El Telegrama. Gerardo Saúl Palacios Pámanes EL TELEGRAMA

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1 El Telegrama Gerardo Saúl Palacios Pámanes 1

2 Llegaron de prisa y divisaron el panorama. Había tanto qué ver allí. Todo sucedía con celeridad. Se despidieron con saludo marcial y cabalgando afanosamente partieron con rumbo al norte. La división de soldados que dejaban detrás llevaba un par de meses haciendo bien su trabajo, por lo que estos dos jinetes supieron que su presencia no era necesaria. A no ser por un par de órdenes dadas de viva voz al comandante, dejaron todo como lo encontraron. Al llegar al otro punto de combate y no durante su trayecto, echaron de menos una mochila de campaña que el más joven de ellos dejó olvidada, junto al muro del sanitario, cuando a éste ingresó para asear su rostro. En ella había algo de suma importancia, cuya condición de extrema congidencialidad ahora estaba comprometida. Se trataba de un telegrama de El Alto Mando, donde giraba la instrucción de que la división del sur permaneciera en su ubicación, en vez de desplazarse hacia el norte como era de suponerse y así reagruparse con el regimiento más grande-. El propósito era usar a los sureños de carnada para lograr que el enemigo avanzara hacia ese puesto de combate, que representaba menos desagío que el del norte, pues además de contar con más soldados, éste tenía la mejor artillería disponible. Aunque el telegrama, por la economía de palabras que es debida en tal clase de comunicación, no era explícito, cualquier persona inmersa en la guerra podía deducir que la división del sur sería sacrigicada. Así, bastaría que un soldado de los sacrigicables - aún se tratara del menos inteligente- leyera el documento, para caer en la cuenta de que él y todos sus compañeros morirían en dos o tres días, sin que la ayuda para evitarlo llegara desde el puesto más próximo. La situación era por demás comprometedora. Resultaba urgente regresar por la mochila. Pero si los viajeros llegaran después de que el telegrama hubiese sido leído por los sureños, peligraba inclusive la vida de quienes lo reclamaran, pues era bien sabido que los soldados que cuidaban el sur estaban cansados y sufrían ya las severas secuelas de permanecer bajo asedio durante tantos meses. Hermanos de armas habían tenido que cavar ya muchos pozos en los cuales enterrar el cadáver putrefacto de sus primos, tíos, amigos. Apilarlos, acarrearlos en caretillas, desmontarlos, registrarles los bolsos del uniforme en busca de la carta póstuma. El campamento había sobrevivido ya a un motín de soldados de tropa, quienes hartos por las raciones de comida, la escasez de medicinas y nerviosos porque se les acababa el parque, se 2

3 habían sublevado contra el general que los comandaba. Aquella revuelta terminó con el fusilamiento de los ocho cabecillas, con la agravante, ignorada por el general, de que en la Gila de fusileros hubo un hombre que quedó, ante la hilera de los fusilados, justo frente a su hermano de sangre. La tropa se serenó, pero nadie sabía que el general ignoraba tal lazo consanguíneo entre fusilero y fusilado, de modo que el desprecio de sus hombres crecía con el tiempo. La tensión se elevaba por encima de las capacidades de liderazgo de cualquier ser humano de alcance medio. El más viejo de los viajeros no perdió tiempo en reprimir al joven olvidadizo. Aunque estaba furioso, éste fue siempre un hombre de pocas palabras. Por ello se había ganado el apodo de El Telegrama. Se limitó a decirle a su acompañante: Regresa por la mochila ahora mismo; no vengas hasta traerme el telegrama y me demuestres, por cualquier medio razonable, que nadie leyó su contenido. El joven recordó que cuando su jefe y él llegaron al campamento del sur, tan pronto como la tropa los divisó bajando por el horizonte hacia aquella planicie hundida, y los reconoció como emisarios del ejército, aquellos rompieron en júbilo, pensando que serían informados de su relevo. El joven viajaba de regreso hecho un manojo de nervios. Tenía muchas razones para sentirse así: cabalgaba de noche en las tierras de un país enemigo, llevando consigo tan solo un rigle y un arma corta, ignoraba si el telegrama seguía sin ser descubierto y se preguntaba qué clase de recibimiento le darían aquellos que se habían sublevado hacía pocas semanas. Sabía también que sus palabras no pesarían lo mismo que en la mañana, pues ahora no llegaría en compañía de un ogicial de alto rango. El alguna vez agicionado a los astros, el cabo no tuvo problema para seguir la dirección correcta. Se jactaba de ello, pues aunque llevaba consigo una brújula, jamás la miró para cerciorarse de que avanzaba hacia el horizonte indicado. Él no se dio cuenta pero su caballo sí. Cuando éste detuvo abruptamente su marcha, el amo que en su lomo llevaba, se despertó. Habían llegado al campamento. Cuando el joven abrió los ojos quedó estupefacto. No podía creer lo que veía. Todo le parecía tan surrealista. Descendió del cuadrúpedo y sin preocuparse por atarlo del árbol miró a su alrededor. En el suelo había cadáveres. Doscientos, quizá más. Aún ardían dos fogatas y una tercera, sofocada a cubetazos de agua, humeaba todavía. Una de las tiendas, la contigua a la cabaña del general, estaba envuelta en llamas. Aquella, en cambio, lucía intacta. El cabo de infantería caminó presuroso pero con pasos trémulos con rumbo a la puerta de entrada de la cabaña. Se detuvo frente a ésta. La lámpara de aceite iluminaba el interior, a juzgar por los egluvios de luz que se escapaban por entre el pequeño resquicio de la puerta. El cabo levantó su mano diestra para con ella empujar la puerta hacia adentro y al ver su propia extremidad se percató de cuánto temblaba. Respiraba con agitación, liberando grandes bocanadas de vaho. Desistió de su intento por entrar cuando lo venció un dolor que le manaba de la raíz del estómago, que en donde nace el miedo. Entonces se inclinó para vomitar en el pórtico de la cabaña. Se limpió los labios con la manga de su abrigo militar. Recuperó la postura, aunque nunca la tranquilidad. Empujó la puerta con su mano temblorosa. Aquella chirrió tal como chilla un cerdo sacrigicado por las manos inexpertas de un novel matador. La luz de la lámpara de aceite se mecía recreando un efecto visual de movimiento de sombras, como si un fantasma paseara dentro de la 3

4 cabaña. Las botas del general, obsesivamente lustradas, permanecían ingrávidas en el aire. La soga pasada sobre la viga de madera amenazaba con romperse, a juzgar por el sonido desgarrador que producía. La expresión facial del general era grotesca al igual que el color renegrido de su cuello. El joven cabo no cruzó el umbral. Se limitó a contemplar la escena desde la línea que divide el interior del exterior. Como si de esa forma él se mantuviera ajeno a tan desdichado desenlace. Miró hacia un costado del cadáver suspendido y descubrió el cuerpo de la secretaría. Su ropa interior hasta los tobillos, la espalda desnuda. Ella había quedado boca bajo, ahogada en su propio charco escarlata. Dedos violentos se marcaban en sus pantorrillas y brazos. Las uñas del abusador o de los abusadores le habían arrancado pedazos de piel a la víctima, durante el inútil forcejeo de la mujer. De la frente le manaba, inmóvil, un chorro de sangre seco que había brotado momentos antes por aquel origicio de bala. Con arrobo, el joven cabo miraba todo aquello, ensimismado, pensando el costo de su olvido, el precio de su error y las consecuencias que sin duda a él le acarrearía su falla en la férrea estructura militar. Un fuerte ruido lo sacó del embelesamiento hasta hacerlo saltar del miedo. La soga al Gin había cedido al peso del general, cuyos restos mortales azotaron contra el piso de madera. El joven decidió entrar. Caminó hacia el sanitario, con el propósito de mojarse el rostro, como si así fuese a lograr espantarse el fantasma que se le había sobrepuesto en la mirada. La tenue luz de la lámpara de aceite no alcanzaba a iluminar todo el interior, de modo que el cabo llegó al sanitario casi a tientas. Estaba ofuscado, las ideas se le amontonaban en la cabeza y al mismo tiempo se le esfumaban. Se vio fusilado, preso, degradado. Recordó a la esposa y a su hijo muertos dos años y medio atrás, de sarampión. Después de lavarse el rostro y mientras caminaba de regreso con rumbo a la puerta, encontró una cama, donde se acostó y quedó, muy a su pesar, dormido a profundidad. Los relinchos de su caballo lo despertaron cuando él aún soñaba. El fuego de la tienda contigua ya se había esparcido a la cabaña de madera. Salió corriendo para montar su animal, que por razones inexplicables permaneció cerca del amo. Montado en su leal compañero, el joven militar se resignaba a contemplar la cabaña arder en llamas. El incendio avanzaba de izquierda a derecha sobre aquella casa de palos. A la izquierda, la cama donde el joven había dormido; a la derecha, la entrada y el recibidor, donde habían colgado al comandante y muerto a su asistente. El fuego iba cobrando fuerza en la medida en que se desplazaba de un extremo a otro. Fue hasta entonces que el cabo cayó en la cuenta. Se bajó de la bestia y corrió hacia la puerta. Al llegar hasta el umbral sintió el calor insoportable quemarle las cejas y pestañas. Encogiendo los brazos frente a su rostro corrió hacia el sanitario. Con la luz del fuego logró ver nítidamente hacia el interior del pequeño tocador. Cogió la mochila de campaña y se empeñó en salir de la cabaña antes de morir dentro de ella. Encontró lumbre a su paso. Tomó entonces el cobertor de la cama donde había dormido y torpemente se envolvió en éste para proseguir su marcha. Salió convertido en una bola de fuego. Se liberó de la cobija ardiente y se percató de que la mochila también se estaba quemando. Logró vaciarla antes de que el fuego la redujera a cenizas con todo y su contenido. Abrió el telegrama. Estaba intacto. No sólo el papel, que había quedado a salvo del siniestro; el sobre, los dobleces del papel del telegrama, todo le indicaba que éste no había sido leído. O tal vez sí? Comenzó a clarear el alba. 4

5 El sol se asomaba por el horizonte, lo que al cabo le permitió estudiar con mucho más detalle el estado del sobre y del telegrama. Se convenció de que nadie había leído el comunicado. Dedujo que el motín comenzó tan pronto como su jefe y él se perdieron en el paisaje durante su retirada hacia el norte. O no? Comprendió que El telegrama no le creería tal cadena de acontecimientos. La desventura del general, el motín y la deserción de los sobrevivientes le serían atribuidos a él, de tal forma que ya no tenía mucha importancia cuál había sido el genuino origen de los sucesos. La luz de día le permitió también descubrir tres cuerpos más, apilados al lado de la tienda. Eran los restos de un coronel y dos tenientes que conformaban el estado mayor del general. El joven caminó hacia el banco de armas, que encontró vacío. Buscó el almacén de víveres, que descubrió saqueado. Miró las huellas de los desertores para seguirles los pasos. No tenía que ser experto para percatarse de que el contingente se dividió. Unos partieron rumbo al oriente y otros hacia el norte. Se subió a su caballo y avanzó en dirección al oriente. Después de varias horas de seguirle la huella a los desertores, vio que un par de ellos se había separado del contingente. Justo en ese punto detuvo su marcha, pues como él trabajaba en la ogicina de inteligencia militar sabía que el resto de los rebeldes se dirigía, sin tener noticia de ello, hacía la ubicación más poderosa del enemigo. Por ese motivo, decidió seguirle la pista a los dos soldados que habían optado por andar su propio camino. Cuando caía la tarde, llegó a un pueblo que era un lunar en la guerra, pues no había sido alcanzado por ésta, pero sus habitantes seguramente podían escuchar el fragor de las batallas y quizá, ver los resplandores del fuego rayendo la tela negra del manto de la noche. Sabía que no podía entrar a ese poblado vistiendo uniforme enemigo. No tuvo más opción que asaltar a un lugareño que se había topado en el camino y dejarlo atado a un árbol. También se tuvo que deshacer de su rigle, pues no podía ocultarlo bajo la ropa. Sólo conservó la pistola. Entró a caballo por la calle empedrada, sin que la gente lo viera como enemigo, aunque sí como forastero, pues el pueblo era tan pequeño que todos se conocían al menos las caras. Ingresó a una taberna, colmada de varones. Encontró un asiento en la barra y allí se acomodó. El cantinero le preguntó qué bebería. El cabo comprendía ruso y aunque era capaz de articular algunas frases, sabía que su acento lo delataría. Se llevó el dedo índice de su mano derecha a la garganta, para señalarla, y con el de la mano izquierda gesticuló un no, en el aire, y así haciéndolo indicó con su mirada el dispensador de cerveza. El cantinero de voz sonora rió y dijo: Dos mudos en una misma noche. El joven cabo abrió los ojos de asombro y miró al espejo del fondo de la barra. Observó la muchedumbre que se agolpaba a sus espaldas. Todos le parecían rusos. Sin dejar de requisar el lugar a través de aquella supergicie reglectora, se percató de que en la misma barra, en el extremo opuesto, había un asiento vacío, pero con un tarro de cerveza a medio beber sobre la supergicie. A él le sirvieron su trago, que liquidó con dinero robado. Pagó el importe exacto, pues acababa de ver las monedas que el vecino de asiento le había entregado al cantinero a cambio de igual bebida. Volvió a Gijar su mirada en el espejo. Se percató de que el asiento otrora vacío estaba ocupado por un hombre que con tarro alzado bebía a grandes sorbos. Esperó a que el extraño bajara su cerveza para poder verle el rostro. La maniobra deseada sucedió y el sediento bebedor pidió otro tarro, por medio de señas. En ese instante, las puertas de la cantina se abrieron y por ellas entró un grupo de soldados rusos. 5

6 El cantinero ordenó a ocho clientes que bebían en la barra de diez asientos, dejar su lugar para que los militares se acomodaran. Así lo hicieron de inmediato, pues los rusos admiraban la tenacidad con que sus tropas resistían los embates del enemigo, de tal suerte que les guardaban toda clase de consideración. Se sentaron los ocho militares rusos frente al espejo, quedando Glanqueados por dos mudos. Uno de los soldados pidió el mismo tipo de bebida para todos. El mudo del otro extremo de la barra comenzó a temblar de la mano con que sostenía su tarro. El soldado que se encontraba a su lado lo notó, pero quizá por su extrema juventud no encontró en aquel hecho razón de sospecha. El mudo de este lado de la barra no le quitaba la vista de encima al otro, hasta que éste se percató cuando lo descubrió viéndolo por medio del espejo. De pronto, alguien ingresó corriendo, agitado, a la taberna y gritó: Ése hombre es un soldado enemigo!. Me robó mi ropa! ; Es un alemán!. El bullicio de la cantina rompió en silencio y todos los presentes miraron hacia donde la víctima señalaba con su dedo índice. El joven cabo hundió la mirada en el tarro de cerveza y sintió la pesadumbre de saberse observado por toda la gente. Resignado, despegó levemente los codos de la supergicie de la barra para levantar sus manos en señal de rendición. Pensó que debió haber matado a su víctima cuando lo tuvo a su merced. Comprendió que ahora moriría o terminaría preso de por vida por culpa de su propia indulgencia. Los militares ya estaban de pie, empuñando su arma corta. El cabo miró por el espejo, con el rabillo del ojo, y vio cómo se llevaban al mudo por los brazos hacia el exterior del negocio. Los ocho militares, el mudo, la víctima y detrás de ellos todos los clientes salieron a la calle, menos el joven cabo y el cantinero. La turba quería linchar al detenido, pero los militares trataban de impedirlo. La situación estaba fuera de control. Una muchedumbre de ebrios quería descargar toda su furia patriótica en aquel chivo expiatorio, quien de tanto temor comenzaba a gritar plegarias en su lengua madre. Escuchar al pillado gritar en alemán enardeció aún más a los pueblerinos. Adentro de la taberna, el cantinero azotó su mano contra la barra, exigiendo así que el cabo levantara la mirada. Entraron en contacto visual. El forastero se llevó la mano a la cintura, donde llevaba fajada la pistola, oculta bajo el abrigo. El ruso le dijo en voz alta y en lenguaje de señas, simultáneamente: Mi madre era muda. Soy experto en lenguaje de señas. Hablas con la boca, hablas con las manos, o te mato, y tan pronto como dijo aquello sacó de un compartimiento oculto de la barra un rigle que apuntó al rostro del cabo. Afuera, el tumulto seguía gritando y forcejeando con los militares para quitarles la custodia del falso mudo y así poder matarlo. Fue necesario que el comandante hiciera un disparo al aire para disolver a la multitud. El disparo resonó al interior de la taberna con tanto estruendo que asustó al cantinero, quien instado por un instinto natural de supervivencia contrajo su masa muscular y con ésta el dedo que posaba sobre el gatillo de su rigle, escapándosele un tiro que dio en el blanco. El cabo recuperó la conciencia por primera vez. Se descubrió en un hospital. Intentó levantarse de la cama pero la enfermera lo detuvo, empujando con sus tenues manos al joven por el pecho. Observó un diario ruso sobre el buró y supo que habían transcurrido dos semanas. Luego la miró; ella lo vio a los ojos. El paciente se quedó maravillado. Ella sonrió con discreción y le recomendó posar la cabeza sobre la almohada. Le explicó que la bala seguía adentro de su cabeza. Que en ese pueblo no había hospital especializado para poder operarlo. Le sugirió estar agradecido con la vida, en vez de lamentar su infortunio. Él sólo entendió un fragmento de la oración, 6

7 que decía: Un par de milímetros más hacia el centro y usted estaría muerto. Ella hizo una expresión de asombro y entonces le removió el vendaje de la cabeza. Al cabo, la torpe maniobra que realizó para intentar incorporarse de la cama, le produjo un nuevo sangrado que tiñó el blanco de rojo. Mientras la enfermera le colocaba nuevas vendas le preguntó si podía hablar. Él Gingió intentarlo y simuló no conseguirlo. Ella no tuvo que preguntar más para deducir que su paciente había perdido la capacidad del habla para siempre. Al terminar de envolver la frente del paciente, la hermosa y joven mujer se alejó de la cama del cabo, pues un anciano, postrado dos camas a la derecha, comenzaba a verbalizar su dolor a gritos. Al quedarse solo, el joven se preguntó si en verdad podía hablar. Tras unos diez minutos, ella volvió a donde el forastero. En voz alta se conmiseró de aquel viejo. Le dijo al cabo algo que él comprendió a cabalidad: Pobre señor. Algún desalmado lo robó en el camino y lo dejó atado a un árbol. Tardaron dos días en verlo unos buenos hombres que pasaban por allí y lo trajeron al hospital. Estaba deshidratado y lleno de picaduras de hormigas y avispas. La preocupación del cabo de ser descubierto por su víctima del asalto duró sólo dos días, pues el anciano murió. El joven sintió culpa y cayó en la cuenta de que éste era su primer muerto, pues aunque inmerso en la guerra desde hacía dos años, quienes sirven en el área de inteligencia no guerrean en el sentido material de la palabra. También experimentó alivio, porque su embuste quedaba a salvo. Se avergonzó, Ginalmente, de la tranquilidad que le sobrevino con la noticia. A los dos meses de esmerados cuidados de la enfermera, el cabo fue dado de alta. Él estaba profundamente agradecido con ella; ella estaba perdidamente enamorada de él. Cuando el forastero abandonó el hospital, caminando a paso enjuto, ella salió a la calle y le gritó: No sé su nombre!. Quiero saber su nombre!. Luego le dio alcance: Tenga!. Escríbamelo, por favor. Él, que durante su estancia en el sanatorio había Gingido leer el periódico sobre el que posaba su vista todos los días para ver las fotogragías e intentar así enterarse del estado que la guerra guardaba, escribió el nombre de Mijail. Ella, que ya le había dicho el suyo hacía tiempo, le sonrió amargamente y volvió sobre sus pasos. El cabo siguió su marcha hacia ninguna parte, pero a media calle se dio cuenta que no podía seguir sin Lena Ivanov. Giró para regresar y al quedar de frente al nosocomio se percató de que ella seguía inmóvil en la calle, donde había permanecido viéndolo alejarse. Él detuvo su marcha y ambos quedaron frente a frente, lejos uno del otro, en aquel camino empedrado sin un alma más. Mijail la miró con ternura y ella dejó escapar una lágrima. Ninguno daba un paso adelante, pero tampoco cortaban el lazo que los unía a través de la mirada. A lo lejos se escuchaba el vuelo de aviones rusos y el estallido horrísono de las bombas. Entonces ella le dijo: No sé quién eres. Lo único que sé es que no eres ruso; que tu telegrama está escrito en el idioma del enemigo; que yo te salvé la vida y que tú, sin saberlo, le diste sentido a la mía. Sólo pídemelo. Pídemelo que la decisión, por mi parte, está tomada. Mijail, al oír estas razones, le extendió la mano en el aire y ella corrió a su encuentro. Ambos se abrazaron por minutos. El ruido de la guerra se acercaba a decibeles jamás tan próximos. Así, en medio de la calle de piedras, con ruta descendente, con un sol detrás que se escondía en el paisaje y un cielo que se iluminaba a cada estallido, los dos enamorados se abrazaron y besaron, olvidándose de las penurias de este mundo. El pueblo era tomado por el enemigo avasallador. El comandante alemán entró por aquella calle empedrada, en ruta ascendiente, a la plaza recién conquistada. A bordo de un blindado, el líder de la ofensiva llegaba, 7

8 altivo y temerario, de pie, con el torso y cabeza salidos del blindaje, encabezando el desgile triunfal. Los enamorados seguían fundidos en su prolongado abrazado, en medio de la callejuela. A la espalda de él, frente a ella, surgió del horizonte la cabeza, el torso y el blindado del comandante enemigo, y detrás de él, sus tropas numerosas. Ella lo miró con horror y sin despegarse de su amado, le dijo al oído, con voz queda, algo sólo para él. Mijail giró entonces para ver a quienes se aproximaban. Era la división del sur, comandada por su general. El cabo desertor volvió a cerrar los ojos y se aferró a Lena, reanudando su abrazo de fuga. El ejército siguió avanzando hasta llegar a donde la enfermera y Mijail. Marcharon entre ellos, como si de dos fantasmas se tratara, mientras que los novios de ojos cerrados sentían el piso temblar por la marcha Girme, olían el hedor de los guerreros sudorientos y oían proclamas a El Führer que aquellos gritaban al unísono cada cierto compás. Mijail y Lena experimentaron todo esto como si un ejército de fantasmas desgilara a su alrededor. Los enamorados caminaron hacia el horizonte que como nunca, en vez de replegarse, permaneció inmóvil mientras ellos se le acercaban. Si ese pueblo tuviera habitantes, alguien habría podido verlos alejarse, hasta llegar al horizonte donde los esperaba un niño. El espectador imaginario los habría visto a los tres, tomados de la mano, cruzando el límite de todo, hasta salirse de la vista de nadie.*** Gerardo Saúl Palacios Pámanes 8

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