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Transcripción:

MISA DE LOS CATECUMENOS Esta primera parte sirve como preparación al Santo sacrificio propiamente dicho, y como instrucción para que los fieles y catecúmenos tengan presentes los misterios de la fe que han profesado o van a profesar. La misa de los catecúmenos consta de las siguientes partes: las oraciones al pie del altar, la alabanza del introito, gloria, gradual y aleluya y la instrucción por medio de la epístola, el evangelio, el sermón u homilía, y el credo. I. PROCESIÓN DE ENTRADA Terminada la aspersión, comienza a sonar la melodía de entrada del órgano, mientras el sacerdote y sus ministros se acercan de nuevo al altar, en fila en el orden adecuado. Primero irá el subdiácono, tras él, el sacerdote, tras él, el diacono, y por último el maestro de ceremonias, que se situarán mirando al altar ante la ínfima grada del mismo. Todos entonces, a un signo del maestro de ceremonias, hacen la genuflexión ante el Santísimo si hay presencia Real, o en caso contrario, inclinación profunda al altar. El maestro de ceremonias se arrodilla in plano a la derecha del diácono. Los demás ministros inferiores se arrodillan en sus lugares respectivos, y con ellos toda la asamblea se pone de rodillas. El Sacerdote celebrante con sus dos ministros, el diacono y el subdiácono, permanecen en pie al pie del altar. Una vez situados el órgano deja de sonar. II. ORACIONES AL PIE DEL ALTAR 1. SALUDO INICIAL El sacerdote comienza la misa santiguándose, junto con sus ministros y la asamblea. Para ello coloca la mano izquierda sobre la cintura, mientras que con la mano derecha con los dedos unidos y extendidos y la palma vuelta hacia sí, tocará su frente, el pecho, el hombro izquierdo y el derecho, trazando sobre sí una cruz, mientras dice: S/ In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. S/ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Y juntando de nuevo la mano derecha con la izquierda ante el pecho dice: S/ Amen. S/Amén.

Estas Palabras, que fueron tomadas del mandato de bautizar al mundo entero, se recitan al inicio de la celebración para recordarnos que nos ha sido concedido el honor de participar en el sacrificio eucarístico por medio del sacramento del bautismo. Tras el amén, la schola comienza a cantar el introito de la Misa, canto que están escuchando de fondo, y que el sacerdote rezará más tarde. Este canto cubrirá todas las oraciones al pie del altar, que serán recitadas por el sacerdote y sus ministros en voz baja. 2. INTROIBO El sacerdote, permaneciendo con las manos juntas ante el pecho, comenzará con la antífona conocida como INTROIBO. ANTIFONA S/ Introibo ad altare Dei. M/ Ad Deum qui laetificat juventutem meam. S/ Me acercaré al altar de Dios M/ Al Dios que alegra mi juventud. SALMO 42 El sacerdote celebrante recitará este salmo, de manera alternada con los ministros. Este salmo fue compuesto por el rey David durante la sedición de Absalón, a causa de la cual se había visto obligado a huir al otro lado del Jordán. Desde allí, volviendo la mirada a la tierra prometida, dirigió a Dios este salmo para que le permitiese volver a aquella morada sagrada donde el Señor habitaba en medio del pueblo en su Tabernáculo, para así poder orar y ofrecer sacrificios ante Él como había hecho hasta entonces. Este salmo fue adoptado por la Santa Iglesia desde los primeros tiempos para hacernos suspirar a nosotros desterrados, por la unión con Cristo en su Tabernáculo terrenal, es decir, el Santísimo Sacramento, y su Tabernáculo eterno, el Reino de los Cielos. S/ Júdica, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine iniquo, et doloso erue me. M/ Quia tue es, Deus, fortitudo mea: quare me repulisti et quare tristis incedo dum affligit me inimicus? S/ Emitte lucem tuam, et veritatem tuam: ipsa me deduxerunt, et adduxerunt in montem sanctum tuum, et in tabernacula tua. M/ Et introibo ad altare Dei: ad Deum qui laetificat juventutem meam. S/ Confitebor tibi in cithara Deus, Deus meus: quare tristis es, anima mea, et quare conturbas me? S/ Hazme justicia, oh Dios, y defiende mi causa de la gente impía, líbrame del hombre perverso y engañador. M/ Pues Tú eres, oh Dios mi fortaleza: por qué me has desechado y porqué he de andar triste mientras me atormenta el enemigo? S/ Envíame tu Luz y tu Verdad: éstas me han de guiar y conducir hasta tu Monte Santo, hasta tus Tabernáculos. M/ Y me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. S/ Cantaré tus alabanzas, oh Dios, oh Dios mío, con la cítara. Por qué estás triste, alma mía? Por qué me llenas de turbación?

M/ Spera in Deo, quoniam adhuc confitebor illi : salutare vultus mei, et Deus meus. M/ Espera en Dios; porque todavía he de cantar sus alabanzas, a Él, mi Salvador y mi Dios. E inclinando todos la cabeza dicen: S/ Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. M/ Sicut erat in principio, et nunc, et semper; et in saecula saeculorum. Amen. S/Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo. M/Como era en un principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén. Y se concluye el Introibo repitiendo la antífona inicial: S/ Introibo ad altare Dei. M/ Ad Deum qui laetificat juventutem meam. S/ Me acercaré al altar de Dios M/ Al Dios, que alegra mi juventud. 3. ADJUTORIUM Con el siguiente versículo, se vuelven a santiguar. S/ Adjutorium nostrum in nomine Domini. M/ Qui fecit caelum et terram. S/ Nuestro auxilio es el nombre del Señor M/ Que hizo el Cielo y la tierra. 4. CONFITEOR El recuerdo de que estamos en presencia de Dios, el Santo de los Santos, que encuentra manchas hasta en los Ángeles, y escudriña los secretos más íntimos del corazón de todas sus criaturas, nos debe mover a la compunción y un verdadero arrepentimiento de nuestras innumerables faltas. Por eso, permaneciendo la asamblea de rodillas, se prosigue con el acto de Contrición y la Absolución. a) EL CELEBRANTE Comienza el propio celebrante humillándose ante Dios, e inclinándose profundamente ante Él con las manos juntas ante el pecho, reconoce públicamente sus pecados, y pide la intercesión de ángeles, santos, y del pueblo presente, para recibir la absolución de las faltas veniales que haya podido cometer, diciendo: S/ Confiteor Deo omnipotenti, beatae Mariae semper Virgini, beato Michaeli Archangelo, beato Ioanni Baptistae, S/ Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan

sanctis apostolis Petro et Paulo, ómnibus Sanctis, et vobis, fratres (se vuelve al diacono y luego al subdiacono); quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere; (se golpea el pecho tres veces) mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. Ideo precor beatam Mariam semper Virginem, beatum Michaelem Archangelum, beatum Ioannem Baptistam, sanctos apostolos Petrum et Paulum, omnes Sanctos, et vos, fratres, (se vuelve al diacono y luego al subdiácono) orare pro me ad Dominum, Deum nostrum. Bautista, a los santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos y a vosotros, hermanos (se vuelve al diacono y luego al subdiacono); que pequé gravemente con el pensamiento, palabra, y obra, (se golpea el pecho tres veces) por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Por tanto, ruego a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos, y a vosotros, hermanos, (se vuelve al diacono y luego al subdiácono) que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. Una vez ha terminado la oración, los ministros sagrados, inclinando ligeramente su cabeza hacia el celebrante, le responden: M/ Misereatur tui omnipotens Deus, et dimissis peccatis tuis, perducat te ad vitam aeternam. S/ Amen. M/ Dios todopoderoso tenga misericordia de ti, y perdonados tus pecados, te lleve a la vida eterna. S/ Así sea. Tras haber recibido la absolución, el sacerdote se incorpora de nuevo. b) LOS MINISTROS Siguiendo su ejemplo, los ministros junto con todos los fieles reconocen públicamente sus pecados y reciben del sacerdote la absolución de sus faltas veniales. Recordamos que para borrar los pecados mortales es precisa la confesión sacramental. De este modo, los ministros y el maestro de ceremonias, y unidos a ellos toda la asamblea, se inclinan profundamente hacia el altar para recitar el confiteor, volviéndose al celebrante cada vez que digan las palabras y a Vos, Padre. El celebrante les responde con una leve inclinación de cabeza, primero al diacono y luego al subdiácono y al terminar, les dará la absolución de parte de Dios. M/ Confiteor Deo omnipotenti, beatae Mariae semper Virgini, beato Michaeli Archangelo, beato Joanni Baptistae, Sanctis Apostolis Petro et Paulo, omnibus Sanctis, et tibi Pater (volviendose al celebrante); quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere, (dándose tres golpes de pecho) mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa; Ideo precor beatam Mariam semper Virginem, beatum Michaelem Archagelum, M/ Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso, a la bienaventurada siempre Virgen María, al bienaventurado San Miguel Arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos y a Vos, Padre (volviendose al celebrante); que pequé gravemente con el pensamiento, palabra, y obra, (dándose tres golpes de pecho) por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Por tanto, ruego a la bienaventurada siempre Virgen María, al

beatum Joannem baptistam, sanctis Apostolos, Petrum et Paulum, omnes Sanctos, et te Pater, (volviendose al celebrante); orare pro me ad Dominum Deum nostrum. bienaventurado San Miguel arcángel, al bienaventurado San Juan Bautista, a los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo, a todos los Santos, y a Vos, Padre (volviendose al celebrante), que roguéis por mí a Dios nuestro Señor. El sacerdote les absuelve en el nombre del Señor diciendo: S/ Misereatur vestri Omnipotens Deus, et dimissis pecatis vestris, perducat vos ad vitam aeternam. M/ Amen. S/ Dios todopoderoso tenga misericordia de vosotros, y, perdonados vuestros pecados, os lleve a la vida eterna. M/ Así sea. Tras la absolución, los ministros se incorporan, y se santiguan junto con el sacerdote mientras éste dice: S/ Indulgentiam, absolutionem et remissionem peccatorum nostrorum, tribut nobis omnipotens, et misericors Dominus. M/ Amen. S/ El Señor todopoderoso y misericordioso nos conceda el perdón, la absolución y la remisión de nuestros pecados. M/ Así sea. 5. DEUS, TU CONVERSUS Y juntando de nuevo las manos ante el pecho, concluyen las oraciones al pie del altar y preparándose para subir al mismo, dicen con la cabeza inclinada: S/ Deus, tu conversus vivificabis nos. M/ Et plebs tua laebitur in te. S/ Ostende nobis, Domine, misericordiam tuam. M/ Et salutare tuum da nobis. S/ Domine, exaudi orationem meam. M/ Et clamor meus ad te veniat. S/ Dominus vobiscum. M/ Et cum spiritu tuo. S/ Oh Dios, volviéndote a nosotros nos darás la vida. M/ Y tu pueblo se regocijará en Ti. S/ Muéstranos, oh Señor, tu misericordia. M/ Y danos a tu Salvador. S/ Señor, escucha mi oración. M/ Y mi clamor llegue hasta Ti. S/ El Señor sea con vosotros. M/ Y con tu espíritu

El sacerdote con sus ministros se incorporan, y habiendo obteniendo con todo esto el beneplácito del Señor, el sacerdote, extiende sus manos y las junta otra vez, diciendo: V/ Oremus V/ Oremos En este momento, el maestro de ceremonias, los acólitos y la asamblea se ponen en pie. III. SUBIENDO AL ALTAR El celebrante, y sus ministros suben las gradas del altar lentamente. El diacono y subdiácono ayudan al sacerdote, levantándole un poco la parte delantera del alba con una mano, mientras mantienen la otra sobre el pecho. 1. AUFER A NOBIS Mientras suben hacia el altar, el sacerdote dice en voz secreta: S/ Aufer a nobis, quaesumus, Domine, iniquitates nostras: ut ad Sancta Sanctorum puris mereamur mentibus introire. Per Christum Dominum nostrum. Amen S/ Te suplicamos Señor que borres nuestras iniquidades, para que merezcamos entrar con pureza de corazón al Santo de los Santos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. Entre tanto, el maestro de ceremonias se dirige hacia la credencia y hace signo al turiferario para que éste se presente. El turiferario llevando el incensario con la mano izquierda toma entonces la naveta del incienso, que está sobre la credencia, con su mano derecha. Acto seguido ambos van a colocarse del lado de la Epístola, al pié de las gradas del altar, por la parte lateral de las mismas, de cara al muro del lado del Evangelio. Allí esperan (uno al lado del otro) hasta que el celebrante se vuelva hacia ellos para la imposición del incienso. 2. ORAMUS TE, DOMINE Cuando el sacerdote ha llegado al altar con sus dos ministros, se acerca a la piedra sagrada del altar que contiene las reliquias de Santos, se inclina y apoyando las manos sobre el borde del altar, dice en voz secreta: R/ Oramus te, Domine, per merita Sanctorum tuorum, quorum, reliquiae hic sunt, (besa el ara donde se encuentran las reliquias) et omnium Sanctorum: ut indulgeris omnia peccata mea. Amen V/ Te rogamos Señor, que por los méritos de tus Santos, cuyas Reliquias están aquí (besa el ara donde se encuentran las reliquias) y por los de todos los Santos, te dignes perdonarme todos mis pecados. Amén.

El sentido primitivo del ósculo al altar es el de venerar el lugar sagrado del sacrificio de Nuestro Señor, pidiéndole que por intercesión de todos los santos, perdone sus pecados y lo haga digno para realizar dicho sacrificio para mayor gloria suya y bien de las almas. Mientras hace esto, sus ministros permanecen uno a cada lado como de costumbre, erguidos, con las manos juntas ante el pecho. IV. PRIMERA INCENSACIÓN El humo del incienso simboliza la oración de los santos y la nuestra que sobre todo durante la misa debe dirigirse hacia Dios igual que el incienso se eleva al Cielo. Habiendo concluido el canto del Introito, la Schola comienza (sin interrupción) el canto de los Kyries, que están escuchando. Este canto acompañará la incensación del altar y lo que sigue, hasta el momento de entonar el Gloria. Entonces, el sacerdote celebrante, sin dejar el centro del altar, se vuelve con las manos juntas ante el pecho hacia el turiferario y el maestro de ceremonias. Ambos lo saludan con una inclinación de cabeza y suben hasta el altar por la parte lateral de la escalinata. El subdiácono se coloca entonces a la derecha del celebrante, un poco detrás de él. Ahí permanece, con las manos unidas ante el pecho, durante toda la imposición del incienso, asistiendo al celebrante y levantándole un poco la casulla, si fuese necesario. El diácono, se aparta hacia el borde de la tarima para que el turiferario y el maestro de ceremonias puedan acercarse al celebrante. El turiferario entrega la naveta con la cucharilla dentro al diácono, quien la toma con la mano izquierda y la entrega, con la derecha, al celebrante besando primero la cucharilla, en el mango, y después la mano del celebrante. El turiferario abre el incensario y lo presenta al celebrante. A continuación el diácono acerca al celebrante la naveta abierta e inclinándose hacia él le dice: D/ Benedicite, Pater reverende. D/ Bendícelo padre reverendo. El celebrante, en honor de la Santísima Trinidad, impone tres veces el incienso sobre los carbones del incensario, teniendo la mano izquierda apoyada sobre el altar, mientras dice: S/ Ab illo benedicaris, in cujus honore cremaberis. amen. S/ Seas bendecido por aquel en cuyo honor serás quemado. Amen. Acto seguido, con la mano izquierda aun sobre el altar, el celebrante devuelve la cucharilla al diácono, que la recibe con los ósculos de rigor, y traza con la mano derecha un signo de cruz sobre el incensario. Tras la bendición del incienso, el diácono devuelve la naveta al maestro de ceremonias, recibe el incensario de manos del turiferario y se lo entrega al celebrante, besando primero la parte superior, de donde cuelgan las cadenas, y después la mano del celebrante.

Entonces, el maestro de ceremonias, entrega la naveta al turiferario, toma el atril con el Misal, y ambos descienden del altar. El turiferario deja sobre la credencia la naveta, y se dirige a su puesto del lado de la epístola, cerca de los escalones laterales, mientras que el maestro de ceremonias permanece con el atril y el misal en las manos, también al lado de la epístola, pero de cara al altar. Una vez recibido el incensario de manos del diácono, el celebrante se vuelve de cara al altar, el subdiácono se sitúa como siempre a su izquierda, es decir, del lado del Evangelio, y el diácono a su derecha, es decir, del lado de la Epístola. El sacerdote sostiene con su mano izquierda la extremidad superior de las cadenas, y con la mano derecha agarra la parte inferior de las mismas, lo más cerca posible del incensario. Entonces, apoya su mano izquierda sobre el altar, y si hay presencia real, hace la genuflexión ante el Santísimo junto con sus ministros, que lo sostienen por sus codos con la mano más cercana a él, manteniendo su otra mano sobre el pecho. En caso de no haber presencia real, los tres realizarán inclinación profunda al altar, con las manos juntas ante el pecho. Tras la reverencia conveniente, el celebrante procede a la incensación de la siguiente manera: Mantendrá la mano izquierda inmóvil, y siempre apoyada sobre el pecho, y dirigirá con la mano derecha los movimientos del incensario, sin lanzarlo. Conduciéndolo en todo momento. Primero inciensa la cruz del altar, con tres golpes dobles, a continuación el celebrante y los ministros vuelven a hacer la reverencia debida, al Santísimo o al Altar. Si sobre el altar se venera una imagen de la Santísima Virgen o de algún santo, se la inciensa a continuación con dos golpes dobles. Y tras ella, los relicarios si los hubiese, del mismo modo, todo ello sin moverse del centro del altar. El celebrante entonces, procede a incensar el altar, acompañado de los ministros sagrados, que sostienen con una mano el borde de la casulla y mantienen la otra sobre el pecho. Los tres marchan primero hacia el lado de la Epístola incensando la parte superior interna del altar, con un golpe simple a la altura de cada uno de los tres candelabros dispuestos en dicho lado. En el extremo del lado de la Epístola, se inciensa el lateral del altar, primero la parte baja y luego la alta. Hecho esto, se vuelven por su izquierda hacia el centro del altar, y el celebrante inciensa la parte superior externa del altar con tres golpes de incensario en los mismos lugares que lo hizo antes, pero esta vez hacia el borde del altar. Llegados al centro del altar, hacen de nuevo la reverencia conveniente y el sacerdote prosigue incensando el lado del Evangelio, primero en su parte superior interna, con un golpe simple a la altura de cada uno de los tres candelabros. Mientras avanzan hacia el lado del Evangelio, el maestro de ceremonias vuelve a subir al altar por el lado de la epístola para dejar el atril con el misal en el mismo sitio en que estaba, bajando de nuevo a su sitio. Llegados el celebrante y sus ministros al extremo del evangelio, éste inciensa el lateral del altar, como hizo anteriormente en el otro extremo, primero la parte baja y después la alta. Regresan entonces hacia el centro del altar incensando la parte superior externa con tres golpes de incensario en los mismos sitios de antes, pero hacia el borde del altar. Tras lo cual se

vuelven de nuevo hacia el ángulo del altar y, avanzando de nuevo hacia el centro, se inciensa con tres golpes simples el frontal del altar. Llegados de nuevo al centro del mismo, hacen la reverencia conveniente, y prosiguen marchando hacia el extremo del lado de la Epístola incensando al mismo tiempo, con tres golpes simples, la parte frontal del altar. Una vez llegados al extremo del lado de la Epístola el sacerdote celebrante devuelve el incensario al diácono, y se gira mirando hacia el muro del lado de la Epístola de tal manera que el altar quede a su izquierda. Así permanece con las manos juntas ante el pecho para ser incensado por el diácono. El diácono recibe el incensario con los ósculos de rigor, y acto seguido, acompañado por el subdiácono, desciende por los escalones laterales hasta el plano donde se colocan de cara al celebrante de esta manera. A la izquierda del diacono estará el subdiácono, a su derecha el turiferario, y a la derecha del turiferario el maestro de ceremonias. Una vez colocados, los cuatro saludan al mismo tiempo al celebrante con una inclinación profunda, a la cual responde el celebrante con una ligera inclinación de cabeza. Acto seguido el diácono inciensa al celebrante con tres golpes dobles, pues éste simboliza a Nuestro Señor Jesucristo y es ministro de Dios. Tras lo cual vuelven a saludarlo con inclinación profunda, respondiendo de nuevo el celebrante, con una ligera inclinación de cabeza. El diácono devuelve el incensario al turiferario, el cual se retira a su puesto cerca de la credencia, donde permanece de pié, teniendo el incensario con la mano derecha, y la izquierda extendida sobre el pecho. El celebrante se vuelve entonces hacia el Misal, el maestro de ceremonias sube al altar y colocándose a la derecha del sacerdote, le indica con la mano derecha el inicio del Introito sobre el libro, permaneciendo junto al celebrante. Por su parte el diácono, va a colocarse detrás del sacerdote pero un poco a su derecha, ocupando el escalón más próximo a la tarima. El subdiácono, se colocará detrás del diácono, un poco a su derecha. De manera que el celebrante, el diácono y el subdiácono, se hallan uno detrás del otro, formando una especie de semicírculo. Todos tendrán sus manos unidas junto al pecho, con el pulgar derecho sobre el izquierdo. V. INTROITO El introito era un salmo del cual quedó la antífona y un versículo con el gloria al Padre. Con él, la Santa Iglesia manifiesta los sublimes sentimientos que encierra y de los que está impregnada la celebración de la santa misa de ese día. Entonces, el sacerdote, comienza a leer en voz baja las oraciones propias del introito de la Misa, oraciones que había cantado la Schola al inicio de la misma, tal y como se lleva haciendo desde la antigüedad. El introito se encuentra en el propio del día. Al pronunciar las primeras palabras del Introito, el celebrante se santigua junto con todos los ministros del altar.

VI. KYRIE El Celebrante sin moverse del sitio, comienza a recitar el Kyrie de manera alternada con los ministros. El kyrie, es la única oración de la Santa Misa que se recita en griego. S/ Kyrie Eleison M/ Kyrie Eleison S/ Kyrie Eleison M/ Christe Eleison S/ Christe Eleison M/ Christe Eleison S/ Kyrie Eleison M/ Kyrie Eleison S/ Kyrie Eleison S/ Señor, ten piedad de nosotros. M/ Señor, ten piedad de nosotros. S/ Señor, ten piedad de nosotros. M/ Cristo, ten piedad de nosotros S/ Cristo, ten piedad de nosotros M/ Cristo, ten piedad de nosotros S/ Señor, ten piedad de nosotros. M/ Señor, ten piedad de nosotros. S/ Señor, ten piedad de nosotros. Despues del Kyrie, a una nueva indicación del maestro de ceremonias, el celebrante y los ministros sagrados se dirigen al centro del altar, marchado cada uno por su grada, hasta quedar uno de tras de otro formando una línea recta en el centro del altar. El maestro de ceremonias, descendiendo las gradas, se coloca in plano al extremo del lado de la Epístola, de pié, con las manos juntas ante el pecho. VII. GLORIA IN EXCELSIS DEO Entonces, el celebrante, también con las manos unidas ante el pecho, entona el Gloria que es el himno de gratitud por excelencia, el canto triunfal de la Iglesia, que como esposa de Cristo une sus alabanzas con las de los Ángeles para exaltar a las tres personas de la Trinidad. S/ Gloria in excelsis Deo. S/ Gloria a Dios en las alturas. Mientras entona este verso, el celebrante separa sus manos hasta la altura de los hombros, las eleva y las une de nuevo a la altura del pecho. Al pronunciar la palabra Deo, es decir, Dios, el celebrante junto con los ministros, inclinan la cabeza ligeramente. Tras la entonación, la Schola prosigue el canto del himno. A su vez, el diácono y el subdiácono suben a la tarima del altar colocándose como siempre, a la derecha y a la izquierda del celebrante y junto con él, recitan el resto del himno en voz baja leyéndolo en la sacra.

Durante la recitación, el celebrante y los ministros harán inclinación ligera de cabeza, al decir las palabras: Te adoramos; Te damos gracias; Jesucristo; recibe nuestra súplica; y una vez más, Jesucristo. En total, 5 veces. Con el verso final, todos se santiguan. Este es el himno completo: Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis. Laudamuste. Benedicimus te. Adoramuste te (inclinación de cabeza). Glorificamus te. Gratias agimus tibi (inclinación de cabeza) propter magnam gloriam tuam. Domine Deus, Rex coelestis, Deus Pater omnipotens. Domine Filii unigenite Jesu Christe (inclinación de cabeza), Domine Deus, agnus Dei, Filius Patris, Qui tollis peccata mundi, miserere nobis. Qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram (inclinación de cabeza). Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis. Quoniam tu solus sanctus. tu solus altisimus Jesu Christe (inclinación de cabeza). Cum Sancto Spiritu in gloria Dei Patris. Amen. Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombre de buena voluntad. Te alabamos. Te bendecimos. Te adoramos (inclinación de cabeza). Te glorificamos. Te damos gracias (inclinación de cabeza) por tu grande gloria, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre Omnipotente. Señor, Hijo unigénito Jesucristo (inclinación de cabeza). Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre. Tú que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros. Tú, que quitas los pecados del mundo, recibe nuestra suplica (inclinación de cabeza). Tú, que estás sentado a la diestra de Dios Padre, ten piedad de nosotros. Porque Tú sólo eres santo. Tú el sólo Señor. Tú el sólo Altísimo, Jesucristo (inclinación de cabeza). Con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Así sea. Una vez concluida la recitación en voz baja del Gloria, el celebrante y los ministros, a un signo del maestro de ceremonias, hacen sobre la tarima genuflexión al Santísimo, o inclinación profunda al altar si no hay presencia real. El maestro de ceremonias hará lo mismo In plano. Tras esto, el celebrante y los ministros, acompañados por el maestro de ceremonias, descienden la escalinata del altar por el frente y se dirigen a la banqueta. Una vez allí, el diácono toma el bonete del celebrante, y el celebrante se sienta, ayudado por sus ministros, que alzan ligeramente su casulla para que cuelgue por detrás. El diácono le ofrece entonces el bonete, con los ósculos de rigor (besando primero el bonete y después la mano del celebrante), y el celebrante se cubre con él. Acto seguido el diácono y el subdiácono toman sus bonetes de sus respectivos asientos y los sostienen ante el pecho. Entonces, ambos saludan al celebrante con una ligera inclinación de cabeza, se saludan entre ellos de la misma manera, se sientan y se cubren tambien con sus respectivos bonetes. Tras ellos, se sientan también los acólitos y el turiferario. El maestro de ceremonias se queda de pié, a la derecha del diácono. Mientras dure el canto del Gloria, el celebrante y los ministros sagrados permanecen sentados y cubiertos con el bonete, apoyando las palmas de las manos sobre las rodillas por encima de los ornamentos. Los acólitos adoptan la misma posición pero sin cubrirse.

Cuando la Schola cante los versos que requieren inclinación. Los que estén sentados lo harán en su sitio, sin volverse hacia la cruz del altar y descubriéndose con la mano derecha si están cubiertos, a la par que sostienen el bonete, sin soltarlo, sobre la rodilla derecha. Cuando termine la frase que exige la inclinación, se enderezarán y se cubrirán de nuevo. Si el canto de alguna de estas frases tiene lugar durante algún movimiento, todos se detendrán en el sitio donde se encuentren, se volverán hacia la cruz de altar y la saludarán con una inclinación de la cabeza. Cuando la Schola empieza a cantar el versículo final del Gloria, a un signo del maestro de ceremonias, el diácono y el subdiácono se descubren y se levantan. Al mismo tiempo se levantan los ministros inferiores. Los ministros dejan sus respectivos bonetes sobre la banqueta. El sacerdote celebrante, sentado, se descubre con la mano derecha y entrega su bonete al diácono, el cual lo recibe con los ósculos de rigor, es decir, besando primero la mano del sacerdote y después el bonete. Entonces, el celebrante se levanta y el diácono deposita el bonete (del celebrante) sobre la banqueta (en el lugar donde el celebrante se sienta). A una nueva indicación del maestro de ceremonias, el celebrante y los ministros sagrados se dirigen al altar por el centro, marchando los tres en línea horizontal: el celebrante en el medio, con el diácono a su derecha y del subdiácono a su izquierda. El maestro de ceremonias se sitúa a la derecha del diácono. Llegados ante la ínfima grada, a un signo del Maestro de ceremonias, todos hacen la reverencia conveniente al altar y acto seguido el celebrante sube al centro del mismo. Los Ministros Sagrados lo ayudan a subir levantándole la parte anterior del alba. VIII. ORACIÓN COLECTA Entonces el diácono se coloca detrás del celebrante, y el subdiácono detrás del diácono, de tal manera que se hallan de pié ante el centro del altar el uno detrás del otro, formando una línea recta: el celebrante sobre la tarima y los ministros sagrados sobre la grada que les corresponda. Entonces, celebrante besa el altar, que representa a Cristo, poniendo sus manos extendidas sobre el altar. A continuación, se vuelve por su derecha hacia los fieles, y los saluda llevándoles la paz que de Cristo ha recibido, cantando: V/ Dominus Vobiscum V/ El Señor sea con vosotros. Y la Schola y los fieles responden cantando: R/ Et cum spiritu tuo. R/ Y con tu espíritu.

Entonces, los fieles se ponen en pie. El sacerdote, con las manos juntas ante el pecho, se vuelve por su izquierda, y se traslada al lado de la Epístola colocándose de cara al Misal. El diacono y subdiácono marchando cada uno sobre la grada que se encuentra, se sitúan otra vez detrás del sacerdote formando una línea recta. El maestro de ceremonias se coloca junto al Misal, pasando las páginas del mismo si fuese necesario. Todos han de estar con las manos juntas ante el pecho. El celebrante hace entonces inclinación de cabeza hacia la cruz del altar, y extendiendo y juntando las manos al mismo tiempo, canta en voz alta: S/ Oremus S/ Oremos Y tras separar sus manos hasta la altura de los hombros, mientras mantiene las palmas frente a frente y los dedos unidos, el sacerdote canta la oración colecta, que es propia del día. En esta oración, al igual que a lo largo de la misa, en cualquier momento en el que se pronuncie el nombre de un santo, o del papa reinante, ha de hacerse inclinación de cabeza hacia el libro, a no ser que en el altar esté la imagen del santo en cuestión, en cuyo caso se hará hacia ella. Al nombre de Jesús, la inclinación se hará siempre hacia la cruz del altar. Todos los ministros y acólitos harán las mismas inclinaciones que el celebrante. Mientras el sacerdote celebrante canta la oración colecta, el maestro de ceremonias se dirige a la credencia y toma el libro que ha de usarse para cantar la Epístola (sosteniéndolo con ambas manos, cerrado, con el lomo hacia la izquierda y sin apoyarlo sobre el pecho) y se coloca a la derecha del subdiácono. El diacono ocupa el lugar del maestro de ceremonias al lado del sacerdote. Entonces, el maestro de ceremonias entrega el libro al subdiácono inclinando su cabeza. El subdiácono lo recibe con otra inclinación, y lo sostiene con ambas manos. Ambos se saludan por segunda vez, y el maestro de ceremonias pasa a la izquierda del subdiácono. El subdiácono y el maestro de ceremonias, se dirigen al centro del altar donde hacen genuflexión o inclinación profunda si no hay presencia real, y regresan al lado de la epistola donde esperarán mirando al altar. Con la conclusión de la oración colecta, el sacerdote une las manos de nuevo. La Schola y la asamblea responden cantando: R/ Amen R/ Amén Entonces el celebrante, saluda a la cruz del altar con inclinación de cabeza, y acompañado por el diacono, se dirige a la banqueta donde se sienta. Recibe el bonete de manos del diacono que se lo entrega con los ósculos de rigor, y se cubre con éste. Acto seguido, tras saludar al celebrante con inclinación de la cabeza, el diacono se sienta y se cubre. Los acólitos y la asamblea se sientan también.

IX. EPÍSTOLA Una vez sentados, el subdiácono abre el libro y canta la Epístola sosteniendo el libro por sí mismo. El maestro de ceremonias que se halla a su izquierda, si es necesario pasa las páginas del libro. La Epístola está tomada frecuentemente de las epístolas de los apóstoles y formó parte de la misa desde los primeros tiempos. Está pensada para que en el curso del año pueda desarrollar todo un cuerpo de doctrina que debe sernos familiar. El fin de la epistola es puramente instructivo, y se dirige tanto a los catecúmenos, como a los fieles, queriendo la Iglesia nutrirlos por medio de un alimento sólido. La epístola se cantará siempre mirando al altar, haciendo las inclinaciones que correspondan cada vez que se pronuncia el nombre de un santo. X. GRADUAL Acabada la epístola, la Schola comienza entonces a cantar el Gradual, seguido por el Alleluya o el Tracto según corresponda, y si es el caso, la secuencia. El gradual, el verso del Aleluya, el Tracto y la secuencia, son canticos generalmente tomados de los salmos, como continuación de la lectura de la Epístola. Estos cantos, adornados con melodías tan bellas y expresivas, en un principio eran ejecutados por el diacono o por un cantor solista, en seguida su ejecución pasó a la Schola. Mientras canta la Schola, el subdiácono cierra el libro de la Epístola manera que el lomo del mismo se encuentre en su mano izquierda y, sosteniéndolo con ambas manos, se dirige al centro del altar acompañado por el maestro de ceremonias, que marcha a su izquierda. Allí, hacen ambos la genuflexión sobre la ínfima grada al Santísimo o la inclinación profunda si no hay presencia real. Y marchando in plano, se dirigen al ángulo de la epístola. Paralelamente a esto, el celebrante y el diacono se descubren con los mismos movimientos que anteriormente hemos descrito, se levantan y se dirigen hacia el Misal. El celebrante se coloca de cara al mismo con el diacono a su derecha, y allí aguardan a que llegue el subdiácono. El subdiácono sube al altar por los escalones laterales, y se arrodilla sobre el escalón más alto. El diácono se retira un poco, para dejarle sitio. El celebrante, se vuelve hacia el subdiácono, y poniendo su mano izquierda sobre el altar, coloca la derecha sobre la parte superior del libro que sostiene en sus manos el subdiácono, el cual besa entonces la mano del celebrante que, lo bendice trazando en silencio la señal de la cruz. El subdiácono, con el libro en sus manos, se levanta y desciende del altar. Una vez llegado in plano entrega el libro al maestro de ceremonias, saludándose entrambos con inclinación de cabeza antes y después. Seguidamente el maestro de ceremonias va a dejar el libro sobre la credencia y el subdiácono se coloca en su sitio, detrás del celebrante.

Entretanto, el diácono se coloca junto al Misal, a la derecha del celebrante, y le indica con la mano derecha el comienzo del Gradual en las páginas del Misal. El celebrante comienza entonces a leer (en voz baja) el texto del Gradual, y a continuación el texto del Alleluja o el Tracto, manteniendo las manos juntas ante el pecho. El maestro de ceremonias, una vez que ha dejado el libro de la Epístola sobre la credencia vuelve a ocupar su lugar junto al Misal. El diácono entonces desciende y se coloca en su lugar, detrás del celebrante. Este continúa leyendo el Gradual y Alleluja, teniendo a su derecha al maestro de ceremonias, que lo asiste volviendo las páginas del Misal si fuese necesario. Una vez que el celebrante ha terminado de leer, todos hacen inclinación de cabeza a la cruz del altar y se vuelven a la banqueta por el camino más corto, donde se sientan y se cubren como de costumbre. XI. EVANGELIO El maestro de ceremonias se dirige a la credencia donde toma el libro que ha de usarse para cantar el Evangelio y, sosteniéndolo con ambas manos, vuelve a su lugar. En el momento que juzgue oportuno según la duración del canto, dará una indicación. Entonces, el celebrante y los ministros se descubren y se levantan como de costumbre y, acto seguido se dirigen todos al centro del altar, yendo el celebrante en medio, el diácono a su derecha y el subdiácono a su izquierda. Los acólitos se levantan y permanecen en sus respectivos sitios. La asamblea se pone en pie. Llegados ante la ínfima grada del altar, el celebrante, los ministros y el maestro de ceremonias hacen genuflexión al Santísimo o inclinación profunda si no hay presencia real. El celebrante sube al altar y se coloca sobre la tarima en el centro del mismo mirando hacia la cruz. Tras él sube el subdiácono, el cual ascendiendo en oblicuo, pasa de la izquierda a la derecha del celebrante, donde toma el atril con el Misal encima y desciende de nuevo al plano. Hace entonces la genuflexión al Santísimo sobre la ínfima grada o inclinación profunda si no hay presencia real, y vuelve a subir hacia el lado izquierdo del celebrante, para dejar el atril con el Misal en el altar, en el extremo del lado del Evangelio. Allí espera a la izquierda del celebrante con las manos juntas ante el pecho. A la par, el diácono recibe el libro de los Evangelios de manos del maestro de ceremonias con inclinación mutua de cabeza antes y después. Y llevándolo con las dos manos como se ha explicado antes, sube al altar por el frente de la escalinata hasta ponerse a la derecha del celebrante. Una vez allí, deposita el libro de los Evangelios, cerrado, sobre el centro del altar, es decir, sobre el ara. Entonces el celebrante sin moverse del medio del altar se vuelve por su derecha hasta ponerse mirando en dirección al muro del lado de la Epístola con el altar a su izquierda. El diácono se aparta un poco hacia el borde de la tarima para dejar sitio al maestro de ceremonias y al

turiferario que suben por el lateral de la escalinata hasta el centro del altar. El subdiácono se acerca a ellos situándose a la derecha del celebrante pero un poco más atrás que él. Tal y como se había explicado en la primera incensación, el diácono entrega la cucharilla al sacerdote con los ósculos de rigor, y acercando al celebrante la naveta abierta mientras se inclina, le dice: D/ Benedicite, pater reverende. D/ Bendícelo padre reverendo. El celebrante, manteniendo su mano izquierda apoyada sobre el altar, impone tres veces el incienso sobre los carbones del incensario, en honor de la Santísima Trinidad, diciendo: S/ Ab illo benedicaris, in cujus honore cremaberis. Amen. V/ Seas bendecido por aquel en cuyo honor serás quemado. Amen. Una vez impuesto y bendecido el incienso, el diácono devuelve la naveta al turiferario, el cual llevando el incensario y la naveta, desciende del altar por el mismo camino por donde vino acompañado por el maestro de ceremonias y deposita la naveta sobre la credencia. Acto seguido el celebrante sin moverse del medio se vuelve hacia la cruz del altar. El subdiácono desciende del altar por el frente de la escalinata y se pone de pié in plano de cara al altar, de modo que no esté frente a la cruz sino un poco a la izquierda de ella. Entonces el maestro de ceremonias conduce a los ceroferarios que portan los ciriales encendidos y al turiferario que lleva el incensario, hasta delante del altar, in plano. Por su parte, el diácono, no atreviéndose a poner en sus labios la palabra de Dios sin antes purificarlos, se arrodilla sobre el borde de la tarima (de cara al altar), y en voz baja recita la siguiente oración preparatoria, con la que también los fieles se han de disponer para leer el evangelio. Esta oración dice: D/ Munda cor meum, ac labia mea, omnipotens Deus, qui labia Isaiae Prophetae calculo mundasti ignito, ita me tua grata miseratione dignare mudare, ut sanctum Evangelium tuum digne valeam nuntiare. Per Christum Dominum nostrum. Amen. D/ Purifica mi corazón y mis labios, oh Dios Todopoderoso, como purificaste los del Profeta Isaías con un carbón encendido, y dígnate por tu benignísima misericordia purificarme a mí de tal modo que pueda anunciar dignamente tu santo Evangelio. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. Una vez terminada la oración, el diácono se levanta y sube a la tarima del altar, a la derecha del celebrante. Toma el libro de los Evangelios que reposa sobre el ara del altar, se vuelve de cara al celebrante, y se arrodilla sobre la tarima con el libro en las manos, pidiéndole a éste la bendición del Señor.

D/ Jube, Domne*, benedicere. D/ Dígnate, Señor, bendecirme. *En latín el diácono que debe decir DOMNE, y no DOMINE, ya que está pidiendo la bendición a una creatura (el celebrante) y no a Dios, que es el único y verdadero Señor de todas las cosas, y únicamente a Él está reservada la palabra DOMINE. El sacerdote celebrante se vuelve hacia él y dice con las manos juntas ante el pecho: S/ Dominus sit in corde tuo et in labiis tuis ut digne et competenter annunties Evangelium suum. S/ El Señor esté en tu corazón y en tus labios, para que anuncies digna y competentemente su Evangelio. Entonces, el celebrante apoyando su mano izquierda sobre el altar, traza con su derecha un signo de cruz sobre el diácono, mientras dice: S/ In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen S/ En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén Seguidamente el celebrante pone la mano derecha sobre la parte superior del libro de los Evangelios y el diácono se la besa. Acto seguido, el diácono se levanta, saluda al celebrante con una inclinación y desciende in plano, donde se coloca a la derecha del subdiácono, con el libro de los Evangelios cogido con ambas manos, y de cara al altar. De este modo, está situado en el centro del altar y en la tarima, únicamente el sacerdote. El resto de los ministros están in plano. A la izquierda se encuentran del centro al extremo, el subdiácono, el maestro de ceremonias y uno de los ceroferarios. A la derecha, también del centro al extremo, se encuentran el diacono, el turiferario y el otro ceroferario. Todos de cara al altar. A un signo del maestro de ceremonias, todos menos el sacerdote hacen genuflexión al Santísimo o inclinación profunda si no hay presencia real y se dirigen al lugar donde ha de cantarse el Evangelio, es decir, en la parte izquierda de la nave, y marcharán por éste orden: En cabeza marchan los dos ceroferarios con los ciriales encendidos, tras ellos el maestro de ceremonias con el turiferario a su izquierda. A continuación marcha el subdiácono, con las manos juntas ante el pecho y tras él va el diácono, llevando el libro de los Evangelios. En el momento en que la procesión se pone en marcha, el celebrante se desplaza desde al centro del altar hasta el extremo del lado de la Epístola, donde permanece de cara al altar. Llegada la procesión al lugar donde se canta el Evangelio, se colocan del modo siguiente: El subdiácono se coloca en medio de los dos ceroferarios, con la pared a sus espaldas, el altar a su izquierda y la nave del templo a su derecha. El diácono se sitúa de frente al subdiácono. El turiferario se coloca a la izquierda del diacono (de frente a uno de los ceroferarios) y el maestro de ceremonias a su derecha (de frente al otro ceroferario).

El subdiácono recibe entonces del diácono el libro abierto, y lo sostiene con ambas manos por debajo, apoyando la parte superior del mismo sobre su frente. Cuando la Schola haya terminado su canto, el sacerdote se vuelve por su izquierda de cara al libro de los evangelios, y así permanece con las manos juntas ante el pecho durante todo el canto del mismo. El diácono empieza a cantar con las manos juntas ante el pecho, lo siguiente: D/ Dominus Vobiscum. D/ El Señor sea con vosotros. La asamblea se pone en pie mientras canta junto con la schola: R/ Et cum spiritu tuo. R/ Y con tu espíritu. Entonces, el diácono pone su mano izquierda extendida sobre el libro y, con el pulgar de la mano derecha separado de los demás dedos (que mantiene unidos y extendidos), traza un signo de cruz sobre el principio del Evangelio, mientras canta: D/ Sequentia Sancti Evangelii secundum D/ Continuación del santo Evangelio según La Schola y la asamblea responden: R/ Gloria tibi, Domine. R/ Glorificado seas, oh Señor. Enseguida, el diacono pone la mano izquierda extendida un poco más abajo del pecho, y con la mano derecha se hace la Señal de la cruz en la frente, en la boca y en el pecho. El maestro de ceremonias y el celebrante, se persignan al mismo tiempo. Acto seguido, el turiferario pasa el incensario por detrás del diacono al maestro de ceremonias, el cual a su vez, lo entrega al diácono, sin ósculos. El diácono inciensa entonces el libro, con tres golpes dobles: el primero en el medio, el segundo a su izquierda y el tercero a su derecha, haciendo antes y después una inclinación al libro. Tras lo cual devuelve el incensario al maestro de ceremonias quien, a su vez, lo entrega al turiferario. Comienza entonces el diácono a cantar el Evangelio, con las manos juntas ante el pecho. Si durante el canto se pronuncia el nombre de Jesús, el diacono debe hacer inclinación de cabeza hacia el libro, como el turiferario. El subdiácono y los acólitos no hacen ninguna reverencia. El maestro de ceremonias, las hará volviéndose hacia la cruz del altar, sirviéndole así de signo al celebrante, el cual ha de inclinarse también hacia la cruz del altar. Si durante el Evangelio hubiese que hacer genuflexión, se procederá de la misma manera. Terminado de cantar del Evangelio, el diácono muestra con su mano derecha, el comienzo del texto evangélico al subdiácono, el cual, sosteniendo el libro abierto sobre el brazo izquierdo va, por el camino más corto, a llevarlo ante el celebrante.

Mientras tanto, los ceroferarios, conducidos por el maestro de ceremonias, devuelven los ciriales a su lugar, haciendo los tres genuflexión o inclinación profunda si no hay presencia real al pasar por el medio del altar. Ya ante el celebrante, el subdiácono le indica el principio del Evangelio que ha sido cantado. Entonces el sacerdote toma el libro con ambas manos y lo besa en el lugar indicado, mientras dice en voz baja: S/ Per evangelica dicta, delantur nostra delicta. S/ Por las palabras del evangelio, sean perdonados nuestros pecados. Entonces, el subdiácono cierra el libro, saluda al celebrante con una inclinación, y desciende in plano. Allí devuelve el libro al maestro de ceremonias, saludándose mutuamente con una inclinación antes y después. Seguidamente, se vuelve hacia el diacono. El maestro de ceremonias deposita el libro en la credencia. Seguidamente, el diácono con el turiferario a su derecha, avanza hacia el celebrante pero sin subir al altar. Cuando se encuentre a una distancia adecuada del celebrante, el turiferario le pasa al diacono el incensario, y este inciensa al celebrante con tres golpes dobles, haciendo junto con el turiferario una inclinación profunda de cuerpo antes y después, en dirección al celebrante que representa a Cristo. Acto seguido devuelve el incensario al turiferario. Entonces, el celebrante, regresa al medio del altar poniéndose de cara a la cruz. El diácono sube al altar junto con el subdiácono, y se colocan uno a cada lado del celebrante. Hacen juntos la reverencia conveniente al altar y van hacia la banqueta. XII. HOMILIA Si el celebrante va a predicar desde un púlpito, se quitará (con la ayuda de los ministros sagrados) el manípulo y la casulla, dejándolos sobre la banqueta. Una vez preparado, el maestro de ceremonias lo conduce y acompaña hasta el púlpito. La homilía se dice en lengua vernácula para instrucción de fieles y catecúmenos. Terminada la homilía el celebrante va a la banqueta donde reviste los ornamentos que dejó y vuelve al medio del altar, rodeado de los ministros sagrados. Tras la reverencia conveniente, el celebrante sube a la tarima del altar y los ministros sagrados se colocan detrás de él, uno tras el otro, cada uno sobre su grada formando una línea recta con el celebrante. A continuación, todos los asistentes se ponen de nuevo en pie, para la solemne profesión de fe. XIII. CREDO El credo es un compendio de las verdades de fe, y su rezo fue introducido desde los primeros tiempos en la Santa Misa para para luchar contra las controversias y herejías que levantándose por doquier intentan minar la verdadera y santa fe católica.

El celebrante lo entona, a la vez que levanta las manos hasta la altura de los hombros, volviéndolas a juntar al instante ante el pecho, inclinando su cabeza cuando pronuncia la palabra Deum. S/ Credo in unum Deum. S/ Creo en un solo Dios. Tras esta entonación, la Schola prosigue con el canto del Credo. Entonces, los ministros suben al altar, situándose uno a cada lado del sacerdote, y juntos, los tres, recitan el credo en voz baja, haciendo los siguientes gestos. Se inclinarán al pronunciar las palabras Jesucristo y adorado, se arrodillarán al decir la frase y se encarnó por obra del Espíritu Santo, de la virgen Maria, y se hizo hombre,y se santiguarán con la frase final. Credo in unum Deum Patrem omnipotentem, factorem coeli et terrae, visibilium omnium et invisibilium. Et in unum Dominum Jesum Christum (inclinación de cabeza), Filium Dei unigenitum. Et ex Patre natum, ante omnia saecula. Deum de Deo lumen de lumine, Deo verum de Deo vero. Genitum non factum, consubstantialem Patri; per quem omnia facta sunt. Qui propter nos homines et propter nostram salutem descendit de coelis. (de rodillas) ET INCARNATUS EST DE SPIRITU SANCTO EX MARIA VIRGINE: ET HOMO FACTUS EST. Crucifixus etiam pro nobis sub Pontio Pilato passus, et sepultus est. et resurrexit tertia die, secundum Scripturas. Et ascendit in coelum; sedet ad dexteram Patris. Et iterum venturus est cum gloria judicare vivos et mortuos; cujus regni non erit finis. Et in Spiritum Sanctum, Dominum et vivificantem: qui ex Patris Filioque procedit. Qui cum Patre et Filio simul adoratur (inclinación de cabeza), et conglorificatur; qui locutus est per Prophetas. Et unam sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam. Confiteor unum baptisma in remissionem peccatorum. Et expecto resurrectionemmortuorum. Et vitam venturi saeculi. Amen. Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor, Jesucristo (inclinación de cabeza). Hijo unigénito de Dios. Y nacido del Padre, antes de todos los siglos. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado; consubstancial al Padre, y por quien todo ha sido hecho. El mismo que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos. (de rodillas) Y SE ENCARNÓ POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO, DE LA VIRGEN MARÍA Y SE HIZO HOMBRE. Fue también crucificado por nosotros bajo el poder de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado. Y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. Y subió al cielo y está sentado a la diestra del Padre. Y otra vez vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. Creo también en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, el cual procede del Padre y del Hijo. Quien con el Padre y el Hijo, es al mismo tiempo adorado (inclinación de cabeza) y glorificado, el cual habló por boca de los profetas. Creo en la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica. Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados. Y espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero. Amén.

Terminada la recitación en voz baja del Credo, y mientras la Schola lo sigue cantando el celebrante y sus ministros sagrados hacen la reverencia conveniente al Santísimo o al altar y se dirigen a la banqueta, donde se sientan y se cubren, como de costumbre. En el momento en el que la Schola canta y se encarnó, el celebrante y sus ministros se descubren y hacen genuflexión en la ínfima grada. Igualmente harán el maestro de ceremonias y los acólitos. Cuando termina el canto de la frase se hizo hombre, el maestro de ceremonias se levanta junto con los ministros sagrados. El celebrante se cubre y permanece sentado. El diácono, dejando su bonete sobre la banqueta, junta las manos ante el pecho y se va hasta la credencia acompañado por el maestro de ceremonias, el cual toma de la credencia la bolsa de los corporales y la entrega al diácono (con la apertura vuelta hacia éste y reverencia mutua antes y después).. A continuación el diácono se dirige, acompañado por el maestro de ceremonias, hasta el medio del altar, llevando la bolsa de los corporales con las dos manos, a la altura del rostro, sin abrirla y con la apertura vuelta hacia él. Allí hacen ambos genuflexión sobre la ínfima grada o inclinación profunda si no hay presencia real. El diácono sube a continuación hasta la tarima y deposita sobre el centro del altar la bolsa con el corporal. El maestro de ceremonias lo espera in plano. El diácono, extrae entonces, los corporales de la bolsa con la mano derecha, mientras la sostiene con la izquierda. Seguidamente, pone la bolsa apoyada sobre el retablo, o sobre la grada, del lado del Evangelio. A continuación, despliega los corporales y por último aproxima el atril con el Misal a ellos. Seguidamente, hace genuflexión sobre la tarima con las manos juntas ante el pecho, se vuelve por su derecha y retorna a la banqueta por el camino más corto acompañado por el maestro de ceremonias. Llegado a la banqueta toma su bonete, que sostiene ante el pecho, saluda al subdiácono (que le devuelve el saludo) y acto seguido ambos se sientan y se cubren al mismo tiempo. Durante el canto del resto del Credo, a las palabras es al mismo tiempo adorado se descubren y se inclinan. Y cuando la Schola comienza a cantar la última frase del credo, el celebrante y sus ministros se descubren, se levantan y vuelven al altar del mismo modo que han hecho anteriormente. Aquí concluye la misa de los catecúmenos. En este momento, tradicionalmente, los catecúmenos abandonan el templo pues comienza la parte más sagrada de la misa, denominada Misa de los fieles, donde se realiza y ofrece al Padre el Santo Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, en unión con el Espíritu Santo, para nuestra salvación y el perdón de nuestros pecados. Toda esta primera parte, sirvió como preparación para tan santo momento, en el que la liturgia terrenal se une con la celestial.