George R. R. Martin Danza Con Dragones Quinto Libro de Canción de Hielo y Fuego. ISBN:

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3 Dedicatoria Este es para mis fans para Lodey, Trebla, Stego, Pod, Caricia, Yags, Rayos X y el señor X, Kate, Chataya, Mormont, Mich, Jamie, Vanessa, Ro, por Louise Stubby, Agravaine, Wert, Malta, Jo, Ratón, Telisiane, Blackfyre, Bronn Piedra, hija de Coyote, y el resto de los locos y las mujeres salvajes de la Hermandad sin Estandartes para mis asistentes del sitio web Elio y Linda, señores de Poniente, Invierno y Fabio de WIC, y Gibbs de Rocadragón, que lo comenzó todo para los hombres y mujeres de Asshai en España que cantaron para nosotros sobre un oso y una hermosa doncella y los fabulosos fans de Italia que me dieron muchísimo vino para mis lectores en Finlandia, Alemania, Brasil, Portugal, Francia y los Países Bajos y todas las otras tierras lejanas donde tu has estado esperando por esta danza y para todos los amigos y fans Que Todavía no conozco Gracias por su paciencia

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7 Una cavilación sobre la cronología Ha habido un tiempo entre los libros, lo sé. Así que un recordatorio pueden ser necesarias. El libro que tienes en tus manos es el quinto volumen de Canción de Hielo y Fuego. El cuarto volumen fue Festín de Cuervos. Sin embargo, este volumen no sigue al anterior en el sentido tradicional, mas bien correr a la par con él. Ambos, Danza y Festín, retoman la historia inmediatamente después de los acontecimientos del tercer volumen de la serie, Una Tormenta de Espadas. Mientras que la Festín se centró en los acontecimientos en y alrededor de Desembarco del Rey, en las Islas de Hierro, y abajo en Dorne, Danza nos lleva al norte, al Castillo Negro y el muro (y más allá), y a través del mar angosto a Pentos y la Bahía de Esclavos, para retomar los relatos de Tyrion Lannister, Jon nieve, Daenerys Targaryen, y todos los otros personajes que no vemos en el volumen anterior. En lugar de ser secuencial, los dos libros son paralelos... divididos geográficamente, en lugar de cronológicamente. Pero sólo hasta cierto punto. Danza con Dragones es un libro más largo que Festín de Cuervos, y cubre un período de tiempo más largo. En la segunda mitad de este volumen, notará a algunos de los personajes de Festín de Cuervos apareciendo de nuevo. Y eso significa justamente lo que usted piensa que significa: la narrativa se ha desplazado atrás del marco de tiempo de Festín, y las dos corrientes una vez más se reúnen entre sí. El próximo, Vientos de Invierno. En el que, espero, todo el mundo estará temblando juntos una vez más... George R. R. Martin Abril de 2011

8 PRÓLOGO La noche apestaba a olor humano. De pelaje pardo y gris, moteado por las sombras, el warg se detuvo detrás de un árbol y olfateó. Un soplo de brisa le trajo el olor de los hombres por encima de otros olores más ligeros que hablaban de zorro y liebre, foca y ciervo, e incluso de lobo. Sin embargo, aquellos eran olores humanos también, el warg lo sabía, la peste era de pieles viejas, muertas y amargas casi enterradas bajo la esencia más fuerte de humo y sangre y putrefacción. Solo los hombres arrancaban la piel de otras bestias para vestir su pelaje. A diferencia de los lobos, los wargs no temen al hombre. Con odio y hambre enroscados en su estómago, el warg emitió un ligero gruñido llamando a su hermano de un solo ojo y a su astuta hermana pequeña. Sus compañeros de manada le siguieron los pasos en su carrera entre los árboles. Todos habían percibido el olor. Mientras corrían, él veía a través de los ojos de los demás y se distinguía a sí mismo al frente del grupo. El aliento del grupo brotaba blanco y caliente de sus fauces grises. El hielo se había formado entre sus zarpas, duro como la piedra, pero la cacería había comenzado, la presa estaba a su alcance. Carne, pensó el warg, carne. Un hombre solo era algo endeble. Grande y fuerte, con mirada penetrante, pero de oído escaso y totalmente sordo al olfato. Ciervos y alces, e incluso las liebres eran más rápidas, osos y jabalís más fieros en la lucha. Sin embargo, los hombres en grupo eran peligrosos. Mientras se aproximaban a la presa, el warg escuchó el llanto de un cachorro, la corteza de la nieve recién caída esa noche quebrándose bajo las patas humanas, el tintineo de las pieles endurecidas y las largas garras afiladas que portaban los hombres. Espadas, susurró una voz en su interior, lanzas. Dientes de hielo colgaban de las desnudas ramas marrones de los árboles. Un-ojo surgió de entre la maleza esparciendo la nieve a su paso. Sus compañeros de manada le siguieron. Subieron la colina y bajaron la pendiente al otro lado hasta que el bosque se abrió ante ellos y de pronto los hombres estaban allí. Uno era hembra. El bulto envuelto en pieles que abrazaba era su cachorro. Dejadla para el final, susurro la voz, los machos son el peligro. Se gritaban unos a otros como hacen los hombres, pero el warg podía oler su terror. Uno esgrimía un colmillo de madera tan alto como él. Lo lanzó, pero su mano temblaba y el colmillo se perdió alto. Entonces la manada cayó sobre ellos. Su hermano de un ojo derribó al que había lanzado el colmillo y le desgarró la garganta mientras forcejeaba. Su hermana se deslizó detrás de otro hombre y lo eliminó por la espalda. Eso dejaba a la hembra y su cachorro para él. Ella tenía un colmillo también, pequeño, hecho de hueso, pero se le cayó cuando las fauces del warg se cerraron alrededor su pierna. Mientras caía, la mujer protegía con ambos brazos su ruidoso cachorro. Debajo de las pieles la hembra era todo pellejo y huesos, excepto sus pechos que estaban llenos de leche. La carne más dulce era la del cachorro. El warg reservó las partes más codiciadas para su hermano. La nieve se tiño de rosa y rojo alrededor de los cadáveres mientras la manada saciaba su hambre. A muchas leguas de allí, en una chabola de un único habitáculo, hecha de lodo y paja con techo de ramas y un agujero para el humo y suelo de tierra prensada, Varamyr se estremeció y tosió y se humedeció los labios. Sus ojos estaban rojos, sus labios agrietados, su garganta seca y árida pero el sabor de sangre y grasa llenaba su boca, incluso cuando su estómago hinchado protestaba pidiendo

9 alimento. La carne de un niño, pensó recordando a Bump. Carne humana. Tan bajo había caído para desear carne humana? Casi podía oír a Haggon gruñirle Los hombres pueden comer la carne de las bestias y las bestias comer la carne de los hombres, pero el hombre que come carne de otro hombre es una abominación. Abominación. Esa había sido siempre la palabra favorita de Haggon. Abominación, abominación, abominación. Comer carne humana era una abominación, aparearse como lobo con otro lobo era una abominación, y apoderarse del cuerpo de otro hombre era la peor abominación de todas. Haggon era débil, temeroso de su propio poder. Murió sollozando y solo cuando le arrebaté su segunda vida. Varamyr había devorado su corazón. Me enseño todo y más, y la última cosa que aprendí de él fue el sabor de la carne humana. Sin embargo, aquello lo había hecho un lobo. Él, con sus dientes humanos, nunca había comido la carne de otro hombre. Nunca arrebataría el festín a su manada. Los lobos estaban tan hambrientos como él, demacrados, ateridos por el frío y hambrientos, y las presas... dos hombres y una mujer, un bebé en brazos, huyendo de una derrota para encontrar la muerte. Hubieran muerto pronto en cualquier caso, de frío o de hambre. De este modo fue mejor para ellos. Un acto de compasión. Compasión, exclamó. Su garganta le dolió pero le reconfortó escuchar una voz humana, aunque fuera la suya. El aire olía a fango y humedad, el suelo estaba frío y duro, y el fuego emitía más humo que calor. Se movió tan cerca de las llamas como se atrevió, tosiendo y tiritando alternativamente, su costado palpitaba en donde la herida se le había abierto. La sangre había empapado sus pantalones hasta la rodilla y se había secado formando una dura costra marrón. Cardo le había avisado de que eso podría ocurrir. Lo he cosido lo mejor que he podido dijo ella, pero deberías descansar y dejar que se cure o la carne se abrirá de nuevo. Cardo había sido la última de sus compañeras, una esposa de la lanza dura como una raíz vieja, plagada de verrugas, curtida y arrugada. Los otros les habían abandonado por el camino. Uno a uno se quedaron atrás o continuaron adelante, buscando sus viejas aldeas o Aguaslechosas, o Hardhome o una muerte solitaria en los bosques. Varamyr no lo sabía ni le importaba. Debí haber poseído a uno de ellos cuando tuve la oportunidad. Uno de los gemelos, o el hombre grande de la cicatriz en el rostro, o el joven pelirrojo. Sin embargo, había tenido miedo. Alguno de los otros podría haberse dado cuenta de lo que estaba ocurriendo. Entonces se hubieran vuelto contra él y le habrían matado. Las palabras de Haggon le habían acosado y entonces la oportunidad se había desvanecido. Después de la batalla miles de ellos se habían abierto camino a través del bosque, hambrientos, asustados, huyendo de la matanza que cayó sobre ellos en el Muro. Algunos habían hablado de volver a sus hogares abandonados, otros de organizar un segundo asalto sobre la puerta, pero la mayoría estaban perdidos, sin noción de a dónde ir o qué hacer. Habían escapado de los Cuervos de capas-negras y de los caballeros de acero gris, pero enemigos más implacables los acosaban ahora. Cada día abandonaban más cadáveres en los caminos. Algunos murieron de hambre, otros de frío, otros de enfermedades. Otros asesinados por quienes habían sido sus hermanos de armas cuando marcharon al sur con Mance Rayder, el rey más allá del muro. Mance ha caído, los supervivientes se decían unos a otros con voz desesperada, Mance ha sido apresado, Mance está muerto. Harma está muerta y Mance ha sido capturado, el resto ha huido y nos han abandonado exclamo Cardo mientras cosía su herida. Tormund, el llorón, Seispieles, todos ellos valientes guerreros. Dónde están ahora?. Ella no me conoce, comprendió Varamyr, y por qué debería? Sin las bestias no parecía un gran hombre. Yo era Varamyr Seis-Pieles, quien compartía pan con Mance Rayder. Se había

10 autoproclamado Varamyr cuando cumplió diez años. Un nombre adecuado para un Lord, un nombre apropiado para canciones, un nombre poderoso y temible. Sin embargo había huido de los cuervos como un conejo. El terrible Lord Varamyr se había convertido en un cobarde, pero él no podía permitir que ella lo supiera, así que le dijo que se llamaba Haggon. Después se preguntó por qué de entre todos los nombres que podría haber elegido había sido ese el que surgió de sus labios. Me comí su corazón y bebí su sangre, y todavía me acosa. Un día, mientras huían, un jinete llegó galopando a través del bosque en un demacrado caballo blanco, gritando que todos deberían ir a Aguaslechosas, que Weeper estaba reuniendo guerreros para cruzar el Puente de Cráneos y tomar la Torre de Sombra. Muchos lo siguieron; fueron más los que no lo hicieron. Más tarde, un guerrero austero, envuelto en pieles y ámbar, fue de hoguera en hoguera exhortando a todos los supervivientes a dirigirse al norte y tomar refugio en el valle de los Thenns. Por qué pensaría que iban a estar seguros allí cuando los propios Thenns habían huido de ese lugar?, Varamyr nunca lo supo, pero cientos de ellos le siguieron. Cientos más se marcharon con la bruja del bosque que tuvo la visión de una flota de barcos que llevaría a los hombres libres hacia el sur. Debemos buscar el mar, aulló Mother Mole, y sus seguidores se dirigieron hacia el este. Varamyr hubiera ido con ellos si se hubiera encontrado con fuerzas. Sin embargo, el mar era gris, frío y lejano y sabía que no viviría para verlo. Él había muerto diez veces y estaba muriendo de nuevo, y esta sería su verdadera muerte. Una capa de piel de ardilla, recordó, apuñalado por una capa de piel de ardilla. Su dueña ya estaba muerta, su cabeza aplastada convertida en pulpa salpicada de trocitos de hueso, pero la capa parecía caliente y gruesa. Estaba nevando y Varamyr había perdido sus propias capas en el Muro. Sus prendas de dormir y sus mantas de lana, sus botas de piel de oveja y sus guantes de cuero, su reserva de licor y su comida, los mechones de las mujeres con las que se había acostado, incluso las anillas doradas para los brazos que Mance le había regalado, todo perdido y abandonado. Ardí y morí y después corrí medio loco de dolor y miedo. Aquel recuerdo todavía le avergonzaba, pero al menos él no había sido el único. Otros habían huido también, cientos de ellos, miles. La batalla estaba perdida. Los caballeros habían llegado, invencibles en su acero, matando a todo aquel que se enfrentara a ellos. Era huir o morir. Sin embargo, a la muerte no se la engaña tan fácilmente. Cuando Varamyr se acercó a la mujer muerta en el bosque, se arrodilló para arrancarle la capa y no vio al niño hasta que este se abalanzó sobre él desde su escondite y le hundió el cuchillo de hueso en su costado y le arrebató la capa de entre los dedos. Su madre, le dijo Cardo más tarde, cuando el niño ya había huido, era la capa de su madre, y cuando te vio robándola... Ella estaba muerta, respondió Varamyr, contraído mientras la aguja de hueso le atravesaba la carne. Alguien le aplasto la cabeza. Algún cuervo. No fue un cuervo. Fueron hombres de Hornfoot. Yo lo vi. La aguja tiró del hilo y su costado se cerró. Salvajes, y quién queda para controlarlos? Nadie. Si Mance está muerto, los hombres libres están condenados. Los Thenns, gigantes y los Hombres de Hornfoot, los moradores de las cavernas con sus dientes afilados, y los hombres de la orilla oeste con sus carros de hueso... todos ellos condenados también. Incluso los cuervos. Puede que todavía no lo supieran, pero esos hijos de puta de capas negras morirían con todos los demás. El enemigo estaba acercándose. La voz áspera de Haggon resonó en su cabeza. Morirás una docena de muertes, chico, y te dolerá cada una de ellas... pero cuando tu verdadera muerte llegue, vivirás de nuevo. Dicen que la segunda vida es más sencilla y dulce.

11 Varamyr SeisPieles pronto averiguaría la verdad sobre eso. Podía saborear su verdadera muerte en el humo que colgaba agrio en el aire, lo sintió en el calor bajo sus dedos cuando deslizó su mano bajo la ropa y tocó su herida. Sin embargo había frío en su interior, en lo más profundo de sus huesos. Esta vez sería el frío lo que le mataría. Su última muerte había sido por fuego. Ardí. Al principio, en la confusión, pensó que un arquero del Muro le había atravesado con una flecha en llamas... pero el fuego estaba dentro de él, consumiéndole. Y el dolor... Varamyr había muerto nueve veces antes. Murió una vez atravesado por una lanza, otra vez cuando los dientes de un oso desgarraron su garganta y una vez desangrado mientras daba a luz un cachorro muerto. Murió por primera vez a los seis años, cuando el hacha de su padre le atravesó el cráneo. Ni siquiera eso había sido tan doloroso como el fuego en sus entrañas, achicharrándolo hasta sus alas, devorándolo. Cuando intentó volar para evitarlo, su pánico insufló aire a las llamas, avivándolas y haciendo que ardieran aún más intensamente. Un instante antes había estado volando sobre el muro, sus ojos de águila repasando los movimientos de los hombres abajo. De pronto las llamas habían convertido su corazón en cenizas y habían enviado su espíritu gritando de vuelta a su verdadera piel y durante un breve momento se había vuelto loco. El mero recuerdo era suficiente para estremecerle. En ese momento se percató de que el fuego se había apagado. Solo quedaba una maraña gris y negra de madera quemada, con algunas brasas brillando entre las cenizas. Todavía sale humo, solamente necesita madera. Apretando los dientes por el dolor, Varamyr se arrastró hasta la pila de ramas que Cardo había recogido antes de marcharse a cazar y arrojó algunos palos a las cenizas. Prende, graznó, Arde. Sopló a las brasas y articuló una plegaria impronunciable hacia los dioses de la madera y la colina y el prado. Los dioses no respondieron. Momentos después, el humo se extinguió. La pequeña cabaña comenzó a enfriarse. Varamyr no tenía, yesca, ni pedernal, ni astillas secas. Nunca conseguiría volver a encender el fuego, no él solo. Cardo, llamó con voz áspera y cortada por el dolor. Cardo!. La barbilla de Cardo tenía un hoyuelo y su nariz era plana, y tenía una verruga en la mejilla en la que crecían cuatro pelos oscuros. Una cara fea, y dura, sin embargo hubiera dado cualquier cosa por verla aparecer en la puerta de la cabaña. Debería haberla tomado antes de que se marchara. Cuánto tiempo llevaba ausente?, dos días?, tres?. Varamyr no estaba seguro. El interior de la cabaña estaba oscuro, y había estado entrando y saliendo del sueño sin saber si afuera era de día o de noche. Espera, dijo ella, volveré con comida. Así que como un idiota esperó, soñando con Haggon y Bump y todas las equivocaciones que había cometido en su larga vida, pero habían pasado días y noches y Cardo no había regresado. Ella no va a volver. Varamyr se preguntaba si acaso él mismo ya se había rendido. Sabía ella lo que estaba pensando o lo habría murmurado en sus sueños febriles? Abominación, escuchó decir a Haggon. Era casi como si estuviera aquí en esta misma habitación. Ella es solo una fea esposa de la lanza se dijo Varamyr. Yo soy un gran hombre. Yo soy Varamyr, el warg, el cambiapieles, no es correcto que ella viva y yo muera. Nadie contestó. No había nadie allí. Cardo se había ido. Le había abandonado, como todos los demás. Su propia madre le había abandonado también. Ella lloró por Bump, pero nunca lloró por mí. La mañana que su padre la arrancó de la cama para entregarlo a Haggon, ella ni siquiera le miró. El gritó y pataleó mientras era arrastrado hacia el bosque, hasta que su padre le golpeó y le ordeno

12 estar en silencio. Tú debes estar con los de tu especie fue todo lo que le dijo cuando lo arrojó a los pies de Haggon. No se equivocaba, Varamyr pensó, temblando. Haggon me enseño todo y más. Me enseño como cazar y pescar, como descuartizar un cadáver y ensartar un pez, como encontrar el camino en los bosques. Y me enseñó el camino del warg y los secretos del cambiapieles, aunque mi don era incluso más poderoso que el suyo. Años más tarde había intentado encontrar a sus padres, para decirles que su pequeño Lump se había convertido en el gran Varamyr SeisPieles, pero ambos estaban muertos y calcinados. Esparcidos entre los árboles y los arroyos, entre las rocas y la tierra. Convertidos en polvo y cenizas. Eso fue lo que la bruja de los bosques le dijo a su madre el día que Bump murió. Lump no quería ser un montón de tierra. El pequeño Lump había soñado que un día los bardos cantarían sus aventuras y todas chicas bonitas querrían besarle. Cuando crezca me convertiré en el Rey más allá del Muro, se había prometido a sí mismo. Nunca lo consiguió, pero estuvo cerca de ello. Varamyr SeisPieles era un nombre temido. Cabalgaba a la batalla sobre la espalda de una osa blanca de las nieves de trece pies de altura, tenía tres lobos y un gatosombra como compañeros y se sentaba a la derecha de Mance Rayder. Fue Mance quien me trajo a este lugar. No le debería haber escuchado. Debería haberme introducido en mi osa y haberle hecho pedazos. Antes de Mance, Varamyr SeisPieles había sido un señor menor. Vivía solo en una casa de musgo y barro y madera que había pertenecido a Haggon, atendido por sus bestias. Una docena de aldeanos le rendían tributo de pan y sal y sidra, le ofrecían fruta de sus árboles y hortalizas de sus huertas. La carne la conseguía él mismo. Siempre que deseaba alguna mujer enviaba a su gatosombra a acecharla y cualquier mujer en la que él se fijara lo seguiría dócilmente a su cama. Algunas venían sollozando, sí, pero venían. Varamyr les entregaba su semilla, tomaba un mechón de sus cabellos para recordarlas, y las enviaba de vuelta. De vez en cuando, algún aldeano héroe llegaba lanza en mano para matar a la bestia y salvar a su hermana, o amante o hija. A esos los mataba, pero nunca hizo daño a las mujeres. A algunas incluso las bendijo con hijos. Enanos, pequeños, escuchimizados, como Lump, y ninguno con el don. El miedo lo puso en pie, tambaleante. Sujetándose el costado para contener la sangre que brotaba de su herida, Varamyr se tambaleó hasta la puerta y apartó la cortina de piel para enfrentarse a un muro blanco. Nieve. Por eso se había vuelto tan oscuro y tenebroso adentro. La nieve caída había enterrado la cabaña. Cuando Varamyr la empujó, la nieve se resquebrajó y se derrumbó, todavía suave y húmeda. Afuera, la noche era blanca y muerta; finas nubes pálidas bailaban ante la luna plateada, mientras miles de estrellas observaban distantes. Podía ver las formas abultadas de otras cabañas enterradas bajo la nieve, y más allá la pálida sombra de un arciano cubierto de hielo. Al sur y al oeste las colinas eran un vasto desierto donde nada se movía excepto la nieve arrastrada por el viento. Cardo Varamyr llamó débilmente, preguntándose si se habría ido muy lejos. Cardo. Mujer. Dónde estás? A lo lejos, aulló un lobo. Un escalofrío recorrió a Varamyr. Él conocía ese aullido tan bien como Lump había conocido la voz de su madre. Un-ojo. El mayor de los tres, el más grande, el más fiero. Cazador era más ágil, más rápido, más joven, Astuta era más sigilosa, pero ambos temían a Un-ojo. El viejo lobo era audaz, implacable, salvaje.

13 Varamyr había perdido el control sobre sus otras bestias durante su agonía en la muerte del águila. Su gatosombra huyó hacia los bosques, mientras su osa se revolvía contra quienes estaban a su alrededor, destrozando a cuatro hombres antes de caer atravesada por una lanza. Hubiera matado a Varamyr si hubiera estado a su alcance. La osa le odiaba, se enfurecía cada vez que él se introducía en su piel o trepaba a su espalda Sin embargo sus lobos. Mis hermanos. Mi manada. Había dormido con ellos muchas frías noches, sus cuerpos peludos apilados a su alrededor para mantenerle caliente. Cuando muera se alimentarán de mi carne y dejarán sólo mis huesos para recibir el deshielo de primavera. Ese pensamiento le reconfortó. Sus lobos a menudo habían cazado para él, parecía justo que él los alimentara finalmente. Podría incluso comenzar su segunda vida, desgarrando la caliente carne muerta de su propio cadáver. Los perros eran las bestias más fáciles de controlar; vivían tan cerca de los hombres que eran casi humanos. Introducirse en la piel de un perro era como ponerse una bota vieja, su cuero estaba suavizado por el uso. Como una bota, preparada para aceptar un 'pie, los perros están preparados para aceptar un collar, incluso un collar invisible para los ojos del hombre. Los lobos eran más difíciles. Un hombre puede tener amistad con un lobo, incluso dominar a un lobo, pero nunca podrá domesticarlo completamente. Los lobos y las mujeres se casan de por vida, le decía Haggon a menudo. Si tomas uno, es como un matrimonio. El lobo será parte de ti a partir de ese día, y tú serás parte de él para siempre. Ambos cambiaréis. A otras bestias es mejor ignorarlas, le dijo el cazador. Los felinos son vanidosos y crueles, siempre dispuestos a traicionarte. Los alces y los ciervos son presas, lleva sus pieles demasiado tiempo, y hasta el hombre más valiente se convertirá en un cobarde. Osos, jabalís, tejones, comadrejas. Haggon nunca los consideró dignos. Hay pieles que nunca deberías llevar, chico. No te gustaría en lo que te convertirías. Los pájaros son los peores, recordó. Los hombres no deben dejar la tierra. Si pasas demasiado tiempo en los cielos, nunca querrás volver al suelo. Conozco cambiapieles que han probado halcones, búhos, cuervos. Incluso en su propio cuerpo se quedan absortos con la mirada perdida en el maldito cielo azul. Sin embargo, no todos los cambiapieles pensaban igual. En una ocasión, cuando Lump tenía diez años, Haggon le llevó a una reunión. Los wargs eran los más numerosos del grupo, los hemanoslobo, pero el niño descubrió que había otros más extraños y fascinantes. Borroq se parecía tanto a su jabalí que solo le faltaban los colmillos, Orell tenía a su águila, Briar un gatosombra (en el momento en que lo vio, Lump decidió que él también tendría uno), la mujer cabra Grisella... Sin embargo, ninguno de ellos llegó a ser tan poderoso como Varamyr SeisPieles, ni siquiera Haggon, alto y austero, con manos duras como la piedra. El cazador murió suplicando a Varamyr después de que este le arrebatara a PielGris, expulsándole y reclamando la bestia para él. No habrá segunda vida para ti, viejo. Varamyr TresPieles, se llamaba a sí mismo en aquellos tiempos. PielGris se convirtió en su cuarta piel, aunque el viejo lobo, débil y casi sin dientes pronto siguió a Haggon a la muerte. Varamyr podía poseer casi a cualquier bestia que deseara, someterla a su voluntad, hacer suya su carne. Perro, lobo, jabalí o tejón. Cardo, pensó. Hagoon lo llamaría abominación, el pecado más negro de todos, pero Haggon estaba muerto, devorado y reducido a cenizas. Mance lo hubiera maldecido también, pero Mance estaba muerto o

14 capturado. Nadie lo sabrá nunca. Seré Cardo la esposa de la lanza, y Varamyr SeisPieles estará muerto. Su don moriría con su cuerpo, supuso. Perdería a sus lobos y viviría el resto de sus días como una débil mujer con verrugas pero viviría. Si ella vuelve. Y si tengo fuerzas suficientes para poseerla. Una oleada de mareo barrió a Varamyr. Se encontró sobre sus rodillas, con las manos enterradas en la nieve. Agarró un puñado y llenó su boca con ella restregándola contra su barba y sus dientes rotos mientras la engullía. El agua estaba tan fría que apenas podría tragarla y de nuevo fue consciente de que estaba ardiendo de fiebre. La nieve derretida solo consiguió aumentar su hambre. Era comida lo que su estómago reclamaba, no agua. Había dejado de nevar, pero el viento era más fuerte llenando el aire de cristales que azotaban su cara mientras se arrastraba, con la herida de su costado abriéndose y cerrándose de nuevo. De su aliento brotaban jirones blancos de vaho. Cuando llegó al arciano, encontró una rama caída lo suficientemente larga para usarla como muleta. Apoyándose pesadamente sobre ella, se dirigió hacia la cabaña más próxima. Quizás los aldeanos hubieran olvidado algo cuando huyeron un saco de manzanas, algo de carne seca, cualquier cosa que pudiera mantenerle vivo hasta que Cardo regresara. Casi había llegado cuando la muleta se partió bajo su peso y sus piernas cedieron bajo él. Cuanto tiempo permaneció allí tirado con su sangre tiñendo la nieve, Varamyr no lo sabía. La nieve me enterrará. Sería una muerte dulce. Dicen que al final sientes calor, calor y sueño. Sería agradable sentir calor de nuevo, aunque le daba pena pensar que nunca vería las tierras verdes, las tierras cálidas más allá del Muro sobre las que Mance solía cantar. El mundo más allá del Muro no es para los nuestros Haggon decía a menudo. Los hombres libres temen a los cambiapieles, pero también nos respetan. Al sur del Muro, los arrodillados nos cazan y nos despedazan como a los cerdos Me advertiste, pensó Varamyr, sin embargo fuiste tú quien me enseño Guardiaoriente. Él todavía no habría cumplido los diez años. Haggon cambió una docena de cuerdas de ámbar y un trineo repleto de pellejos por seis odres de vino, un bloque de sal y una tetera de cobre. Guardiaoriente era mejor para comerciar que CastleBlack; allí era dónde llegaban los barcos, cargados con mercancía procedente de las míticas tierras más allá del mar. Los cuervos conocían a Haggon como cazador y amigo de la Guardia de la Noche, y recibían con agrado las noticias que traía de vida más allá de su Muro. Algunos incluso sabían que era un cambiapieles, pero nunca hablaban de eso. Fue allí, en Guardiaoriente-junto-al-mar que el niño que una vez fue, comenzó a soñar con las cálidas tierras del sur. Varamyr sentía los copos de nieve derretirse en sus cejas. Esto no es tan malo como arder. Me dormiré para no despertar, que comience mi segunda vida. Sus lobos estaban cerca. Los podía sentir. Dejaría su débil carne atrás, se convertiría en uno de ellos, cazando por las noches y aullando a la luna. El warg se convertiría en un verdadero lobo. Pero en cuál? No en Astuta. Haggon lo hubiera llamado abominación, pero Varamyr a menudo se deslizaba en su piel mientras ella era montada por Un-ojo. No quería pasar su nueva vida como una perra, a menos que no tuviera otra elección. Cazador se adaptaría mejor, el macho joven aunque Un-ojo era más grande y fiero, y era Un-ojo el que montaba a Astuta cada vez que estaba en celo. Dicen que lo acabas olvidando, Haggon le explicó, unas semanas antes de su muerte. Cuando la carne del hombre muere, su espíritu vive dentro de la bestia, pero cada día que pasa su memoria se va desvaneciendo y la bestia es menos warg y más lobo, hasta que no queda nada del hombre y sólo la bestia permanece.

15 Varamyr sabía que aquello era cierto. Cuando reclamó el águila que había sido de Orell, pudo sentir al cambiapieles revelarse dentro de ella ante su presencia. Orell había sido asesinado por el cambiacapas Jon Nieve y el odio hacia su asesino era tan fuerte que Varamyr se encontró odiando al chico también. En cuanto vio al gran huargo blanco cazando en silencio a su lado entendió lo que era Nieve. Un cambiapieles siempre puede percibir a otro. Mance me debería haber permitido poseer a ese huargo. Hubiera sido una segunda vida digna de un rey. Lo hubiera podido someter, no tenía ninguna duda. El don era poderoso en Nieve, pero su juventud era inexperta, todavía luchaba contra su naturaleza en lugar de aprovecharla en su esplendor. Varamyr podía ver los rojos ojos del arciano observándole desde el tronco blanco. Los dioses me están examinando. Le recorrió un escalofrío. Había hecho cosas terribles. Había robado, matado, violado. Se había alimentado de carne humana y bebido la sangre de hombres agonizantes mientras manaba de sus gargantas destrozadas. Había cazado enemigos en los bosques, cayendo sobre ellos mientras dormían, desgarrando sus entrañas y esparciéndolas por el suelo embarrado. Qué dulce sabía su carne. Eso lo hizo la bestia, no yo dijo en un áspero susurro. Ese fue el don que me entregasteis. Los dioses no respondieron. Su aliento colgaba pálido y brumoso en el aire. Podía sentir el hielo formándose en su barba. Varamyr SeisPieles cerró los ojos. Soñó un viejo sueño de una cabaña junto al mar, tres perros gimoteando, el llanto de una mujer. Bump. Llora por Bump, pero nunca lloró por mí. Lump había nacido un mes antes de la fecha prevista, y enfermaba tan a menudo que nadie esperaba que sobreviviera. Su madre esperó hasta que cumplió los cuatro años para ponerle un nombre, y para entonces ya era demasiado tarde. El pueblo entero se había acostumbrado a llamarle Lump, el nombre que su hermana Meha le había dado cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Meha también le había puesto el nombre a Bump, pero el hermano pequeño de Lump nació en la fecha correcta, grande y rosado y robusto, mamando ansiosamente de los pechos de su madre. Ella iba a llamarle como su Padre. Sin embargo Bump murió. Murió cuando tenía dos años y yo tenía seis, dos días antes de su día del nombre. Vuestro pequeñín está ahora con los dioses dijo la bruja del bosque a su madre, mientras esta lloraba. Ya nunca sufrirá ningún daño, ni pasará hambre, ni llorará. Los dioses lo han enviado a la tierra, a los árboles. Los dioses están a nuestro alrededor, en las rocas y los arroyos, en los pájaros y en las bestias. Vuestro niño Bump se ha ido para unirse a ellos. A partir de ahora formará parte del mundo y de todas las cosas que hay en él. Las palabras de la vieja mujer atravesaron a Lump como un cuchillo. Bump puede verme. Me está observando. Lo sabe. Lump no podría esconderse de él, no podría refugiarse bajo la falda de su madre o escapar con los perros para evitar la furia de su padre. Los perros. Loptail, Sniff, Growler. Eran buenos perros. Eran mis amigos. Cuando su padre encontró a los perros husmeando alrededor del cadáver de Bump, no pudo saber cuál de ellos lo había hecho, así que dirigió su hacha contra los tres. Sus manos temblaban tanto que necesitó dos golpes para silenciar a Sniff y cuatro para derribar a Growler. El olor de la sangre quedo prendido en el aire y los lamentos de los perros moribundos fueron terribles, a pesar de ello Loptail obedeció cuando Padre le llamó. Él era el mayor de los tres perros, y su adiestramiento fue superior a su miedo. Cuando Lump se introdujo en su piel ya era demasiado tarde.

16 No, Padre, por favor, trató de decir, pero los perros no pueden hablar el lenguaje de los hombres, y todo lo que emitió fue un gemido lastimero. El hacha partió en dos el cráneo del viejo perro y dentro de la cabaña el niño dejó escapar un grito. Así fue como lo averiguaron. Dos días después, su padre lo arrastro a los bosques. Llevaba su hacha, y Lump pensó que planeaba matarlo igual que había hecho con los perros. Sin embargo, en lugar de eso, lo entregó a Haggon. Varamyr despertó bruscamente, entre violentas convulsiones. Levántate gritaba una voz, levanta, tenemos que irnos. Hay cientos de ellos. La nieve le había cubierto con un fino manto blanco. Tanto frío. Cuando intentó moverse, descubrió que su mano se había quedado congelada pegada al suelo. Se le desgarró la piel cuando consiguió liberarla. Levanta gritó ella de nuevo, ya vienen. Cardo había vuelto a por él. Le sujetaba por los hombros y le estaba sacudiendo, gritándole en la cara. Varamyr podía oler su aliento y sentir su calor en sus mejillas heladas. Ahora, pensó, hazlo ahora o muere. Reunió todas las fuerzas que le quedaban, se impulsó fuera de su propia piel y se introdujo en ella. Cardo arqueó la espalda y gritó. Abominación. Lo había dicho ella o había sido él o Haggon? Nunca lo supo. Su vieja carne cayó a la nieve cuando los dedos de ella la soltaron. La mujer se retorció violentamente, chillando. Su gatosombra solía resistirse salvajemente y su osa de las nieves se había vuelto medio loca durante un tiempo, derribando árboles y rocas, y lanzando zarpazos al aire, pero esto era peor. Sal, sal! escuchó como gritaba su boca. Su cuerpo se tambaleó, cayó y volvió a levantarse, sus manos se agitaron, sus piernas se sacudieron en todas direcciones como en una danza grotesca mientras su espíritu y el de ella luchaban por la carne. Ella aspiró una bocanada del gélido aire, y Varamyr pudo disfrutar durante un latido de lo maravilloso de su sabor y la fuerza de su cuerpo joven, hasta que sus dientes se cerraron con fuerza y su boca se llenó de sangre. Cardo alzó sus manos hacia su cara. Él intento detenerlas, pero no obedecieron, y se clavaron en sus ojos. Abominación, recordó ahogándose en dolor y sangre y locura. Cuando intentó gritar, ella escupió la lengua. El mundo blanco giró y se derrumbó. Por un instante fue como si estuviera dentro del arciano, observando a través de sus profundos ojos rojos a un moribundo que convulsionaba débilmente en el suelo mientras una mujer demente bailaba ciega y ensangrentada bajo la luna, llorando lágrimas rojas y arrancándose las ropas. De pronto ambos desaparecieron y se sintió elevándose, derritiéndose, su espíritu volando en el aire frío. Estaba en la nieve y en las nubes, era un gorrión, una ardilla, un roble. Una lechuza espinosa voló silenciosamente entre los árboles, cazando una liebre; Varamyr estaba dentro de la lechuza, dentro de la liebre, dentro de los árboles. Bajo el suelo helado, en las profundidades, los gusanos escarbaban ciegos en la oscuridad, también estaba dentro de ellos. Soy el bosque y todo lo que hay en él, pensó, exultante. Un centenar de cuervos alzaron el vuelo, graznando a su paso. Un gran alce emitió un berrido, asustando a los niños a sus espaldas. Un huargo que dormía alzó su cabeza para gruñir al aire vacío. Antes de que sus corazones volvieran a latir, él se había marchado buscando el suyo, Un-ojo, Astuta y Cazador, su manada. Sus lobos lo salvarían, se dijo. Ese fue su último pensamiento como hombre. Su verdadera muerte llegó súbitamente; sintió un golpe de frío, como si le hubieran arrojado en las heladas aguas de un lago congelado. Después se encontró corriendo sobre las nieves iluminadas por

17 la luna con sus compañeros de manada tras él. La mitad del mundo en tinieblas. Un-ojo, comprendió. Aulló, y Astuta y Cazador le imitaron. Cuando alcanzaron la cima de la colina los lobos se detuvieron. Cardo, recordó, una parte de él se entristeció por lo que había perdido y otra parte por lo que había hecho. Más abajo, el mundo se había congelado. Dedos de hielo trepaban reptando por el arciano, intentando unirse. El poblado antes vacío ya no estaba desierto. Sombras de ojos azules caminaban entre los montones de nieve. Algunos vestían de marrón, otros de negro y otros estaban desnudos, su carne era blanca como la nieve. El viento soplaba entre las colinas, cargado de sus aromas: carne muerta, sangre seca, pieles que apestan a mugre, putrefacción y orina. Astuta emitió un gruñido y mostró sus dientes, su pelaje erizado. Ni hombres. Ni presas. Ni nada. Los seres de abajo se movían pero no estaban vivos. Uno a uno, alzaron sus cabezas hacia los tres lobos de la colina. El último en mirar fue el cuerpo que había sido Cardo. Vestía lana, pieles y cuero cubiertos por una capa de escarcha que crujió cuando se movió y brilló a la luz de la luna. Carámbanos rosa pálido colgaban de sus dedos, diez largos cuchillos de sangre congelada. Y en los huecos donde habían estado sus ojos brillaba una pálida luz azul, otorgando a sus vulgares rasgos una belleza misteriosa que nunca tuvieron en vida. Puede verme.

18 1. TYRION Bebió todo el camino a través del Mar Angosto. El barco era pequeño y su cabina aún más, y el capitán no le dejaba subir a cubierta. El balanceo de la madera bajo sus pies le provocaba arcadas, y la espantosa comida que le servían tenía incluso peor sabor cuando le volvía a subir a la garganta. Además, para qué necesitaba carne salada, queso duro y pan amasado con gusanos cuando tenía vino para alimentarse? Era rojo y avinagrado, muy fuerte. A veces también le daba arcadas, pero siempre había más. -El mundo está lleno de vino-, refunfuñaba en la oscuridad de la cabina. Su padre nunca había tolerado a los borrachos, pero qué importaba? Su padre estaba muerto. Él lo había matado. Una flecha en el vientre, mi señor, y todo para ti. Si hubiese sido mejor con la ballesta, te la habría metido a través de la polla con la que me hiciste, maldito bastardo. Bajo cubierta nunca era de día ni de noche. Tyrion medía el tiempo por las idas y venidas del chico que le traía la comida que él no comía. El chico siempre traía un cubo y un cepillo, para limpiar. - Esto es vino dorniano? -le preguntó Tyrion una vez, mientras sacaba el tapón de un odre. -Me recuerda a cierta serpiente que conocí. Un compañero curioso, hasta que una montaña le cayó encima.- El chico no respondió. Era feo, aunque no tanto como cierto enano con media nariz y una cicatriz del ojohasta la barbilla. - Te he ofendido? -le preguntó al muchacho hosco y silencioso mientras frotaba el suelo-. Te han ordenado que no me hables? O es que algún enano estafó a tu madre?- Tampoco hubo respuesta. - A dónde navegamos? Dímelo- Jaime había mencionado las Ciudades Libres, pero nunca dijo cual. - Es Braavos? Tyrosh? Myr?- Tyrion habría ido a Dorne anteriormente. Myrcella es mayor que Tommen, según las leyes de Dorne el Trono de Hierro le pertenece. La ayudaré a reclamar su derecho, como el Príncipe Oberyn sugirió. Oberyn estaba muerto, sin embargo, su cabeza convertida en una ruina sangrienta por el guantelete de Ser Gregor Clegane. Y sin la Víbora Roja para insistirle, llegaría Doran Martell a considerar una idea tan arriesgada? -En vez de eso, podría encadenarme y llevarme de vuelta con mi querida hermana. El Muro sería más seguro. El Viejo Oso Mormont había dicho que la Guardia de la Noche necesitaba hombres como Tyrion. Mormont puede estar muerto, sin embargo. Puede que Slynt sea ahora el Lord Comandante. Ese hijo de un carnicero no habría olvidado quién lo envió al Muro. Quiero pasarme el resto de mi vida comiendo carne salada y gachas con asesinos y ladrones? Aunque el resto de su vida no sería muy largo. Janos Slynt se encargaría de eso. El chico mojó el cepillo y restregó con fuerza. - Has visitado las casas de placer de Lys? -le preguntó el enano-. Puede ser donde van las putas- Tyrion no conseguía recordar la palabra valyriana para puta, y en todo caso ya era demasiado tarde. El chico lanzó el cepillo al cubo y se marchó. El vino me ha embotado los sentidos. Había aprendido a leer Alto Valyriano en las rodillas de su maestre, aunque lo que hablaban en las Nueve Ciudades Libres... bien, no era tanto un dialecto como nueve dialectos en camino de convertirse en lenguas distintas. Tyrion sabía algo de Braavosi y tenía nociones de Myriano. En Tyroshi era capaz de maldecir a los dioses, llamar tramposo a un hombre y pedir una cerveza, gracias a un mercenario que conoció en Roca Casterly. Al menos en Dorne hablan la Lengua Común. Como la comida dorniana y la ley dorniana, el habla dorniana estaba especiada con los aromas del Rhoyne, pero uno podía entenderla. Done, sí, prefiero Dorne. Anadeó hasta el camastro agarrando ese pensamiento como una niña a su muñeca.

19 El sueño nunca llegaba fácilmente a Tyrion Lannister. A bordo de ese barco rara vez llegaba, aunque de vez en cuando conseguía beber bastante vino para perder el sentido un rato. Al menos no soñaba. Ya había soñado bastante para una vida corta. Y vaya estupideces: amor, justicia, amistad, gloria. Tan útil como soñar con ser alto. No podría conseguir nada de eso, lo sabía. Pero no sabía a dónde van las putas. -Al lugar de donde vienen las putas-, había dicho su padre. Sus últimas palabras, y vaya palabras. La ballesta silbó, Lord Tywin se volvió a sentar, y Tyrion Lannister se encontró anadeando a través de la oscuridad con Varys a su lado. Debía haber entrado por el hueco otra vez, dos cientos treinta peldaños hasta donde ascuas naranjas brillaban en la boca de un dragón de piedra. No se acordaba de nada. Sólo del sonido del arco, y el hedor de los intestinos de su padre al soltarse. Incluso muriendo, encontró una manera de cagarse en mí. Varys lo había guiado a través de los túneles, pero no hablaron hasta que salieron al lado del Aguasnegras, donde Tyrion había conseguido una célebre victoria y perdido una nariz. Entonces el enano se giró hacia el eunuco y le dijo: -He matado a mi padre- Con el mismo tono con el que un hombre podría decir, -Me he golpeado un dedo.- El maestro de los susurros vestía como un hermano pordiosero, ropa apolillada de tela basta con una capucha que ensombrecía sus gordas mejillas lisas y su cabeza redonda y calva. -No deberíais haber subido por esa escalera-, le reprochó. -Adonde van las putas. -Tyrion le advirtió a su padre que no dijese esa palabra. Si no hubiese disparado, se habría dado cuenta de que mis amenazas eran vacías. Me habría arrancado la ballesta de las manos, como una vez me arrancó a Tysha de entre los brazos. Ya se levantaba cuando lo maté. -También he matado a Shae- le confesó a Varys. -Ya sabíais lo que era. -Sí. Pero no sabía lo que era él. Varys titubeó. -Y ahora lo sabes. Tendría que haber matado al eunuco también. Un poco más de sangre en las manos, qué hubiese importado? No sabía qué había detenido su daga. No la gratitud. Varys lo había salvado de la espada del verdugo, pero sólo porque Jaime lo había obligado. Jaime... no, mejor no pensar en Jaime. En vez de eso encontró un odre de vino, y lo chupó como si fuesen la teta de una mujer. El vino amargo cayó sobre su barbilla y le empapó la túnica sucia, la misma que llevaba en la celda. Chupó hasta que se acabó el vino. El suelo se mecía bajo sus pies, y cuando intentó levantarse se movió de lado y lo lanzó contra un mampar. Una tormenta supuso, o estoy más borracho de lo que creo. El vino le dio arcadas y se estuvo así un rato, planteándose si la nave se hundiría. Es tu venganza, Padre? El Padre de Arriba te ha convertido en su Mano? -Este es el precio de matar a un familiardijo mientras el viento aullaba en el exterior. No parecía justo ahogar al chico y al capitán y al resto de la tripulación por algo que no habían hecho, pero desde cuándo los dioses eran justos? Y de nuevo pensando en eso, la oscuridad lo engulló.

20 Cuando pudo moverse de nuevo, la cabeza parecía arderle y el barco giraba en círculos mareantes, aunque el capitán insistía en que habían llegado a puerto. Tyrion le pidió que se estuviese quieto, y pataleó débilmente mientras un marinero enorme y calvo lo levantaba bajo un brazo y lo llevaba, retorciéndose, hasta la bodega, donde lo esperaba un barril de vino vacío. Era un barril pequeño y rechoncho, ajustado hasta para un enano. Tyrion forcejeó, pero no sirvió de nada. Acabó dentro del barril, la cabeza primero, con las rodillas apretadas contra sus orejas. El agujero que era su nariz le dolía horriblemente, pero tenía los brazos tan apretados que no llegaba a rascarse. Un palanquín hecho para un hombre de mi estatura, pensó mientras amartillaban la tapa y lo cargaban. Oyó gritos mientras lo sacaban. Cada movimiento hacía que su cabeza golpease contra el fondo del barril. El mundo giró y giró mientras el barril rodaba hacia abajo, luego se paró con un súbito choque que casi le hizo gritar. Otro barril golpeó contra el suyo, y Tyrion se mordió la lengua. Fue el viaje más largo de su vida, aunque seguramente no duró más de media hora. Lo subieron y bajaron, lo giraron y apilaron, lo dejaron hacia arriba y hacia abajo y luego lo giraron de nuevo. A través de las barras de madera oía hombres gritando, y una vez un caballo relinchando cerca. Las piernas atrofiadas empezaron a dolerle, y pronto dolían tanto que olvidó el martilleo en la cabeza. Acabó como había empezado, con otro empujón que lo dejó mareado y más atontado. Voces extranjeras hablaban fuera en una lengua que no conocía. Alguien empezó a martillear en lo alto del barril y la tapa se partió de repente. La luz inundó el barril, y luego el aire frío. Tyrion jadeó ansiosamente e intentó levantare, pero sólo consiguió tumbar el barril de lado y derramarse sobre un suelo de tierra compacta. Sobre él se levantaba un grotesco hombre gordo con una barba amarilla partida en dos, sosteniendo un mazo de madera y un cincel de hierro. Sus ropas eran lo bastante grandes para servir de pabellón de un torneo, pero el cinturón se le había desatado, exponiendo un vientre enorme y un par de tetas pesadas que caían como sacos de sebo cubiertos de grueso vello amarillo. A Tyrion le recordó a una foca marina muerta que una vez acabó en las cavernas bajo Roca Casterly. El hombre gordo miró hacia abajo y sonrió.-un enano borracho- dijo en la Lengua Común de Poniente. -Una foca marina putrefacta-. La boca de Tyrion estaba llena de sangre. La escupió a los pies del hombre gordo. Estaban en una bodega oscura y larga con bóvedas en el techo, las paredes manchadas de salitre. Barriles de cerveza y vino los rodeaban, bebida más que suficiente para mantener a un enano sediento durante las noches. O durante una vida. -Eres insolente. Me gusta eso en un enano. -Cuando el hombre gordo rió, sus carnes se balancearon tan fuerte que Tyrion temió que se cayese y lo aplastase-. Tienes hambre, mi pequeño amigo? Estás cansado? -Sediento. -Tyrion se arrodilló penosamente-. Y sucio. El hombre gordo olfateó.- Un baño primero, eso sí. Luego comida y una cama blanda, sí? Mis sirvientes se ocuparán de eso-. Su anfitrión dejó la maza y el cincel. -Mi casa es tuya. Y un amigo de mi amigo de más allá del agua es un amigo de Illyrio Mopatis, sí.- Y cualquier amigo de Varys la Araña es alguien en quien confiaré hasta que pueda deshacerme de él. El hombre gordo cumplió su promesa del baño, al menos... aunque tan pronto como Tyrion se hundió en el agua caliente y cerró los ojos cayó dormido. Se despertó desnudo en un cama rellena

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