Lecturas para un viaje en tren

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1 Lecturas para un viaje en tren núm. 1 > LECTURAS PARA UN VIAJE EN TREN Colección de poesías y cuentos de Premios del Tren para clientes +renfe

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3 Lecturas para un viaje en tren núm. 1 Fernando León de Aranoa + Abilio Estévez + Iciar Masip + Mercedes de Vega Raquel Lanseros + Ben Clark

4 Colección de poesías y cuentos de Premios del Tren para clientes +renfe Fotografía de cubierta: Partier - Renfe Fundación de los Ferrocarriles Españoles Santa Isabel, Madrid Tel.: Editado por Cyan, Proyectos Editoriales, S.A.

5 Sumario CUENTOS Los Trenes Negros Fernando León de Aranoa... 7 Luces Abilio Estévez Cuentos del tren Iciar Masip Los tipos duros sí bailan Mercedes de Vega POESÍAS Cayo Hueso - Dublín Raquel Lanseros Cinco días Ben Clark... 75

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7 Los Trenes Negros FERNANDO LEÓN DE ARANOA Premios del Tren de Cuento 2006 Primer premio

8 FERNANDO LEÓN DE ARANOA Nació en Madrid en Licenciado en Ciencias de la Imagen, es guionista, director de cine, escritor y dibujante. Ha dirigido cinco largometrajes, que han sido distinguidos con doce premios Goya de la Academia de Cine, tres de ellos al mejor director. Sus películas han sido galardonadas en festivales nacionales e internacionales, habiendo recibido entre otros, una Concha de Oro a la mejor película en el Festival de Cine de San Sebastián y otra de Plata a la mejor dirección. Ha publicado también varios relatos. Fue Premio del Tren en 2005, segundo en 1993 y finalista en 1995.

9 Los Trenes Negros Lo decía Samuel, que pasaban cada martes muy despacio, ya de noche, para que los niños no pudieran verlos. Que pasaban más despacio que los otros, el traqueteo lento y dislocado, como de huesos de esqueleto bailando. Se sabía que venían porque el jefe de la estación atenuaba un poquito las luces, anticipando su llegada. Las mujeres se volvían entonces para no verlos y los hombres se descubrían, quitándose gorras, pañuelos, sombreros. A su paso se detenían las conversaciones, se entristecía la risa y el gesto, y quedaba en su lugar un silencio extraño, sobrecogido, la suma de muchos silencios pequeños. Y a veces, sólo a veces, adultos que nunca antes habían hablado se cogían de la mano, y en la penumbra de los andenes se podía escuchar a alguno llorar un llanto bajito, avergonzado. Los llamaban los Trenes Negros, y Samuel nos contó que los vio una vez que era martes y volvía con su madre de visitar a sus tíos en el barrio de la Moncloa. Que se les hizo tarde, y aunque su madre no quería coger el Metropolitano no les quedó otro remedio, porque a esa hora las calles se volvían peligrosas y oscuras, cada vez había más 7

10 FERNANDO LEÓN DE ARANOA hombres armados y no era extraño leer en los diarios que en la noche había habido un ajuste de cuentas, un disparo, un muerto. Dice Samuel que al principio eran apenas dos luces en la boca oscura del túnel. Que al verlos aparecer su madre le cubrió los ojos con las manos, pero él se las arregló para mirar entre los dedos delgados, como hacía cuando jugábamos a las escondidas y contaba hasta cien en la parte de atrás del almacén de madera de Almansa. Y que lo que vio entre los dedos de su madre hizo que un ejército de hormigas le subiera por las rodillas y se quedara allí, en sus muslos, dando vueltas. Los llamaban los Trenes Negros y eran tal y como nos los habíamos imaginado tantas veces antes, largos, lentos, silenciosos. Sin apenas luz en su interior, aunque Samuel juraba que a través de las ventanillas oscuras había adivinado sin dificultad su tripulación horripilante de aparecidos, su feroz pasaje de muertos apretujados: cadáveres boquiabiertos, asombrados aún, levemente ofendidos, como si la muerte les hubiera pillado de improviso, dejándoles el gesto contrariado, los corazones llenos de citas a las que ya no podrán acudir. Decía también que el que los ve envejece cien años por dentro. Y que a su paso quedaba en los andenes ese silencio que es la suma de muchos silencios y un olor penetrante y dulzón, como de pólvora reciente o de perfume de mujer mayor. Regresaban después las conversaciones y las risas, la luz a los andenes, los madrileños a sus rutinas. Y luego, nada. Nunca, nadie, hablaba de ellos. Nadie en los mercados, en las plazas, admitía haberlos visto pasar una noche muy despacio, haber contenido a su paso la respiración o el miedo. Se ignoraba su existencia, se negaba como se niega la de un fantasma muy temido, la de un pasado vergonzante 8

11 Los Trenes Negros o doloroso; se evitaba nombrarlos, quizá por temor a invocarlos, como si las palabras no fueran más el modo en que designamos las cosas y sí la puerta por la que vienen, su acceso a la vida. Sin embargo, cada noche recorría sus vagones en mis sueños. El cadáver de una niña nocturna, las piernitas huesudas cruzadas sobre la bandera pirata de su regazo, me sonreía en ellos desde el fondo de su propio abismo, mientras afuera, en el andén de una estación en la que jamás antes había estado, Samuel me hacía gestos y gritaba el túnel, el túnel. Moría yo así también de miedo, incorporándome cada noche, en mis sueños, al pasaje fúnebre de los Trenes Negros. Una madrugada, sentado en la cama, sudoroso y asustado aún, le conté a mi madre lo que nos había dicho Samuel. Me pareció que le molestaba. Pensé que a lo mejor a ella también le asustaban, y por eso no quería saber de ellos ni que cruzaran sus sueños como cruzaban ya, quizá para siempre, los míos. Al día siguiente, mientras desayunábamos y sin levantar siquiera la mirada de su taza, dijo que los trenes llevaban pasajeros, para eso es para lo que servían los trenes. Que lo demás eran tonterías de críos tontos y que cuanto menos viera a Samuel mejor, el chico ese era un mentiroso, desde que su padre les había abandonado no hacía más que meterse en problemas y bastante difíciles estaban ya las cosas sin necesidad de que viniera él a complicarlas. El papá de Samuel había desaparecido. En el barrio decían que había cambiado de bando. Que una mañana, temblando de miedo, había gateado hasta los puestos del enemigo suplicando no me maten, por favor, no me maten. Se lo habían oído decir al padre de Osorio, con el que dicen que compartió batallón sindical en el sur, cuando el frente culebreaba ya despreocupado por las calles 9

12 FERNANDO LEÓN DE ARANOA obreras del cinturón rojo, en Villaverde. Y se lo decían también a Samuel, por ver si le molestaban. Que su padre era un traidor, por eso los de la Junta de Defensa habían ido tantas veces a preguntarle a su madre y por las noches se la escuchaba llorando bajito al otro lado de las flores del papel pintado, que a duras penas alegraban ya las paredes de la casa. Pero Samuel no les escuchaba. Permanecía en silencio, la mirada perdida en algún lugar entre su pupitre y la pizarra, escuchando a sus Amigos Invisibles, los que le explicaban, ya bien entrada la noche, el Porqué de las Cosas. Y es que Samuel era el Maestro del Miedo, el amigo de los fantasmas que habitaban nuestros armarios infantiles. A él le confiaban sus secretos y le hablaban de sus odios, de sus amores y sus miedos, porque los fantasmas, decía Samuel, odian y aman y temen como nosotros. Y decía también que le susurraban cosas al oído, por ejemplo, dónde nos escondíamos cuando jugábamos en la parte de atrás del almacén de madera de Almansa, por eso nos encontraba siempre a la primera, no porque hiciera trampas cuando contaba apoyado en el árbol, doce, trece, dieciséis, y mirara entre los dedos con disimulo, sino porque los espíritus, sus amigos, se lo habían dicho bajito, para que nadie más pudiera oírlo. Fue Samuel el primero en hablarnos también de la Patrulla de los Túneles, un grupo de soldados sin bandera que vagaban por los subterráneos del Metropolitano y se aparecían de vez en cuando, matando hoy a veinte, mañana a cuarenta, pasado quién sabe. Decía Samuel que degollaban a sus víctimas con unos cuchillos que cuando se clavan en el cuerpo humano ya no se pueden sacar sin provocar un daño atroz. Y que antes de que pudieran atraparlos desaparecían de vuelta en la oscuridad de los túneles, donde planearían ya, a buen seguro, su próximo golpe mortal. 10

13 Los Trenes Negros Y decía también que su padre no les había abandonado. Que si había pasado al otro bando es porque era un espía secreto, un agente doble entrenado para una misión importantísima, y que nadie lo sabía excepto él, porque una vez vio su salvoconducto de espía y el radiotransmisor portátil con el que, desde las líneas enemigas, enviaría a sus superiores cada madrugada información secreta, tan secreta que ya no podía decir ni una palabra más, no fueran a descubrirle, cambio y corto. A lo mejor por eso la mañana en la que la palabra Desertor apareció escrita con pintura roja de lado a lado en la pared de su casa, Samuel no se preocupó. Escuchó paciente las risas, los insultos, las calumnias; enjugó las lágrimas de su madre, abrazó su desconsuelo; consultó con sus amigos los espíritus, los que le contaban la Verdad de las Cosas, y al terminar se sonrió para dentro, aunque todos, desde fuera, notamos sin dificultad que sonreía. Esa pintada era parte del Plan Secreto: eran los hombres de su padre los que la habían hecho, conjurados para hacernos creer a todos en el barrio que era un traidor y conseguir que el enemigo así, avisado, confiara sin reservas en él y le revelara secretos que después, ya en la madrugada y aun a riesgo de su vida, radiotransmitiría lealmente a sus superiores. Entre los conjurados, decía Samuel, se contaba Pasternak el Inconcebible, un famoso mentalista húngaro, brigadista internacional del que se rumoreaba que había venido a España huyendo de la justicia de su país, donde, harto de sus infidelidades, había hecho desaparecer a su mujer en el transcurso de un espectáculo de magia. Pasternak había actuado en los escenarios más exigentes de Europa. Decían que había hecho cantar en alemán a más de seiscientas personas una noche de noviembre, en un pequeño teatro de Varennes, aunque la mayor parte de ellas, preguntadas más tarde, admitieron desconcertadas desconocer ese idioma. Que había hecho llorar como un bebé a 11

14 FERNANDO LEÓN DE ARANOA un ministro de la guerra, a una mujer decorosa desnudarse ante el público asombrado y a su marido felicitarse después de la belleza de su esposa, porque si antes había sido celoso, el Inconcebible lo transformó aquella vez en cínico y despreocupado. Ya en España, una vez desmanteladas las brigadas, la Organización Sindical le confió el mando de un batallón de magos. Bajo sus órdenes, trescientos ilusionistas realizaron las más grandes proezas que se recuerdan, aquellas de las que con mayor excitación se hablaba en los cafés, en las plazas y en los parques de la ciudad sitiada. Con sus levitas de gala bajo la guerrera, Los Magos, como se los conocía, participaron en la ofensiva de Covarrubias, Hinojar, La Cañada y Santa Serena de la Rubia. Las balas los evitaban, trazando parábolas imposibles en el aire, para después caer mansamente a sus pies; cortaban a los temidos tercios de regulares en partes exactas y luego las remezclaban a su antojo; convertían sus fusiles en palomas manchadas y, a un solo gesto de sus manos, los más fieros legionarios bailaban como tiernos adolescentes en el campo de batalla mientras se cubrían el rostro, azorados; adivinaban, en fin, los pensamientos del enemigo en el instante exacto en el que se formaban, adelantándose así a sus acciones. En cierta ocasión en la que Los Magos, cansados y desprovistos ya de municiones, se vieron aislados en una cañada y acorralados por un enemigo furioso, harto de ver a sus mejores soldados ladrar como perros, caminar milagrosamente hacia atrás, caer desmayados como damiselas ante la sola visión de la sangre, el Inconcebible abandonó su refugio y se plantó, calmadamente, ante una columna de acorazados que amenazaba con volar por los aires su escondrijo. Ante los ojos desconcertados de los tanquistas se quitó la guerrera, la dobló con gran ceremonia y se la entregó a uno de sus hombres, que se hizo a un lado con 12

15 Los Trenes Negros ella. Alisó con el dorso de sus delicadas manos las relucientes solapas de raso negro de su levita, mostró el envés desnudo de sus muñecas a los artilleros enemigos y levantó una mano hacia sus cañones, muy despacio. Pronunció entonces dos palabras en húngaro que nadie acertó a escuchar del todo. Dos palabras que hicieron desaparecer a la división entera. Sus colegas le ovacionaron, eufóricos. No tanto porque acabaran de salvar sus vidas, poco importaba eso ahora, como por la calidad extraordinaria, y en verdad inconcebible, del truco. Dicen que algunos de ellos trataron de repetirlo en otras campañas meses más tarde, con desigual fortuna. A Pasternak se le perdió el rastro en la sierra norte de Ma drid. Se enamoró de una joven de belleza transparente, a la que la tuberculosis y los años de guerra habían confinado en la cama para siempre. El Inconcebible la amó desde el mismo momento en que adivinó sus pensamientos, tan puros. Contradiciendo los severos diagnósticos, cada noche, cuando nadie los veía, la hacía levitar sobre el colchón, y, anudando un cordel de seda a sus delicados tobillos, salía a pasear su amor por las calles solitarias, fantasmales ya, de la ciudad sitiada, ella volando, él también. Todo esto nos lo contaba Samuel con gesto adulto, informado, mientras al otro lado de las flores azules que adornaban las paredes de su casa se escuchaba el llanto limpio, rutinario, de su madre. Y entonces, como quien no quiere la cosa, o mejor, como quien muere de tanto quererla, recordaba que era martes y que los martes pasaban los Trenes Negros, os he contado ya que los vi pasar un día? Nos lo había contado cien veces, pero eso poco importaba. De todas, la de los Trenes Negros era su mejor historia, la que nos hacía cogernos de las manos, aterrados, mientras la escuchábamos. Por eso Samuel, que lo sabía, nos la contaba otra y mil veces más: que su revisor es la muerte y los vagones están llenos de serpientes que trepan 13

16 FERNANDO LEÓN DE ARANOA por las piernas de los muertos y hacen nidos en las cuencas de sus ojos, cómo va a saber él lo de las serpientes, si nunca había estado dentro, pero Samuel decía que lo sabía porque a las serpientes se las escucha silbar desde lejos, y que bajáramos a comprar un helado de corte al puesto de la esquina de Moyano, el que atiende el señor que le falta una mano, os he contado alguna vez por qué le falta una mano? *** Pasaron diez años antes de que volviéramos a encontrarnos. Sucedió por casualidad, en el café de la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Seguía exactamente como le recordaba: el gesto adulto, informado, dibujando circunstancias en el aire con las manos, inventando movimientos, personajes con los que atrapaba la atención de un pequeño corro de estudiantes. Colaboraba en un periódico universitario escribiendo relatos de misterio, amores novelescos que se enrevesaban de manera inverosímil. Seguía mintiendo, a su manera. Confundiendo las cosas que nos suceden con las que tanto deseamos que nos sucedan. Compartimos un café junto a una ventana e intercambiamos recuerdos. Juntos recorrimos, de vuelta, las habitaciones luminosas de nuestra infancia, su tierno paisaje de revelaciones, el tiempo en el que éramos aún exploradores. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. Sabíamos ya, por ejemplo, que lo que Samuel vio aquella noche de martes entre los dedos delgados de su madre era real. Los Trenes Negros existían. Transportaban los cuerpos de los milicianos caídos en la Casa de Campo al Cementerio del Este, donde eran enterrados. Las estaciones del Metropolitano por las que circulaban atenuaban discretamente la luz en los andenes, para que nadie pudiera ver el 14

17 Los Trenes Negros interior de sus vagones. Bajo el dulce sudario de la penumbra, los madrileños ofrecían a sus ocupantes un último y callado homenaje. Los hombres se descubrían, quitándose gorras, pañuelos, sombreros; las mujeres se volvían, temiendo reconocer en ellos a un padre, un hermano, a un amor muy querido. Y algunos lloraban un llanto bajito, avergonzado, y guardaban ese silencio que en su presencia era duelo, respeto, despedida enamorada. Su existencia era el secreto más grande del mundo. Lo guardaba con celo una ciudad entera, conjurada sin saberlo para negar su dolorosa evidencia, su valor trágico de síntoma. Subterráneo y oculto, el dolor propio recorría las entrañas estremecidas de la ciudad, mientras arriba, en los jardines ya florecidos de la primavera, las madrileñas reían aún, cogidas del brazo de los milicianos, que caían a sus pies, desarmados ante el ejército invencible de sus rodillas; celebrándolas, como si la guerra fuera cosa de otros y no el animal terrible que desde hacía ya más de dos años dormitaba a las puertas de la ciudad; confiados aún en una victoria que se hacía esperar como se hace esperar siempre aquello que tanto deseamos, el amor de la mujer amada, su regazo, una cita largo tiempo postergada. Los Trenes Negros. Todos en Madrid los conocían. También mi madre, porque las madres saben todo lo que pasa y hasta lo que no pasa también lo saben. Pero el suyo no era, como creíamos entonces, un pasaje de muerte sólo. En sus vagones, junto a los cuerpos de los milicianos, florecía la dignidad y la vida, el amor que una vez sintieron por sus hijos, por sus mujeres; florecían sus ilusiones y sus sueños, el tesoro ingente de sus caricias, la adolescencia quieta, malgastada, que una madrugada atroz les fue arrancada. Junto a sus cuerpos, los Trenes Negros llevaban también lo que fueron en vida, lo que serán siempre en la 15

18 FERNANDO LEÓN DE ARANOA memoria de sus hijos, en el recuerdo enamorado aún de sus mujeres, de sus hermanas, de sus madres: sus ausencias transitorias, sus billetes de ida sólo, su regreso eterno en el corazón de todos cuantos hoy les deben su muerte. También la Patrulla de los Túneles existió, aunque no la formaban soldados, sino un inofensivo contingente de borrachos que una noche se perdió en los pasillos del Metropolitano y no supo encontrar la salida hasta varios días después. Y aunque no había vuelto a tener noticias de su padre, estoy convencido de que Samuel tenía razón. Si gateó hasta los puestos del enemigo rogando no me maten, por favor, no me maten, es porque era un espía, un doble agente que cada madrugada, a escondidas y aún a riesgo de su vida, informaba a sus superiores de los planes ocultos del enemigo, y si todavía hoy se desconoce su paradero es porque está lejos, en Méjico, en Moscú, o mejor aún, porque a buen seguro, para protegerle, Pasternak el Inconcebible le hizo desaparecer una madrugada quieta y le hará reaparecer un día en un mundo mejor, ese que los ocupantes de los Trenes Negros, con su sacrificio eterno, ayudaron en secreto a construir. Madrid, primavera de

19 Luces ABILIO ESTÉVEZ Premios del Tren de Cuento 2012 Accésit

20 ABILIO ESTÉVEZ P oeta, dramaturgo y cuentista cubano (1954) residente en Barcelona, su primera novela Tuyo es el reino, fue galardonada con los premios de la Crítica Cubana (1999) y Mejor Libro Extranjero en Francia (2000). Los palacios distantes fue seleccionada por La Vanguardia como Libro del Año (2004). También es autor de El año del Calipso, El bailarín ruso de Montecarlo, El navegante dormido, Ceremonias para actores desesperados, Inventario secreto de La Habana, Manual de las tentaciones (premios Crítica Cubana 1987 y Luis Cernuda 1986), y El horizonte y otros regresos. Tiene varios textos teatrales, entre ellos, La noche (Premio Tirso de Molina), y los monólogos Ceremonias para actores desesperados. Sus libros se han publicado en inglés, francés, alemán, italiano, portugués, finlandés, danés, holandés, noruego y griego. En 2006 y 2011 obtuvo el segundo premio y en 2010 y 2012 un accésit en los Premios del Tren.

21 Luces Decidió tomar el tren de Milán, rumbo a Zurich. Quería cumplir el lejano sueño de cruzar (por tierra) varios países, Suiza, Francia, España y Portugal. Había comenzado el viaje en Siena con el propósito de terminarlo en Lisboa. En Milán, antes de continuar rumbo, paseó por la ciudad que no conocía y que le pareció gris, excesiva, bulliciosa. Ad miró el Duomo y se fascinó con el interior del Teatro alla Scala, desde cuyo paraíso no pudo conmoverse con un discreto Don Giovanni, aunque sí le bastó tener presente que butacas, lámparas, dorados y cortinajes se ha bían re gocijado con la voz de María Callas. Dos días después, calculó que había llegado por fin el momento de iniciar su caprichosa excursión. Anduvo con calma por la vía Pisani. Por alguna extraña razón, no se percató de que iba de masiado ligero. Se adentró en el tumulto del edificio mussoliniano de la Estación Central. El tren más próximo salía en una hora. Se dirigió a la ventanilla de ventas, compró el boleto y sesenta y cinco minutos más tarde, cuando el tren abandonó la Estación (con esa pereza de los trenes que atraviesan viejas ciudades camino de otras viejas 19

22 ABILIO ESTÉVEZ ciudades), cayó en la cuenta de que había olvidado el equipaje y de que había caminado tanto por Milán que llevaba más de veinte horas sin dormir. Casi compuesto únicamente por vagones de segunda clase, el tren iba desbordado. Por suerte, su compartimento solo lo ocupaban, además de él, otras dos personas: una chica y un chico. Ella era hermosa y, con toda seguridad, musulmana, puesto que iba vestida de oscuro y llevaba la cabeza cubierta por un velo. Él, valía por dos; un negro alto, que tenía, a pesar de la piel oscura, un pelo rizado y rojizo que le hizo pensar en Malcolm X; las gafas de miope disminuían sus ojos enrojecidos; le llamó la atención asimismo que vistiera indumentaria impropia del otoño, un dashiki de lino crudo y que los enormes pies estuvieran únicamente cubiertos con sandalias de cuero. Uno de los dos, la musulmana o el negro, tenía un remoto olor a limón que él tampoco supo si provenía de una fruta o de un agua de colonia. Buenas noches, había dicho en italiano, a pesar de que aún no había oscurecido. Le gustó el modo en que la chica miró alegre por la ventanilla, pareció querer comprobar la veracidad de lo que iba a responder: Buenas tardes (respondió en inglés). Tenía ojos grandes, oscuros y la mirada audaz. Él también disfrutó el modo silencioso en que el negro se puso de pie para dejarlo pasar a su asiento, junto a la ventanilla, cuando ya el tren comenzaba a abrirse paso por Milán. La delicadeza del gesto, la sonrisa suave, impropia de su tamaño, demostraba su juventud. Le habían gustado asimismo los ade manes cariñosos con que la chica dispuso a su lado una gastada bolsa de lona. El joven abrió un pequeño librito, preparado al parecer para un viaje largo. Pensó: ella se llama Fátima, es profesora de idiomas; él se llama Salomón y es un poeta africano. Pero los ojos se le cerraban y el agotamiento le impidió concentrarse en otra cosa que no fuera el paisaje. Tenía la esperanza de caer en una cama 20

23 Luces cómoda, de sábanas limpias, en algún hostal barato de Zurich. Antes de dar paso al campo lombardo, Milán comenzó a olvidar su encanto y desplegó su desencanto: se transfiguró en almacenes, naves industriales, inmensos silos de cualquier cosa, de no se sabía qué. Luego, por fin, fueron fresnos, cipreses, olivos, jardines de terrazas, carreteras negras, vacas pastando, edificios con techos a dos aguas, campanarios húmedos, inmóviles contra el cielo de nubes bajas. Hasta esa mañana, pensó, nunca había hecho un viaje en tren que implicara dos países. No entendía bien el concepto de frontera. Siempre había imaginado una muralla interminable, custodiada por banderas y puestos militares, una marca dolorosa en la tierra, una grieta. Y si las fronteras son las cicatrices de la historia, qué sucede con los países que carecen de fronteras? Si la frontera es el mar, cuál es la herida?, cuáles son las cicatrices de las islas? Por extravagante que parezca, mirando el paisaje del norte de Italia, recordó un viaje en tren desde La Habana hasta lo que había sido un cafetal francés del siglo XIX, en la Gran Piedra, junto a una aldea llamada El Brujo, próxima a Santiago de Cuba, en la zona más elevada de la isla. Era enero de 1962, él acababa de cumplir catorce años y hacía solo unos meses que Ernest Hemingway se había disparado con una escopeta, en su casa de Ketchum, Idaho; él llevaba su tímido homenaje en el bolsillo: Green Hill of Africa, en la edición de Scribner s. Una travesía peculiar: no recordaba haber cambiado de paisaje. Hubo montañas, sí, sobre todo al final del viaje; sin embargo, carecían de nieves perpetuas y eran de un verde blancuzco, matizado por un sol violento, y los valles se vieron efímeros, semejantes a desfiladeros. Tampoco había castillos, iglesias románicas, puentes sobre ríos profundos, cumbres borrascosas. Durante las veinte horas desde La Habana hasta El Brujo, el tren se abrió paso por entre granjas, arboledas 21

24 ABILIO ESTÉVEZ idénticas y palmares que parecían sacados del lienzo de un paisajista terco y poco imaginativo. Ningún policía les pidió identificación; no hubo control aduanero: no hacía falta. No se necesitaba pasaporte. El pasaporte era un ar tículo de lujo y, por tanto, innecesario. A nadie se le ocurría tener pasaporte. Y, aunque pueda parecer paradójico, quienes lo tenían eran considerados elegidos, personas a las que el destino había dedicado un generoso guiño, ya que indicaba algo de sumo valor: cruzarían el mar. Por tierra, en una isla como la suya, no hacía falta pasaporte. El viaje, cualquier viaje, se resumía a dar vueltas y vueltas, incansables vueltas sobre un punto inmóvil. En Cuba, salir y llegar significan lo mismo. Y esa fue la primera revelación de aquel remoto viaje de Hasta él mismo se sobresaltó: había sido una declaración en voz alta, con cierto ímpetu declamatorio. La chica musulmana, posible profesora de idiomas, lo miró sonriente y preguntó algo que él no entendió. Con cara de sorpresa, el ceño fruncido, el joven y probable poeta africano sacudió la cabeza en negación que procuraba dar a en tender que no hablaba castellano. De igual forma, él quiso adoptar una expresión de perplejidad y comentó, en su francés inseguro, que estaba cansado. No veo la hora santa de echarme a dormir. Con gesto de comprensión, ella le recomendó, en inglés, que echara una cabezada. El joven habló en francés: él también necesitaba horas de sueño, venía de Brescia, de ver a un hermano que había sufrido un accidente en una fábrica de telas, ya estaba fuera de peligro, gracias a Dios, y, él, Nadir (me llamo Nadir, dijo, o eso fue lo que entendió, nada de Salomón, por supuesto), quería aprovechar ahora para ver a otros hermanos, desperdigados por Europa. La musulmana inclinó la cabeza, con expresión de susto, declaró a su vez, con solemnidad, que se llamaba Kira, que había salido hacía ocho días de la ciudad de Visegrad, en Bosnia, junto al 22

25 Luces Drina, y que aspiraba llegar a París. El joven negro tendió una manaza que él estrechó con emoción inexplicable. Encantado de conoceros, exclamó en italiano. Placer, piacere. Mi nombre es Cisco, bueno, no es mi nombre, me dicen así, desde niño, y voy a Zurich aunque ahora mismo ignoro la razón. Kira resolvió que esos eran los mejores viajes, los que carecían de por qué, a trip without a cause, dijo. Nadir, a su vez, lo miró sin confusión, comprendía lo justo de viajar a cualquier ciudad del mundo sin propósito concreto, y reveló, con sorna, que él sí sabía a qué iba a Montbéliard (eso fue lo que entendió). Voy a ver a otro hermano, el mayor, hace más de diez años que no lo veo, dix ans sans le voir. Somos siete hijos, agregó, soy el único que maintenant vive con los viejos en Senegal. Voy a París en busca de trabajo, observó Kira con turbación, y al instante reconoció que siempre había soñado con París, con caminar por París y vivir en París. Nunca he estado en Bosnia ni en Senegal, nunca he estado en África, admitió compungido. No creo que haya nada de bosnio en mi país, sí mucho de africano, indudable, mi país es algo africano, sabe? Es usted español?, preguntó Kira. Un poco, no y sí, un poco español y un poco africano, de ultramar. Hizo una pausa, observó a Kira y a Nadir con cara de hablo en broma, e hizo una mueca para dar a entender que no hablaba en serio: qué difícil bromear en una lengua que no es la propia! Soy cubano, admitió con reticencia. Suspiró. Siempre que reconocía su nacionalidad, terminaba suspirando. Cubano de Cuba?, preguntó Kira. Mar Caribe?, preguntó Nadir. Sí, cubano de Cuba, de la Llave del Nuevo Mundo, Antemural de las Indias Occidentales. Volvió a suspirar, con mayor énfasis. Miró a través de la ventanilla y pensó: cubano de Cuba?, y tú, eres turca de Bosnia?, y tú, senegalés de Senegal? Me gustaría decir soy cubano de Alaska; estoy seguro de que no suspiraría. Volvió la mirada a los ojos hermosos y negros de Kira 23

26 ABILIO ESTÉVEZ y creyó que regresaba de un sueño. Pestañeó varias veces para disipar la fatiga de los párpados que se negaban a mantenerse abiertos. Y si soy yo quien viene de Visegrad? Y si soy yo quien termina en Senegal? Ahora vivo en Siena, explicó, desde hace dos años; antes viví en Sevilla, estaba haciendo una investigación en el Archivo de Indias, cinco años en el barrio de Triana, justo al lado del Guadalquivir, ciudad hermosa, Sevilla tuvo que ser, con su lunita plateada, en verano no hay quien resista el calor, justo decirlo, y lo proclamo yo que de calor conozco más de lo que quisiera, Sevilla es Sevilla. También ahora suspiró. También el verano de Visegrad puede ser sofocante, comentó Kira y extrajo un termo de la bolsa de lona y ofreció café. Café turco, bueno, mejor que bueno, el mejor café del mundo, y su voz tenía una agradable nota de dulzura. Bebieron el café en vasitos de papel. En Cuba solo hace fresco durante los aguaceros, explicó Cisco y, sin transición agregó, maravilloso café, qué razón tienes, sí señor, el café turco de Visegrad. En Senegal el invierno es sofocante, y con eso no hace falta decir más, y, en lugar de suspirar, Nadir lanzó una carcajada potente y el café se derramó sobre su dashiki de lino crudo. Caía la noche y aparentaba borrarse la diferencia entre el cielo y la tierra. Las nubes bajaban hasta el campo, lo cubrían de bruma, y aunque no hubiera podido asegurarlo, le pareció que comenzaba a caer una levísima llovizna. Fresnos y cipreses despuntaban por entre las sombras. A ratos se distinguía un muro, una torre. En ocasiones, los cipreses surgían y semejaban torres punzantes entre la niebla de la anochecida. A pesar del cansancio (o provocado por él), recordó que en la Gran Piedra, en el cafetal próximo a El Brujo, la noche llegaba del mismo modo, las nubes, el cielo mismo bajaban hasta la Tierra y la cubrían de una humedad impenetrable. Con cada ocaso tenía lugar aquella aniquilación de la realidad, hasta que los primeros 24

27 Luces rayos del sol se encargaban de recomponer la apariencia de las cosas. Cierto que, si bien eran las menos, había noches claras, sin nubes ni descendimientos. Momentos de celebración. Adaptadas a vivir entre las nubes, las familias de la sierra permanecían más tiempo del habitual en los sillones de los portales, dejaba de importarles el tiempo, cantaban, conversaban, se abanicaban hasta las doce de la noche, la una de la mañana, bebían café suave, hacían planes de futuro, miraban el cielo brillante, reconocían constelaciones, las descubrían, las bautizaban y paseaban por calles que la luna transformaba en algo esperanzador. Sucedió una de esas noches despejadas. La tía Vera, hermana de la madre (en aquellos años una muchacha poderosa y llena de ilusiones), le hizo un guiño, lo llamó con un gesto. Subieron por el atajo hasta las ruinas de lo que hacía muchos años había sido la casa de los dueños del cafetal. Él las había visitado pocas veces; nunca, a esa hora. Creyó que, con la noche, las piedras, entre las que ahora crecían helechos arborescentes y que habían sido una casa, con cuanto de protector tenía esa palabra, reavivaban el secreto de la vida pasada. En aquel lugar se ha bían refugiado los franceses que habían huido de los jacobinos negros. En el monte habían ocultado su temblor y su miedo. Y, a pesar de ser un adolescente, creyó comprender qué fracaso, qué importante fracaso había significado, al fin y al cabo, aquella huida. El caserón, y las vidas mismas que pusieron mar de por medio, habían terminado en un montón de polvo y piedras viejas, vencidas por una maleza donde se escuchaba el silbido de las sabandijas, se descubría el viso fugaz de los cocuyos, se intuían las mariposas nocturnas, los mosquitos, y se presagiaba el aleteo breve de los sijús plataneros. Dejaron atrás lo que había sido el comedor y la gigantesca cocina. Entre el aroma húmedo de la espesura, aún parecía percibirse el olor del carbón de los fogones. Entre ocujes, palos y jagüeyes, lejos 25

28 ABILIO ESTÉVEZ del resto, se alzaba la torre desde donde se divisaba el cafetal y el trabajo de los esclavos. La tía Vera le hizo pasar con una reverencia de anfitriona satisfecha de su amabilidad. Milagrosamente conservada, la escalera de piedra trepaba torcida, entre escalones concisos. Subieron lentos, como si se propusieran lograr la ingravidez. Ni siquiera se escuchó el sonido de los pasos. En lo alto, en la balconada, los recibió la brisa y un espacio de dos o tres metros que había perdido la mayoría de los balaustres; alguno, todavía fijo, daba idea del quiebre salomónico de la madera y de la supuesta elegancia de los franceses. Cierra los ojos, le instó la tía. Respira, ordenó, respira fuerte y huele. Por un instante, él supuso que volaba sobre el ce rro. Sintió el olor del monte, de las bestias vivas y muertas, de la tierra empapada; incluso sintió el olor de la lluvia lejana, de las algas, de la sal y del terral que iba y venía del mar. Imaginó también que escuchaba el murmullo de la marea. Con extraordinaria suavidad, la tía le hizo enfrentarse a cada punto cardinal. Luego le ordenó que abriera los ojos. Él vio la noche, es decir, el hondo barranco de la oscuridad donde se prendía un brillo de galaxias remotas y se adivinaba una negrura insondable. El mar? El Caribe, respondió ella. Sin mirarla supo qué expresión de contento tenía la hermosa cara de la tía. Aguza los ojos, muchacho, hacia allá, hacia el suroeste. No quiso darse prisa. Dejó que la mirada se deslizara lenta por la cerrazón del horizonte, donde había barcos seguramente silenciosos. Descubrió una luminosidad. No era algo intenso, nada de vigor en aquellas luces, a lo sumo un resplandor, un simple destello, el anuncio de una aurora improbable. La tía lo abrazó. Ahí tienes, Jamaica, son las luces de Jamaica. Se descubrió solo en el compartimento. Desde cuándo el tren estaba detenido? Miró por la ventanilla. Supuso que estaban en una estación. Policías vestidos de negro, o de un verde oscuro, iban de un lado para otro. Sobre uno de los 26

29 Luces portalones acristalados de la estación leyó: Domodossola. Junto a la puerta abierta del tren, una anciana harapienta, hablando por lo bajo, golpeaba con un gajo de fresno el cristal de la puerta. Cosa succede?, preguntó él. Bombardamenti; siamo in guerra, respondió la anciana con voz jadeante. Ciscó buscó su reloj y se percató de que no lo tenía, debía de haberlo dejado en el equipaje. Qué hora es? La anciana le miró con expresión dolida, se encogió de hombros, o hizo un gesto que equivalía a encogerse de hom bros. Non mi interessa, siamo in guerra, signore. Él sonrió, captaba la broma, en caso de que lo fuera, por su puesto. Parecía tarde. Serían más de las doce de la no che. Hacía frío y la llovizna tenaz y sesgada rompía la inmóvil neblina que ceñía las luces de las farolas. No se veía ningún viajero. Solo los policías, de un lado para otro, sin prisa, con la calma y el empaque de quien se cree dueño de alguna autoridad. Sin pensar en sus sesenta y tantos años, Cisco saltó al andén. Cosa succede? El policía ni siquiera se molestó en mirarlo. El tren se confundía con la noche. Una línea apagada, con aspecto bestial, un monstruo muerto. A lo lejos, posiblemente se escuchaba el ladrido de un perro. El silencio, no obstante, se extendía desde la oscuridad de la estación hacia la otra oscuridad de los raíles húmedos y mal alumbrados. Se subió el cuello de la americana y solo por un buen abrigo lamentó haber olvidado el equipaje. Escondió las manos en los bolsillos. Avanzó hacia la puerta de la estación. Le abrió un policía joven, parecía un adolescente disfrazado para una fiesta. Creyó que en lugar de entrar a una sala, salía a la intemperie. Había un ambiente frío, de luces ofensivas. Cuarenta, cincuenta personas se agrupaban en el centro del salón. Miraban a un lado y a otro, con recelo, y hablaban por lo bajo. Otro policía tomaba notas en una carpeta. Localizó a Nadir, era fácil descubrirlo con su enorme estatura, su cara desamparada y su dashiki de lino crudo. Cosa succede? Nadir abrió los brazos 27

30 ABILIO ESTÉVEZ en gesto de desaliento. Cisco se dio cuenta, una vez más, de aquella indefensión de Nadir que no se correspondía con su aspecto poderoso de Malcolm X. Kira estaba a su lado. Intentó sonreír y sus ojos grandes la desmintieron. En su comedido inglés explicó que había problemas con los pasaportes, con los visados, con la burocracia policial. The fucking immigration police!, gritó una gorda que parecía filipina. Por instinto, el cubano palpó su documento en el bolsillo interior de la americana; no era un pasaporte cubano, por fortuna, sino un passaporto, con la estrella, la rama de roble enlazada con la de olivo, símbolo de la paz y la nobleza de los pueblos. Y no sintió alivio. Tengo hambre, se quejó un hombre de piel aceitunada y turbante blanco. Estamos pagando la culpa de Gavrilo Princip, explicaba un señor de aspecto elegante, intentando ironizar, sin conseguirlo. Est-ce que c est le moment de plaisanter? Is it time for jokes? Es momento para bromas? Un niño comenzó a llorar. Una voz de mujer lo calmó en castellano. La puerta se abrió. La anciana del bastón gritó con tono teatral: Siamo in guerra. Nadie le hizo caso. Cisco reconoció que ya no podía más, el cansancio era más fuerte que él, demasiado denso el ambiente de la estación, necesitaba un poco de aire, dijo, salir a la noche, respirar la libertad de la noche de Domodossola y quizá echarse en un rincón, dormir una hora, dos horas, un día entero de ser posible, sin soñar siquiera, un buen letargo que se pareciera a la eternidad. Ahora, para colmo, le dolía la cadera izquierda, como siempre que lloviznaba y hacía frío, la maldita artrosis, los años, la peor enfermedad. Kira y Nadir rieron, asintieron, estuvieron de acuerdo, con la indulgencia que muestran los jóvenes hacia las quejas de los mayores. Kira observó que ahora solo quedaba esperar qué decisión tomarían las autoridades, si podrían seguir viaje, si los obligarían a permanecer allí, si los enviaban a un centro para inmigrantes, ese eufemismo que en realidad 28

31 Luces quería significar otra cosa. To wait. That s the only solution, wait. Esperar. Avec de la patience, on arrive à tout. Salieron al apeadero cuando el reloj marcaba las dos de la mañana. Ningún tren esperaba en los andenes. Las numerosas líneas de hierro se arqueaban y relumbraban inútiles hacia ambos lados de la noche. Lloviznaba con porfiada prudencia. Volvió a escucharse el ladrido inverosímil de un perro y creyeron sentir el grato olor de la leña que ardía. Había seres humanos satisfechos, claro que sí, seres humanos que habían bebido café con leche y dormían o conversaban con las chimeneas prendidas, pensó Cisco, y eso quiere decir que hay dos, tres, cuatro realidades, y no sotros entramos en otro tiempo, en otro modo de la existencia, como si, en una tarde tranquila, hubiéramos decidido atravesar la pantalla de un cine hacia una vieja película de guerra. Se dijo que la situación y el lugar tenían algo de falso y una tranquilidad frágil como una pieza de cristal. Kira se alzó en la punta de los pies; pareció querer alcanzar algo que estuviera en lo alto; preguntó a Cisco si él tenía pasaporte italiano. El cubano respondió que sí. Kira y Nadir lo miraron sorprendidos. Y qué haces aquí? Que faites-vous ici? Podías estar en el tren, llegando a Zurich. Qué responder? Alzó las cejas, se encogió de hombros, suspiró, se inclinó en una reverencia que pretendió ser divertida. Por nada, por tener algo que hacer o por darle un sentido a la escena, buscó en los bolsillos de la americana algo que no tenía y que, por supuesto, no encontró. El negro tocó el hombro de Cisco y este sintió como un corrientazo. También yo, también yo estoy cansado, sí, la verdad, necesito echarme en un rincón y dormir y dormir, reconoció Nadir. Kira comentó que le encantaría estar en su casa de Visegrad, desde cuyas ventanas podía ver el Drina. Y dejaron que se organizara un largo silencio. Y fingieron mirar cómo la llovizna atravesaba los haces de luz de las farolas y cubría los rieles con un largo centelleo. 29

32 ABILIO ESTÉVEZ El senegalés cantó con agradable voz de tenor: De l autre côté des nuages, était un nouveau paysage El joven policía que aparentaba ser un adolescente disfrazado, emergió de entre las sombras, se quitó la gorra y pareció aún más joven, despreocupado, contento. Porteró il pane, anunció antes de desaparecer otra vez entre las puertas de la estación. Se sentaron en el suelo. Alguien ( un niño?) hacía equilibrio entre los rieles empapados. Kira desajustó el pañuelo blanco y movió la cabeza en una negación que, en rigor, mucho tenía de afirmación: gesto rápido, simple, que pareció descubrir un deseo largamente reprimido y desplegó un plácido olor a limón. La cabellera negra se liberó ondulada, hermosa, cayó sobre sus hombros para embellecerla más. Cisco sintió deseos de pasar el dorso de su mano por aquel pelo tan negro y brillante. Nadir volvió a cantar: ahora había admiración en su voz. El policía reapareció con una bandeja de cornetti recién horneados. A sus espaldas, una anciana declaró, en francés, que el tiempo cambiaba sus leyes cuando se saboreaba el primer pan de la madrugada. Comieron sin hablar, sin mirarse, pensaron que el bienestar tenía necesidad de retraimiento, de silencio y de egoísmo. El cierzo frío sesgó aún más la llovizna y levantó las hojas de un periódico que se desplegaron, dieron vueltas, ascendieron. Ciscó creyó distinguir algunas cursivas negras, un titular que no entendió, tampoco hacía falta, alguna guerra, claro, un loco que descarga su enajenación en un colegio de Denver, un padre que mata a sus hijos para vengarse de una madre, un bombardeo en Alepo, en Galguduud, algo así, sin duda, el horror cotidiano, los trapos sucios, muy sucios, las habituales miserias al alcance de todos, ese horror de todos los días que lleva a un hombre a dispararse en Ketchum o a clavarse una aguja de artesano en el corazón. Por qué, se dijo Cisco, volvía a pensar en Green Hill of Africa? Las hojas del periódico se abrieron aún más, planearon, quedaron detenidas un instante antes de 30

33 Luces descender con pesada ligereza. El cubano vio cómo se precipitaban las hojas inofensivas con las noticias aterradoras. Y en ese instante, hacia el noroeste, en el sitio donde el periódico se había dispersado, descubrió un resplandor que interrumpía la oscura y antigua cicatriz que debía separar Italia de Suiza. Y no llamó la atención de sus compañeros. Tampoco hizo falta: su mi rada fija y su expresión de intranquilidad ( alegre, aturdida?), hicieron que Kira y Nadir se volvieran intrigados. Olvidados del cansancio, se pusieron de pie. Avanzaron hacia el borde del andén. Nadir abrió la boca y nada dijo. Kira, tan hermosa con su pelo suelto, alzó la mano; no se supo (tampoco importó) si esbozaba un gesto de adiós o de acogida. Lograron olvidar dónde estaban? Qué vislumbraron? Qué adivinaron? Tuvieron imágenes de ríos y lagos navegables, de inmensos valles, de cumbres nevadas y paisajes remotos? Fue entonces que inmóviles, sin decir palabra, cerraron los ojos, como si temieran que la más mínima torpeza apagara las luces de la ciudad dormida tras el macizo de montañas. Barcelona,

34

35 Cuentos del tren ICIAR MASIP ORCAJADA Premios del Tren de Cuento 2005 Accésit

36 ICIAR MASIP ORCAJADA Nació en Bilbao en Es arquitecta y ha escrito las novelas Vidas y Colores, Nilo y Maura y varios cuentos infantiles y relatos para adultos. Obtuvo un accésit en los Premios del Tren en 2005.

37 Cuentos del tren Si el mago del tiempo nos hubiera concedido a todos los que ocupábamos aquel vagón de tren el deseo de eliminar de los calendarios y los relojes un intervalo de tiempo, ninguno de nosotros habría elegido los jueves, ni el mes de agosto o el de diciembre, ni la noche ni la madrugada, tampoco habríamos eliminado el invierno, ni el último segundo, ni el primer día del año; todos, sin excepción, coincidiríamos en deshacernos para siempre de los lunes por la mañana. Eran aproximadamente las ocho de la mañana de un lunes cualquiera y todos los que llenábamos los vagones del tren a aquella hora tan temprana teníamos, además de un deseo común, un mismo destino: el trabajo. Voluntariamente nos encaminábamos hacia donde no queríamos llegar, al menos eso decían los labios prietos y serios y los ojos somnolientos de miradas perdidas de la mayor parte de nosotros. Como todos los lunes, y como todos los días laborables, yo había cogido el tren de las ocho menos diez, el que me permitiría llegar a mi oficina a las ocho y media. 35

38 ICIAR MASIP ORCAJADA La rutina diaria me había enseñado que a las siete en punto debía sonar el despertador para disponer del tiempo necesario para ducharme, vestirme y desayunar, siempre en este orden, y llegar a la estación exactamente un minuto antes de que lo hiciera el tren. Cuando éste llegaba, yo subía a él y siempre lo hacía por la primera puerta del primer vagón. Una vez dentro buscaba un sitio donde sentarme, y siempre lo encontraba, porque mi estación era la primera del recorrido; los de la segunda estación y algunos de la siguiente también solían ir sentados, pero el resto de los viajeros realizaba el trayecto de pie. Yo por lo tanto era uno de los afortunados, y mi posición me permitía sacar un libro para leer o un pequeño cuaderno para escribir. Algunas mañanas, como las de los lunes, el sueño era más fuerte que mi voluntad, y a pesar de tener en mis manos el libro o el cuaderno, mi mente no se podía concentrar y prefería vagar por el vagón y observar. La experiencia de llevar realizando durante más de cuatro años el mismo recorrido diario, a la misma hora y en el mismo vagón, me permitía asegurar que aproximadamente el sesenta por ciento de los que ocupábamos el mismo éramos habituales. Cada día podía reconocer a los personajes fijos que interpretaban aquella pequeña obra de teatro de apenas cuarenta minutos, que siempre era la misma aunque siempre diferente. En la estación en la que yo subía al tren, lo hacía también un matrimonio joven que aprovechaba para leer entre ambos el mismo periódico y comentar de vez en cuando alguno de los artículos, había también dos madres con sus respectivos carritos de bebé, de cuyos embarazos yo había sido testigo, y que, por ser obvios los elementos que tenían en común, ha bían desarrollado una curiosa relación de la que sólo son capaces las mujeres, pues cada día se contaban detalles y anécdotas relacionadas con sus embarazos primero y con sus bebés después, hasta que llegaba la estación en la que una 36

39 Cuentos del tren de ellas se bajaba para dejarle a la otra en silencio hasta el final de su recorrido. Había también tres estudiantes de distintas edades que se sentaban en sitios diferentes y que sólo tenían en común un aparato que se conectaban a la oreja para escuchar música. Había unas cuantas em pleadas de hogar extranjeras y varios hombres trajeados y mujeres bien vestidas. Todo lo que sabía de mis compañeros de viaje era información que ellos mismos me aportaban a través de las conversaciones que tenían entre ellos. Resultaba más difícil averiguar datos de los que, como yo, viajaban solos y permanecían en silencio todo el trayecto. En estos casos los encuentros ocasionales con conocidos y las llamadas telefónicas eran la mayor fuente de información. Con todo lo que había escuchado, después de casi cuatro años podía trazar un perfil esquemático pero bastante acertado sobre las vidas de cada uno de ellos: sabía en qué trabajaban o al menos a qué tipo de actividad se dedicaban, dónde pasaban sus vacaciones y si tenían o no pareja e hijos, y además de los rasgos generales de sus vidas, conocía detalles de cada uno que ellos mismos habían revelado a través de conversaciones con terceros, pero que no podrían ni imaginar que un desconocido co mo yo supiera: sabía del proceso de divorcio de uno de los hombres trajeados, de la enfermedad de la madre de otro, de los tres perros que vivían en una casa con jardín con la pareja que compartía el periódico y de su falta de deseo por tener hijos, de la inclinación política de varios de ellos, de la afición por el tenis de una de las mujeres y por la pintura de otra y de los problemas de las inmigrantes. De este último grupo era del que más datos tenía, pues enseguida formaban grupos y charlaban sin descanso revelando las particularidades de sus duras vidas al tener que sacar adelante a hijos, madres y hermanos. De alguno conocía incluso el nombre, como el de María, que correspondía a una de las mujeres bien vestidas. 37

40 ICIAR MASIP ORCAJADA De ella no había logrado averiguar nada más, quizá porque sólo llevaba unos meses realizando aquel trayecto, pero a través de la simple observación había deducido los rasgos principales de su personalidad: su indumentaria decía que trabajaba en una oficina, sus ojos grandes de mirada esquiva delataban timidez, su peinado y su maquillaje impecables aseguraban que era coqueta y perfeccionista y su comportamiento que era amable. A esta lista podía añadir su afición por la lectura, ya que siempre viajaba acompañada de una novela y cada semana era una diferente, y aventurándome un poco más allá de la línea que divide la deducción de la imaginación podía suponer que estaba soltera y un poco sola, pero estos últimos adjetivos eran producto de mi intuición, que nunca había sido buena. Los datos que obtenía a través de la observación no eran objetivos, sino suposiciones, pero para mí tenían el mismo valor que la información revelada por las conversaciones, así que me interesaba de igual manera escuchar que observar. En cada estación subían a mi vagón más personajes, todos similares a los primeros, entre los que destacaban por su estruendo y algarabía los estudiantes universitarios. El número de éstos iba aumentando en cada estación e iban formándose grupos entre los compañeros de clase o facultad. Su charla era alegre, continua y carente de pudor, como si sus amigos fueran los únicos ocupantes del vagón y nadie escuchara sus conversaciones. En ellos también se podían distinguir los lunes de los demás días de la semana, pues en lugar de hablar de estudios, exámenes y profesores, se contaban las anécdotas y vivencias del fin de semana. A mí me gustaba observar y escuchar. Lo hacía para tomar notas, a veces eran descripciones, otras fragmentos de conversaciones, otras sólo impresiones, y todos esos apuntes me servían para desarrollar en mi tiempo libre relatos cortos, los Cuentos del tren, los llamaba yo, aunque 38

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