Neurosis y perversión: Polaridades necesarias?

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1 SEXUALIDAD. NEUROSIS. PERVERSIÓN SEXUALITY. NEUROSIS. PERVERTION Jaime Coloma CONFERENCIA Neurosis y perversión: Polaridades necesarias? (Rev GPU 2008; 4; 1: ) Jaime Coloma 1 Soy consciente que quienes me leen no son en su mayoría psicoanalistas. Esto implica que, para algunos, mi modo de abordar el tema les sea poco familiar o criticable, quizás confuso. También tengo claro que mi manera de concebir el psicoanálisis no es compartida necesariamente por mis colegas psicoanalistas. Creo, sin embargo, que es, precisamente, en el registro de lo diferencial donde se logra la sexualidad. La sexualidad como exposición de lo vivo. Si lo pensamos, la mismidad es sinónimo de muerte. Polvo eres y en polvo te convertirás. Considero entonces que en los desacuerdos anida la sexualidad y, por ende, la vitalidad. Manifiesto, por estas razones, mi acuerdo con los desacuerdos. C uando se habla de sexualidad se tiende a ubicar el tema en relación con un deber ser. Un deber ser sano, un deber ser moral. De hecho, se producen deslizamientos inadvertidos hacia la idea de perversión, como si tratar la sexualidad lindara de alguna manera no explícita con algo perverso. Algún deber ser siempre ronda la sexualidad. Y esto conlleva que quienes nos ubicamos en el lugar de quien puede hacer aseveraciones sobre el tópico, lo hagamos como si estuviéramos encargándonos de la sexualidad de los otros. Es posible que haya algo en este asunto que determine que cuando hablamos de sexualidad tendamos a hacerlo disponiendo como debe ser la vida sexual de los demás? Por qué nos interesará tanto decidir cómo se es sexualmente sano o se es sexualmente ético? Es que se tiende a enfocar la materia como si se tratare de algo objetivo, algo independiente de la posición del sujeto que lo está abordando. Pienso, en cambio, que no es posible la objetividad en esto de la sexualidad. Es precisamente en la sexualidad donde se configura lo subjetivo, aquello del sujeto, que precisaremos unas líneas más adelante. El sujeto brota precisamente porque lo sexual se da como la distancia entre quienes buscan compartir con vehemencia un gozo. Marca esa zona de diferencia en que un encuentro sólo se hace posible por el vacío que aparece entre los que ansían encontrarse en la búsqueda de ese intenso placer. Un sujeto, en tanto sexual, no sabe del gozo del otro, al experimentarlo como un profundo enigma. Un sujeto emerge en la total soledad de un gozo que lo trasciende. Podría afirmarse que es esa distancia acercada a un máximo imposible, la que se da como un lenguaje, el lenguaje que siempre incomunica cuando ejerce su función de comunicar, de la misma forma como se da el 1 Psicoanalista. Pontificia Universidad Católica de Chile. Psiquiatría universitaria 99

2 Neurosis y perversión: Polaridades necesarias acto sexual. Hablar, por tanto, de lo sexual, me implica como sujeto sexual. No hay sexualidad objetiva. Sin duda las distancias ya han jugado su rol mucho antes de cualquier cópula. Sin duda el habla también ha emergido previamente a la experiencia de ese intenso vacío del orgasmo. No obstante tales consideraciones evolutivas corresponden a los registros yoicos en los que se ordena la vida en una secuencia temporal que distingue el antes del después. Pero puede afirmarse que hay, detrás de las disposiciones temporales, un mundo tempóreo diverso, sincrónico, en el que todo hecho se consuma y se diferencia a partir de una retrosignificación. Estoy suponiendo que es en el encuentro o desencuentro sexual donde se juega retrosignificativamente, el sentido del lenguaje, en la medida que ambos, lenguaje y cópula, buscan una comunicación que siempre se desploma. Previo a la experiencia sexual el habla daría a su emisor una impresión de omnipotencia comunicativa. Un hablar con la objetividad. Es en la distancia ínsita a todo acercamiento sexual donde se da lo subjetivo, como separación inevitable. El sujeto está siempre alejado en algo otro. Precisamente enajenado de sí mismo en un lenguaje que corta la comunicación en el mismo acto en que se la busca. El hablar se articula a partir de re-presentar la cosa del mundo. La representación es ese corte y esa distancia. El gozo de la pareja no puede presentarse sino sólo representarse. En este sentido estoy hablando de lo sexual como lenguaje en la subjetividad. Y de esta manera concibo a la objetividad como un pensamiento que se construye como no sexual, en tanto su sentido se inscribe como una búsqueda de comunicación completa y de conocimiento definitorio. La omnipotencia del conocimiento objetivo se da en que nunca desfallece en la convicción de la calidad de sus logros. Cuando falla sólo habría que corregir el método. No se asume la falla como articulante de la existencia. La objetividad es, entonces, asexuada. La sexualidad compromete al Hombre de un modo más potente que lo que se está dispuesto a reconocer. Ya lo dijo Freud. De hecho, cuando éste planteó sus teorías, lo que escandalizó a su entorno cultural fue que se planteara sobre el sexo en los niños. Se atentaba contra su inocencia. Qué es lo que al adulto complica en su propia sexualidad que lo liga a la falta de inocencia? El diccionario de Corominas ubica el término inocencia en el grupo de lo nocivo, siendo el inocente aquel que no perjudica, vale decir, que no es nocivo. A quien o a qué se perjudica con la sexualidad que, pese a todas las declaraciones intelectuales o no intelectuales que puedan hacerse, siempre atrae el juicio ético, bajo la forma de la moral, tanto como bajo la forma de lo profesional o del diagnóstico? Muy frecuentemente un diagnóstico en este rubro delata entre líneas una manifestación de alguna ética incluída de manera subrepticia. Por qué la sexualidad de un niño o una niña, debe ser desconocida, no debe ser pensada, como si se atentara contra su inocencia? Un muchachito de 7 años, hace ya mucho tiempo, en mi consulta, me decía: Estoy pololeando, y se apresuraba a aclarar: pero sin besos. En todo caso declaro que no me interesa conscientemente hablar de la sexualidad desde alguna posición determinante de lo que deba ser la vida sexual de los demás. Quiero hablar como un ser humano que, en tanto tal, está básicamente sexuado desde sus primeros accesos a la condición humana y quien, por lo tanto al hablar de la sexualidad, está hablando de algo que lo compromete como sujeto. Todo esto es algo que deseo. No obstante el diablo siempre mete la cola. Difícilmente podemos librarnos, limpiarnos del afán de pontificar con la objetividad. La distinción entre sujeto y yo que especifica la escuela psicoanalítica lacaniana, me parece crucial en lo que se refiere a tratar cuestiones humanas. Permite distinguir entre responsabilidad y culpa. Creo que la culpa es algo atingente al Yo. La responsabilidad, en vez, compromete al Sujeto. Es por esto que vale la pena pensar en su distinción. Diría que hablamos con el Yo, pero desde el Sujeto. Esto envuelve una diversidad entre lo que hacemos y lo que somos. Sin duda somos en el hacer, lo que está posibilitado por el hablar. Pero el hacer se configura dentro de un imaginario yoico, que logra a través de sus imágenes, una orientación espacio temporal del mundo que permite operar con el entorno, en las demandas de la vida cotidiana. El Yo es un imaginario, en tanto se ilusiona como centro de su propia conducta, como gestor independiente y autónomo de sus acciones. La existencia se deposita, cae en lo imaginario yoico, inevitablemente. Recordemos a Parra cuando habla del Hombre imaginario. Un hombre imaginario mira por una ventana imaginaria un árbol imaginario. Pienso que ése, el imaginario, es el lugar del Dasein Caído, del que habla Heidegger. Es un campo de centralizaciones virtuales, donde el Yo comanda ilusoriamente su comportamiento, donde el habla se hace necesariamente habladuría, vale decir un habla con ideas que se gastan en la inevitable y necesaria popularización. El Yo es un concepto más cercano a la idea de sistema, no resulta consistente pensarlo como estructura. Está en una estructura, pero no es estructura. El sistema es centrado, la estructura está descentrada por un discurso que le es externo. Es en la noción de sujeto donde se puede pensar en la estructura. El Sujeto muestra lo 100 Psiquiatría universitaria

3 Jaime Coloma radical. El Yo lo derivado. El sujeto se instala en la existencia. El Yo se construye por apremio de la vida, parafraseando a Freud. El concepto de Sujeto alude, entonces, a un descentramiento radical. El Sujeto se da en un registro simbólico, no en uno imaginario, propio del Yo. Lo simbólico, que se comprende como discurso, da la posición de un sujeto, aquella que no está controlada por su yo, sino que se estructura por un lenguaje que lo trasciende, que lo posiciona. El sujeto, entendido de esta manera, encuentra su estructura fuera de sí. La encuentra en ese discurso que articula lo simbólico. La morada del ser es el lenguaje, dice Heidegger. Jorge Eduardo Rivera traduce el fragmento 50 de Heráclito de la siguiente forma: No a mí, sino al logos escuchando. Y comenta Rivera, después de acuciosas reflexiones sobre lo que implica escuchar: Se trata de ir en contra de sí mismo en contra del ego. Si entendemos al Yo como el que separa, el que clasifica, el que distingue los conceptos y los objetos, lo entenderemos como el ordenador de lo múltiple que pareciera paradojalmente aparecer desde su instancia. Se podrá afirmar que el Yo y lo Múltiple se dan como cooriginarios? Rivera se cuestiona: Y si logos fuera lo reunidor de todos los entes o, si se quiere, el acto que los reúne y los recoge para que no estén dispersos o perdidos, es decir, separados los unos de los otros?. Algo unitario dentro de lo mútiple. Pero el logos, acota Rivera, es más bien un enorme silencio. Para los efectos de lo que estoy argumentando, afirmaré que la apertura del sujeto se da desde una posición volcada a ese enorme silencio. Ese lugar que calla en el fondo más hundido de sí mismo. Ese lugar en el que se impone saber que no se sabrá. Eso que se experimenta melancólicamente en el momento cúlmine del coito, cuando se derrumba el orgasmo. El silencio triste de que hablaban los romanos. Ese logos sigiloso que habla por nosotros, descentrados radicalmente y centrados caídamente en un Yo que necesitamos para sobrevivir. La existencia es más que ese sobrevivir. Es en el mundo de modo, a la vez, radical y caída. El sujeto es quien se articula desde ese silencio que mencionamos, por obra de un lenguaje que viene desde el exterior a significar las marcas que va dejando ese silencio, en una cadena retrosignificativa interminable. El sujeto siempre descentrado en ese Otro foráneo que permite un registro simbólico por la presencia respectivante de otro ente. El significado objetivo es cosa del Yo, no del sujeto. Si asumimos el modo como pensamos la perversión, como hablamos de la perversión, lo que decimos de la sexualidad, Nos es propio? Por qué ocurre que la culpa esté tan ligada al ejercicio de la sexualidad, aun cuando ésta se ejerza exclusivamente en el cuerpo de uno? Por qué muchos sienten culpa cuando, en el ejercicio de sus derechos básicos, deciden compartir con otro el gozo de sus propios cuerpos? Por qué puede darse el remordimiento cuando la sexualidad se ejerce sin abuso de nadie, sin engaño? Dónde está legitimado el juez que condena el acto por el acto mismo? De dónde proviene su poder? No es algo que proviene, entonces, de un Gran Otro inconsciente, enredado en la historia, en las tradiciones, en los idiomas, en la geografía, en las costumbres, en los climas, articulado simbólicamente en un discurso que nos funda y que nos abre a lo humano? Algo que proviene de ese logos silencioso, sombra detrás de todas las apariencias, que está oculto y vislumbrado en los deslindes de cada articulación, pero que tiende a caer en la habladuría de la norma, de la determinación llamada moral que controla las costumbres, cuyo dominio siempre encuentra hombres que se encarnan como jueces que dictan como se debe ser. Reconocer, entonces, que el lenguaje es un Gran Otro es reconocer que, cuando hablamos, es el Yo solamente el que se experimenta como gestor de su habla. Que en realidad, cuando hablamos es el entorno cultural el que habla por nosotros. El Gran Otro sería así una de las formas que toma lo inconsciente. Yo no podría haber dicho lo que estoy diciendo sin el Gran Otro que se configura en mí desde Freud, desde la historia, desde la segunda guerra mundial, no podría decir lo que estoy diciendo sin Copérnico, sin Darwin, sin mi infancia pueblerina, sin Platón, sin Heidegger, los conozca o no, los entienda o no. Pero tampoco podría decirlo sin los cuentos escuchados a Mercedes Rojas en la cocina de mi casa en los años cuarenta, sin el peso del colonialismo en nuestro Continente, sin la existencia de mis hermanos, sin las oraciones de mi madre, sin el estilo que articula nuestra lengua escrita, sin la altura de mi padre, sin la distancia entre lo declarado y lo actuado, tan habitual en nuestra civilización. No podría acoger o rebelarme a ideas que estuvieren fuera del discurso que me da existencia. Es ese discurso el que me permite estar de acuerdo o rebelarme. Soy en el discurso, soy en esa articulación simbólica. Allí habito y es en el modo de habitar donde surge la ética. No en una declaración extraexistencial, normativa. Mi responsabilidad, mi culpa, se justifica en el modo de mi habitar, no en el sometimiento a una regla. La perversión no se corresponde con un juicio moral. Mi modo de habitar sirve tanto a las apariencias como a la manera como ocupo mi lugar en el mundo. Si en mi mundo hay perversión ésta algo tiene que ver existencialmente conmigo. Psiquiatría universitaria 101

4 Neurosis y perversión: Polaridades necesarias No pretendo hacer integraciones filosófico-psicoanalíticas. Sólo pienso que entre estas afirmaciones filosóficas y el concepto de sujeto, al modo como lo estoy usando, surge algo sugerente para abrirse a otra dimensión que la del Yo, dado que es el Yo el que, asumiéndose como centro de su propia conducta, ejerce, desde ese núcleo, un juicio moral que determina cómo las cosas se hacen co-rectas si se retrorrefieren a ese centro. Es en lo objetivo, logrado por el Yo, donde puede aparecer la culpa, porque es en lo objetivo donde yo puedo reparar el daño hecho. Pero es en lo objetivante del Yo donde puedo creerme en condiciones de juzgar moralmente. Cuando soy juez de un acto observable, me presumo inocente. No comparto nada con el hechor. Soy juez. Así sólo se puede ser culpable en lo objetivo, lo que no incluye sentirse responsable como sujeto, porque la culpa está en algo preciso y observable. En la culpa puedo decir Yo no lo hice y si lo compruebo vuelvo a la inocencia. Pero, en tanto alguien se asume como sujeto, que es ser sujeto de la cultura que lo ampara, se hará responsable del devenir de su entorno. Yo no soy culpable de los horrores de la dictadura pasada, pero sí soy responsable del modo cómo se va dando la historia del lugar en donde habito. Podemos decir que hay culpables del calentamiento global, mientras nos enajenamos con la economía global. A esto me refiero cuando apunto que quiero hablar de sexualidad, haciéndome cargo de ser sujeto de la sexualidad. Ésta me compromete existencialmente y lo que diga sobre ella me incluye en mis propios dichos. La hipótesis general que recorre este escrito implica considerar que la polarización entre neurosis y perversión tiende a separar por criterios diagnósticos lo que, ocultamente, representa sanciones morales derivadas de ejercicios de poder, que son respuesta a angustias muy básicas. A través de estipular lo perverso, de objetivarlo, me desligo de la perversión y de la sexualidad que implícitamente le atribuyo, la catalogo como opción meramente conductual y me purifico como juez de otros, como juez de la corrección de la conducta, determinando hasta donde se debe actuar sexualmente. Así, no hay nada sobre lo perverso que me arriesgue, dado que es lo observable del comportamiento lo que me da mi legitimidad de juez. Cuando se da un juez, como lo acabo de postular, siempre se da la inocencia en lo propio y la culpa en el otro. El juez, en la tarea clínica, aparece como agente moral en la medida que se atribuye una capacidad diagnóstica definitoria de los propósitos terapéuticos. El diagnóstico como aquello que orienta es distinto del diagnóstico como aquello que determina. Sin duda existe la perversión en el campo de lo psicopatológico y en aquello que se define como delictual. Pero el problema, en el delito, es el abuso, no la perversión misma, y en la psicopatología el problema reside en el modo de protegerse de la angustia, no en la forma de la sexualidad que ésta implica. También existen las disfunciones sexuales. Pero en ellas debo hacerme cargo de la demanda del paciente, tanto como de la implicancia en el modo de vivir su sexualidad, posibilitando los recursos que busquen resolver tanto la demanda explícita, como el porqué de tal disfunción. El diagnóstico aquí se ejerce como juicio moral, tanto si se juzga que lo que importa es sólo movilizar la disfunción, como si se pretende considerar el motivo de consulta referido a lo que representa simbólicamente la disfunción. Sexualidad y perversión tienden a mezclarse imaginariamente de alguna manera. Esto debería abrirnos a la pregunta sobre lo que representa la sexualidad en nuestra condición humana. Qué tiene en su condición más profunda, que nos inclina a optar por normarla antes que asumirla? Lo perverso, a mi entender, no es tal por la sexualidad de su acto sino se da como perverso, según el criterio que sustento, cuando lo sexual es atraído por la pulsión de muerte. Por la mismidad a que conduce la muerte. El concepto de pulsión es eminentemente psicoanalítico y, sin duda, especulativo. Sobre todo el concepto de pulsión de muerte. No está consagrado por la comprobación o la evidencia. No es un observable apto para ser juzgado según la limpieza de lo objetivo. No agrada a mentes que se otorgan la superioridad del correcto conocer. Aquellos que, negando la índole de lo que se ha cursado históricamente con el modernismo, abogan por el progreso constante de un conocimiento que no se autocuestiona como fracasando en lo humano, mientras triunfa progresivamente en el manejo y en la operacionalidad de lo calculable. La especulación transita, en cambio, por los caminos de lo impreciso, de lo tentativo, de lo incierto, camino que, quizás, se hace más cargo de lo enigmático, como eje que atraviesa nuestra existencia. Algo que no es posible hacer cuando se logra el acuerdo de la prueba empírica. Cuando la prueba empírica valida o invalida una afirmación, se detiene el pensar. La pulsión es, en cambio, un concepto que se toma o se deja, no se comprueba. Por ver hasta dónde llega, diría Freud. La pulsión, que no es el instinto, es concebida actualmente por algunos analistas, como un empuje del sujeto hacia algo que el otro demanda, pero que es vivido como si naciera de sí mismo. Vale decir, el concepto de pulsión nos permite pensar en aquello que nos mueve ciega, mudamente, hacia 102 Psiquiatría universitaria

5 Jaime Coloma algo que se representa como una meta, aunque tal representación sólo disfraza la ceguera del empuje. Es un empuje individual, no de la especie, como el instinto, un empuje que responde a la demanda de lo otro, no a la propia demanda. Cuando Heidegger afirma que la única diacronía tempórea está en la muerte, nos permite pensar como psicoanalistas en esto de la pulsión de muerte. Podría decir que estamos volcados pulsionalmente hacia la muerte. Demandados por ella. Es un horizonte que nos atrae, siendo esta atracción el motor de lo que nos apega reactivamente a la vida, entendida como un rodeo, un apremio, como una postergación de aquello que se define como último y primordial sentido. Lo que intento decir, con estas aclaraciones, es que en el tema de la perversión la energía de lo sexual, como vitalidad, sería alterada por una vehemencia insistente de esta supuesta pulsión de muerte. La muerte sería el Gran Otro de la sexualidad. El silencio no articulado. Su vacío. Su vértigo. Pienso que el perverso es llevado a su condición por profundas angustias de muerte (como toda angustia) que se remontan a carencias básicas en su origen. Presumiré, en todo origen, la presencia casi pura de esta pulsión de muerte, entendida como la demanda de esa inmediatez con la muerte. Esta demanda sólo se mediatiza cuando hay un ambiente que contiene y que favorece progresivamente el despliegue de una estructura que posiciona al Sujeto y de un Yo que evoluciona y se transforma, según las posibilidades de tal ambiente. El logro de una estructura y de un sistema yoico implica la vivencia de los límites que provienen del discurso que nos saca de la continuidad en el comienzo. Todo lenguaje discontinúa la continuidad originaria. Hace cortes, determina principios de identidad para poder hablar y poder actuar. El principìo de identidad dice: Lo que es, es y lo que no es, no es. Es una prohibición al pensar como se me antoje. Se discontinúa la omnipotencia, articulándola y se la estructura. Freud, antes de perfilar el campo del psicoanálisis, en 1895, afirmó en su Proyecto de una psicología para neurólogos que la arquitectura del sistema nervioso serviría al apartamiento y su función a la descarga. Esta arquitectura se da a través de los ordenamientos de la forma. Por alguna razón, que probablemente tendría que ver con fracasos ambientales, el perverso no se somete a tales dependencias y cortes. Atraído por el gozo orgásmico de la muerte, busca omnipotentemente convertirlo en placer reiterado de la vida. Queda, por esto, en los lindes entre la atracción de la muerte y la presencia de la vida. Lo más propio de la perversión es, al decir de Chasseguet-Smirguel, el gozo en la mezcla de todo, de las generaciones, de los sexos, de los orificios del cuerpo. Las mezclas, tan lejos de los ideales cartesianos de mantenerse en ideas claras y distintas. El gozo en el pensar todo mezclado, como diría Guillén, implica la mezcla de la continuidad de la muerte con el placer de la diferenciación de la vida. Uno mandando y otro mandado, todo mezclado, dicen los versos. Las diferencias, según lo planteado, hablan entonces de sexualidad. La búsqueda de las mezclas señalan a la perversión. El riesgo de afirmar esto reside en considerar que un pensamiento que se asiente sobre la clasificación y la jerarquización de las ideas sea necesariamente, por su interés en distinguir, lo opuesto a lo perverso. Me interesa revisar, precisamente por lo que estoy diciendo, qué ocurre con la homosexualidad. La homosexualidad implica descriptivamente una idealización de la cópula con el mismo sexo. Esto, superficialmente, habría que entenderlo como un rechazo a las diferencias sexuales. Una consecuencia sería que quien rechaza la homosexualidad valoraría la diferencia sexual como lugar de la fecundidad. Se legitimaría así el repudio de lo homosexual, relacionándolo con lo perverso. En todo esto pienso, sin embargo, que hay algo no tan válido. Hablar sobre sexualidad de algún modo tiende a ejercerse como un gesto de poder. Estoy pensando, entre otras cosas, en el gesto de autoridad moral, técnica, profesional o teórica de quién se siente impelido a hablar de sexualidad. Lo que yo mismo hago en este momento. Como si se pudiere hablar desde fuera de la sexualidad, como si no se fuere siempre sujeto de la sexualidad, en la cual el supuesto amor comunicativo y formativo de un conferencista disimula la superioridad del acto y el gesto de autoridad implícito. En este sentido postulo que hablar sobre la sexualidad es una forma de comportamiento sexual. Esto es algo que, tiendo a entender como proveniente de la sexualidad masculina, que, según postulo, es la fuente de la mismidad sexual. Por ejemplo, todos los criterios sobre castración y falo como determinantes en psicoanálisis de lo propiamente humano, me hace pensar que proviene de un imaginario masculino con un sexo rector, como referente básico al que se le atribuye el ser la medida de todas las cosas. Pero esto, me parece, trasciende el psicoanálisis. Está en la guerra, en la política, en la llamada conquista sexual, en todo ejercicio del poder que promueve el igualamiento del otro a la norma propia. El hombre, con su genital expuesto, eréctil, asediado por la necesidad de evidenciar su potencia en actos penetrativos, de conquista, demuestra en su heterosexualidad, su virilidad, su fuerza, el asentamiento Psiquiatría universitaria 103

6 Neurosis y perversión: Polaridades necesarias seguro de lo que lo hace diferente. Sin embargo toda esta seguridad, esta afirmación en lo que lo distingue de lo femenino, está fácilmente asediada por el fantasma de aquello que le impida la conquista, de la impotencia, del rechazo a su atractivo, de la amenaza a la heterosexualidad. La promiscuidad, el intelecto, la fuerza física, la habilidad en todas sus formas, confirman lo masculino, calman la angustia. El acto de poder es un aseguramiento que corrobora la posición diferencial en la que se instala. De allí, la arrogancia, el abuso, el ejercicio del poder en lo intelectual, en lo político, en lo religioso, todas estas ocasiones en las que se determina cómo deben actuar los demás, trasgrediendo frecuentemente esa norma para sí mismo. En el fondo de este hombre viril, inteligente, homofóbico, vislumbro a un niño asustado, temeroso de una voracidad materna, agobiado por la tarea de ser alguna vez un padre potente, asegurador, temeroso del atractivo de la mujer, de su deseo, deseo que cauteriza convirtiéndolo en una presión a la que no puede resistirse. Deseo para no desear. Esto es, según lo creo, lo que está a la base de una cultura masculina, caracterizada, como decía Riane Eissler, por el poder. Este poder que llega a pervertirse cuando el sostener la diferencia está muy amenazado por el miedo, por la inseguridad, por la confusión. Allí pervertido por la presión de la angustia de no diferenciarse, aparece en el horror del nazismo, del colonialismo, de la homofobia. Es así como podría justificarse el asedio a la homosexualidad, calificándola de perversión, por su atracción por las mezclas. Y desde allí se desenvuelve naturalmente el juicio moral y psicopatológico. Cuántas veces he escuchado a colegas plantearle a un homosexual que solicita psicoterapia que se le ayudará a volver a la normalidad. Todo esto valdría si la sexualidad se definiera por una diferencia biológico-anatómica y no fuere un emergente de lo cultural. Un emergente del modo como el lenguaje de nuestra cultura nos posiciona simbólicamente. Como hombres o como mujeres. Un pensador biologizante determinará que, aun en el área de lo psicológico, lo determinante será lo observable, lo anatómico, lo fisiológico y aludirá entonces a las diferencias como obvias, a la vista, determinando desde allí toda una escala de valores que no permitirían considerar como aceptable aquello que Joyce Mc. Dougall denominó neosexualidades. Sin embargo, allí es donde se instala, paradojalmente, un pensamiento intolerante de la diferencia. Allí, donde lo obvio de lo observable determina cómo deben separarse las cosas. Las clasificaciones y las jerarquías dejan de servir como orientadores cognitivos en un mundo complejo y enigmático y se convierten en medida de separación entre los que somos iguales y aquellos que, en tanto marginales, se ubican en distintos grados de anormalidad. Que el DSM-IV haya optado por definir la psicopatología como trastornos a rescatar a partir de síntomas que en realidad han sido reducidos a signos, es una manifestación de este pensamiento que Heidegger llamó pensamiento calculante. Pensamiento calculante que, cuando se ejerce en función de lo humano, se sale de su ámbito lógico y se pervierte como ejercicio de un poder que considera marginal a aquel que no se ajusta a la propia regla, mientras puede mezclar sus propias distinciones en acciones que contradicen sin cuestionamiento lo que ha sido determinado. Es por todo esto que he dedicado buena parte de esta ponencia a diferenciar entre yo y sujeto. Nadie podría negar los beneficios a que accede la funcionalidad del Yo, como nadie podría negar los beneficios que ha aportado el positivismo a la vida humana. Pero hay algo que falla básicamente y lo vivimos cotidianamente, algo que debería cuestionarnos sobre el modo de habitar, donde el peso de lo masculino quedaría quizás delatado como gestor de diferencias formales para conducir subrepticiamente a un pensamiento uniforme, en el cual se pueda colar irresponsablemente el ejercicio del poder. Esta ponencia se planteaba sobre la neurosis y la perversión. Sin embargo, no he hablado de neurosis. Me pregunto por qué? Probablemente porque siento que esa polaridad oculta una valoración que implica que la neurosis es algo mejor que lo perverso. Y yo no lo pienso así. Creo que ambas son estructuras que aluden a distintas posiciones subjetivas desde donde se vive la existencia. Creo que el verdadero distingo moral se concreta en el abuso y entiendo que éste se da tanto en lo neurótico como en lo perverso. Tanto en la heterosexualidad como en la homosexualidad. En realidad no sé por qué no he hablado de neurosis. Quizás por lo que alguna vez Michel Thibaut dijo en una jornada: a los neuróticos les interesa la perversión, porque ellos fantasean lo que los perversos hacen. Puede ser por esto, pero puede no serlo. Quién lo sabe? 104 Psiquiatría universitaria