujaron una caricia en su boca. Abrió los ojos para contemplar un rostro femenino de increíble belleza, que le miraba con enorme ternura: -Lo siento, pero no puedo permitir que esto suceda. Y la razón está en lo que te comenté anoche...- escuchó que le decían, mientras un maravilloso sabor a mar se apoderaba de sus labios. 21

23 Ocho: El viejo marino І Le estaba costando mucho acostumbrarse a aquella nueva vida, tan normal para otros como extraña para él. Una vez había leído sobre un preso que conseguida la libertad después de casi 50 años de condena, había decidido declararse en huelga de hambre para que no lo sacaran de la cárcel. Lo entendía. En cierta manera sus temores eran los mismos, pero por lo contrario: Su vida, su libertad y su elemento estaban en la mar, y en tierra se sentía preso. Cincuenta años habían pasado desde que se fue de casa para recalar en su primer barco, con 20 recién cumplidos. Aún recuerda la sensación de felicidad que le embargó y como supo que había encontrado su sitio. Nunca se arrepintió. Tanto había sido así que en los breves espacios de descanso obligado en tierra, se sentía desorientado, los tomaba como una cuota que había que pagar hasta regresar de nuevo a su verdadero mundo. Nada era comparable a estar de madrugada al timón, sólo con sus pensamientos y un cigarrillo mientras sentía el suave runruneo del barco y teniendo el horizonte como única frontera... Habían sido todo tipo de buques, pero curiosamente le gustaban los añejos, los destartalados, los que navegaban cansinamente su enésima singladura. Aquellos de los que cualquier profano en la religión de la mar habría salido espantado. Por el contrario, un verdadero marino sabe que su barco es como un ser vivo. Y la veteranía es también un grado en este caso, aunque le pueda crujir al navío su anciano esqueleto de metal. Como también les cruje el suyo a los viejos lobos de mar... Y un día les jubilan. A los barcos y a los marinos. Por eso estaba allí, en aquél pueblo pequeñito de esa isla perdida en mitad del Atlántico. Una vez recalaron por unos días para reparar una avería en las máquinas. Como no había nada especial que hacer, consiguió un coche y decidió recorrerla. El pueblecito le gustó por estar en un agradable lugar de la costa y el aire de tranquilidad 22

24 que respiraba. Paró a comer y luego decidió dar un paseo para estirar las piernas. En las afueras la vio. Sobre un pequeño montículo, como un vigilante atento sobre una pequeña cala. Se enamoró de la casa a primera vista. Probablemente porque le recordó aquella otra donde pasó sus últimos años su poeta preferido allá, en el lejano Chile. El último hogar del viejo Neruda en Isla Negra, que lo había convertido en el refugio de la ilusión del marino que nunca pudo ser. Hasta allí se acercó una vez. Y guardaba como su mayor tesoro el libro de poemas que, después de unas horas de vino y conversación le dedicó el poeta... Y es que, en realidad, nunca tuvo nada de valor material. Sus pertenencias siempre la cupieron en un morral. Pero esa casa... Y con pinta de abandonada. Preguntó, removió papeles y conciencias. No descansó hasta que logró comprarla. Afortunadamente había reunido algún dinero. Total, en la mar no se tienen tantos gastos. Pasaba por allí de vez en cuando, para llevar algunas cosas que iba comprando en sus viajes. Recuerdos que le acompañarían en la vejez. No se relacionaba demasiado con la gente del pueblo y tampoco estaba tanto tiempo como para intimar con nadie. Y pasaron rápidos los años. Hoy era un viejo marino jubilado, intentando habituarse con escaso éxito a una nueva existencia. Le gustaba su hogar, la soledad y la calma que había conseguido. Pero echaba de menos tantas cosas... Afortunadamente la gente respetaba su intimidad. Por lo visto habían surgido leyendas sobre su figura y le gustaba alimentar las cábalas, dejándose ver en actitud seria, con su pipa de madera, la gorra y la chaqueta de marino con la que se cubría. ІІ Se había cruzado con el chiquillo algunas veces cuando iba de compras al pueblo. No tendría más de nueve o diez años y había notado que se le quedaba mirando, como con ganas de hablarle. Seguramente le impondría respeto su figura y estaría impresionado por las cosas que se decían de él, por eso no se habría atrevido, pero incluso sospechaba que alguna vez incluso lo había seguido... 23

25 Cuando encontró una barca destartalada y decidió llevarla a las afueras de la casa para intentar arreglarla y así tener algo más en qué entretenerse, se convirtió en habitual que el niño fuera un rato por las tardes a contemplar su trabajo. La verdad era que no molestaba, porque nunca se acercaba y guardaba un silencio respetuoso. Al poco tiempo se acostumbró a su presencia y hasta se llegaron a cruzar alguna sonrisa. Una tarde en que se demoró más de lo habitual en salir de casa, lo sorprendió observando de cerca la barca. No le escuchó acercarse y menudo susto que se llevó el pobrecillo, cuando le preguntó qué hacía... - Nada, contestó Le juro que no he tocado nada. Sólo quería ver como estaba quedando - - Te gustaría ayudarme?- preguntó, probablemente sin meditar las consecuencias. - Claro le contestó entusiasmado. A partir de ese día, durante un par de horas trabajaban juntos en silencio. Sólo de vez en cuando le hacía alguna pregunta, siempre sobre países lejanos que él pudiera haber conocido. Para aprovechar el tiempo, empezó a llevarse los deberes y los acababa mientras se tomaban juntos un refresco en el portal de la casa. Los días en que no había clase, se volvió norma el contarle historias de la mar. Algunas vividas en carne propia, otras ni siquiera estaba seguro de que fueran verdad. Pero que más daba: Descubrió el placer de contarlas. La tarde en que acabó el trabajo en la barca montaron una pequeña fiesta. Para ellos dos, claro. Y fue un placer hacerse de nuevo a la mar, remando despacio durante un rato. Al chiquillo le resplandecía la cara. Se reconoció en aquella mirada que despedían sus ojos. El enano aquél le había conquistado el corazón. Era algo completamente nuevo: Le gustaba su semblante serio, la naturalidad con la que se acercaba y se le echaba en los brazos, la necesidad que tenía de protegerlo... Por primera vez en su vida descubría lo que era querer de esa manera a alguien... Nunca tuvo una verdadera familia. Amores sí, claro. Eran intensos, pero fugaces. Amores de un vagabundo de la mar, que se había 24

26 adueñado de su vida. Lo más cercano a un sentimiento familiar lo tenía con los viejos compañeros, con los que coincidía en algún barco durante un tiempo. Lo de ahora era distinto. Una maravillosa ternura hacia un ser diminuto que se había introducido hasta sus entrañas y le alegraba tanto con sus risas... ІІІ Aquella tarde, sin embargo, había estado más callado que de costumbre. Le veía alterado, algo le rondaba por la cabeza y no se atrevía a contarlo. Pero él tenía paciencia. Es lo primero que se aprende en medio del océano. Al fin se decidió: - Esto... Me gustaría preguntarte algo...- le dijo - A ver, de qué se trata? - Es que se están acercando las navidades... La seño nos ha comentado que como son fiestas familiares, la próxima semana vamos a dedicarlas a la familia. O sea, que cada día podrían ir nuestros abuelos a hablar en clase y contar cómo ha sido su vida Contaba el niño, nervioso - Me parece una buena idea Contestó el viejo. - Pero yo no tengo abuelos. Se murieron antes de que naciese y..., bueno... Había pensado que si a ti no te importa... tú podrías ser como mi abuelo, ir a hablar, ya sabes... contarles tus historias... Ya sé que no te gusta mucho relacionarte con la gente, pero sería genial. Se lo he dicho a mis padres y a ellos no les importaría...- El viejo no decía nada, y el pobre niño ya no sabía lo que hacer ante su mutismo. - Perdona, no ha sido una buena idea, por favor no te enfades. Olvídalo, no importa, de verdad...- Y aquél hombre, con la piel curtida en tantas batallas, supo de la mano de un niño que el cariño se basta para ahuyentar fácilmente los fantasmas de la soledad. 25

27 -Claro que iré-, le dijo.-será para mí un honor ser tu abuelo- Y fue a la escuela. Su presencia había despertado tanta expectación que se tuvo que adaptar a toda prisa el salón de actos. La gente se acercaba a saludarlo y a darle la bienvenida. Se presentaban, le estrechaban la mano... Hubo un momento muy especial, cuando su nieto llegó de la mano de los que debían ser sus padres. Abrazos llenos de afecto y en un aparte que pudieron hacer unos momentos, el padre le llegó a dar las gracias por lo que había hecho con el niño: -Siempre fue muy retraído y le costaba relacionarse con los compañeros. Pero desde que está con usted ha cambiado. A todos nos complacería que cenase con nosotros en nochebuena, si no tiene otros planes, claro...- Abrumado se subió al estrado, se hizo el silencio y comenzó a hablar... -Que carajo-, pensó. - La felicidad puede estar detrás de cualquier esquina. Sólo hay que saber encontrarla-. 26

28 Nueve: Mi playa Siempre he sentido que no hay mejor sitio para estar que en una playa. Y no hay mejor playa que la mía, al menos para mí, claro. No importa su nombre y aunque importase no pienso decirlo, porque cuanta menos gente la conozca, mejor. Acoge en si misma un montón de paisajes, tantos como horas tiene el día, formas en que se presenta el clima o estaciones en que se disfraza el año. Se llena de gente en verano, con familias enteras recargando baterías tumbadas al sol desprendiendo aromas exóticos de los protectores solares y la música rapera siempre subida de volumen de las pandillas adolescentes. Pero también está la del resto del año en que apenas puede verse algún bañista osado, pero si gente mayor dando sus paseos diarios y deportistas corriendo por la arena o nadando vigorosamente embutidos en sus trajes de neopreno. Es cuando los asiduos, los que realmente la amamos, disfrutamos con sus lluvias esporádicas y el solajero de casi siempre. Los domingos acude más gente deseosa de rayos de sol, practicar deporte, una tertulia en la arena, un lugar de meditación o simplemente repasar los diarios o enfrascarse en el libro que mantiene ocupado su interés de lector. Todo bajo la vigilia silenciosa de las barcas de pescadores, testigos impagables de los buenos momentos que nos regala un lugar como ese. En mi playa puedes enamorarte, llorar en la arena tus penas, abandonarte al placer de ser mimado por la espuma del mar, o sufrir los embates del viento cuando le hace una visita... Es un reducto de belleza y bienestar, una fuente de salud física y mental. Y un inmejorable marco de amor para las parejas que se acercan por la noche, ebrias de ternura y deseo... Me gusta comprobar el efecto que causa en los visitantes de fuera. Sobre todo los europeos del norte, que llegan huyendo de su gélido invierno y la miran como un tesoro que quizás los lugareños no valoramos como se merece. Yo sí. Porque en ella me he divertido, he acariciado, he llorado, he disfrutado como un niño de todos los dones que, generosa, nos brinda. Imagino que mucha gente la considera como suya. Yo también. Les aseguro que la llevo muy adentro y que así va a ser mientras viva. 27

29 Diez: La canción de la ballena El paso del tiempo le daba la razón. David había acertado al cambiar la ciudad por aquél pueblo costero. Un par de libros publicados le aportaron la estabilidad económica necesaria para dedicarse por entero a escribir, y le gustaba la tranquilidad que allí se respiraba. Le resultaba estimulante. Se había construido su pequeña rutina: Disfrutaba levantándose poco antes del amanecer para ponerse a trabajar mientras afuera, los ruidos de fondo le indicaban que el resto de la gente se preparaba para una nueva jornada. El pueblo aún vivía de la pesca y estaba en plena actividad bastante antes de que el sol hiciera su aparición. Pasadas unas horas de total concentración, le llegaba el aroma a pan recién hecho, se acercaba a la panadería y compraba lo necesario para un buen desayuno. Luego se ponía al bañador, cogía una toalla, unos prismáticos que casi siempre le acompañaban y se alejaba por un viejo camino que transcurría paralelo a una costa abrupta y con abundantes charcos, que hacían las delicias de los chiquillos, con sus juegos y chapoteos. Quinientos metros hacia el sur, un enorme promontorio se adentraba en el mar en forma de cuña, dando entrada a la bahía que resguardaba el puerto. A sus pies, a cubierto de los vientos y de miradas indiscretas, había una cala diminuta. El único sitio donde las aguas siempre estaban en calma. Los jóvenes la utilizaban mucho para sus correrías, y era conocida como la Cala del Amor. No había que ser muy listo para imaginar las razones de ese nombre. Era su lugar preferido para el baño. Se metía en el mar desnudo, nadaba hasta que le dolían los músculos de los brazos y luego se tendía un rato a descansar, sintiéndose en paz con el mundo. El ejercicio le servía para meditar. Se sentía contento. Una vez superadas las iniciales reticencias que despertó en los lugareños su llegada, le fueron aceptando poco a poco, y empezaba a sentirse a gusto. Disfrutaba enormemente los ratos de charla amigable en la taberna, cuando las tardes de invierno invitaban al recogimiento y la conversación. Los más viejos tenían una abundante cosecha de 28

30 historias y leyendas relacionadas con el mar. La mar, como ellos decían. Les encantaba tener a alguien que no ponía reparos en escuchar atentamente y encima pagaba con buen talante un par de vasos de vino. Afortunadamente aquella parte de la costa se había librado de la especulación urbanística. Muy pocos turistas se presentaban, acaso en la época veraniega, pero allí el mar era rudo y a veces bastante violento, así que los que aparecían lo hacían de paso y movidos por el pintoresquismo del lugar. Mejor. No sabía que eso fuera motivo de queja para sus vecinos, y desde luego, para él tampoco. Ya estaba llegando a su destino. Sólo quedaba un pequeño desvío que conducía al mar y evitaba tener que pasar por un enorme caserón que se levantaba sobre el promontorio, y donde al parecer vivía una pareja de ancianos que no se relacionaba mucho con el resto del pueblo. Aún no los conocía, y le resultaba curioso que cuando se hablaba de ellos, un aura de misterio flotara siempre en el ambiente... Le sorprendió una especie de quejido que parecía venir desde la orilla. Era un sonido extraño que despertó su curiosidad. Aceleró el paso y cuando dobló la última roca, lo que vio lo dejó paralizado: Una enorme ballena se retorcía sobre los guijarros, varada en la playa. Durante unos instantes no supo qué hacer. Decidió acercarse lentamente mientras le hablaba con voz muy queda, para no asustarla. Cuando estuvo a su lado, sintió uno de aquellos grandes ojos fijos en él y fue como si le transmitiese toda la angustia que debería embargar al animal en aquellos momentos. Absurdamente, le dijo que aguantase, que no desesperara, porque iba a pedir ayuda. Como si fuese a entenderle... Echó a correr de vuelta y los pies parecían tener alas. Llegó al pueblo pegando gritos, y asustando a todo el mundo. Una vez hubo tomado resuello, explicó lo que pasaba y la gente se movilizó al momento. Afortunadamente, el mar estaba revuelto y pocas barcas se arriesgaron a hacerle frente ese día, por lo que se podía contar con el pueblo casi al completo. Una pequeña procesión se formó con destino a la cala. Una vez allí, esperaron a que subiera de nuevo la marea. Con gran esfuerzo y cuidado lograron que la 29

31 ballena, que mostraba evidentes signos de cansancio, se hiciera de nuevo a la mar. Fueron unas horas de tensión y duro trabajo, pero el resultado valió la pena. Se sentían satisfechos y el regreso se hizo con gran contento de todos. Al día siguiente pudieron comprobar que el animal se encontraba mucho mejor de ánimos..., porque no se había ido. Permanecía en los alrededores del puerto y daba grandes brincos en el agua, como agradeciendo lo que habían hecho por ella. Los más pequeños se lo pasaron en grande, y casi hubo que arrastrarlos para que se decidieran a entrar en la escuela. También se había alterado la rutina de David. No dejaba de pensar en la mirada que descubrió en la ballena. Allí había visto inteligencia y una conexión sorprendente. Y a eso se le sumaba el espectáculo que les había obsequiado... Pasaron las jornadas, y la ballena no daba muestras de querer irse. Algunos pescadores mostraban sus reservas, porque pensaban que estando en aquellas aguas, sería una competencia que repercutiría en la captura de peces. Desaparecieron cuando una mañana, al hacerse a la mar, el animal se acercó a las barcas, haciendo todo tipo de movimientos, como pidiendo que la siguieran. Les condujo a un gran banco de peces, que llenó a rebosar las barcas como hacía mucho tiempo no había sucedido. Al volver a tierra, todos comentaban aquello como un milagro, y la ballena pasó definitivamente a ser aceptada como la Mascota Oficial del Pueblo. Que se lo dijesen si no a los niños, que superadas las reticencias de los adultos, acabaron por lanzarse habitualmente al agua a la menor oportunidad, para juguetear con ella... Así fueron transcurriendo las semanas. Una tarde, la ballena se acercó más que nunca a la orilla... Y comenzó a entonar una melodía. El sonido se fue extendiendo por las callejuelas, penetrando en las humildes casas y las tareas que ocupaban a los vecinos en aquellas horas se fueron deteniendo, mientras una pequeña multitud se concentraba en el puerto, atraída por lo que escuchaban. No había duda. Era música. El enorme animal estaba cantando para ellos. Se hizo un silencio emocionado. De pronto, 30

32 una niña se adentró en el agua y cantó a su vez... Se le unieron más y pronto hubo un coro de voces blancas siguiendo la pauta de un extraño canto que parecía llegar de lo más profundo del océano. En la gran casona del promontorio, dos figuras, una de ellas sentada en una silla de ruedas, contemplaban lo que sucedía. David pudo ver con sus prismáticos como una anciana se izaba por encima de la barandilla del balcón y se arrojaba al abismo. Mientras caía, una brillante cola de pescado relucía en el sol de la tarde. Le vino a la mente entonces una leyenda que hablaba de una vieja sirena, exiliada voluntariamente en aquellos parajes a causa de un amor imposible con un marino... Una vez en el mar, ejecutó una maravillosa danza sobre las olas, siguiendo el ritmo que marcaba la música. Mientras, David, absolutamente fascinado, enfocó de nuevo sus prismáticos al balcón. Junto a una silla de ruedas vacía, estaba la figura de un hombre ya encorvado. Recordó que le habían comentado que su nombre era Ulises... Todo era tan extraordinario que comprendió que tenía un inigualable material para una historia. Pero después de meditarlo unos instantes, se preguntó si tenía derecho a hacer público lo ocurrido. Con ligero encogimiento de hombros, se contestó a si mismo que las cosas estaban bien como estaban... 31

33 Once: Sonreírle a la vida Nadie sabe muy bien su edad, ni el lugar de donde procede. Lo primero, porque ni siquiera él mismo está seguro, y lo segundo porque guarda el secreto celosamente ante el temor de que puedan devolverlo al abismo del que procede. Su nombre es lo de menos: Tiene la piel oscura, el cuerpo modelado por el hambre y la pobreza, una sonrisa perenne en la cara y la mirada sincera del que ha logrado salvar la inocencia a pesar de tal cantidad de sufrimiento. Su corta vida ha sido una ruleta rusa, pero al fin parece haberse estabilizado. Por mucho que en los medios de comunicación intenten explicar las razones de la llegada de los que son como él, contar su historia, no logramos entenderlo. O no queremos. Es imposible para esta mentalidad de nuevos ricos que tenemos, asimilar cómo pueden sobrevivir en sus lugares de origen. Sólo nos preocupa que se los lleven pronto y los supuestos peligros que pueden acarrear entre nosotros, alentados por los voceros de siempre: Los llaman invasores silenciosos, son los que nos están hundiendo el sistema y nos tienen al borde de un colapso económico y social. A veces se da cuenta de que esos sentimientos existen, ahora mismo lo acaba de captar en la mirada reprobadora de algunas señoras de bien, que no entienden qué hacen ellos allí, disfrutando de un domingo de playa como cualquier hijo de vecino. Pero le da igual. Hoy se siente feliz, chapoteando en la orilla con los demás compañeros del internado donde los han enviado. Adora a los monitores, que se desviven por cuidarles. Les están enseñando muchas cosas, incluso a nadar. Como pueden cambiar las cosas. Durante días sintieron en carne propia el terror de cruzar un océano que desconocían y que trató de apoderarse por la fuerza de sus jóvenes cuerpos, y ahora se ha convertido en lugar de juegos y regocijo. Entre chapuzones disfruta de su felicidad, aunque sabe que a la noche llegará la hora de la llamada a casa y habrá que aguantar la bronca, intentar explicar a la familia por qué aún no puede enviarles dinero, que era la razón por la que todos se sacrificaron para reunir el importe de la plaza en el cayuco. 32

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