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2001, 2017, María Inés Falconi De esta edición (corregida y aumentada): 2017, Ediciones Santillana S.A. Av. Leandro N. Alem 720 (C1001AAP) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina ISBN: 978-950-46-5197-0 Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina. Printed in Argentina. Primera edición: febrero de 2017 Dirección editorial: María Fernanda Maquieira Edición: Verónica Chamorro Ilustraciones: Gerardo Baró Dirección de Arte: José Crespo y Rosa Marín Proyecto gráfico: Marisol Del Burgo, Rubén Chumillas y Julia Ortega Falconi, María Inés Un valiente bajo la mesa / María Inés Falconi ; ilustrado por Gerardo Baro. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Santillana, 2017. 56 p. : il. ; 20 x 14 cm. - (Morada) ISBN 978-950-46-5197-0 1. Literatura Infantil. I. Baro, Gerardo, ilus. II. Título. CDD 863.0222 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial. Esta primera edición de 6.000 ejemplares se terminó de imprimir en el mes de febrero de 2017 en Artes Gráficas Color Efe, Paso 192, Avellaneda, Buenos Aires, República Argentina.

Un valiente bajo la mesa María Inés Falconi Ilustraciones de Gerardo Baró

1 Esa mañana me despertó un movimiento inusual. Yo estaba pasando unos días en la casa de mis abuelos, en Santiago de Chile. Tenía en ese momento nueve años y no había nada que me gustara más que esas cortas vacaciones en el enorme caserón, donde, debo decirlo, me mimaban bastante. Como me dejaban dormir hasta tarde, el movimiento de la casa empezaba siempre mucho antes de que yo me levantara, pero nunca hacían tanto ruido. Intrigado por la novedad del batifondo, salté de la cama y corrí a la cocina. Tomasa, la cocinera, que siempre me tenía listo el 5

6 chocolate para el desayuno, iba esa mañana de olla en olla y del chocolate, ni noticias. Fuera, niño! Hoy no hay chocolate para nadie me dijo, y me echó de la cocina poniéndome un pedazo de pan casero en la mano como todo desayuno. Salí al patio esperando encontrar a alguien un poco más comunicativo y me sorprendí todavía más. El patio estaba lleno de hombres a los que yo no conocía, demasiado ocupados transportando espejos, mesas, tablas

y bayonetas como para prestarme atención. Las cosas que llevaban no me daban ninguna pista: qué tenía que ver un espejo, que es para mirarse, con una bayoneta, que es para disparar? No podía entenderlo. Todavía no había podido imaginar qué era lo que estaba pasando cuando vi entrar a Ramón, el hijo de Tomasa, ayudando a un hombre a cargar unos enormes bultos de tela blanca. Era mi salvación. Ramón era mi mejor amigo. Cuando yo iba a la casa de mi abuelo, compartíamos juegos, secretos y correrías. Ramón trabajaba en la casa, pero cuando yo estaba, todos hacían la vista gorda a su vagancia o yo lo ayudaba para que terminara antes y pudiera venir a jugar. Él, seguro, me iba a decir lo que estaba pasando. Qué es toda esta revolución, Ramón? le pregunté todavía masticando mi pan. Que viene el ejército, don Vicente. 7

8 Aunque teníamos la misma edad, Ramón insistía en tratarme de don, por eso de que yo era el nieto del dueño de casa y él, el hijo de la cocinera. No había forma de convencerlo de que me dijera Vicente, como todo el mundo. El ejército? repetí. Un escalofrío me corrió por la espalda. Qué ejército? El realista o el patrio? Van a dar batalla en la casa? Nos dejarán pelear? Están armando trincheras para protegerse? Los espejos, sobre todo, son muy útiles en las batallas se rio Ramón. Tal vez los usen para encandilar al enemigo traté de justificar mi tontería, aunque ya me había dado cuenta de la pavada que había dicho. Era claro que yo nunca había estado en el frente, si no, me hubiera dado cuenta de que lo que estaba pasando no tenía nada que ver

con los preparativos para una batalla. Pero Ramón, sentándose en el fardo de tela que acababa de traer y aceptando el pedazo de pan que le ofrecí, me explicó todo. Viene el ejército del general San Martín... me aclaró. El pan se me atragantó. Hacía días que en la casa no se hablaba de otra cosa: que el ejército argentino había cruzado la montaña, cosa difícil de creer; que se había enfrentado con los españoles en la cuesta de Chacabuco, eso sí podía ser cierto porque la cuesta de Chacabuco sí existía; que Marcó, el gobernador realista, se había ido corriendo, eso era divertido; y que San Martín se había quedado con la bandera española, yo no entendía para qué. En medio de todo esto, no se hacía otra cosa que nombrar a San Martín, así que bien puede entenderse mi sorpresa. 9

10 E... e... el general San Martín?... tartamudeé. San Martín, San Martín? El mismo, don Vicente. Hay uno solo. Vienen él y sus oficiales. San Martín en la casa de mi abuelo?!... A qué viene? Para qué? Cuándo llega? ahí bajé la voz. Hay realistas escondidos en esta casa? Ramón se echó a reír otra vez, con esos dientes blancos y grandotes que siempre le envidié. Un realista jamás se atrevería a venir a esta casa, don Vicente... o no conoce a su abuelo? Y entonces para qué es todo esto? Están preparando una fiesta para celebrar el triunfo en la batalla de Chacabuco. Una fiesta elegante, parece, porque su abuelo quiere cubrir el piso de ladrillo. Cubrir el piso? Se volvió loco?

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12 Creo que sí. Para eso es la vela. Qué vela? Esta, donde estoy sentado, don Vicente! Todavía está dormido, que no ve nada? Las trajeron de los barcos de Valparaíso. Dicen que con eso van a hacer como una alfombra en los patios, y también un toldo, por si llueve. Mis ojos no podían estar más abiertos. No sabía si era porque iba a conocer al general San Martín o porque la casa estaba dada vuelta o porque por primera vez iba a estar en una fiesta. Alguien le pegó un grito a Ramón y eso me volvió los pies a la tierra. Ramón salió corriendo y yo detrás de él. No quería perderme nada.