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www.loqueleo.santillana.com

Título original: A amizade abana o rabo 2002, del texto: Marina Colasanti 2002, de las ilustraciones: Claudia Rueda (originales a color) www.claudiarueda.com de la traducción: Beatriz Peña de la edición 2011: Distribuidora y Editora Richmond S.A. Calle 80, 9-69, Bogotá, Colombia de esta edición: 2016, Ediciones Santillana S.A. Av. Leandro N. Alem 720 (C1001AAP) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina ISBN: 978-950-46-4982-3 Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina. Printed in Argentina Primera edición: agosto de 2016 Dirección editorial: María Fernanda Maquieira Dirección de Arte: José Crespo y Rosa Marín Proyecto gráfico: Marisol del Burgo, Rubén Chumillas y Julia Ortega Colasanti, Marina La amistad bate la cola / Marina Colasanti ; ilustrado por Claudia Rueda. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Santillana, 2016. 64 p. : il. ; 20 x 14 cm. - (Naranja) Traducción de: Beatriz Peña. ISBN 978-950-46-4982-3 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la editorial. Es ta primera edi ción de 4.000 ejem pla res se ter mi nó de im pri mir en el mes de agosto de 2016 en Encuadernación Aráoz S.R.L., Av. San Martín 1265 (1704), Ramos Mejía, Buenos Aires, República Argentina.

La amistad bate la cola Marina Colasanti Ilustraciones de Claudia Rueda

Para Meiga, Maribel y Milord, amigos generosos sin los cuales este libro no hubiera sucedido.

1 Esta es la historia de las dos perritas de color de leche y miel, una historia que tiene un poco de tristeza y mucha alegría.

Y que comienza cerca de la Navidad. Qué tan cerca? No lo sé. Pero lo cierto es que la Navidad se venía aproximando a nuestras expectativas cuando Tusca llegó. Todavía no se llamaba Tusca. Probablemente tenía algún nombre anterior que nosotros nunca supimos. A nosotros llegó sin nombre, una perrita aparecida de repente en el jardín, en la terraza de nuestra casa de campo. No tenía el aire de quien anda sin rumbo, de quien está ahí, pero podría estar en cualquier otro lugar. No había en ella vacilación alguna. Vino andando firme por el prado, firme a pesar de sus pasos pequeños. Después subió el escalón de piedra, avanzó hasta donde 9

10 estábamos sentados leyendo el periódico y se detuvo. Como si la hubiéramos llamado. Se detuvo y se quedó mirándonos. Blanca, pintada de color canela. El pelo corto. El hocico puntudo. Los ojos negros un poco saltones. Toda ella pequeña. Una perrita sin nada de especial. Simpática, sin embargo. Le hicimos aquellos mimos cautelosos que se le hacen a un perro que no es de uno. Ella se comportó como si hubiera venido exactamente para eso, y para algo más. Comida, seguro. Pensamos enseguida que debía tener hambre. Conseguimos leche, pan. Carne no teníamos; alimento para perros, mucho menos. Pareció muy feliz con lo que le ofrecimos, servido en uno

de esos platos de plástico que se ponen bajo las macetas. Comió con avidez, pero con buenos modales caninos. Co mió y no dio señales de querer irse. Irse no era, evidentemente, su proyecto inmediato. Se instaló al sol, cerca de nosotros, casi autorizándonos a retomar la lectura del periódico. Soltó un gruñidito, estiró con deleite las patas y se durmió. Cómo es que uno se enamora de repente de una criatura, una perrita en este caso, más de lo que se enamoraría de cualquier otra? Es así. Un gesto. Un mensaje dado a través del gesto. Sin palabras. Y el mensaje que la perrita nos dio era: Yo soy especial. Ese día no se fue. Por la noche improvisamos alguna otra cosa para que comiera y forramos el piso de un rincón de la terraza con 11

12 periódicos. Y nos fuimos a dormir, sin certeza alguna de encontrarla a la mañana siguiente. Pues a la mañana siguiente, cuando abrimos la puerta, ahí estaba, sonriente la sonrisa de los perros, bien se sabe, es la cola que se bate de un lado a otro, lista para recibir todo aquello a lo que su simpatía le daba derecho. Todavía no tenía nombre, pero la intimidad comenzaba a exigir que le diéramos uno. Y todavía no habíamos entendido exactamente lo que ella tenía de especial. Tusca parece un nombre extraño para un perro. Y lo es. Pero fue un nombre dado de puro amor. Acabábamos de hacer un viaje a la Toscana, una región linda y dulce de Italia, habíamos incluso pintado nuestra casa del color de las casas de allá para conservar con nosotros un poco

de aquella belleza, y sobre la mesa había un libro en inglés, Tuscany, lleno de fotos conmovedoras de aquellos paisajes. Por eso, luego de buscar en su corazón un nombre para darle, mi marido dijo: Tusca. Y Tusca se quedó. Tusca se quedó en todos sentidos. Porque después de aquella mañana, después de haber comido y tomado el sol echada plácidamente como si nunca hubiera vivido en otra casa, cuando subió sus patas a mi pierna en busca de caricias, advertí que la perrita, ahora ya Tusca para todos los efectos, estaba embarazada. No cabía duda. No era gordita como me había parecido. Las patas delgadas, las costillas pegadas a la piel decían que, por el contrario, estaba flaca, incluso más flaca de lo que debía estar, tal vez justamente por aquella carga excesiva que se abultaba dentro de ella.

14 Una perrita flaca, embarazada, y la Navidad cerca. Tendría alguien coraje de ahuyentar a una hembra embarazada, de cualquier especie, en vísperas de la fiesta del Nacimiento? Ni siquiera llegamos a formularnos la pregunta. Los cachorros de Tusca, aún tan pequeños y sin haber nacido siquiera, decidieron por todos nosotros. Eran seis. Lo descubrimos dos días antes de la Navidad, cuando nacieron. Cuatro hembras y dos machos. Las hembras, pintadas de blanco y canela, casi como la madre. Los machos, negros con blanco. Y los seis atropellándose para mamar, con los ojos aún cerrados y las bocas abiertas para comer todo el tiempo. Tusca, echada, con un aire soberano de maternidad realizada.

Por lo menos durante un tiempo. A medida que crecían los cachorros, y con ellos su apetito, la madre iba perdiendo poco a poco su aire reposado. Se levantaba de repente, cansada de aquella esclavitud de alimentar, se libraba de los perritos que querían irse con ella, que mordisqueaban sus patas, que se colgaban de sus tetas. Y se iba a descansar en cualquier macizo, cualquier matorral que le garantizara soledad. Nunca muy lejos, sin embargo. Para no perder de vista a los hijos. Se quedaba un rato en paz y después volvía junto a ellos. Toda historia de crías de mascota tiene un momento triste. Es cuando llega la ho ra de regalar una de ellas, o más. Y esa hora llegó también para los seis hermanos pintados. 15