UNA CAMA TERRIBLEMENTE EXTRAÑA

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1 UNA CAMA TERRIBLEMENTE EXTRAÑA De Wilkie Collins Poco después de finalizar mis estudios en la universidad, me encontraba pasando unos días en París con un amigo inglés. Por aquel entonces, los dos éramos jóvenes y me temo que llevábamos una vida más bien desordenada en la encantadora ciudad que nos acogía. Una noche, estábamos dando vueltas por el barrio del Palais Royal, sin decidirnos por cuál sería la siguiente diversión a la que podríamos entregarnos. Mi amigo propuso una visita a Frascati, pero su sugerencia no fue de mi agrado; me conocía Frascati al dedillo. Allí había perdido y ganado muchas monedas de cinco francos por mero entretenimiento, hasta que dejó de divertirme, y de hecho acabé hartándome de toda la espantosa respetabilidad propia de esa anomalía social que es una casa de juego respetable. - Por Dios! -le dije a mi amigo-, vamos a algún lugar donde podamos ver algo del auténtico juego, el que se juega sin escrúpulos y por necesidad, sin nada de ese falso relumbrón' que hay por todo Frascati. Olvidémonos del popular Frascati y vamos a un lugar donde no pongan impedimentos a alguien que no lleve abrigo o vista uno lleno de remiendos. - Muy bien -contestó mi amigo-, pero no hace falta salir del Palais Royal para encontrar el tipo de compañía que deseas. Tenemos ese lugar justo en frente de nosotros; según todas las referencias, un garito de mucho cuidado. Poco después llegamos a la puerta y entramos en la casa. Subimos hasta el final de la escalera y, después de haber dejado nuestros sombreros y bastones al portero, nos hicieron pasar a la sala principal de juego. No encontramos mucha gente, pero, aunque fueron pocos los que alzaron la mirada al vernos entrar, todos ellos eran representantes auténticos -lamentablemente de sus respectivas clases sociales. Habíamos ido a ver gente sin escrúpulos, pero aquellos hombres eran algo peor. Todo canalla tiene su aspecto cómico más o menos apreciable; sin embargo, allí no había más que tragedia, una muda y extraña tragedia. El silencio de la habitación era sobrecogedor: el joven delgado y ojeroso de pelo largo, cuyos ojos hundidos observaban con vehemencia' el descubrir de las cartas, no hablaba nunca; el jugador fofo con cara regordeta y llena de granos, que comprobaba el juego de sus cartas con perseverancia para averiguar con qué frecuencia ganaba el negro o el rojo, no abría la boca; el viejo sucio y con arrugas, de ojos de rapaz y con el gabán zurcido, que había perdido ya lo último que le quedaba y seguía mirando el juego desesperadamente, pese a que ya no podía apostar más, no abría la boca. Incluso la voz del crupier" sonaba como si el ambiente de la habitación la hubiese apagado y espesado de modo extraño. Había ido a aquel lugar a reírme, pero el espectáculo que tenía ante mí era para llorar. Pronto advertí que necesitaba refugiarme en algo emocionante para huir del desánimo que rápidamente se estaba apoderando de mí. Desafortunadamente, busqué la emoción más próxima acercándome a la mesa, y empecé a jugar. Más desafortunado aún fue que ganara -tal como luego se demostraría- prodigiosamente, de forma increíble, a tal ritmo que los restantes jugadores de la mesa se agruparon a mi alrededor, y, mirando fijamente mis apuestas, con ojos de ansiedad y superstición, se susurraron unos a otros que el inglés iba a hacer saltar la bancas. El juego en cuestión era el rojo y negro. Lo había jugado en cada una de las ciudades de Europa que visité, sin preocuparme nunca por analizar la teoría de las probabilidades ( la piedra 1

2 filosofal de todos los jugadores!). Por otra parte, no puede decirse que yo fuera un auténtico jugador. Estaba libre de la corrosiva pasión por el juego. Jugaba simplemente por pasar el rato. Jamás recurrí a él por necesidad porque nunca he sabido lo que es no tener dinero. En ninguna ocasión había jugado lo bastante como para perder más de lo que podía permitirme o ganar más de lo que podía guardarme en el bolsillo, fríamente, sin perder la calma a causa de mi buena suerte. En resumen, hasta ahora había frecuentado las mesas de juego por la misma razón que los salones de baile y los teatros de la ópera, o sea, porque me divertían y porque no tenía otra cosa mejor que hacer en mis horas de ocio. Pero esta vez se trataba de algo muy distinto: por primera vez en mi vida sentí lo que era realmente la pasión por el juego. Al principio, mi buena estrella me dejó perplejo; luego, me emborrachó, en el sentido más literal de la palabra. Por increíble que pueda parecer, lo cierto es, no obstante, que sólo perdí cuando intenté determinar las posibilidades y jugué dejándome guiar por cálculos previos. Si lo dejaba todo en manos de la suerte y apostaba sin preocuparme o reflexionar en absoluto, estaba seguro de ganar, a pesar de las claras probabilidades en favor de la banca. Primero, algunos de los jugadores presentes apostaban su dinero a mi color con suficiente seguridad, pero rápidamente aumenté mis apuestas hasta alcanzar sumas que no se atrevían a arriesgar. Uno tras otro abandonaron el juego, y miraban el mío conteniendo el aliento. Sin embargo, seguí apostando cada vez más alto... y continué ganando. La emoción de la sala llegó a un punto culminante. El silencio era interrumpido por un coro de murmullos graves y exclamaciones pronunciadas en diferentes idiomas cada vez que las monedas eran arrastradas hasta mi lado de la mesa (incluso el imperturbable crupier golpeó su rastrillo contra el suelo, enfurecido por lo inverosímil de mi suerte). Pero había uno de los presentes que conservaba la calma: mi amigo. Se me acercó y, susurrándome en inglés, me rogó que me considerara satisfecho con lo que había ganado y abandonase el lugar. Debo hacerle justicia y decir que me repitió sus advertencias y súplicas varias veces, y que sólo se marchó después de que yo rechazase su consejo (estaba prácticamente borracho por el juego) de manera tan rotunda que le hubiera resultado imposible volverme a hablar esa noche. Poco después de que se marchara, una voz ronca sonó a mis espaldas. - Permítame, estimado caballero, permítame devolver a su sitio los dos napoleones 4 que se le han caído. Qué increíble suerte la suya, caballero! Le doy mi palabra de honor de viejo soldado que a lo largo de mi dilatada experiencia en estos temas, jamás había visto suerte parecida a la suya. Nunca! Continúe, caballero. Por todos los santos! Siga jugando con osadía y haga saltar la banca! Me di la vuelta y vi a un hombre alto, vestido con un gabán adornado con galones y lleno de alamares, que me sonreía y asentía con la cabeza. Si hubiese estado en mi sano juicio, personalmente lo habría considerado algo sospechoso para ser un viejo soldado. Tenía los ojos saltones e inyectados de sangre, los bigotes asquerosos y la nariz rota. Su voz revelaba una entonación vulgar de la peor especie, y tenía las manos más sucias que jamás había visto (incluso en Francia). A pesar de todo, estas pequeñas peculiaridades personales no me repelían particularmente. En medio de la loca emoción y el atolondrado triunfo del momento, yo me mostraba dispuesto a «confraternizar» con cualquiera que me animase en el juego. Acepté el sorbo de rapé' que el viejo soldado me ofreció; le di 2

3 varias palmadas en la espalda y le aseguré que era el tipo más honesto del mundo, la reliquia más gloriosa del Gran Ejércitos que jamás me había tropezado. - Adelante! -gritó mi amigo militar, chasqueando los dedos en un arrebato de entusiasmo-. Adelante y a ganar! Haga saltar la banca, maldita sea! Mi valiente camarada inglés, haga saltar la banca! Y en efecto, seguí jugando a tal ritmo que al cabo de otro cuarto de hora el crupier anunció: - Caballeros, la banca no va más por esta noche. En ese momento, todos los billetes y monedas de aquel «banco» estaban apilados bajo mis manos. Todo el capital flotante6 de la casa de juego esperaba a ser trasladado a mis bolsillos! - Envuelva el dinero en su pañuelo, distinguido caballero -dijo el viejo soldado, al tiempo que yo hundía enérgicamente mis manos en el montón de oro-. Envuélvalo, como solíamos hacer con lo que teníamos para cenar en el Gran Ejército. Sus ganancias pesan demasiado como para metérselas en el bolsillo del pantalón. Ahí! Eso es! Póngalo todo dentro, los billetes también. Dios mío! Vaya suerte! Espere, que se le ha caído otro napoleón! Ah, maldito y pequeño polizonte de Napoleón! Al fin te he encontrado. Y ahora, caballero, dos nudos dobles bien apretados en cada extremo, con su honorable permiso, y el dinero estará seguro. Tóquelo! Tóquelo, afortunado caballero! Duro y redondo como una bola de cañón. Ah, bah!, si al menos nos hubiesen disparado balas de cañón como éstas en Austerlitz... en el nombre de una pipa! Si al menos hubiesen sido como éstas! Y ahora, qué puede hacer un viejo granadero y bravo ex-combatiente del ejército francés como yo? Eso es lo que me pregunto. Simplemente esto: Rogar a mi estimado amigo inglés que comparta conmigo una botella de champán, y que brinde por la diosa Fortuna con copas rebosantes de espuma antes de marcharnos! - Fabuloso y bravo ex-combatiente! Alegre y venerable granadero! Champán, naturalmente! Un brindis inglés por un viejo soldado! Hurra! Hurra! Y otro brindis inglés por la diosa Fortuna! Hurra, hurra, hurra! - Bravo por el inglés, el amigable y cortés inglés por cuyas venas corre la sangre de Francia! Otra copa? Ah, bah! La botella está vacía! No importa! Viva el vino! Yo, el viejo soldado, pido otra botella y media libra de bombones para acompañarla! - De ninguna manera, ex-combatiente! Jamás, venerable granadero! Usted invitó la última vez; ahora me toca a mí. Un brindis por el ejército francés, por el gran Napoleón, por los aquí presentes, por el crupier, y por la mujer y las hijas del honrado crupier, si es que las tiene! Por todas las damas en general! Por todo el mundo! Al terminar la segunda botella de champán, me sentí como si hubiese estado bebiendo lava ardiendo; la cabeza me ardía. Nunca antes en mi vida un exceso de vino había tenido semejante efecto sobre mí. Se trataba del resultado de un estimulante que había actuado en mi organismo cuando me encontraba en estado de gran excitación? Tenía acaso el estómago particularmente trastornado? O es que el champán era asombrosamente fuerte? - Bravo ex-combatiente del ejército francés! -grité, loco de alegría-. Estoy ardiendo! Cómo está usted? Me ha encendido! Me oye, héroe de Austerlitz? Vamos a tomar una tercera botella de champán para sofocar el fuego. El viejo soldado movió la cabeza, y dio vueltas a sus desorbitados ojos de tal modo que yo esperaba verlos salirse de sus cuencas de un momento a otro. Luego, apoyó su sucio dedo índice en un lado de su nariz rota, exclamó solemnemente «Café!», y corrió de inmediato hacia una habitación interior. La palabra pronunciada por el excéntrico veterano pareció tener un efecto mágico sobre el resto de los allí presentes. De común acuerdo, todos se levantaron y se marcharon. Quizás 3

4 esperaban poder aprovecharse de mi borrachera, pero al ver que mi nuevo amigo estaba benévolamente decidido a no dejar que me emborrachara del todo, habían abandonado toda esperanza de prosperar tranquilamente a costa de mis ganancias. Cualquiera que fuese la razón, el caso es que salieron todos juntos. Cuando volvió el viejo soldado y se sentó de nuevo a la mesa frente a mí, estábamos solos en la habitación. Yo veía al crupier cenar solo en una especie de vestíbulo situado a unos pasos. El silencio era sepulcral. El «bravo ex-combatiente» también había experimentado un cambio repentino. Adoptó una mirada solemne y siniestra y, al hablarme otra vez, no profirió juramentos, ni reforzó su forma de expresarse con el chasquido de sus dedos, ni tampoco la animó emitiendo apóstrofe 16 o exclamación alguna. - Escuche, mi querido señor -dijo en un tono misteriosamente confidencial-, escuche el consejo de un viejo soldado. He hablado con la señora de la casa ( una mujer muy encantadora y con gran talento para la cocina!) para convencerla de que necesitamos que nos haga un poco de café bueno y bien cargado. Debe bebérselo para librarse de esa jovial exaltación de ánimos antes de volver a casa. Debe usted hacerlo, mi buen y afable amigo! Con todo el dinero que se va a llevar a casa esta noche, es su sagrado deber recobrar la serenidad. Varios de los caballeros presentes esta noche están al corriente de sus extraordinarias ganancias. Puede decirse que se trata de personas excelentes y muy respetables; pero son seres humanos, mi querido señor, que tienen sus debilidades; debo decir más? Claro que no! Usted ya me entiende! Así pues, esto es lo que debe hacer: pida un coche cuando se recupere; una vez dentro, suba todas las ventanillas y diga al conductor que lo lleve a casa, indicándole que vaya únicamente por calles anchas y bien iluminadas. Siga mi consejo y usted y su dinero estarán a salvo. Hágalo y mañana agradecerá a este viejo soldado el haberle dado un consejo de amigo. Apenas había terminado el bravo excombatiente su discurso de tono lacrimoso, llegó el café servido en dos tazas. Mi servicial amigo me pasó una de las tazas haciéndome una reverencia. Me moría de sed, así que me lo bebí todo de un trago. Casi de inmediato, noté que me entraba un mareo y empecé a sentirme completamente embriagado, como jamás me había sentido anteriormente. La habitación me daba vueltas sin parar; el viejo soldado estaba ante mí y parecía subir y bajar regularmente como si fuera el pistón de una máquina de vapor. Me quedé medio sordo a causa de un zumbido violento que sentí en mis oídos. Una sensación de total desconcierto, impotencia e idiotez se apoderó de mí. Me levanté de la silla, apoyándome en la mesa para no perder el equilibrio y, tartamudeando, dije que me encontraba muy mal, tanto que no sabía cómo iba a llegar a casa. - Mi querido amigo -contestó el viejo soldado, y también su voz parecía subir y bajar conforme iba hablando-, mi querido amigo, sería una locura que se fuese a casa en su estado. A buen seguro que perdería todo su dinero. Alguien podría robarle y asesinarlo sin la menor dificultad. Yo voy a dormir aquí. Usted debe hacer lo mismo. En esta casa tienen unas camas estupendas. Acuéstese y duerma hasta que se disipe el efecto del vino. Mañana, a plena luz, podrá volver seguro a casa con el dinero ganado. Sólo tenía dos ideas fijas: una, que en ningún momento debía separarme de mi pañuelo lleno de dinero; otra, que debía tumbarme en donde fuese lo antes posible para abandonarme a un sueño reparador. Así que acepté la propuesta de la cama y me cogí del brazo del viejo soldado, llevando el dinero en la mano que me quedaba libre. Precedidos por el crupier, recorrimos varios pasillos y subimos por unas escaleras que nos condujeron hasta el dormitorio que yo debía ocupar. El excombatiente me sacudió suavemente con la mano, 4

5 propuso que desayunásemos juntos y, a continuación, seguido por el crupier, salió de la habitación para dejarme dormir. Me precipité hacia el aguamanil y bebí parte del agua que había en la jarra. Luego eché el resto en la palangana y sumergí la cara en el agua. Poco después me senté en una silla para intentar sosegarme. Al cabo de un momento empecé a sentirme mejor. El cambio de aire que experimentaron mis pulmones -de la atmósfera fétida de la sala de juego al aire fresco de la habitación que ahora ocupaba- y el cambio de luz sufrido por mis ojos, casi igual de refrescante -de las deslumbrantes luces de gas del salón a la pálida y tranquila luz de una vela encendida en el dormitorio- colaboraron a las mil maravillas con los efectos reconstituyentes del agua fría. Ya no estaba mareado y poco a poco empecé a apreciar que recobraba la sensatez. El primer pensamiento que acudió a mi mente fue el riesgo que suponía pasar toda la noche en una casa de juego. El segundo tenía que ver con el todavía mayor riesgo que entrañaba intentar salir después de que la casa había sido cerrada, y dirigirme solo y de noche a mis aposentos, por las calles de París, llevando conmigo una gran suma de dinero. En mis viajes había dormido en sitios peores que éste, así que tomé la determinación de cerrar la puerta con llave y pestillo, poner algún obstáculo que impidiese la entrada y correr el riesgo de quedarme allí hasta la mañana siguiente. Así pues, me había protegido contra cualquier intrusión. Acto seguido miré debajo de la cama y dentro del armario, y probé el cierre de la ventana. Luego, satisfecho de haber tomado todas las precauciones necesarias, me desnudé de cintura para arriba, coloqué la vela -su luz era tenue- en el hogar entre un rastro de leves cenizas y me metí en la cama, con el pañuelo repleto de dinero colocado debajo de la almohada. Pronto me di cuenta no sólo de que no podía dormirme, sino de que ni siquiera podía cerrar los ojos. Estaba totalmente desvelado y tenía mucha fiebre. Tenía todos los nervios alterados; todos y cada uno de mis sentidos parecían haber sido agudizados de forma sobrenatural. Di vueltas y más vueltas en la cama probando todas las posiciones, esforzándome con insistencia por encontrar los extremos fríos de la cama. Todo fue Inútil. Si ponía los brazos sobre las mantas, al poco rato los tenía otra vez debajo; si estiraba violentamente las piernas hasta el fondo de la cama, inmediatamente las encogía de golpe hasta ponerlas lo más cerca posible de la barbilla; si sacudía la almohada arrugada, dándole la vuelta para ponerla del lado fresco, la alisaba y luego me tumbaba tranquilamente, no pasaba mucho tiempo antes de que, furiosamente, la doblase en dos y la apoyase verticalmente en la cabecera de la cama para Intentar adoptar la posición de sentado. Todo esfuerzo fue en vano. Emití un gruñido de irritación al percatarme de que me esperaba una noche de insomnio. Qué podía hacer? No tenía ningún libro para leer. Y, sin embargo, a menos que encontrase algún método para distraer mi mente, estaba seguro de que mi estado me haría imaginar toda suerte de horrores; me atormentaría presagiando todos los peligros posibles e imposibles. En suma, iba a pasar la noche sufriendo todas y cada una de las variantes imaginables del terror. Me incorporé apoyándome en un codo y eché una mirada a la habitación (estaba iluminada por una encantadora luz de luna que penetraba directamente a través de la ventana) para ver si había algún cuadro o adorno que pudiese distinguir con claridad. Mientras mis ojos iban observando una pared tras otra, me vino a la memoria el delicioso librito de Le Maistre, "Viaje alrededor de mi habitación". Decidí imitar al autor 5

6 francés y encontrar la ocupación y el entretenimiento suficientes que disminuyesen el aburrimiento provocado por mi insomnio. Para ello hice un inventario mental de todas las piezas de mobiliario que podía ver, y rastreé hasta sus orígenes la multitud de asociaciones que incluso una silla, una mesa o un aguamanil pueden traer consigo. La alteración nerviosa de que en ese momento era presa mi mente, hizo que me resultase mucho más fácil llevar a cabo el inventario que reflexionar sobre el tema, así que pronto abandoné toda esperanza de pensar en el imaginativo recorrido de Le Maistre o, a decir verdad, de pensar siquiera. Me dediqué tan sólo a observar los distintos muebles que había en la habitación. En primer lugar estaba la cama donde yo me encontraba; una cama con cuatro columnas, lo último que hubiera esperado encontrarme en París! Sí, una pesada cama inglesa con cuatro columnas, con la típica cubierta forrada de zaraza 18, la típica doselera 19 rematada con flecos, las típicas sofocantes y nada salubres 20 cortinas que recordé haber descorrido mecánicamente hasta las columnas, sin apenas reparar en la cama, justo después de entrar en la habitación. Luego estaba el aguamanil, con la parte superior de mármol, del cual aún goteaba sobre el suelo de baldosas, cada vez más lentamente, parte del agua que yo había derramado a causa de la precipitación con que la había vertido. A continuación, dos sillas pequeñas donde había arrojado el abrigo, el chaleco y los pantalones; a su lado, un gran sillón cubierto de bombasí de un blanco deslucido, con mi corbata y el cuello de la camisa apoyados en el respaldo; cerca de éste, una cómoda a la que faltaban dos tiradores de latón, y sobre la que había, a manera de adorno, un ostentoso tintero roto de porcelana; después estaba el tocador, decorado con un diminuto espejo y un enorme acerico 22. A continuación podía verse la ventana -una ventana extraordinariamente grande- y un viejo y oscuro retrato que la débil luz de la vela apenas me dejó ver. Se trataba del retrato de un hombre tocado con un sombrero de copa español coronado por un penacho de altísimas plumas; un rufián de tez morena, mirando hacia arriba atentamente - protegiéndose los ojos con una mano- a lo que podría ser una alta horca de la que iba a ser colgado. De cualquier modo, su aspecto era el de tenérselo bien merecido. El cuadro hizo que, en cierto modo, yo también me sintiera impelido a mirar hacia arriba, al techo de la cama. Pero era más bien tenebroso y en modo alguno interesante, por lo que volví la mirada hacia el cuadro. Conté las plumas del sombrero del retratado que sobresalían en relieve: tres blancas y dos verdes. Observé la copa de su sombrero en forma de cono, según la moda que se supone impuso Guido Fawkes 10. Me pregunté qué estaría mirando. Las estrellas no podían ser, pues semejante forajido no era astrólogo ni astrónomo. Tenía que estar contemplando su propia horca momentos antes de ser ejecutado. Se quedaría el verdugo con su sombrero de copa cónica y con su penacho de plumas? Volví a contar las plumas: tres blancas y dos verdes. Mientras me demoraba en esta ocupación harto enriquecedora e intelectual, mis pensamientos empezaron a vagar sin que yo pudiese advertirlo. La luz de la luna que iluminaba la habitación me recordó otra noche de luna en Inglaterra, la noche que siguió a una excursión al campo en cierto valle galés. Aunque no había pensado en esa excursión durante años (y si hubiese intentado recordarla, seguramente habría conseguido rememorar poco o nada de esa escena vivida largo tiempo atrás), volvió a mi recuerdo todo lo acontecido en el viaje de vuelta a casa, a través de un hermoso paraje que la luz de la luna hacía aún más encantador. De todas las 6

7 maravillosas facultades que contribuyen a reafirmarnos en nuestra inmortalidad, cuál revela esa suprema verdad más elocuentemente que la memoria? Aquí estaba yo, en una extraña casa de lo más sospechoso, en una situación de incertidumbre e incluso de peligro que parecía dejar fuera de casi toda consideración el sano ejercicio de la memoria; sin embargo, seguía recordando, de modo absolutamente involuntario, lugares, personas, conversaciones, pequeños detalles de todo tipo que yo creía olvidados para siempre, que no podría haber recordado, si lo hubiera deseado, incluso en las circunstancias más favorables. Y qué era lo que en un momento había dado lugar a este extraño, complicado y misterioso efecto? Tan sólo algunos rayos de luz de la luna penetrando por la ventana de mi dormitorio. Todavía seguía pensando en la excursión, en nuestra alegría al volver a casa y en la joven sentimental que recitaba el Childe Harold porque brillaba la luna. Me quedé absorto en estas escenas y diversiones pasadas cuando, de repente, el hilo del que pendían mis recuerdos se rompió en pedazos: inmediatamente volví a centrar mi atención más intensamente que nunca en las cosas que me rodeaban y me encontré, sin saber por qué, mirando de nuevo fijamente el cuadro. Pero, qué estaba buscando? Dios mío, el hombre se había llevado el sombrero hasta la cara! No! El sombrero había desaparecido! Dónde estaba la copa cónica? Y las tres plumas blancas y las dos verdes? No estaban allí! En lugar del sombrero y las plumas, qué oscuro objeto era aquel que ahora ocultaba su frente, sus ojos y la mano con que se cubría la vista? Se estaba moviendo la cama? Me acosté boca arriba y miré a lo alto. Me había vuelto loco? Estaba borracho? Acaso estaba soñando? Me sentía mareado otra vez? O realmente estaba descendiendo el techo de la cama lentamente, inexorablemente, silenciosamente, horriblemente, justo sobre donde yo me encontraba tumbado? Pareció helárseme la sangre. Una terrible sensación de frío se apoderó de mí, dejándome paralizado, al tiempo que revolvía la cabeza en la almohada. Decidí comprobar si era verdad que el techo de la cama se estaba moviendo, para lo cual fijé la mirada en el hombre del cuadro. La siguiente mirada en esa dirección fue suficiente: el perfil negro, sucio e insulso de la doselera de la cama se había situado casi paralelo a la cintura del retratado. No dejaba de mirar, asombrado. Y de forma constante y lenta, muy lentamente, vi cómo la figura y el perfil del marco por debajo de ella desaparecían a medida que la doselera iba descendiendo. Por mi naturaleza no soy persona que se asuste fácilmente. En más de una ocasión me he encontrado en peligro de muerte sin haber perdido la serenidad en ningún momento. Pero, cuando por vez primera tuve el convencimiento de que el techo de la cama se movía de veras, cayendo sin parar sobre mí, alcé la vista estremeciéndome, impotente, presa del pánico, debajo de aquella monstruosa máquina de matar que cada vez se acercaba más para asfixiarme donde estaba echado. Miré hacia arriba paralizado, sin habla, sin aliento. La vela se había consumido y con ella se había extinguido la poca luz que había; no obstante, la habitación seguía iluminada por la luz de la luna. El techo de la cama seguía descendiendo sin detenerse, sin hacer el menor ruido y, pese a ello, el pánico y el terror que sentía parecían atarme más firmemente al colchón de la cama en que yacía. Cada vez estaba más abajo hasta que percibí en toda su intensidad el olor polvoriento que despedía el forro del baldaquino 23. 7

8 En ese decisivo momento, el instinto de supervivencia me sobresaltó sacándome del trance, y por fin me moví. Tuve el espacio suficiente para rodar hacia un lado fuera de la cama. Justo cuando caí al suelo silenciosamente, el extremo del baldaquino asesino me rozó el hombro. Sin dejar de respirar profundamente y sin haberme enjugado el sudor frío de la cara, me incorporé inmediatamente a la vez que observaba el techo de la cama. Me tenía literalmente hechizado. Si hubiese oído pasos detrás, no podría haberme girado; si milagrosamente hubiese encontrado un medio de escapatoria, no habría sido capaz de hacer un movimiento para aprovecharlo. En aquel preciso instante toda mi vitalidad se concentraba en los ojos. Todo el baldaquino bordeado por el fleco descendía más y más, cada vez más. Tanto había descendido que ahora no había espacio para poner un dedo entre el techo de la cama y el colchón. Me coloqué de lado y descubrí que lo que desde abajo me había parecido el baldaquino ligero y corriente de una cama de cuatro columnas, era en realidad un colchón amplio y grueso, oculto por la doselera y su fleco. Al mirar arriba vi cómo las cuatro columnas se alzaban espantosamente desnudas. En medio del techo de la cama se podía ver un gran tornillo de madera que evidentemente había ido bajando poco a poco a través de un agujero practicado en el techo de la habitación, del mismo modo que actúan las prensas normales sobre el material escogido para ser comprimido. El espantoso aparato había funcionado con todo sigilo. Al bajar no se había oído crujido alguno. Y tampoco ahora se oía el más mínimo sonido procedente de la habitación de arriba. Inmerso en un terrible y absoluto silencio, observaba ante mí -en pleno siglo diecinueve y en la civilizada capital de Francia- una máquina pensada para el asesinato secreto por asfixia, tal como podría haber existido en los peores días de la Inquisición, o en las solitarias hosterías de las montañas de Hartz o en los misteriosos tribunales de Westfalia 12. Sin embargo, al mirarla, empecé a recobrar la capacidad de pensar y enseguida pude descubrir en todo su horror la conspiración asesina urdida contra mí: habían drogado el café que yo había tomado, y de qué forma! Había podido evitar perecer asfixiado gracias a que me habían administrado una sobredosis de algún narcótico. Cómo me había irritado a causa del acceso de fiebre que, en cambio, me había salvado la vida al mantenerme despierto! Qué imprudente había sido al confiar en aquellos dos miserables que me condujeron hasta la habitación, decididos, para conseguir mis ganancias, a matarme mientras dormía, utilizando el más seguro y horroroso de los artefactos para eliminarme en secreto! Cuántos hombres, ganadores como yo, habrían dormido (tal como yo había sugerido dormir) en esa cama y no se había vuelto a saber nada de ellos nunca más! Me estremecí sólo de pensarlo. Pero la visión del baldaquino asesino moviéndose otra vez interrumpió cualquier reflexión. Después de permanecer sobre el colchón de la cama - tan estrechamente unidos que parecían un solo objeto- unos diez minutos, empezó a ascender de nuevo. Evidentemente, los malvados que lo estaban controlando desde el piso de arriba creían que su objetivo se había cumplido. De la misma manera que aquel terrible techo de la cama había descendido lenta y silenciosamente, volvió a elevarse hacia su lugar de origen. Al llegar a los extremos superiores de las cuatro columnas, alcanzó también el techo. No dejaba ver ningún agujero ni tornillo alguno. La cama recuperó su aspecto normal; el baldaquino era otra vez un baldaquino corriente, incluso para los ojos más desconfiados. Ahora, por vez primera, pude moverme, incorporarme, vestirme de 8

9 cintura para arriba y pensar cómo podría escapar. Si haciendo el mínimo ruido revelaba que el intento de asfixiarme había fracasado, era hombre muerto seguro. Había hecho ya algún ruido? Escuché atentamente con la mirada clavada en la puerta. No, afuera en el pasillo no se oían pasos; en la habitación de arriba, ni la menor señal de pasos. El silencio era absoluto por todas partes. Además de cerrar la puerta con llave y echar el cerrojo, la había atrancado con un viejo cofre de madera que había encontrado bajo la cama. Resultaba imposible desplazarlo sin hacer algo de ruido (se me heló la sangre al pensar en cuál podría ser su contenido). Por otra parte, la idea de escapar a través de la casa, que ahora permanecía cerrada a cal y canto por ser de noche, era una auténtica locura. Sólo me quedaba una posibilidad: la ventana. A ella me dirigí sigilosamente caminando de puntillas. Mi dormitorio estaba situado en el primer piso, encima de un entresuelo, y daba a la calle de detrás. Levanté la mano para abrir la ventana, sabiendo que de esa acción dependía totalmente la posibilidad de ponerme a salvo. Como es sabido, las Casas de los Horrores siempre están vigiladas. Si crujía el marco o chirriaba la bisagra, estaba perdido. Debí emplear al menos cinco minutos -calculados en tiempo real, aunque a mí me parecieron cinco horas a causa de la ansiedad- en abrir la ventana. Conseguí hacerlo en silencio, con toda la destreza de un ladrón, y luego eché una ojeada a la calle. Saltar la distancia existente entre la ventana y el suelo era casi un suicidio seguro. A continuación, miré a ambos lados de la casa. Por el lado izquierdo bajaba una gruesa cañería que pasaba cerca del borde exterior de la ventana. En el momento en que vi la tubería supe que estaba salvado. Era la primera vez que respiraba sosegadamente desde que viera el baldaquino de la cama descender sobre mí. A otros hombres, el medio de escapatoria que acababa de descubrir les podría haber parecido difícil y peligroso; para mí, la perspectiva de deslizarme por la tubería hasta la calle no me inspiraba el más mínimo temor. Gracias a la práctica de la gimnasia, había conservado la energía de cuando era escolar para seguir siendo un atrevido y consumado escalador. Por eso sabía que la cabeza, las manos y los pies me servirían fielmente para afrontar cualquier riesgo que presentara la subida o la bajada. Ya tenía un pie en el alféizar cuando de pronto recordé que me había olvidado el pañuelo lleno de dinero debajo de la almohada. Bien podía haberme permitido el lujo de dejarlo allí, pero, por venganza, estaba resuelto a que los bellacos de la casa de juego se quedaran sin su botín y sin su víctima. Así que volví a la cama y, con la corbata, até el pesado pañuelo a mi espalda. Justo cuando lo tenía bien atado y colocado en un lugar cómodo, creí oír la respiración de alguien detrás de la puerta. Al escucharla, sentí que la gélida sensación del horror recorría todo mi cuerpo de nuevo. Pero en el pasillo todavía reinaba un silencio sepulcral: sólo había oído la brisa nocturna colándose en la habitación! Al cabo de un instante estaba en el alféizar, y poco después me agarré firmemente a la cañería con manos y rodillas. Me deslicé hasta la calle sin dificultad y en silencio o, al menos, eso me pareció. Enseguida pensé que debía acudir a una subprefectura de policía que sabía que se hallaba en las inmediaciones. Hacia ella me dirigí a toda velocidad. Allí me encontré con que, por casualidad, un subprefecto y varios hombres escogidos de entre sus subordinados estaban de guardia, madurando, según creo, algún plan para descubrir al autor de un misterioso crimen del que todo París hablaba por aquel entonces. Cuando empecé a relatar mi historia, jadeante y en un francés deficiente, pude advertir que el subprefecto sospechó por un momento que yo no era más que un inglés borracho que había robado a alguien. No obstante, fue cambiando de opinión a medida que proseguí con la relación de los hechos, y mucho antes de que hubiese finalizado, metió todos los papeles que tenía ante sí 9

10 en un cajón, se puso el sombrero, me dio otro a mí (yo iba con la cabeza descubierta), dio órdenes de que dispusieran un pelotón de agentes y les pidió que preparasen todas las herramientas necesarias para forzar puertas y levantar suelos de terrazo; luego me cogió por el brazo del modo más amigable y familiar posible para conducirme con él fuera del edificio. Me atrevería a decir que cuando el subprefecto era niño y lo llevaron por primera vez al teatro, no estaba la mitad de contento que ahora con el caso que tenía en perspectiva en la casa de juego. Encabezando aquel formidable pelotón de policías, anduvimos el subprefecto y yo varias calles, sin dejar por ello de interrogarme y felicitarme alternativamente. Nada más llegar a la casa, se apostaron centinelas en la fachada y en la parte posterior. Varios agentes aporrearon violentamente la puerta. Una ventana se iluminó. Yo había recibido instrucciones de esconderme detrás del grupo de agentes. Una nueva sucesión de golpes en la puerta fue seguida por el grito de «Abran en nombre de la ley!». Ante tan terrible requerimiento, una mano invisible descorrió los cerrojos e inmediatamente después el subprefecto se situó en el pasillo frente a un camarero a medio vestir y de una palidez cadavérica. Ambos entablaron un corto diálogo: - Queremos ver al inglés que duerme en esta casa. - Se marchó hace varias horas. - No señor, fue su amigo el que se marchó. Él se quedó. Llévenos hasta su dormitorio! - Le juro, Señor Comisario, que no está aquí. Él... - Y yo le juro, Señor Camarero, que sí está. Durmió aquí y, como no encontró cómoda la cama que le prepararon, vino a presentarnos sus quejas. Está aquí entre mis hombres. Y aquí estoy yo, dispuesto a ver si encuentro alguna pulga en el armazón de su cama. Renaudin! -dijo, llamando a uno de sus subordinados y señalando al camarero-, detenga a este hombre y átele las manos a la espalda. Y ahora, caballeros, subamos el piso superior. Todos los habitantes de la casa fueron aprehendidos, y el «viejo soldado», el primero. Después de identificar la cama donde había dormido, nos dirigimos a la habitación de arriba. No había ningún objeto que pudiese llamar la atención. El subprefecto paseó la mirada por la habitación; mandó que todos permaneciésemos en silencio; golpeó el suelo con un pie por dos veces; pidió una vela para inspeccionar el punto donde había golpeado, y ordenó que levantasen con cuidado el revestimiento del suelo en aquel lugar. La operación fue realizada en un abrir y cerrar de ojos. Al acercar la luz pudimos ver una profunda cavidad formada por los cabios 28, entre el suelo de esta habitación y el techo de la de abajo. A través de esta cavidad descendía perpendicularmente una especie de caja de hierro muy engrasada, cuyo interior contenía el tornillo que comunicaba por debajo con el techo de la cama. Era de una longitud desmesurada y hacía poco que lo habían lubricado; las palancas estaban disimuladas con fieltro. Todas las piezas superiores propias de una gran prensa (construida con diabólico ingenio para que encajase con los accesorios inferiores restantes y que al ser desmontada ocupase el menor espacio posible) fueron descubiertas progresivamente y colocadas sobre el suelo. No sin dificultad, el subprefecto consiguió armar el artefacto y, dejando que lo pusiesen en marcha sus hombres, descendió conmigo al dormitorio donde yo había pasado la noche. Poco después, bajaron el asfixiante baldaquino, pero no tan silenciosamente como yo lo había visto descender. Cuando se lo hice observar al subprefecto, su respuesta, aunque simple, reveló un terrible significado: - Es la primera vez -dijo- que mis hombres hacen bajar el techo de la cama; los hombres a los que usted desplumó tenían mucha más práctica. Abandonamos la casa acompañados sólo por dos agentes de policía, y allí mismo 10

11 se dispuso que todos los inquilinos fuesen trasladados a prisión. Después de dejar mi declaración en su oficina, el comisario me acompañó al hotel para examinar mi pasaporte. - Cree usted -le pregunté al entregárselo- que algún hombre ha sido asfixiado realmente en esa cama, tal como intentaron asfixiarme a mí? - He visto decenas de hombres ahogados extendidos en el depósito de cadáveres -contestó el subprefecto-, en cuyas billeteras hallamos cartas donde se leía que se habían suicidado en el Sena por haber perdido todo su dinero en la mesa de juego. Cuántos de ellos estuvieron en la misma casa de juego que usted? Cuántos ganaron como usted, durmieron en la misma cama que a usted le ofrecieron, fueron asfixiados en ella y luego arrojados por alguien al río, junto con una carta explicativa escrita por los asesinos y colocada en sus billeteras? Nadie podrá saber si fueron muchos o pocos los que sufrieron el destino del que usted ha podido escapar. Las personas de la casa de juego consiguieron mantener en secreto la maquinaria del armazón de la cama, esquivando incluso a la policía! Las víctimas se llevaron consigo el resto del secreto. Buenas noches, o mejor, buenos días, señor Faulkner. Le espero de nuevo en mi oficina a las nueve en punto; mientras tanto, hasta la vista! El resto de mi historia se puede contar brevemente. Fui interrogado una y otra vez; la casa de juego fue minuciosamente registrada de arriba abajo; los prisioneros fueron interrogados por separado, y dos de los menos culpables confesaron que el viejo soldado resultó ser el dueño de la casa de juego. La policía pudo averiguar que había sido expulsado del ejército hacía años por vagabundo, y que desde entonces había cometido toda suerte de fechorías; que poseía objetos robados, identificados por sus auténticos propietarios; y que él, el crupier, otro cómplice y la mujer que me había preparado la taza de café, compartían el secreto del armazón de la cama. Al parecer, existían razones para dudar de que las personas del servicio de la casa estuvieran al corriente de la maquinaria asfixiante, y se beneficiaron de esta duda siendo tratados como ladrones y vagabundos. En cuanto al viejo soldado y sus dos principales secuaces, fueron condenados a galeras 13 ; la mujer que había drogado mi café fue enviada a prisión por un período de años que no recuerdo; el personal permanente de la casa de juego fue considerado «sospechoso» y puesto bajo vigilancia; y por lo que a mí respecta, me convertí, durante toda una semana -lo cual as mucho tiempo- en la celebridad de la sociedad parisiense. Mi aventura fue adaptada al teatro por tres ilustres dramaturgos, pero nunca fue puesta en escena porque la censura prohibió la colocación en el escenario de una réplica perfecta del baldaquino de la cama de la casa de juego. Sin embargo, mi aventura tuvo un resultado positivo que cualquier censura habría aprobado: me curó para siempre de la tentación de jugar al "rojo y negro". De ahora en adelante, la visión de barajas y pilas de dinero sobre un tapete verde estaría asociada para siempre en mi mente con la visión de un baldaquino descendiendo para asfixiarme en medio del silencio y la oscuridad de la noche. 11

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