CÓMO SUPERAR LA ADICCIÓN A LA COMIDA SOBRE COMER Y TENER HAMBRE 9 En momentos como ése, me resulta muy útil conversar conmigo misma, formular un diálogo en el cual una voz pregunta y otra responde, ya sea en voz alta (si estoy sola) o mentalmente. Esa noche el diálogo fue más o menos el siguiente: PREGUNTA: Qué te pasa? RESPUESTA: Me siento sola. Deseo que me abracen. Quiero chocolate. PREGUNTA: Qué crees que te va a hacer el chocolate? RESPUESTA: Bueno, no hay nadie conmigo y el chocolate es mejor que nada. Es rico. PREGUNTA: Tiene brazos y piernas el chocolate?
RESPUESTA: Muy graciosa. PREGUNTA: Los tiene? RESPUESTA: NO. PREGUNTA: Te puede abrazar? RESPUESTA: NO. Me di cuenta de que después de comer el chocolate me iba a sentir tan sola como antes, de que lo qué en realidad deseaba era ser abrazada y abrazar. Por una vez supe qué deseaba que hiciera la comida, vi con claridad que el chocolate no era la respuesta. Así pues, me di un baño y me fui a dormir. Lo sorprendente de este incidente es que yo «no supe» que me sentía sola hasta que decidí comprar chocolate. El deseo de comer cuando no se tiene hambre es un buen indicador de que se desea algo menos tangible que la comida, pero o no se sabe qué es o se tiene la sensación de no ser capaz de conseguirlo. De modo que, si bien es cierto que si se come cuando se tiene hambre no siempre se come cuando se desea, es también cierto que se puede usar el deseo de comer cuando no se tiene hambre para advertir que se necesita algo menos material que la comida y que mientras no se deje de comer no se podrá descubrir qué es. Cuando no tengo hambre y hay cerca de mí buena comida, tengo la sensación de que me voy a perder algo muy especial si no como.
Esa sensación, el temor de perderse algo que podría ser maravilloso e irrepetible, suele surgir en las fiestas, restaurantes, comidas familiares y días festivos; cualquier lugar, cualquier ocasión en la cual se reúne mucha gente alrededor de abundante comida. Yo la siento muchas veces cuando decido no ir a algún sitio (una fiesta, un concierto, una nueva ciudad) o no participar en algún acontecimiento (una charla, un seminario o taller) que parece prometer emoción, nuevas personas, crecimiento. Cuando me preocupo de lo que podría perderme, olvido los motivos que me impulsaron a decidir no ir, motivos que nacen de saber lo que necesito en esos momentos: un tiempo de tranquilidad y silencio, un tiempo sola, dormir. Es difícil decir que no; por qué no exigirme un poquito más? Y si resulta que ese es el taller que podría haber cambiado mi vida o en el cual habría conocido al compañero para toda mi vida? Y si esa mousse de chocolate es el más maravilloso de todos los éxtasis? En una comida que organizamos en uno de los talleres Liberación, yo estaba sentada frente a una mujer que tenía escrito en la cara «Estoy más que saciada». Se había desabrochado el pantalón y estaba medio echada en la silla para apoyar la barriga. La vi mirar hacia la mesa, decidir algo y coger su plato y levantarse a coger un trozo de tarta de queso. Cuando volvió a sentarse con su nuevo tesoro me miró y las dos nos echamos a reír. Le pregunté si estaba llena.
Súper me dijo. Por qué comes tarta de queso? Porque cuando vi al llegar la tarta de queso pensé: «Quiero comer un poco de esa tarta». Quería comer un poco, pero ahora estoy tan superllena que en realidad ya no puedo saborear nada más, pero tiene un aspecto tan delicioso que no quiero perderme su sabor. Qué importa que esté tan llena que no pueda dormir y que mañana despierte deseando que esta noche jamás hubiera ocurrido? Qué importa que después me odie a mi misma? Cuando una no tiene hambre y hay buena comida a su alrededor, lo que se pierde es una comida que jamás sabe tan bien como cuando se tiene hambre. Se pierde esa determinada tarta de queso, PERO puede: a) llevarse un trozo a casa; b) pedir la receta; c) salir al día siguiente, cuando sí tiene hambre, y comprar la mejor tarta de queso de la ciudad; d) invitar a comer a la persona que llevó la tarta de queso y decirle: «Podrías traer algo... podría ser el postre... qué tal una tarta de queso?». Cuando no se tiene hambre y hay buena comida alrededor, lo que sí se
pierde comiendo es la oportunidad de cuidar de sí misma, de comprender que el mundo no se va a acabar si una no come tarta de queso. Se pierde la oportunidad de no hartarse hasta vomitar, de no llenarse tanto que no se pueda dormir y de despertar a la mañana siguiente deseando que esa noche no hubiera ocurrido jamás. Cuando no se tiene el hambre suficiente para comenzar a comer o se está demasiado harta para continuar comiendo se pierde el sabor de la comida. Es como ver una película cuando lo que en realidad una desea es dormir, ir a una fiesta cuando lo que apetece es estar sola, asistir a un taller cuando se desea dar un paseo por la playa. Cuando, por numerosísimas razones, la atención no está presente (debido a las sensaciones del cuerpo o a un fuerte deseo de estar en otra parte) una se pierde la experiencia. Si mi compañero para toda la vida estuviera en una charla a la que me obligué a asistir, mi visión de él sería sesgada. Al conocerlo probablemente vería algo en él que me disgustaría: advertiría que tiene sucia la uña del dedo medio de la mano izquierda ( es que nunca se lava las manos?). O le encontraría demasiado grandes las orejas. Podría conocer al compañero para toda mi vida y estaría tan cansada que miraría hacia otro lado y me marcharía sin saber jamás que dejaba atrás al «Marido Ideal». La sensación de hambre va acompañada a veces por una correspondiente sensación física de vacío y oquedad.
Los sonidos del hambre son sonidos huecos: tripas que gruñen, retumban. Si tenemos miedo de permitirnos sentir necesidad, si tememos que al expresar esas necesidades tal vez no podamos satisfacerlas jamás, la sensación de hambre puede provocar la emoción de hambre. Como es una emoción reprimida, la evitamos; no deseamos que nos la recuerden. Así, cuando la sensación física del hambre activa nuestros anhelos, apetencias o añoranzas, nos asustamos. Algunos sentimientos son aterradores. Y los empeoramos alarmándonos por estar asustadas. Las sensaciones de vacío vienen y van. Los anhelos vienen y pasan. Si no nos permitimos los sentimientos, si los evitamos, se hacen más grandes, más amenazadores. Los sentimientos no se van con tenerles miedo. El hambre física es del cuerpo. El hambre física pide alimento. El hambre no física es de la mente, del corazón. Cuando vemos que el hambre física puede ser satisfecha podemos
comenzar a admitir la misma posibilidad para el hambre emocional. Cuando no nos permitimos tener hambre física, no nos permitimos satisfacernos.