H. P. Lovecraft, una aventura por Barcelona

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1 H. P. Lovecraft, una aventura por Barcelona Ninguno de nosotros esperaba descubrir algo tan increíble como aterrador, un hecho anterior a la civilización, a la escritura, pero no al nacimiento del hombre en su época más primitiva e inocente, no como actualmente. Entonces, eso quiere decir que la historia que, desde tiempos inmemoriales, nos han enseñado y hemos aprendido, está sujeta a mentiras y secretos? Qué simplemente somos marionetas con las que cualquiera puede jugar? No entendemos porque el destino nos ha elegido, ni tan siquiera sabemos cómo hemos acabado los cuatro en este museo y llegado a esta situación, en la que nuestras vidas están en juego. Lo mejor será retroceder un poco en el tiempo, unas horas antes de encontrar aquel libro, el cuál guardaba en su interior un documento de una antigua investigación, comencemos por el principio. 1 de Agosto de 1960, p.m Propiedad Desvalls En comisaría, habían recibido una llamada de una mujer informando sobre el hallazgo de un cadáver en el conocido laberinto de Horta, en el interior del viejo pabellón. Me enviaron a mí para llevar y dirigir el caso, un trabajo que sabía hacer a la perfección pero que, por ser mujer, los hombres, tanto los que estaban bajo mi mando como el propio comisario en jefe, me dificultaban, por un lado desobedeciendo las ordenes a cumplir, y por el otro dándome los casos más mundanos. Éste parecía uno de ellos, o eso creí. Tras llegar al lugar en coche, yo y mi compañero, el único que colaboraba totalmente conmigo, caminamos por la finca, pasando por al lado del palacio Desvalls, y continuando el recorrido paralelamente al laberinto, para no perder tiempo descubriendo el camino correcto, hasta la casa de piedra. Me fijé en las huellas que habían dejado por el terreno los agentes que acudieron al aviso, pero encontré unas justo en la entrada al laberinto con orientación de salida, algo muy insólito.

2 En el interior de la casa, entreviste a la señora Desvalls, una de las descendientes de Juan Antonio Desvalls, quién encontró junto con su sirvienta el cuerpo sin vida de un hombre. Ella acababa de llegar esa mañana al país tras su estancia en Francia, y al entrar, para comprobar el estado de la estancia, ya que deseaba celebrar una pequeña recepción con personas de renombre, se lo encontró allí tirado en medio del gran salón, la doncella, que portaba los instrumentos de limpieza, los dejó caer al suelo, en el recibidor, nada más oír el grito de su señora. Fue entonces cuando dieron el aviso. Les di las gracias a ambas mujeres, que fueron acompañadas a la salida, pues durante la investigación no podían estar presentes y no sabía el tiempo que llevaría todo ello. Seguidamente, nos acercamos al lugar de los hechos, donde el forense nos ofreció un par de guantes de látex, tanto a mí como a mi compañero, de manera que pudiéramos manipular sin problemas la escena. Me arrodillé al lado del cadáver y pude fijarme en él detalladamente: varón blanco de unos años de edad, entre metros de altura, esbelto, cabello corto oscuro con claros indicios de vejez, ojos castaños, y bigote fino, muy bien cuidado; y a juzgar por su vestimenta, traje color gris oscuro, camisa blanca, corbata negra y zapatos marrones de piel, debía de ser catedrático. Mi compañero registró sus bolsillos, pero no hallo identificación alguna, ni tan siquiera la cartera. El forense determinó que la causa de la muerte fue un disparo a bocajarro en la cabeza con la pistola que sostenía la víctima en la mano derecha, en otras palabras, se trataba de un suicidio. Observando la sala detenidamente, no mostraba signos de que nuestro desconocido hubiera estado rebuscando en ella en busca de objetos de valor que llevarse, y resultaba muy extraño que la víctima tuviera esa intención, pues su ropa no era la adecuada para realizar un hurto como aquel, demasiado llamativa, y no había ninguna bolsa cerca de él, en la cual meter el botín. Quise asegurarme de ello, de manera que cuando pregunté a uno de los agentes, que no me prestó atención descaradamente, hasta que mi compañero se la llamó severamente, sobre la posibilidad de que faltará algún objeto u otra cosa, la respuesta fue negativa. Aquello no tenía ningún sentido, si el fallecido no vino a robar, para qué había venido? porqué suicidarse? Y lo más importante, cómo consiguió entrar? En ese instante, recordé las extrañas huellas en la entrada del laberinto y, al comprobar nuevamente su calzado, vi que las suelas estaban llenas de barro, y una idea se originó en mi mente como un torbellino en mitad del mar. Quizás nuestro hombre misterioso se adentró en la propiedad para ocultar algo pero, al verse sorprendido, huyó al interior de la casa y viendo que no tenía escapatoria optó por quitarse la vida. Y nuevas dudas se me plantearon, porque si estaba en lo cierto quién más merodeaba por la zona, cuando la propiedad se hallaba totalmente vacía? Qué relación podía tener con el difunto? Lo único que tenía era una corazonada, así que, siguiendo mi instinto, decidí investigar el laberinto. Dejando a mi compañero junto con el forense en el salón, salí del pabellón, bautizado con el nombre de Carlos IV, y bajé las escaleras hasta estar delante del lugar anteriormente dicho, justamente en lo que se correspondía con la salida donde, efectivamente, encontré más huellas idénticas a las de la entrada también dejadas por la víctima. Al seguir el visible rastro, llegué justo a la fuente central del jardín, que contenía una roca de tamaño medio en el centro, cualquiera hubiera continuado el camino indicado, pero vi que un par de huellas, que se hallaban frente a ésta, muy marcadas, señalaban en dirección opuesta, es decir, hacía las escalinatas por las que acababa de bajar. Al girarme desde la misma posición en que el desconocido dejó la pista, observé claramente el objetivo, la gruta de Eco y Narciso.

3 Acercándome a ella, miré detenidamente la escultura buscando algo fuera de lo común en ella, además de en las paredes y la roca en la que, el escultor, dejó una inscripción relacionada con el mito, la cual era poco visible por el desgaste y el paso del tiempo, pero no hallé nada. De repente, una gota de rocío cayó, de una de las plantas que había, pasando justamente frente a mis ojos y terminando en la pila de agua de la gruta, fue entonces cuando lo vi. Con los guantes de látex aún puestos, metí la mano derecha dentro de ésta y saqué un sobre marrón, cubierto de plástico para evitar que el sucio líquido se filtrara y estropeara su contenido. Le quité el envoltorio protector, utilizando la mano izquierda, y, tras quitarme los guantes mojados, lo abrí. En el interior del sobre marrón, encontré una carta de papel antiguo y cerrado con un sello de cera rojo, como las de antaño, que mostraba la imagen de un grifo agazapado con las alas abiertas. Al darle la vuelta, me quedé sin saber reaccionar tras leer el nombre del destinatario: yo. No lograba comprender, cómo sabía la victima que vendría a este lugar? Y lo más extraño, De qué me conocía? Pensé que tal vez la respuesta a ambas preguntas estaría en la carta, así que, mirando previamente a mi alrededor para comprobar que no hubiera nadie, abrí la carta, pero me equivoque.

4 Tras leerlo, me guardé el mensaje en el bolsillo interior de mi oscura gabardina, y me dirigí nuevamente a la fuente del laberinto para sentarme en uno de los bancos de piedra que allí había a reflexionar sobre el asunto. De todo este entramado rompecabezas, tan solo tenía: una víctima sin identificar, la cual dejó el sobre marrón en la fuente, con la intención de que yo lo encontrara, acabó suicidándose porque, según mi deducción, otro individuo, que también allanó el recinto, lo acorraló de manera que no tuvo elección; una carta destinada a mí, que contenía un curioso mensaje; y un punto de encuentro a una hora concreta, donde me tendría que reunir con unos desconocidos, a juzgar por lo que decía el texto de la mencionada anteriormente. Aunque el tiempo se hubiera detenido para que pudiera pensar ininterrumpidamente, sabía perfectamente que debía acudir al museo, ya que posiblemente obtendría una nueva pista, una pieza más. Miré la hora en el pequeño reloj de bolsillo de plata que llevaba conmigo, todavía faltaba media hora. Decidí ir a ver a mi compañero, me crucé con él justo al subir la segunda escalinata, le pedí que redactara el informe del suicidio esta vez, casi siempre los escribía yo, porque otro asunto requería de mi presencia, preferí mantener lo descubierto en secreto. Al principio bromeó diciéndome que iba a una cita, era su forma de demostrarme su confianza, pero, mirándome a los ojos y esbozando una sonrisa, aceptó la tarea de buen grado. Cuando iba a marcharme, mi compañero se ofreció a llevarme al sitio que quería ir, pensé que sería mejor acompañante que cualquiera de los agentes a los que les hubiera dado esa orden, así que no tuve ningún inconveniente.

5 1 de Agosto p.m Museo de Arqueología de Barcelona Aparcados cerca del museo, bajé del coche para dirigirme a la entrada del edificio, pero antes mi compañero me pidió que tuviera cuidado y mantuviera la guardia alta con quién tenía la supuesta cita, seguía bromeando en plan serio, no pude evitar sonreír. Al marcharse, caminé hasta la puerta y vi que se encontraba cerrado cuando, según su horario, debía estar abierto al público, algo muy inusual, además no había ningún cartel que indicará el porqué de ello. Comprobé de nuevo la hora, faltaban aún 10 minutos para el supuesto encuentro, de modo que me esperé apoyada en una de las paredes. No podía evitar fijarme en cada peatón que pasaba por la calle, sin dejar de preguntarme si se trataría de alguno de ellos. De repente oí a alguien dirigirse a mí. - Usted es la detective?- me preguntaron. Miré a mi derecha, que es de donde procedía la voz, y vi a un chico de mi edad, unos 24 años, entre el metros de altura, cabello corto negro, ojos castaños, y esbelto, que vestía con ropa oscura y unas gafas de cristales redondos. - Cómo cambian los tiempos, ya solo me faltaría por ver una mujer en el ejercito! Este país se va a la mierda. -No debería decir cosas de ese estilo tan a la ligera, capitán- le repliqué. La expresión de su cara paso de seriedad a sorpresa en menos de tres segundos. -A juzgar por la arruga de su pernera derecha, lleva el típico cuchillo que el ejercito entrega a sus soldados, metido en un compartimento exterior de su bota; además de las marcas de quemaduras en sus manos, debidas al uso de diferentes armas de fogueo, como la que lleva sujeta en su cinturón en el costado izquierdo, y las placas identificativas, con su nombre y rango, que cuelgan de su cuello. Por no mencionar su forma de dirigirse a mí, naturalmente, ya que alguien normal mostraría cautela. He cometido algún error? -Impresionante, para ser mujer- respondió sonriendo de forma irónica. -Capitán Borja Sasal Bueno, un placer conocerla detective

6 -Sara Lozano Llorente, igualmente- le dije, mientras estrechaba su mano con la mía. En ese instante, aparecieron dos hombres, que oyeron la conversación, se aproximaron a nosotros. El primero, era alto, entre el metros, unos 23 años, pelo muy corto rubio, esbelto, ojos verdes, vestido con un traje azul oscuro, camisa blanca y zapatos negros; el segundo, entre el metros, también rubio pero tenía el cabello un poco más largo, de casi 30 años, ojos castaños, el cual vestía también un traje marrón, camisa roja y zapatos oscuros. - Así que usted es nuestra Holmes particular!- dijo el primero entusiasmado. -Doctor Jon Vañó Fuentes, científico de la universidad de Barcelona. Encantado de conocerla. -Creo que eso debería decirlo yo- replicó el segundo. -Siempre es un deleite tener a una mujer en mis aventuras, las hacen más... interesantes -estiró lentamente esa última palabra. -Soy Víctor Ayuso Morales, historiador y, en breve, también arqueólogo. Mi lady. No quise seguir con aquel tipo de charla, me hice una idea de por donde hubiera continuado, y les pregunté sin rodeos cómo sabían de mi profesión. Los tres sacaron, de sus respectivos bolsillos, una carta exactamente igual que la que encontré dirigida a mí en el laberinto, con la diferencia de que el mensaje era un poco diferente: Reúnanse con la detective. Nuestras miradas se cruzaron unas con otras, cuando oímos las campanas, en la lejanía, anunciar la hora indicada en las cartas. De repente, escuchamos que alguien estaba abriendo la puerta del museo desde dentro. Acto seguido, salió un hombre de unos 60 años, corpulento, bajo, cabello corto blanco, bigote con perilla y ojos azules, vestido con el uniforme especifico del museo. -Vaya, veo que ya están todos aquí- sonrió al vernos. -Por favor, pasen. Les estaba esperando. 1 de Agosto p.m Museo de Arqueología de Barcelona Nada más entrar, volvió a cerrar la puerta completamente y se dirigió al mostrador. Todos teníamos preguntas que hacerle, pero él simplemente nos entregó otro sobre, éste de tamaño mayor y marrón, junto con un mapa del edificio, y prometió responderlas en cuanto descubriéramos el misterio que se hallaba aquí. El capitán intentó disuadirle, pero aquel hombre tenía una gran experiencia en el trato de las personas, y mucha sabiduría. Sin más alternativas, abrí el sobre y, de su interior, saqué: cuatro entradas para una función que se estrenaba hoy en el Teatro Griego, que repartí entre nosotros, un colgante de piedra de un grifo, igual que el de los sellos, y un nuevo mensaje. Lo leí en voz alta para que mis compañeros, por llamarlos de alguna manera, supieran también de que trataba: A vosotros cuatro, a quienes nosotros hemos escogido y portáis las correspondientes cartas, en primer lugar os agradecemos que hayáis acudido a la llamada. Seguramente, debáis tener miles de dudas con respecto a este encuentro, tan solo podemos garantizaros que serán respondidas a su debido momento. Los cuatro habéis sido elegidos para realizar un acto por un bien mayor, algo que ya sabíais pero que desconocéis de que puede tratarse. En cuanto resolváis el gran secreto, también se revelará lo mencionado anteriormente. Buena suerte. H. G.

7 Todos nos quedamos extrañados. Mis compañeros, empezaron a dar sus opiniones con respecto a ello muy variopintas, la mayoría negativas y refiriendo a que todo se trataba de una broma. Viendo que los chicos continuaban debatiendo, y que no esperaba a que me escucharán, les grité que hicieran lo que quisieran, pues yo estaba decidida a averiguar la verdad, a obtener respuestas. Sin ni siquiera haber mirado el mapa, tomé el primer pasillo que vi, el de mi izquierda, alejándome de ellos. Decidieron seguirme, y fue, nada más cruzar el marco que conducía a la primera sala, cuando tropecé con aquel libro, el desencadenante de todos los acontecimientos. Ya conocéis el resto de la historia, pero no le ocurrió después. Tras descubrir que los nazis eran los fieles siervos de la extraña criatura, que intentó, en la cueva del Collet del Su, acabar con los dieciocho y el sabio, quién cuidó y se llevó a las islas Baleares al pequeño Bes, y que éste, más adelante, tras hacer construir la Taula al Talatí de Dalt en Menorca, pidió a un subordinado que ocultará su puñal en ella, además de aprender un poco más de la antigua Grecia y hallar su símbolo solar, la cruz gamada, la que los primeros transformaron en su oscura insignia, y descendientes de ésta, tuve un mal presentimiento, mi instinto me estaba alertando. En un instante todo se complico, en unos segundos oí el diminuto sonido metálico de un arma lista para disparar y, seguidamente, mi voz alertando a mis compañeros de que se agacharan. Una gran ráfaga de disparos destrozó varias de las vitrinas y las antigüedades que en su interior había, otras impactaban en la pared que, por suerte, nos protegió de ellas, como una muralla a un castillo. De reojo, pude ver a dos tiradores armados con fusiles Sturmgewehr 44 bloqueando la entrada a la exposición fenicia y griega, justo por donde acabábamos de venir, y lo peor estaba por llegar. Ambos, dejaron de malgastar sus balas y vi aproximándose a sus camaradas un tercero, bastante musculado, armado con una Thompson M-1928, seria nuestro final, pero reaccioné a tiempo. Sin pensármelo, desenfundé la Automática.38 y el Revolver.32, y, suponiendo que ellos no tenían la certeza de que iba armada, me puse en pie y salí del escondite, aprovechando los pocos segundos que tenía, hasta alcanzar la otra pared, para disparar cuatro balas, que fulminaron al grandullón, que cayó al suelo estrepitosamente. Los anteriores volvieron a descargar su munición nuevamente, solo que esta vez en dos direcciones, pero un único tiro fue el que llamó mi atención. Miré a mis compañeros, el capitán había sacado una Colt M1911 y abatió a otro tirador proveniente de la entrada del museo, a tan solo unos metros de nuestra posición, estaban intentando acorralarnos. Mientras trataba de pensar una forma de que pudiéramos escapar de allí, el historiador, armado con una S&W modelo 29, acabó con uno de los dos principales, y de repente, mirando mis armas fijamente, lo vi, una idea brillante. En cuanto pararon los disparos del tirador inicial, quién se quedó sin balas y tenía la intención de coger la Thompson, salí de nuevo de mi muro de contención y, apuntando al objetivo, le disparé en la cabeza, uno menos de los tantos que iban cayendo. - Venid aquí, rápido!- les grité, cubriéndoles y derribando enemigos. Cuando estuvieron a mi lado, ocultos tras otra pared, el historiador cogió una de las armas de los cadáveres, que estaban a nuestros pies, y se la ofreció al científico, el único desarmado. - Estás loco!- espetó el doctor. - Nunca he disparado un arma! Pretendes que aprenda ahora?! - Sí, si no deseas morir hoy!- le respondió arduamente. - O prefieres que yo les ahorré el trabajo?!

8 - Malditos imbéciles!- explotó el capitán. - Creéis que es momento de discutir chorradas?! Si continuas así, seré yo quien os maté, y os aseguro que no me temblara el pulso! - Callaos los tres y escuchadme!- dije tan alto que sonó eco en alguna parte de la sala en la que nos hallábamos. -Tengo un plan y necesito que prestéis mucha atención, porque no pienso repetirlo. La única forma de que podamos salir de aquí con vida, es dividirnos por el museo, dudo que les queden muchos refuerzos fuera, así que hay que hacerles entrar. Lo que debéis hacer, es destrozar las luces y los extintores de polvo, creando de esta manera una desventaja, eso evitará que disparen a la ligera, ya que no sabrán si es uno de los suyos o no. Si tenéis una oportunidad de escapar, aprovechadla, pero, una vez en el exterior, disparad una sola vez al aire para que los demás podamos saber cuántos quedamos dentro. Nos volveremos a reunir en el Teatro Griego. Lo habéis entendido? Todos asintieron. Cogí la Thompson, que aún continuaba en el suelo, y disparé con ella a las luces más próximas a donde estábamos, creando la distracción perfecta para separarnos. Yo seguí el camino que conducía a la sala de la prehistoria, pasando por la exposición de los Iberos, la misma ruta que habíamos tomado anteriormente por el museo, rompiendo las luces y extintores, a una distancia prudente y con la boca y la nariz cubiertos con un pañuelo, al estilo bandido del oeste, para no respirar el polvo, además de procurar no tener un encuentro directo con el enemigo. A los pocos minutos, oí un disparo lejano, uno de nosotros había conseguido salir. Más tarde, entre dos tiroteos en el interior del edificio, donde yo me hallaba en uno disparando la Thompson contra tres enemigos, que acabaron igual que los demás, un nuevo y único tiro daba el aviso al resto. Finalmente, al cabo de un rato, sonó el tercero, tan solo quedaba yo en aquella emboscada. Caminaba sigilosamente, sin apenas respirar, por las oscuras salas, ocultándome tras cualquier vitrina, o pegada de espaldas en la pared, tratando de averiguar el paradero de los atacantes. No sé cuantas vueltas podía haber dado al museo, pero terminé en la sala de los Iberos nuevamente, justo en el crucé que conectaba con la exposición de la forja y el callejón sin salida, también parte de una de ellas. Comprobé que la gran arma no tenía munición y que la bruma comenzaba a disiparse, 9 balas eran todo lo que me quedaban para protegerme, si quería salir de allí viva, debía de hacerlo de inmediato. Arrastrándome por el suelo, con ayuda de los brazos, fui moviéndome por la cámara de la forja, el camino más corto hasta la salida. Cuando al fin llegué al mostrador de la entrada, vi el cadáver inerte del recepcionista, quién nos había estado esperando e invitado a entrar, con la poca luz natural procedente de donde antes se encontraba la puerta, la cual yacía hecha pedazos junto al cuerpo abatido de un enemigo. En el momento en que iba a poner mis pies fuera de aquel lugar, antes de que ellos me descubrieran, me giré para fijarme en el cuello del muerto, la esvástica, la negra cruz que se extendía en su piel, ellos estaban aquí, en Barcelona. Salí de inmediato de allí, tirando la Thompson a un arbusto, y corrí por las calles de la zona, esperando a que diera la hora del encuentro.

9 1 de Agosto p.m Teatro Griego Después de caminar sin descanso por la zona de Montjuic, miré la hora en mi reloj de bolsillo, las nueve menos cuarto, decidí partir hacia el lugar que acordé con mis compañeros, el Teatro Griego. Al llegar, el recaudador de las invitaciones pidió que le mostrase la mía, y, seguidamente, otro hombre me acompañó hasta mi asiento, en la fila más alejada del pequeño escenario de piedra. A las nueve en punto comenzó la función, y los muchachos todavía seguían sin aparecer, pensé que lo mejor que podía hacer era esperarles, pero, si al finalizar la obra continuaban en paradero desconocido, tendría que intentar buscar la forma de frenar a los nazis. Conseguí distraerme un poco de mis pensamientos con la representación, La casa del té de la luna de Agosto de la compañía Lope de Vega, que dirigía el señor José Tamayo. Fue la primera vez que asistía a una y, realmente, me pareció muy interesante, supieron captar la atención del público nada más empezar. De repente, a la mitad del primer acto, alguien se sentó justo a mi lado: -Veo que logró escapar- dijo el capitán, satisfecho de verme, quizás. -Es usted dura de pelar. -Me alegra que también usted siga de una pieza, capitán- expresé aliviada. -Espero que los otros dos se presenten pronto. -Sí, porque, de lo contrario, yo mismo iré a buscarlos. Durante el segundo acto, otras dos personas se sentaron junto a nosotros, el equipo ya estaba al completo. -Su plan funcionó a la perfección, detective- dijo el científico.-fue arriesgado, pero eficaz. -Me alegra poder disfrutar un poco más de su compañía, mi lady - sonreía el historiador. -Déjate de ligar, que no estás en un bar, mamarracho- le replicó el capitán. -Además de que tenemos un problema mayor. -Y que lo diga- insinué, suspirando. - Qué quiere decir con ello?- preguntó el capitán. -Los que nos atacaron en el museo eran nazis, lo supe porque el muerto de la entrada tenía la esvástica tatuada.

10 - Y qué hacen los nazis con una Thompson?- espetó el historiador. -Es como ver a un chino con una Derringer. -Contrabando de armas, deben de tener algún contacto en América- expliqué brevemente. -Pero eso no es lo que importa ahora. Creo que están aquí por la Criatura, es la única hipótesis que coincide con lo que hemos descubierto. -Lo que quieres decir es que los descendientes de ese ser, que vimos en la visión, intentan traerlo aquí?- preguntó el científico. -Desgraciadamente, sí, es lo que creo. - Pero cómo?- palideció el doctor. -Si eso sucede, la humanidad está perdida. Tenemos... que detenerlos, hay que avisar al ejército. -Si no quieres llevar puesta una camisa de fuerza para el resto de tus días, no cometas estupideces- dijo el capitán. -Ellos no nos creerán, incluso a mí me cuesta asumirlo. -Entonces, qué podemos hacer?- preguntó el historiador. -El único que nos podía haber ayudado era el recepcionista del museo, pero está muerto. No tenemos por donde tirar. - Alguna idea, detective?- dirigieron todos su mirada hacía a mí, como si yo tuviera ases bajo la manga igual que un mago. -Dadme algo de tiempo para que pueda pensar- respondí, pausadamente. -De momento, disfrutad de la obra. Mientras mirábamos la función, mi mente repasaba todos los acontecimientos uno a uno, tratando de buscar algo que nos pudiera ser útil, pero me bloqueé, estaba agotada, física y emocionalmente, además de que aún tenía algunos enigmas sin resolver. Cuando esto me ocurría, ahí estaba mi compañero para ayudarme a encontrar la pista, para animarme en los momentos difíciles. Pese a que lo había visto horas antes, necesitaba que estuviera a mi lado, oír su voz hablándome, o simplemente bromeando, poder mirarle a los ojos, sentirle cerca de mí. El amor, que irónico. En el peor momento, es justo en el que descubro mis sentimientos por él, es impredecible. Recordé las últimas horas que pasamos en el laberinto de Horta, y saqué, del bolsillo interior de la negra gabardina, la carta que dejó el hombre desconocido, que hayamos muerto en el pabellón, en la gruta de Eco y Narciso. Miré fijamente el sello de cera rojo con el grabado del grifo agazapado con las alas abiertas, y, también, me descolgué del cuello el colgante de piedra del grifo, exactamente igual al del sello. No lograba comprender porqué eligieron la representación de ese animal, ya que en antaño se solían usar dibujos más simples. Sujetando ambas cosas entre mis manos, cerré los ojos y me puse a meditar, nuevamente, para hallar una pista, o parecido. Quise analizar los pasos que habíamos dado hasta ahora, pero la imagen del ser mitológico se quedó fija en mi mente, y no entendía porque. En ese instante, lo descubrí, supe la respuesta a esa pregunta. Un recuerdo de una tarde en que, él y yo, paseamos juntos, en aquel lugar en donde me confesó un deseo, frente a uno de esos seres. Por fin, un hilo del que tirar. -Sé a donde tenemos que ir- les dije a mis compañeros. -Vamos, no hay tiempo que perder.

11 1 de Agosto p.m Parque de la Ciutadella Tras tomar un taxi, que pagamos entre todos, éste nos dejó en la entrada del parque, en la zona franca. Corrí lo más rápido que pude por el camino de tierra, con el capitán a mi lado y los otros dos detrás. En apenas unos minutos, nos hallamos delante de la morada de los cuatro grifos, el hogar de Venus, Anfítrite, Dánae, Neptuno y Leda junto con la cuadriga de la aurora, la fuente de la Ciutadella, iluminada por los pocos focos que tenía. - Estás segura de lo que haces?- preguntó el capitán. -No del todo- le respondí. -Pero es lo único que tenemos, por ahora. A continuación, subimos una de las escalinatas, que conducían a la parte posterior de la fuente, desde donde se podía ver una vista amplia del parque a través de uno de los huecos de la misma. Una vez arriba, nos acercamos a la puerta, por la cual se accedía a la gruta artificial, y, al comprobar que ésta estaba abierta, entramos, yo la primera. Dentro, saqué y encendí la linterna para poder ver donde poníamos los pies, anduvimos unos 10 minutos en línea recta, hasta llegar a una pared y un desvió hacia la derecha. Hubiera seguido por la segunda, pero había algo en la primera que resultaba extraño. Todas las paredes del lugar, tenían algo de suciedad y monophyllaeas, plantas de la humedad, a excepción de la anteriormente nombrada, que se conservaba impecable. Mis compañeros se sorprendieron al verme palparla, utilizando las manos, y más aún cuando, al notar una pequeña superficie con finas líneas horizontales vacías, cerca del lado derecho de la pared, abrí una pequeña puerta, que ocultaba un grabado hueco de un grifo, exactamente igual al del sello y el colgante, dentro de un circulo en relieve. Coloqué la figura de piedra sobre éste, no ocurrió absolutamente nada, así que, como una llave, la giré en dirección a las agujas del reloj, moviendo también la parte redonda. Al dar una vuelta, se activó una serie de mecanismos que, desplazando la pared hacia adentro, abrió ante nosotros un nuevo camino. Antes de continuar, cogí y me guardé el colgante, no sabía si volvería a necesitarlo, y, después de pasar todos, la curiosa puerta se cerró tras nosotros. Durante 20 minutos, caminamos aquel tramo unidireccional hasta que dimos con una puerta de maciza madera, también con la cerradura del grifo. Repetí el mismo procedimiento, y sucedió exactamente lo mismo, solo que, esta vez, nos hallamos en una gran sala, totalmente iluminada, con cuatro grandes columnas y tres entradas amplias, dos cerradas, las laterales, y una abierta, la central. Justo en el momento que íbamos a dar un paso, nos interrumpieron:

12 -Veo que estaba equivocado con vosotros- dijo una voz misteriosa. Como un acto reflejo, desenfundamos las armas, mejor prevenir que curar se suele decir. De repente, de la entrada abierta, alguien salió de entre las sombras. Era un hombre de unos 60 años, alto, delgado, ojos oscuros, cabello corto claro, bigote fino, y elegantemente trajeado. -No temáis, en este lugar estáis a salvo. -Descanse, soldado- ordenó una segunda voz. De detrás de una de las columnas, salió otro hombre de unos años, alto, fornido, ojos verdosos, cabello muy corto castaño, con alguna que otra cana, uniformado igual que un militar. - Coronel Crespón?- dijo el capitán, sorprendido, a la vez que bajaba su Colt. -Siempre fuiste muy aventurero y pícaro- expresó una tercera voz. De otra columna, apareció un nuevo hombre de la misma edad que el anterior, estatura media, corpulento, ojos castaños, cabello corto blanco, que vestía un traje marrón, camisa blanca y una cinta negra atada alrededor del cuello. -Pero el mejor discípulo que jamás allá podido tener, je. - Maestro Mclaon?- dijo el historiador, guardando su pistola. El científico también hizo lo mismo, la única que aún sostenía las suyas en alto era yo. -Baja tus armas, Sara- pidió una cuarta voz, que reconocí al instante y que deseé que solo fuera mi imaginación. Saliendo de su escondite, una de las columnas de la derecha, se presentó un hombre de 42 años, 1.75 metros altura, esbelto y fornido, ojos azules, cabello largo por los hombros color café, y barba de unos días, vestido con chaqueta negra de cremallera hasta la cintura, camiseta azul, guantes negros sin la punta de los dedos, pantalones largos negros, sujetados con un cinturón de igual color, y zapatos también oscuros. -Eliot - dije. Efectivamente, se trataba de mi compañero, Eliot Spencer. Tardé unos segundos en bajar las armas. En aquella gran sala, a un lado estábamos nosotros, y al otro, ellos cuatro. -Bienvenidos a la sede de los Guardianes- dijo el hombre elegante. -Mi nombre es Howard Greene. Por favor, acompañadnos. Creo que es el momento de la verdad. 1 de Agosto p.m. Sede de los Guardianes, en alguna parte bajo Barcelona Acercándonos a ellos, yo sin mantener ningún contacto con mi compañero, caminamos por la entrada abierta hasta otra sala, también iluminada y con columnas, pero equipada con algunas butacas, varias sillas y una pequeña biblioteca. -Por favor, tomad asiento- dijo el señor Greene. Salvo una misma, que me apoyé en una de las columnas de la entrada, y Eliot, de pie junto a la butaca del hombre elegante, el resto se sentó donde cada uno quiso, unos en frente de los otros. -Si habéis logrado llegar a la sede, es porque descubristeis el misterio del museo, una verdad que, desde tiempos inmemoriales, los Guardianes hemos custodiado y ocultado al mundo. Pero aún hay más cosas que debéis saber- hizo una pequeña pausa. -El subordinado del pequeño Bes, aquel a quien entregó su puñal para que lo ocultara en la Taula del Talatí de Dalt, fue el fundador de los Guardianes, dedicados a la protección de su señor y descendientes, además de custodiar el mundo, con el fin de evitar el regreso de la extraña criatura. Muchos se unieron a él. Durante el transcurso del tiempo, los Guardianes fueron creciendo en número, se expandieron por todo el territorio, y cumplieron con sus objetivos en más de una ocasión- tomó un poco de aire. -Pero con las guerras y las injusticias, la gran mayoría acabó desapareciendo. A diferencia de otros grupos ocultos, como los Illuminati, por ejemplo, no teníamos un lugar donde reunirnos o refugiarnos, ni siquiera un signo representativo que nos identificara. Todo mejoró, gracias a uno de los anteriores líderes, el gran Antoni Gaudí.

13 - Gaudí fue un Guardián, y de los peces gordos?!- exclamó el historiador. - Modera tu lenguaje, insensato!- le replicó su maestro, molesto por el comentario. -Así es. Tras unirse, cuando comenzó con sus primeras obras, planteó la idea de crear la sede bajo la ciudad. Dibujó los planos, los originales, con fragmentos de la guarida, y los falsos, entregados al ayuntamiento. Donde él tuviera la oportunidad de edificar, también construiría una parte de la sede, ayudado por otros guardianes. Ahora mismo, nos hallamos bajo la Sagrada Familia, que continúa construyéndose durante el día. Cuando iban a hacer la fuente de la Ciutadella, para entonces él ya fue elegido líder, al ver la idea de los grifos de su compañero, Rafael Atché, pensó que sería el símbolo perfecto para representarnos, ya que el ser mitológico es una combinación de animales muy diferentes unos de otros, como lo son las personas, y creó el pasadizo secreto en el interior de la gruta. hizo una nueva pausa. -Al igual que con los Guardianes, los descendientes de la Criatura también provienen de la época antigua. -Los Nazis- dijo el científico. El hombre asintió con la cabeza. - Qué tenemos que ver nosotros con todo esto?- preguntó el capitán. -Vosotros cuatro, cada uno, fuisteis elegidos por los Guardianes, aquí presentes, y el señor Joseph Barker, el hombre que hallasteis difunto en el laberinto de Horta nos miró a mí y a Eliot. -Joseph, está muerto? Y tú, lo sabías?!- me preguntó el doctor, furioso. Simplemente, me mantuve en silencio cabizbaja. -Joseph, no pudo ser identificado por la detective puesto que no llevaba documentación alguna consigo, por precaución- intentaba tranquilizarle el hombre elegante. -Él conocía perfectamente el riesgo al que se exponía, y prefirió quitarse la vida a ser torturado por esos monstruos... Todo por el bien mayor. - El bien mayor?- preguntó el historiador. Era el misterio por el cual nos reunieron en el museo. -Cómo decía, fuisteis elegidos, hace mucho, para ser miembros de los Guardianes. Queríamos esperar un mes más, antes de contaros todo esto, de manera que lo asumierais pacientemente, pero ahora el tiempo corre en nuestra contra. Hace dos días, descubrimos que siervos de la Criatura se encontraban aquí, en Barcelona. -Lo sabemos- dijo el capitán. -Hemos tenido un pequeño enfrentamiento con ellos en el museo, y casi no salimos vivos de allí. Supongo que el recepcionista era otro guardián, lo siento. -Entonces, ya han elegido el lugar donde van a invocarla. - Debemos detenerles antes de que pasé media noche, de lo contrario será tarde, señor!- exclamó el coronel. - Y cómo pretende que lo hagamos, coronel? Sin el puñal de Bes, que se halla en el museo, es imposible. Además, no somos suficientes para tenderles una emboscada suficientemente eficaz. -Bueno, tal vez esto ayude en algo- dijo el historiador, mientras sacaba de una manga el susodicho puñal. -Lo cogí prestado durante la huida. -Solo a ti se te podía ocurrir robar un objeto del museo- suspiró el maestro, quitándoselo. -Buen trabajo, pero procura que no se repita. Aún así, seguimos teniendo un problema, señor. Nadie sabe utilizarlo. -En eso te equivocas, viejo amigo. Hay una persona que si conoce su funcionamiento, su dueño. - Que quiere decir con eso?- preguntó el científico extrañado. -El señor Barker, trabajó durante años en un proyecto personal, un portal temporal, con el que se puede viajar en el tiempo. El propio Bes nos daría la información. Podemos contar con vosotros, nuevos Guardianes?

14 Mis compañeros aceptaron la misión sin pensárselo dos veces, pero yo no aguante más. Estaba cansada de secretos, de mentiras, me sentía traicionada por la persona en quién más confiaba, por la que creía conocer, de la que me había enamorado, que idiota. Me di la vuelta y caminé hacia la salida de aquel lugar, necesitaba alejarme de allí. Oía su voz pronunciar mi nombre a la vez que me seguía, pero continué sin mirar atrás. Tan solo conseguí llegar a la gran sala, otra vez. -Sara- me agarró del brazo derecho con su mano. -Por favor, cálmate. - Suéltame, Eliot!- le grité. Él me cogió por la cintura con el otro brazo, acercándome a una columna. - Eliot, déjame ir! - No pienso hacerlo otra vez, Sara!- exclamó con todas sus fuerzas. El silencio nos rodeó momentáneamente. -No puedo, no quiero Sus ojos azules miraban fijamente los míos, la respiración de ambos era acelerada, y mi corazón latía desenfrenadamente. Acarició mi mejilla con su mano izquierda, apartándome suavemente los largos cabellos castaño oscuro que la cubría, de manera que se escapaban de entre sus dedos hasta alcanzar las puntas. Su rostro tan cerca del mío, nos dejamos llevar por nuestros sentimientos. Un beso tras otro, cada uno más dulce, apasionado, lo rodeé con mis brazos por el cuello, por un instante lo olvidamos todo, él y yo era cuanto importaba. Pero, debíamos volver a la realidad, y los besos cesaron lentamente. -Deseé tantas veces hacer esto- dijo él. -Hubo más de una vez en que pude haberlo hecho, pero Debía cumplir mi papel de Guardián, aunque eso significará tener que dejarte ir, no poder mostrarte mis sentimientos. -Pensé que nunca habías confiado en mí, que todo el tiempo que pasamos juntos era parte de la mentira, en la que simplemente yo fui tu títere. -Siempre he sido sincero contigo, Sara. Aunque te oculté mi relación con los Guardianes, y lo de elegirte para ser miembro, nunca dejé de ser yo mismo ante ti- me explicó, y esbozo una sonrisa. -Hubiera preferido hacerlo en lo alto de la fuente, pero estoy con la persona que amo. Exacto, el deseo que Eliot me confesó, en aquella ocasión, era besar a la persona amada en la fuente de la Ciutadella, el primero de ese amor. Inclinando la cabeza hacia adelante, la apoyé sobre su pecho, a la vez que él me abrazaba y sobreponía la suya en la mía. Su calidez, protectora y reconfortante, siempre me hizo pensar que tenía la misma cualidad que el sol, iluminar la oscuridad. -Sara, el mundo corre peligro y los Guardianes debemos salvarlo - me miró a los ojos nuevamente. -Quiero protegerlo, pero te necesito, te necesitamos. -Eliot - dije. Respire hondamente y sonreí, decidida. -Vamos, no hay tiempo que perder.

15 1 de Agosto p.m. Sala del portal Aclarados nuestros sentimientos, regresamos con el grupo a la sala anterior. Todos se alegraron al verme entrar tras Eliot, y nadie hizo preguntas o comentarios sobre lo que había ocurrido entre nosotros, pero intuí que los cuatro guardianes mayores y el capitán tenían una cierta idea de ello. Guiados por el señor Greene, nos acercamos a la alta estantería llena de libros, donde él, agarrándolo por el lomo, tiró del libro titulado Necronomicon, accionando un mecanismo que deslizó el mueble a un lado, dando paso a una nueva sala oculta. Dentro, las mesas estaban cubiertas por herramientas muy variadas, múltiples hojas de planos cubiertos de diseños, bastantes peculiares a mi parecer, abundantes piezas de materiales diversos, entre otras cosas. Caminamos hasta el fondo, allí se hallaba un monitor conectado a un gran panel, repleto de botones, ambos unidos a una estructura metálica, que ocupaba la superficie de la pared, sin tocar ésta, que me recordó al pórtico de una puerta. -Yo la pondré en funcionamiento- dijo el coronel. -Él me enseñó en caso de que...solo dadme unos minutos. -En ese caso- dijo el maestro, dirigiéndose a una de las mesas. Después de cinco minutos, se dio nuevamente la vuelta y le entregó al historiador un papel doblado por la mitad, y un magnetófono. -Cuando estéis ante Bes, hazle entrega de este papiro. No os preocupéis, él lo entenderá. El otro es para que grabéis lo que os diga él, de manera que podamos traducirlo después. Su discípulo, los tomó y guardó en el bolsillo de su pantalón. Seguidamente, la máquina comenzó a reaccionar. Unas bobinas acristaladas, con forma de bombilla, en el interior de la estructura pero visibles al ojo humano, giraban al sentir la electricidad pasar por ellos, creando una corriente azulada unificadora, de la cual saltaron chispas, que chocaban unas con otras, formando hilos que, al juntarse todos, dieron lugar el portal temporal. -He programado la máquina para que os lleve al día en que Bes entregó su puñal a su subordinado, tal y como visteis en la visión.- comenzó a explicarnos el coronel. -El tiempo allí fluye exactamente igual que aquí, así que intentad estar lo menos posible. Las reglas básicas que debéis seguir: no tocar nada, no separaros, y volved de una pieza. Estáis preparados? - Sí, señor!- respondimos al unísono. -Buena suerte, nuevos Guardianes- nos deseó el maestro. -Y Guardiana- recalcó el señor Greene. -Tened cuidado- dijo Eliot, a la vez que me miraba. Los cuatro, unos al lado de los otros, nos aproximamos hasta estar a un paso del portal. Una última mirada fue la que compartimos entre nosotros, antes de traspasar la puerta.

16 Por la mañana: Talatí de Dalt, Menorca Tras cruzar, perdimos un poco la estabilidad y algunos casi caemos al suelo, yo conseguí mantenerme en pie gracias a que encontré apoyo en un árbol. Al principio, miré hacia el suelo verdoso, pero después quedamos admirados por la naturaleza salvaje que se extendía más allá de nuestra vista, un paisaje único que, conforme al avance del tiempo, acabaría desapareciendo hasta la época de la que venimos. De repente, oímos unas voces no muy lejos de donde nos hallábamos, así que decidimos seguirlas, caminando sigilosamente y con pies de plomo. Por el camino, llegué a ver algunos animales e insectos que, en la actualidad, estaban extintos, algunos eran de colores llamativos, otros nos observaban pero, afortunadamente, continuaron con sus labores. Cuando escuchamos las voces lo bastante cerca, nos ocultamos en un gran matorral, para ver quién había por los alrededores. Vimos a dos hombres, frente a una edificación, hablando tranquilamente, los cuatro reconocimos al instante la Taula, y a Bes junto a su subordinado. Como en la visión, el primero le entrega su arma al segundo, el cual se adentra al interior de la construcción, dejando solo a su señor, era la oportunidad perfecta para acercarnos. Pero claro, ninguno sabía el modo adecuado, así que, entre susurros, empezamos a discutir, y fue inevitable que termináramos alzando la voz, sin llegar a gritar. Entonces, nos interrumpieron. - Michel?- preguntó una voz. En el lado derecho del matorral, nos miraba a los cuatro, que estábamos agazapados en la hierba, un hombre moreno de pie. En ese momento, no supimos reaccionar, y el muchacho nos dejó aún más parados. - Guardianes? Sorprendidos, todos asentimos, y nos levantamos del suelo. Bes, simplemente sonrió y, con la mano, nos pidió que le siguiéramos. Aunque tomamos otro camino diferente, volvimos al punto de salida, el portal. Más centrados, el historiador le entregó el papiro al muchacho, y sacó el magnetófono, listo para grabar. Al desdoblar el papel, pudimos ver claramente pictografías que representaban: el portal, nosotros hablando con él, el monstruo de los tentáculos parcialmente dibujado, ya que nadie sabía su aspecto completo, su puñal, nuevamente nosotros pero con el arma en nuestras manos, y, finalmente, la criatura matándonos, ahora podía entender cómo se sentían los personajes de los tebeos. Su mirada penetrante se clavó en las nuestras, una por una, luego dijo algo que ninguno entendimos, pero que quedó registrado en el aparato. Después, nos dio una serie de objetos que llevaba consigo: un colgante de sílex redondo con círculos, una especie de anillo con una roca negra incrustada, una caracola de mar grande, y un bastón de madera que tenía un mineral extraño en la parte más alta. Luego, se alejó de nosotros diciendo algo, perdiéndose en el bosque. Sin estar seguros de haber obtenido la respuesta que queríamos, regresamos a casa.

17 1 de Agosto p.m. Sala del Portal Igual que antes, perdimos la estabilidad, pero esta vez Eliot me sostuvo entre sus brazos. Seguidamente, les explicamos lo ocurrido con Bes en el pasado. El maestro le pidió el magnetófono a su discípulo, y se marchó a una de las mesas. -Señor Greene, quién es Michel?- pregunté extrañada. -Michel Verne, el nieto del gran Julio Verne- comenzó a explicar. Él era como su abuelo, un gran soñador, que le apasionaba lo que hacía, con una visión del futuro impresionante. Hace 7 años, estuvo aquí, en Barcelona, y, como vosotros, se unió a los Guardianes. Cuando Joseph creó el portal temporal, ambos viajaron a la época prehistórica, Michel deseaba explorar y conocer a fondo todo aquello. En uno de sus viajes, halló un pequeño grupo de hombres y mujeres, los estudió. Aprendió sus costumbres, rituales, entre otras cosas, pero siempre quiso descifrar su lenguaje. Un día, el pequeño Bes se cruzó en su camino y, pese al problema del idioma, se hicieron amigos. Procurando no interferir en el desarrollo de la historia, Michel solo le enseñó algunas palabras, mientras que él aprendió del niño lo que quería. Con el conocimiento adquirido, y ayudado por Barker, crearon el Vetussonus - El Vetussonus?- preguntó el capitán, con curiosidad. -Vetus, quiere decir Antiguo en latín, y Sonus, Sonido. Es una máquina, de poco tamaño, que traduce el idioma de los hombres prehistóricos al nuestro. Lo que está haciendo ahora el señor Mclaon, es conectar el magnetófono al Vetussonus, para que traduzca lo que os haya dicho el propio Bes. - Qué pasó con Michel?- pregunté, queriendo averiguar el final del relato. -Pasado un par de años, desde que comenzó su amistad con el pequeño, los Guardianes le prohibimos que continuara viéndolo, temíamos que, tarde o temprano, cometiera un fallo, de manera que se desencadenaran terribles consecuencias para nuestro mundo, lo hicimos por -Un bien mayor- le interrumpí. -Exacto. El día en que dejamos que se despidiera de él, se marchó de regreso a su país. No hemos sabido nada de Michel desde entonces.- sonrió tristemente. -Y Bes sigue recordándolo, esperando a que un día regrese. La historia me puso un poco triste, dos seres de diferentes épocas, que nunca tuvieron que conocerse, no pudieron evitar ser amigos, compartir el tiempo juntos, para, finalmente, acabar separados por el bien de la humanidad. El deber de un Guardián era realmente duro, renunciar a las personas que aprecia es un precio muy alto, ahora podía entender la posición en la que se encontraba Eliot, antes de todo esto. - Ya está! Tengo la traducción- exclamó el maestro. Todos nos reunimos alrededor de él para escucharlo. La primera voz que oímos fue la de Bes, la que nosotros grabamos, la siguiente se trataba de la de Michel, la que registró en el Vetussonus para su utilización.

18 Guardianes, que provenís del mismo lugar que mi querido amigo Michel, lo que intentáis decirme es que el monstruo que una vez atacó a mi gente, y que dejó deambular sus crías por esta tierra, volverá para acabar con vosotros. Mi puñal está en vuestra posesión, pero no sabéis utilizarlo, y no os culpo. El sabio de la tribu y yo hemos sido los únicos capaces de usarlo, pero de nada os servirá aprender su funcionamiento, pues es el puñal quién elige a su portador, la persona que posee el verdadero poder. Así lo creó su primero, el dios Bes. Todos sabréis quién será el elegido en su momento. Ahora, os hago entrego algunos de mis amuletos, os ayudarán a impedir que la criatura vuelva. (silencio) Mostradle vuestro espíritu. -El arma elige a su dueño- dijo el señor Greene. -Guardianes Mclaon y Ayuso, cuando lo habéis tenido entre vuestras manos, notasteis algún cambio o cualquier otra cosa?- los dos negaron con la cabeza. -Entonces hay que intentarlo el resto. Por favor, maestro, tráemelo. El hombre hizo lo que le pidió. El puñal fue pasando por las manos de todos, empezando por el señor Greene hasta llegar a las de Eliot, pero no ocurrió absolutamente nada, solo quedaba yo. Sus miradas apuntaban hacia a mí, estuve a punto de no cogerlo. Pero mi guardián entrelazó su mano con la mía, recordándome que él estaba a mi lado, y, con la otra, me ofreció el arma. Nada más cogerla, todo se volvió oscuro, estaba completamente sola en la penumbra. Entonces, vi acercándose lo que creí que eran los espíritus de los portadores anteriores del puñal, el sabio y el pequeño Bes, quienes me sonrieron. En ese instante, me fijé que entre mis manos algo resplandecía, una luz blanca, muy cálida y pura, que envolvía mi cuerpo, haciéndome sentir capaz de lograr cualquier cosa. Quise abrazar la luz, y, tras ello, ésta se expandió totalmente, sustituyendo así la oscuridad, ahora en ese mundo luminoso, en el que continuaba sintiendo esa sensación, noté una fragancia que me resultó familiar, pero no pude averiguar de qué, la visión se desvaneció. Volví a estar de nuevo en la sala del portal, rodeada de los Guardianes, solo que ahora sus ojos apuntaban al arma que sostenía, su hoja emitía un intenso resplandor, que terminó apagándose. -La primera Guardiana, es también la elegida del puñal- dijo el señor Greene. -El destino es realmente asombroso e impredecible. -Joven, nunca habría imaginado que una mujer pudiera ser la salvación del mundo expresó el coronel. -Espero que no tengamos que arrepentirnos. -No creo que tenga de que preocuparse, coronel- dijo el capitán. -Es gracias a ella que seguimos con vida, y encontramos la sede. -Yo confío plenamente en Sara- dijo Eliot, muy seguro. -Los caballeros de la mesa redonda creyeron en Arturo, yo la seguiré hasta el fin. -Entonces, si estamos de acuerdo en eso- comentó el historiador. - Qué tal si les hacemos una visita a los monstruitos? - Es cierto!- exclamó el científico. -Quedan veinte minutos para media noche. -En ese caso, utilicemos el Citroën Tiburón- propuso el maestro. -Tiene una sirena de la policía incorporada, así que llegaremos a tiempo. Eliot, tú conduces. Conoces a la perfección la ciudad, sabrás de atajos. -Gracias- expresé mi gratitud. -Por creer en mí. -Ante todo, somos Guardianes. Somos diferentes unos de otros, pero nos mantenemos unidos, igual que el grifo- dijo el señor Greene. -Ahora, protejamos nuestro mundo.

19 1 de Agosto p.m. Museo de Arqueología de Barcelona Tras saltarnos todos los semáforos, señales de stop, pasos de cebra y demás, gracias a la ventaja de la sirena de policía, llegamos a la entrada del museo. A excepción de Eliot y yo, por la costumbre, a nuestros copilotos se les revolvió un poco el estomago, pero aguantaron bien. Armados, y con munición suficiente para la batalla, incluyendo balas para la Thompson, aún oculta en el arbusto donde la tiré, y que, una vez cargada, entregué al capitán, estábamos preparados para el asalto. Nos dividimos en dos grupos, de manera que bloqueáramos las salidas, impidiendo así la huida de cualquier nazi, y también los amuletos del el pequeño Bes: en el primer grupo, Eliot, yo, el capitán y el maestro, los que ocuparíamos la entrada principal, con el puñal, el bastón y el anillo; y en el segundo, el historiador, el científico, el coronel y el señor Greene, que se encargarían de la puerta del almacén, donde se accedía al interior de las salas, llevando consigo la caracola y el colgante de sílex. -Tengo la sensación de haber olvidado algo importante- dijo el maestro, antes de adentrarnos al museo. -Espero poder recordarlo. Cuando escapamos de allí, sabíamos que los daños que causamos durante los enfrentamientos fueron graves, pero ahora eran catastróficos. Los nazis, habían colocado bombas en el techo, el cual, tras la explosión, cayó hecho pedazos, provocando unos destrozos irreparables. Caminamos sigilosamente por el suelo cubierto de cristales mezclados con los escombros, ocultándonos a cada instante tras las paredes, entonces los vimos. Vestidos con túnicas negras, entonando extraños cánticos, arrodillados frente a un circulo de sangre, con cadáveres amontonados en su centro, entre ellos el recepcionista del museo, quién también perteneció a los Guardianes, y algunas antiguas reliquias colocadas en referencia a los puntos cardinales, todos bajo la luz de la luna anaranjada casi en el punto más álgido del oscuro cielo. A parte de ellos, también observaban atentamente sus guardias, y el hombre, supuestamente su líder, leyendo las palabras de un viejo libro de oscuras tapas, incomprensibles para nosotros. De repente, un pequeño reflejo me deslumbró, al otro lado de la sala el segundo grupo estaba en posición, llegó el momento. Los guardias fueron los primeros en sucumbir a nuestros disparos, pero los del circulo, seguros de si mismos, continuaron con el ritual, pues sabían que apareceríamos, prepararon nuestra bienvenida. Provenientes de otras salas, sus refuerzos, mayores de lo que esperábamos, contraatacaban tan ferozmente, que tuvimos que disolver los equipos, logrando resistir más que ellos, consiguiendo disminuirlos en número, pero, en la distancia, las campanadas marcaron las doce. Durante unos segundos, un temblor sacudió la zona que ocupaba el museo, y un diminuto agujero se abrió en el aire, del que salió el rugido de la Criatura.

20 - No dejéis de entonar el sagrado cántico!- gritó su líder, ansioso de poder. - Nuestra madre debe regresar! Ante el inminente peligro, pues el anteriormente dicho iba ampliándose poco a poco, corrí hacia las escaleras que ascendían a los pisos superiores, la voz de Eliot me llamó, pero no me detuve. Los disparos volvieron a resonar, abatiendo enemigos e intentando alcanzar a mis compañeros, y también a mí. Cuando llegué al tercer piso, del que quedaba una plataforma de pocas dimensiones, a la misma altura que el agujero dimensional, saqué el puñal con la intención de utilizarlo, pero las cosas se torcieron. - No lo permitiré!- exclamó con furia el líder nazi. Fue todo tan rápido en un instante, él apuntando y disparándome con su arma, yo sin tiempo a esquivar la bala, y, finalmente, me hallé tirada en el suelo. Al abrir los ojos, no sentí ningún dolor, pero si algo sobre mí, o más bien alguien. - Eliot!- grité, apoyando su cabeza en mi pecho y sujetándole por la cintura. Sin darme cuenta, él me siguió por las escaleras y, viéndome en esa situación, se abalanzó sobre mí. Dejé el arma en el suelo, a un lado, y, usando la gabardina, le taponé la herida que tenía cerca del corazón. -No pierdas el tiempo, usa el puñal- me dijo, con dificultad, poniendo su mano derecha sobre la prenda, ejerciendo presión en el mismo punto que lo hacía yo. Tomé el puñal nuevamente y, elevándolo por encima de mi cabeza, concentrándome con todas mis fuerzas en ella, en que destruyera la Criatura, pero de nada servía, su hoja no reaccionaba de ninguna forma, ni tan siquiera brillaba. - Necios!- se reía el líder nazi. - Creíais podríais detenernos? Que podrías utilizar el poder del puñal de Bes, como si de un juguete se tratase? - nos quedamos estupefactos al oír que sabían de la existencia del arma. - Os sorprende que sepamos de ella? La ventaja de nuestra especie es que los recuerdos de los antecesores se transmiten a los descendientes, para que conozcan sus orígenes, y despierten su odio e ira. Los humanos sois unos seres patéticos e insignificantes, merecéis ser esclavizados o extinguidos. Lo único que habéis logrado los Guardianes durante el transcurso del tiempo, ganando una batalla tras otra, es simplemente atrasar lo inevitable. Contemplad! En breve, nuestra madre cruzará el portal a este mundo, y vosotros seréis los primeros en ser...liquidados. Pero no nos lo agradezcáis a nosotros, sino a vuestra Guardiana, por recordaros que tener fe en alguien no sirve de nada. Al mirar a mis compañeros, que se encontraban en la planta principal, vi en sus caras la decepción que sentían hacia a mí, el fracaso por no poder salvar nuestro mundo de las fauces de esos monstruos, el esfuerzo que tantos guardianes habían hecho para cumplir con ese objetivo, algunos incluso pereciendo en la lucha, como el señor Barker o el recepcionista del museo, se derrumbaron como un castillo de arena. Bajé el puñal hasta tocar el suelo. El portal seguía creciendo sin que nada lo detuviera. -Lo siento, Eliot- le dije, sintiéndome el ser más miserable. -Os he fallado a todos -Te equivocas, Sara- me dijo, dejando el bastón, que sujetaba con la mano izquierda, sobre su pecho y acariciándome la mejilla. -Desde el primer día en que te conocí, siempre has dado todo lo mejor de ti, persiguiendo la verdad, dejándote guiar por tu instinto. Eres igual que el viento, indomable, fuerte, a la par que dulce y serena. Tú has hecho todo cuanto estaba en tus manos: seguiste las pistas y encontraste la sede; asumiste el papel de Guardiana y viajaste en el tiempo; y ahora, por el mismo objetivo, te has enfrentado, no una, sino dos veces a estos monstruos. Acaso no has hecho ya suficiente?

21 -Eliot- sus palabras me consolaron un poco. La calidez que él transmitía, despertaba mi ímpetu, reconfortaba mi autoestima, me sentía capaz de todo, de alcanzar cualquier cosa por imposible que ésta fuera. Dejó de acariciarme, y tomó mi mano, la que sujetaba el arma, y la colocó junto al bastón, procurando que la hoja no nos hiriera a ninguno de los dos, manteniendo la suya sobre la mía. Levemente, noté los latidos de su corazón, eran lentos pero con fuerza, su vida se iba apagando. Sin poderlas contener más, mis lágrimas cayeron, mientras apoyaba mi cabeza en la de él y cerraba los ojos, entonces la sentí. La misma fragancia de la visión, la que me resultó tan familiar, era la colonia que solía ponerse todos los días, por fin lo comprendí. -Eras tú- le dije, mirándole. -Tú eras la luz. - Qué quieres decir?- me preguntó, curioso. Le expliqué la visión que tuve en el momento que cogí el puñal por primera vez: la oscuridad envolviéndome, los espíritus del sabio y Bes, la pequeña luz que abracé, que se extendió desvaneciendo la oscuridad, la sensación que me hacía sentir, y la fragancia tan conocida, la suya. Él sonrió de una forma especial, una sonrisa que había visto en alguna otra ocasión, pero que no llegué a fijarme mucho. -Tu amor por mí, debe ser inmenso, infinito. Eso me hace realmente feliz. Arg -Eliot, por favor, no me dejes. En ese mismo instante, oímos los vítores de júbilo de los enemigos, vimos el terror reflejado en los rostros de nuestros compañeros, y al mirar hacia el agujero dimensional, las puntas de sus tentáculos asomaban ya por él. -Nunca te dejaría- me dijo Eliot, retomando la conversación, olvidando lo que a nuestro alrededor sucedía. -Te amo, Sara. Mi propio deber es protegerte, dar mi vida por ti. Los gritos de los demás guardianes, nos alertaron de que la Criatura había logrado adentrar uno de sus grandiosos tentáculos, y que venía a por nosotros, pero seguimos mirándonos a los ojos, sin temor alguno. -Eliot, soy yo quién debería protegeros Yo quiero protegerte. Apenas unos centímetros le faltaba a la viscosa extremidad para alcanzarnos, cuando, de repente, fuimos rodeados por una intensa luz blanca, que dañó al monstruo, creándole una profunda quemadura. Al mirar de donde procedía, vimos asombrados que se trataban del puñal y el bastón, ambos resplandecían con fuerza. El resplandor del segundo, curó completamente la herida de Eliot. -El bastón, es la otra herramienta del sabio. La que utilizó para cerrar la herida de la madre de Bes.- exclamé, aún atónita por ello. Pero no eran las únicas que brillaban, el resto de amuletos, el anillo del capitán, el colgante de sílex del historiador, y la caracola del científico, también mostraban la misma característica. - Lo recuerdo!- gritó el maestro desde abajo. - El viejo diario de investigaciones, de un antiguo guardián, explicaba cómo detener a seres de otras dimensiones, a partir de un ritual! Guardianes, para sellar la Criatura, en su dimensión, debéis crear un pentagrama con el poder del puñal y los amuletos! Muchachos, moveos, deprisa! Yo os marcaré las posiciones!

22 Eliot, bajó rápidamente las escaleras para reunirse con los demás, pero los nazis y su monstruosa madre no iban a ponérnoslo tan fácil, estaban dispuestos a todo con tal de cumplir su objetivo, pero tampoco nosotros pensábamos darnos por vencidos. Antes de que pudieran ni tan siquiera sacar sus armas a relucir, un sonido grave, parecido al de una tuba, resonó por cada rincón del museo, provocándoles un dolor terrible a la Criatura y a sus descendientes, quienes se estrujaban la sesera y se retorcían en el suelo, interrumpiendo su ritual, pero no el crecimiento del agujero dimensional. El ruido lo emitía la caracola de mar, que el científico tocaba una y otra vez. Aprovechando la situación, el maestro calculó y marcó los lugares exactos, donde mis compañeros tendrían que posicionarse, mientras yo creaba focos de luz, que dirigía contra los tentáculos de la Criatura. Ya colocados, concentramos nuestras energías en el puñal y los amuletos, en el verdadero poder, formando un pentagrama de gran fulgor. - Bes?- preguntó una voz desde del agujero, el monstruo. - No!- le respondí, fieramente. - Mi nombre es Sara! Por la protección de la Tierra, de nuestro mundo, y en nombre de toda la humanidad, nosotros, los Guardianes... - Te sellamos!- gritamos al unísono. Una columna de radiante luz, salió del centro del pentagrama, tanto ascendente como descendente, impactando en el agujero y en los nazis, hasta que se produjo una onda expansiva, con la que caí despaldas al suelo. Tras un par de minutos, en cuanto recuperé un poco las fuerzas, me levanté como pude del suelo, la cabeza aún me daba vueltas. Seguidamente, miré primero hacia arriba, el agujero y la Criatura habían desaparecido, y después abajo, los nazis yacían carbonizados en el suelo, y mis compañeros se encontraban bien, sin contar con las heridas leves que sufrimos por la honda, incluso alguno reía de alegría. Descendí rápidamente las escaleras, aún con el puñal en la mano, deseaba estar con ellos. Al llegar, me esperaban justo delante de la escalinata. -Buen trabajo, Guardiana y Guardianes- dijo el señor Greene. -Me siento orgulloso de todos vosotros, de teneros en el equipo.- Sonreímos satisfechos, no solo por sus palabras, también por salvar el mundo, y que los esfuerzos de los anteriores guardianes no hubiesen sido en vano. -Aunque me gustaría celebrar nuestra victoria en este preciso instante, debemos partir de aquí de inmediato. La policía no tardará mucho en aparecer. -Yo me quedaré.- dijo Eliot. -Alguien tendrá que dar una explicación sobre lo ocurrido aquí. -Yo también me quedó- exclamé, compartiendo una mirada de complicidad con él.

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