RUTA 1 Cómo podemos encontrarlas Las lagunas de Belvis Llegamos a las lagunas desde Paracuellos por la M-111 hacia Belvis durante 8 kilómetros. Una vez pasamos por debajo de la M-50 llegamos a una rotonda. En ella nos encontramos el antiguo caserío señorial del s. XVIII que precedió el nacimiento de la pedanía, y que es el único ejemplo de complejo agrícola ganadero del municipio. Tomando la tercera salida hacia el campo de fútbol, a 100 metros nos vamos acercando a la zona de las lagunas. 33 láminas de agua llenas de vida Las lagunas de Belvis son, sin duda, una de las joyas naturalísticas de los alrededores de Paracuellos. Se encuentran a unos 8 kilómetros del pueblo y son un pequeño e insólito paraíso natural que merece la pena acercarse a conocer. Es un rosario de casi una treintena de lagunillas que se extienden a lo largo de varias hectáreas y que han merecido ser incluidas en diferentes inventarios de zonas húmedas por su valor ecológico (entre ellos el Inventario Nacional de Humedales). Un escenario natural, asociado al río Jarama, que impacta, sobre todo, por el contraste que se da, entre él y el duro paisaje estepario que lo circunda.
"Dios escribe recto con renglones torcidos": su origen, las graveras El origen de estas lagunas hace cierto, en alguna medida, aquello de que "Dios escribe recto con renglones torcidos" o que "no hay mal que por bien no venga". Por qué?. Pues porque, y aunque pueda resultar chocante, el origen de este oasis de agua, verdor y belleza, fue, paradójicamente, un atentado ecológico. Pero expliquemos esta aparente paradoja. Originariamente, lo que había en el lugar eran simplemente terrenos aledaños a las riberas del río Jarama. Unos terrenos naturales, con el aspecto de tantos rincones de las orillas de este río. Hasta que un día, a alguien se le ocurrió la idea de que este era un buen sitio para dedicarse a extraer áridos a gran escala. Es decir, extraer las arenas de la zona, que eran buenas para determinados usos vinculados a la construcción. Y así desde los años 50 hasta los 80 del siglo veinte, mientras funcionaron las graveras, fue poniéndose todo patas arriba, excavando en el terreno aquí y allá. Pero he aquí que no hay mal que cien años dure, o eso dicen. Llegado un momento, la extracción de grava tocó a su fin. Entonces la Naturaleza se tomó su pacífica revancha, y si era hermoso lo que hubo antes más hermoso sería lo que habría después. Resultaba que los extensos socavones que los intereses mercantiles habían abierto, con el ansia de sacar más y más grava que vender, eran tan profundos que habían llegado y superado ampliamente el nivel de lo que los expertos llaman el acuífero aluvial.
Es decir, habían dejado al descubierto algo tan precioso como son las aguas subterráneas que existen a ambos lados de las orillas de los ríos. Y habían hecho que éstas se mostrasen bajo la forma de lagunas. Lagunas, además, con un agua de una calidad superior a la del cercano Jarama, ya que afloran tras haber sido filtradas por el terreno. La vegetación, inunda la zona y hace desaparecer las huellas del hombre Y según pasaba el tiempo, en ausencia ya del ruido de las máquinas extractoras de arena, la zona se fue embelleciendo. En ello colaboraron los agentes erosivos, como el agua, que irían haciendo desaparecer algunas de las huellas de la acción humana y confiriendo al escenario unos perfiles cada vez más naturales. Además, la vegetación fue sumándose a la tarea, cubriendo, cada vez de forma más exuberante, las antiguas heridas. De modo que hoy espacialmente en algunos rincones, nadie que no lo supiera podría acaso sospechar otra cosa más que está ante algo que sea, exclusivamente, una obra de la Naturaleza. La vegetación herbácea y la arbórea -sauces, álamos, fresnos, alisos...-, cubre hoy las orillas de estos enclaves húmedos. En parte de las zonas inundadas hace acto de presencia la vegetación palustre (esto es, la que crece en las orillas y en el propio agua, ya que "pallus", en latín es lago o laguna). Por ejemplo, la hermosa enea o espadaña, que con sus características espigas cilíndricas, es una de las plantas más comunes en este tipo de lugares.
Toda esta vegetación, a la que se unen los juncos, zarzas y otras especies, acaba confiriendo a las orillas, reflejadas en el trémulo espejo de las aguas, un encanto y un misterio singular. Es un lugar mágico al que acuden muchas personas a contemplar, a pasar unas horas o incluso a pescar.
Sus principales habitantes: las aves Además, las lagunas de Belvis son un enclave excelente para observar numerosas especies animales. Una actividad para la que es preferible ir provisto de unos prismáticos o un telescopio, que nos permitan poder apreciar mejor la belleza de algunas de ellas e incluso identificarlas con la ayuda de un manual. Estos humedales son refugio de numerosas especies de aves que lo habitan en diferentes épocas del año. Y siempre será un consuelo ver criaturas voladoras de carne y hueso, y no solo a esas enormes máquinas de hierro que despegan en gran número y emitiendo sonidos menos gratos, desde las cercanas pistas del aeropuerto de Barajas. La verdad es que no solo en las lagunas en sí mismas, sino también el entorno estepario que las envuelve, hay interesantes especies de aves como pueden ser, por ejemplo, las avutardas y sisones que a veces se ven por la zona. Pero, si nos centramos en las lagunas y su entorno más inmediato, la verdad es que la lista de especies que podemos ver es larga. Fácil será, por ejemplo, que veamos allí, en una orilla, quieta, a la gran garza real, con su inconfundible plumaje gris por encima y claro por debajo. Acechando acaso a algún pez incauto al que ensartar con ese arpón que es su pico. Si uno permanece inmóvil podría ser que la garza nos regalase ese momento. Pero es que por aquí también podremos ver además, otras especies de la misma familia que la garza real. Más pequeñas, pero igualmente interesantes, como el martinete, la garcilla bueyera o el avetorillo.
No será raro tampoco que, desde la orilla, contemplemos aves tan bonitas como el simpático somormujo lavanco, así llamado por su costumbre de sumergirse en las aguas, ya que es un buceador formidable. Su vistoso plumaje, con cabeza moñuda y vientre claro son inconfundibles. Mucho más discreto es el plumaje de un pequeño y encantador pariente suyo que también podemos ver por aquí, el zampullín chico. También es común visitante de estas lagunas, otro gran buceador e inmejorable pescador: el cormorán grande. Éste, para mejor sumergirse, y flotar menos, deja que su plumaje se moje, a diferencia del anterior. Es por ello que no será raro que podamos ver este ave, que parece casi totalmente negra a distancia, sobre alguna rama, o algún otro posadero, con las alas extendidas, dedicando mucho tiempo en secarse. Pero sin duda una de las joyas aladas que acaso alguna vez podamos ver por aquí es el cada vez más escaso aguilucho lagunero, verdadero terror, por ejemplo, de los patos. Patos, podemos ver muchos en las lagunas de Belvis, comenzando por el más común de todos: el famoso azulón o ánade real, cuyos ires y venires son continuos. Pero también otras especies:
cerceta común y carretona, pato cuchara, porrón común, ánade silbón y friso, tarro blanco... y en la época adecuada, incluso algún ánsar común. También son aves que podrán dejarse ver, la focha, absolutamente inconfundibles en el centro de las lagunas, con su librea negra y su llamativo casquete blanco en la frente. O la polla de agua o gallineta frecuentemente cerca de las orillas. Incluso el extraño rascón europeo que siempre será más fácil de escuchar, con su extraña voz, que de ver. Lo cierto es que las lagunas son entornos extraordinariamente ricos en vida silvestre y enumerar lo que podemos ver en ellas podría ser interminable. Son enclaves acuáticos y, ya se sabe, el agua es vida.
Por ejemplo, aves adaptadas a vadear, con largas patas, como las cigüeñas que también recalan por aquí, o como los limícolas, esto es, aves adaptadas a la vida en las zonas limosas o fangosas como las orillas de las lagunas, donde se alimentan, por ejemplo, de pequeños invertebrados. Aves como cigüeñela, la agachadiza común, el andarríos o el archibebe que también hacen acto de presencia por estos lares. Además, en la vegetación palustre, no será raro ver o escuchar a passeriformes, como el carricero común y el tordal. El canto de este último es una de las señas de identidad más características de los entornos lacustres. Como lo es el vuelo singular de sube y baja del pequeño buitrón o el corto canto del ruiseñor bastardo. Y en los arbustos y sotos ribereños deberemos estar atentos por si vemos o escuchamos a la curruca zarcera, al chochín, al zarcero, al petirrojo, al mirlo o muchas otras aves, como el escribano, la lavandera, o el llamativo pájaro moscón, que en la primavera hará su nido pendular, colgante, con las pelusas de los chopos o las eneas. Pero no podemos dejar de hacer una mención especial de una de las más bonitas y celebradas aves europeas, también presente en estos parajes: el martín pescador, acechando siempre desde sus oteaderos a algún pequeño pececillo al que capturar dándose un pequeño chapuzón. Este ave de poderoso pico, librea azul turquesa en cabeza, alas y dorso (donde llega a tener algunos destellos metálicos) y su vientre naranja, es una de las aves más hermosas del continente. Otros asiduos visitantes de la zona y su entorno Pero claro está, en las lagunas de Belvis no hay solo aves. Desde sus peces como el barbo a anfibios y reptiles, como las ranas, las culebras de agua o los galápagos.
Y, por supuesto, en ellas o en su entorno inmediato, mamíferos. Unos más fáciles de observar que otros. Por ejemplo, fácil será que veamos alrededor de las lagunas conejos, liebres, o incluso algún erizo (sobre todo en las noches cálidas), pero más raro al hermoso zorro, "maese raposo" como lo llamaba Félix Rodríguez de la Fuente o a la pequeña comadreja. Y muchísimo más raro todavía de ver, aunque lo haya, el gato montés. Hay también en la zona jabalíes y se comenta entre las gentes del lugar que de vez en cuando se puede ver algún grupo de corzos, el más pequeño y acaso el más bonito de los cérvidos españoles y que lleva años en expansión, colonizando nuevos territorios. Autor: Carlos de Prada Fotografía: Lourdes Martín